Crisis a la vista

Si no fuera por la rabia y la impotencia que provoca, tendría su punto cómico. Lo de anunciarnos las crisis por entregas, digo. Tengan la absoluta certeza de que nos va a caer otra porque los signos son un calco, casi una caricatura, de la vez anterior. Empiezan con un datito vago, siguen con media docena de indicadores que dan mala espina, un puñadito de desmentidos nada convincentes, un ramillete de correcciones de crecimiento a la baja o, por quedarnos en la fase en la que estamos, un llamamiento a ir apretando los esfínteres. A partir de ahí, efectivamente, toca rezar lo que sepamos y pedir que la guadaña se cebe con nosotros lo menos posible. Pero sí, dense —démonos— por jodidos: viene otra temporada de vacas flacas, o sea, de vacas convenientemente adelgazadas.

Les juro que soy muy poco dado a las teorías de la conspiración. Sin embargo, cuesta mucho no pensar mal cuando ves cómo se repite por enésima vez una coreografía que apesta a profecía que se cumple a sí misma. Anuncian que va a ocurrir y, efectivamente, ocurre, ensañándose siempre en los mismos, o en los siguientes en la lista, y pasando sin siquiera rozar a otros que, por lo visto, no nacieron para martillos. Ojo, que no necesariamente hablo de Ortegas, Roigs y demás archimillonarios. Unos cuantos escalones más abajo, hay una porción de suertudos sociales, es decir, económicos —muchos de ellos, los que más van a poner el grito en el cielo— que no solo se libran sistemáticamente del tantarantán, sino que les vendrá de perlas que bajen los viajes, los adosados, los coches, los gintonics y las raciones de ibéricos. Los demás, pónganse a temblar.

La clave del Sociómetro

Lo bueno del Sociómetro vasco, como de cualquier otro estudio de opinión, es que ofrece la posibilidad de escoger el titular que más se adapte al gusto y/o las necesidades de cada medio, mejorando, ejem, lo presente.

Apuesto (y seguro que gano) a que al informar sobre la entrega más reciente del sondeo habrá unos cuantos que tiren por el mínimo histórico que vuelven a marcar los partidarios de la independencia de Euskadi, con un tristón 17 por ciento. Justo enfrente estarán —o, vaya, quizá estaremos— los que destacarán la amplísima mayoría, casi un 60 por ciento, que es partidaria de que se convoque un referéndum sobre el marco de relación con España. Y como me conozco el paño, estoy convencido de que no faltarán los que, tirando de una derivada del dato anterior, preferirán subrayar que más de tres cuartas partes de los encuestados ven poco o nada probable que llegue a haber un acuerdo el gobierno español para convocar la deseada consulta. Otra opción será simplemente obviar la noticia o relegarla a alguna esquina perdida por el miedo a quedar en pelota picada ante la evidencia de que la ciudadanía de los tres territorios va por libre respecto a ciertas doctrinas proclamadas como mayoritarias en los discursos del día a día.

Llámenme raro, pero sin dejar de ver como razonables todas esas opciones, yo encuentro más útil poner el foco en la parte socioeconómica del informe. De entrada, en el hecho de que el mercado laboral siga siendo de largo la principal preocupación, incluso cuando el 69 por ciento afirma llegar a fin de mes sin dificultades. Ahí tienen la clave de la política vasca actual.

El bolsillo sí duele

El frente jurídico —judicioso, le llamo yo— es muy dañino para el soberanismo catalán. Ya se ha visto cómo sus españolísimas señorías hacen de su toga un sayo y se dedican a suspender, imputar, condenar o lo que se tercie. Sin embargo, una vez que la república catalana traiga una nueva legalidad, ya pueden echar los galgos que quieran, que todo será papel mojado. Incluso en este ínterin en que ya se ha decidido hacer la peineta al cuerpo legal español, las decisiones que vengan de los tribunales hispanos serán una jodienda, pero no el freno definitivo.

Con la ofensiva policial, tres cuartas partes de lo mismo. Habrá porrazos y pelotazos de goma para parar el Orient Express, pero eso estaba amortizado de saque. Es más, las imágenes viralizadas barnizarán de épica a la causa y conseguirán —ya están consiguiendo— que la prensa internacional cante la gesta del pueblo catalán haciendo frente a la represión inmisericorde de los uniformados mandados por Rajoy.

Ocurre ídem de lienzo con el embate mediático. A estas alturas, no hay que explicar que los regüeldos de la caverna quizá embarren el campo, pero a la hora de la verdad, no hacen ni cosquillas. Al contrario, su indelicadeza convence a los no convencidos y encabrona más a los que ya lo estaban.

Canción aparte es la acometida económica que, según estamos comprobando, se había minusvalorado. Por ahí sí cabe que tiemblen las rodillas. Más, si como está aconteciendo, ya no es fuga sino una estampida empresarial en toda regla, y con algunos buques insignia mostrando el camino. No sería la primera revolución ni la segunda que se naufraga por el bolsillo.

MAFO y otros presuntos

Lo malo es acostumbrarse a los escándalos. Apenas si arqueamos una ceja cuando vemos dimitir en bloque a los miembros de la cúpula del Banco de España, sobre los que recae la sospecha de haber permitido que Bankia saliera a Bolsa sabiendo a ciencia cierta que era un chicharro infame. ¡Y si solo fueran ellos! La investigación judicial —cuánto más claro el nombre anterior: imputación— alcanza a quienes en el momento de la más que probable estafa ocupaban los puestos de mayor responsabilidad en la Comisión Nacional del Mercado de Valores y en la propia entidad (supuestamente) supervisora.

Casi nadie al aparato en ambos casos, pero especialmente en el segundo. Hablamos del hasta ahora todopoderoso e intocable máster del universo económico Miguel Ángel Fernández Ordóñez, más conocido por su petulante acrónimo, MAFO. La de veces que nos habremos ciscado en su parentela por haber propugnado bajadas de sueldos, aumentos de la jornada laboral u otras recetas neoesclavistas del pelo. Nombrado por el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, no lo pasemos por alto.

Respecto a este sujeto y otros barandas y exbarandas de los máximos organismos financieros españoles, la Sección Tercera de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional sostiene que poseían quintales de información del desastre que sobrevendría a la salida a bolsa de Bankia y que, aun así, hicieron la vista gorda. Calculando por lo bajo, además del quebranto a miles de accionistas y preferentistas, el fiasco rondó los 50.000 millones de euros que tuvimos que pagar a escote. Duele pensar que salir en los papeles sea todo el castigo que les espere.

Odiada amada Europa

Resultan enternecedoras las conmemoraciones y/o celebraciones [táchese lo que no proceda] del Día de Europa. Igual las abiertamente encomiásticas que las biliosas sin matices. Incluso las pretendidamente escépticas, como esta que están ustedes leyendo. Les confieso, de hecho, que mi idea era sacar el zurriago y unirme a las fuerzas del apocalipsis de boquilla que se pegaron toda la jornada echando pestes de la cosa. Cambié de idea escuchando al sabio Juanjo Álvarez en Euskadi Hoy de Onda Vasca. Tras glosar las mil y una fallas de la actual Unión, sin pasar por alto las decididamente sangrantes, nos pidió a los presentes que reflexionáramos en los costes de la no Europa. Y concluyó: “Estaríamos mucho peor. Me quedo con nuestro modelo, que está hecho jirones por muchas cosas, pero que merece la pena defenderlo desde un pesimismo constructivo”.

Quizá esa sea la actitud. Me sumo a ella desde una visión diferente a la de Juanjo. Mientras él sostiene —y argumentos no le faltan, lo reconozco— que el proyecto nació del idealismo y de las convicciones éticas, yo más bien tengo la impresión de que el impulso inicial de la alianza de estados fue principalmente económica. Añado que ese espíritu se ha mantenido a lo largo de estas casi siete décadas y que durante la mayor parte de ellas ha sido compatible con el desarrollo y la promoción de unos mínimos valores morales. Sin embargo, tras la carrera de ampliaciones sucesivas sin ton ni son y la creación de un entramado burocrático diabólico y, para colmo, ineficaz, el dinero se ha quedado al mando en solitario. Que eso cambie será cuestión de la ciudadanía.

Mi perplejidad griega

Además de un tanto imbécil, me siento un defraudador cada vez que en Gabon de Onda Vasca me toca informar sobre Grecia, lo que como imaginarán, ocurre prácticamente todos los días. Sin rubor les reconozco que en no pocas de las ocasiones pío de oído a partir, en primer lugar, de lo que nos transmite nuestra corresponsal comunitaria —¡Tres hurras por Silvia Martínez!— y de las noticias u opiniones que he ido recopilando aquí y allá. Lo terrible es que no coinciden. No digo ya entre fuentes o medios diferentes, algo que sería medianamente comprensible, dado que cada cual cuenta las cosas —no les revelo ningún secreto, ¿verdad?— en función de sus propios intereses. O de los del patrón, vamos. Lo verdaderamente despistante en este caso es que la divergencia se da en la misma cabecera y apenas con una distancia de minutos.

Así, este lunes, lo que a las siete de la tarde era un nuevo fracaso negociador, a las siete y media cambió por una luz de esperanza que antes de las nueve estábamos vendiendo ya como un más que probable acuerdo. Sin querer ser prolijo, en las horas que han transcurrido desde entonces hasta el momento de redactar estas líneas, el posible entendimiento entre los supercatacañones y el gobierno griego ha pasado otra docena de veces por la fase Barrio Sésamo: ahora cerca, ahora lejos, y vuelta a empezar.

Es inútil que escriba cómo está ahora el asunto porque para cuando se publique la columna puede haber cambiado otras veinte veces. Sí comparto con ustedes mi sensación de estar siendo perplejo espectador de una realidad que no es posible contar. Imaginen lo que tiene que ser vivirla.

Cenizos por conveniencia

Sin duda, los ranunculáceos monclovitas exageran cuando saltan y brincan alborozados por el descenso de 31 personas en unas listas del paro que aún apelotonan a 4.608.783 excluidos del (presunto) paraíso laboral. Da igual que vistan el difunto con todos los faralaes de las series históricas, la extrapolación desestacionalizada o la mandanga estadística que se les ocurra para hacernos creer que es un triunfo pasar del cólera a la peste o viceversa. Canta a leguas que no hay para tanta pirotecnia festejante como la que han exhibido, más bien impúdicamente, Cospedal, Báñez, De Guindos y un sinnúmero de concejales peperos de pedanías dispersas que andan vendiendo la especie de que las vacas gordas están a la vuelta de la esquina.

Conste en acta lo anterior, y como anexo, mi perplejidad infinita por la postura exactamente inversa. En verdad, no sabría decir si me rebela más el exceso celebratorio o los morros hasta el suelo que se les han quedado a los autoprofetas del apocalipsis. Deseaban con todas sus fuerzas el peor agosto desde la extinción de los dinosaurios y han resultado unos números que no siendo la repanocha, tampoco parecen un desastre absoluto. No es algo nuevo. Viene ocurriendo cada vez que aparece el menor dato económico que no se les antoja lo suficientemente horripilante. Cofrades irredentos del cuanto peor, mejor, se lanzan en sarra a desgraciar cualquier resquicio por el que pueda aventurarse una ínfima brizna de esperanza. Simplemente no les conviene.

Lo divertido, una vez que uno inspecciona el percal, es comprobar que buena parte de estos cenizos contumaces —en muchas ocasiones, con cargo adosado o tribuna remunerada a millón— gozan de plácidas existencias y tienen el culo a resguardo de turbulencias. Cuando la cúpula celeste caiga, no estarán debajo. Por eso se permiten el lujo y la desvergüenza de anhelar que crezca el caudal de penurias. Ajenas, faltaría más.