Salvemos a Cristiano

Acudo a ustedes con una inmensa congoja por la suerte que pueda correr el benefactor de la humanidad que atiende por Cristiano Ronaldo Dos Santos Aveiro. “Me voy del Real Madrid, no hay marcha atrás”, anunciaba con justísima indignación el astro madeirense en una publicación de su país —a la altura de Os Lusiadas, como poco— llamada A bola. Imposible no empatizar inmediatamente con su sentimiento de ser víctima de una persecución implacable por el despiadado fisco español. ¿Cómo se atreven el mequetrefe Montoro y sus secuaces a reclamarle que pague sus impuestos al genio balompédico más grande del tercer milenio? ¿Qué atropello contra el estado de derecho y la dignidad de las personas guapas es ese?

Menos mal que todavía quedan caballeros españoles, y a la hora de escribir estas líneas ya hay más dos millares de patriotas que han firmado en Change.org para que al apolíneo Dios de las pelotas y papá por subrogación se le perdone la deuda y pueda así seguir vistiendo la gloriosa camisola blanca con el estampado de la aerolínea de los muy democráticos Emiratos Árabes. Emocionante también, la defensa a escuadra de Florentino Pérez, ese otro enorme prohombre nunca suficientemente bien ponderado. Merece igual encomio el férreo apoyo de la ejemplar prensa de orden —Del Marca al ABC, pasando por la hoja marhuendera—, que ha dejado muy claro en sus portadas que el (como mucho) pequeño despiste de Cristiano nada tiene que ver con el antipatriótico desfalco de la Hacienda hispana perpetrado por determinado mercenario argentino enrolado en las filas del separatismo futbolero. Hasta ahí podíamos llegar. Hics.

Una final sin principios

Por mi, Florentino se puede meter el Bernabéu por donde le quepa. Y como sobrará, que se lleven también su ración Mourinho, sus legionarios rompetobillos, los ultrasur y, en general, la piara de caballeros del honor —así se autodefinen en el himno— que se pasaron todo el partido del domingo berreando desde la grada “¡La final de Copa no se juega aquí!”. Que les ondulen con la permanén, que diría el Pichi del madrileñísimo chotis.

Pero debo de ser de los pocos que piensa así. Para mi pasmo, asisto a una especie de rogativa vergonzante ante el señor de los ladrillos y de Chamartín para que nos conceda la gracia de dejarnos pacer en su césped. El otro, que no y que requeteno, y la comisión petitoria, humillándose hasta el corvejón insistiendo en la súplica y nombrando —tócate las narices— a Basagoiti como embajador de buena voluntad para que el conseguidor Rajoy achuche al anfitrión que no quiere serlo. Y si no traga, que dicte otro de sus decretazos, ¿no?

Es curioso ver cómo los orgullos indomables pueden plegarse hasta adquirir el tamaño de un kleenex. A ver con qué cara reclamamos a partir de ahora la otra cuestioncilla que tenemos pendiente. Y a ver también cómo explican los sociólogos que ese ardor identitario que suele buscar coartada en un balón sea capaz de evaporarse ante la perspectiva de encontrar un local bien comunicado donde quepan más bufandas con sus respectivas gargantas. Luego, para ahuyentar las contradicciones y que no se diga, una buena pitada al rey, una foto para el Facebook con la ikurriña y la senyera como si hubiéramos conquistado Cibeles, y tan anchos. Gora Euskadi y Visca Catalunya, rediez.

Una pena, que fuera un bulo lo del ofrecimiento de la federación francesa para jugar en Saint-Denis. Habría sido una salida perfecta para este espectáculo que ha pasado de chusco para situarse en lo patético. Yo, que soy un romántico incurable, apuesto por Anduva.