Diario del covid-19 (38)

Las formas son parte del fondo. La esperadísima, casi ansiada, comparecencia del ministro español de Sanidad, Salvador Illa, para detallar las condiciones bajo las que podremos salir a la calle a partir de mañana estaba prevista para las seis de la tarde. El tipo no apareció ante el atril hasta las seis y veinte. Así, porque sí, porque él lo vale. ¿Quién de ustedes se puede permitir un retraso semejante en su oficio? Yo, desde luego, no.

Por lo menos, iría al grano, ¿no? Pues tampoco. Antes de hincarle el diente al pifostio del cuadrante horario y de edades y actividades, que era lo único que nos interesaba a los agarrotados ciudadanos, Illa se adornó con un puñado de mentiras o, en palabras de la famosa asesora de Trump, de hechos alternativos. Por ejemplo, contó sin que se le moviera un pelo del tupé que España es uno de los primeros países en acometer la desescalada, como si no tuviéramos acceso a los medios.

Lo dijo, eso sí, con la misma convicción con que soltó otra de las grandes trolas que anda aventando el gobierno al que pertenece. “Entramos todos juntos en esto y saldemos todos juntos”, porfió el ministro, y con blindaje inguinal digno de mejor causa, añadió que para eso se había establecido un plan de transición a la nueva normalidad asimétrico y a diferentes ritmos. Es lo que hay.

Diario del covid-19 (13)

Una de las pandemias colaterales es la de las certezas irrebatibles. Si ya antes padecíamos a una caterva de tipos angelicales que no albergaban la menor duda sobre nada, se diría que el maldito bicho ha multiplicado el número de ventajistas que siempre se quedan con la parte ancha del embudo. Y lo definitivamente alucinógeno es que son sistemáticamente dueños de la razón incluso cuando defienden justo lo contrario de lo que pontificaron con vehemencia. Hablo, una vez más, de los negacionistas de anteayer, que lucen al mismo tiempo una piel finísima y un rostro de hormigón armado.

Ahí tienen a buena parte de los que no hace ni un mes aseguraban que no había lugar para el alarmismo porque detrás estaba el pérfido sistema capitalista que desde tiempo inmemorial ha utilizado el miedo como instrumento de dominio y control. Ahora que pintan bastos, acusan a las autoridades de pacatas y claman por la paralización total de la economía para salvaguardar la salud. Me apresuro a aclarar que, más por intuición que por hallarme en posesión de datos, sospecho que no está la lejos la toma de medidas más drásticas que las actuales. Los argumentos a favor de hacerlo me resultan interesantes, siempre y cuando no sean esgrimidos por tipos que saben que van a mantener su sueldazo incluso en el peor de los escenarios.

¡Y lo que nos queda!

Renuevo mis votos para que un día podamos recordar con una sonrisa lo que estamos viviendo. Algo me dice, sin embargo, que nos queda muy lejos esa fecha. Incluso sin dejarse llevar por los trompeteros del apocalipsis que abundan en las cadenas donde el miedo engorda los índices de audiencia, parece claro que está ocurriendo algo que no debemos tomar a la ligera.

Si es preocupante, grave o letal, el tiempo lo irá diciendo. Por el momento, incluso aunque se acabe haciendo torcer el brazo a la amenaza, es evidente que en los últimos días se han producido acontecimientos inusuales que en mayor o menor medida han provocado alteraciones en nuestra vida cotidiana. Fijándonos solo en nuestro entorno, se ha decretado el cierre preventivo de centros educativos, se han clausurado plantas enteras de hospitales, se han dispuesto cuarentenas en residencias de ancianos, hay decenas de profesionales sanitarios en aislamiento, se han cancelado numerosos eventos y en más de una empresa —incluso de mi gremio— se trabaja desde casa. Y todo apunta a que solo estamos en el principio. Me temo que pronto veremos limitaciones de concentraciones populares de todo tipo, desde las reivindicativas a las festivas pasando por las deportivas. Creo que a nadie le extrañaría que la final copera que tanto nos hace suspirar tuviera que jugarse a puerta cerrada o, directamente, fuera suspendida.

Así las cosas, y como el minúsculo átomo de la ciudadanía que soy, deseo suerte y, sobre todo, acierto a las autoridades sanitarias. A quienes están enfrente y sienten la tentación de pescar en el río revuelto les ruego que lo dejen para mejor ocasión.

Coronapánico

No hay cosa que dé más miedo que el miedo mismo. Y eso lo saben y lo ponen en práctica desde la noche de los tiempos los que pretenden manejarnos como a sumisos corderos. Da lo mismo que el objeto del temor sea cierto o incierto: en cuanto nos sentimos vulnerables, los seres humanos tendemos a desprendernos de los gramos de racionalidad que atesoremos y volvemos al esoterismo más primitivo. Resulta curioso que el aprendizaje no nos sirva como antídoto.

Repasen las veces que en los últimos años hemos vivido crisis muy similares a la del Coronavirus. Pasábamos semanas con el alma en vilo, siendo bombardeados con informaciones y desinformaciones a cada cual más impactante, y cuando llegaba el momento en que deberíamos estar criando malvas junto al resto del planeta, nos encontrábamos en una terracita tomando un vermú y hablando de la marcha de nuestro equipo en la liga. No saben las ganas que tengo de verme en esas. Pero sospecho que aún nos queda un tiempo largo de zozobra por el proceloso mar del acojone sin alternativa.

Lo sobrellevaré como buenamente pueda. A modo de vacuna, procuraré estar tan lejos de los visionarios que anuncian el apocalipsis inminente como de los cuñados que, a veces con la mejor de las intenciones, pretenden que todo esto va a ser un catarrillo sin más. Lo que no podré evitar será desear con todas mis fuerzas que entre los primeros afectados por el bicho se cuenten los difusores a discreción del Coronapánico a mayor gloria de la audiencia. Qué ascazo, por ejemplo, la mengana de siempre, que ayer se tomó la temperatura en directo en la tele amiga. Quizá mañana lo haga por vía rectal.

La caza de Darpón

Se consumó la cacería. Después de meses de acoso y derribo sin cuartel, el consejero Jon Darpón, tan duro, tan berroqueño como parecía, se ha quitado de en medio. Fíjense que a primera hora de la mañana de ayer, cuando ya se había instalado el chauchau sobre su dimisión, yo no acababa de creérmelo. No llegué a apostar, pero pese a los crecientes indicios sobre lo que finalmente ocurrió, en mi fuero interno aún pensaba que aguantaría. En realidad, quería pensarlo por algo tan simple y primario como, obviamente, cándido por mi parte: era radicalmente injusto que resultara el chivo expiatorio de esa gran mentira con trocitos de verdad que se ha montado a cuenta de las irregularidades en unas especialidades muy concretas de la OPE de Osakidetza.

Muy concretas, vuelvo a resaltar, porque hace falta ser desmedidamente mezquino para extender la mierda, propia de Inda, de que todo quisque que trabaja en el Sistema Vasco de Salud ha conseguido su puesto haciendo tortillas en un batzoki. De hecho, las medianías políticuelas que han montado este pifostio saben que en el tráfico real —yo no niego evidencias— de favores no ha habido siglas, sino otras cuestiones. Amiguismo, desde luego, pero también, y aquí es donde los ventajistas dan grima, la intención de tener a los más aptos de verdad en la certidumbre de que el método de selección es un cagarro infecto. La cosa va de salvar vidas, poca broma. Pero, claro, en lugar de conjurarse para mejorar el procedimiento infame y hacer un verdadero servicio a la sociedad, resultaba más fácil sacarse la foto con la pieza cobrada entre las fauces y pidiendo todavía más sangre.

Algunos que corren

A pesar del título, el pasado martes creí que había dejado suficientemente claro que no pretendía generalizar. Lo subrayaba en el último párrafo y vuelvo a hacerlo en el primero de estas nuevas líneas que encabezo, en evitación de malentendidos, “Algunos que corren”. Por si fuera necesario, incluyo de serie una sincera petición de perdón a las y los deportistas que se sintieron aludidos por el retrato de trazo deliberadamente grueso que esbocé en mi escrito. Confieso, al mismo tiempo, mi enorme sorpresa ante el hecho de que los corredores que se lo toman en serio pudieran verse reflejados en la compilación de rasgos de quienes se echan al asfalto, como poco, a tontas y a locas. Cuantas más vueltas le doy, más meridiano me parece que estas personas que actúan con sentido común son las que tienen verdaderos motivos para estar enfadados con los individuos que han convertido su pasión en motivo de broma… o sospecha.

Insisto en mis disculpas, pero comprenderán que lo que no puedo hacer es negar la existencia de un tipo de corredor —si merece el nombre— que responde a las características descritas, o sea, a las caricaturas al uso. Tampoco me parece rebatible que esto de lo que estamos hablando trascienda ya de la consideración de deporte para haberse instituido en fenómeno. Comercial, para más señas: hay mucho dinero en juego, como dan fe esas inmensas superficies en las que cualquiera, lego o profano, se puede agenciar doscientos tipos de de zapatillas, una jartá de pócimas inteligentísimas o, por no seguir, una extensísima cacharrería informática para los usos más peregrinos. Lo de la salud, ya tal.

Los que corren

Un corredor muerto, cinco ingresados en la UCI en estado grave, otros seis hospitalizados, incontables atendidos en situación comprometida y vaya usted a saber cuántos que directamente se cayeron en el asfalto y fueron retirados por amigos o familiares. Siempre he tenido claro que el deporte de élite no es deporte, y ahora empiezo a plantearme que el popular tampoco lo sea. No, no hablo solamente del Vietnam que se vivió el domingo en la Behobia-San Sebastián.

De un tiempo a esta parte, va para tres o cuatro años, vengo contemplando con creciente asombro este fenómeno descaradamente comercial al que sucumbe en masa un personal que, en no pocos casos, ya ha renovado el carné de identidad un puñado de veces. Parece caricatura, pero se diría que calzarse unas zapatillas y embutirse en unas mallas es el modo que más de uno ha encontrado para enfrentarse a la crisis de los cuarenta. O de los cincuenta, que ya les puedo citar yo una docena de conocidos que al llegar a esa edad se han convertido en tardíos émulos de Mariano Haro, al que cito adrede porque es de la época de muchos de los mentados. Me hago cruces al ver que tipos y tipas que conocieron las filfas del footing y, una década después, el jogging, hayan comprado este peine del running, que como todos sabemos, viene a ser el correr de toda la vida.

Es verdad: como seguramente estarán protestando para sus adentros varios lectores, es injusto generalizar. Hay miles de personas que practican ejercicio con tiento y sentido común, de modo que resulta plenamente saludable. Pero no me digan que los que acabo de retratar son producto de mi imaginación.