Lanbide, tenemos un problema

Tremenda escandalera porque al viceconsejero de Empleo del Gobierno vasco le da por decir lo que miles de personas piensan. Perdón, lo que miles de personas padecen en sus carnes cada puñetero día. ¿Que la expresión concreta no ha sido la más afortunada, según el temple de gaitas que le ha tocado al titular del Departamento, mi admirado Ángel Toña? Pues quién sabe, a lo peor sí, aunque a mi me sigue emocionando ver a un cargo público saliéndose de los portantoencuantos y hablando como se habla en la calle. En todo caso, tíresele de las orejas si es lo que manda el protocolo, pero más allá de la bulla mediática amarilla y de las patateramente oportunistas peticiones de dimisión de tipos que tienen un curro del copón asegurado, aprovechemos para lo que importa. Y lo que importa es que José Andrés Blasco ha puesto el cascabel a un gato respecto al que todo quisque se hace el orejas primorosamente: el servicio vasco de empleo no funciona para lo que proclama su enunciado.

El primer paso para solucionar un problema es reconocer que se tiene. Lo siguiente es una migaja de coraje para hacer el diagnóstico concreto huyendo de la doble demagogia que presiona desde los extremos. En eso, los sufridos usuarios pueden aportar mucho más que los burguesotes progresís de segunda residencia en Jaca (con nómina pública, por descontado). Bastaría, de todos modos, media docena de visitas a las oficinas de la cosa. Se percibiría sin demasiado esfuerzo que la teórica misión primordial de Lanbide, gestionar la colocación, queda sepultada por la tramitación de ayudas. ¿Tan difícil sería desdoblar ambos cometidos?

Sube el paro, qué bien

Otra vez Twitter y las chachitertulias de a cien pavos el cuarto de hora fueron una fiesta. Había motivos para la desenfrenada algarabía progresí: el paro volvió a crecer en agosto. ¿No es maravilloso? Qué zozobra, oyes, durante los últimos seis meses de descensos, que aunque fueran a base de empleos de mierda y burdo maquillaje de los números, amenazaban con hacer creíble la idea de que empieza a escampar y al personal le va llegando, quizá no para un gintonic reglamentario con ensalada incorporada, pero sí para un marianito y unas gildas el domingo a mediodía. ¿Qué sería de los profetas del apocalipsis si la cosa vuelve a ir regulín? Solo planteárselo provoca escalofríos rampantes en el espinazo. Iría contra el orden natural que establece que tiene que haber unos desgraciados, cuantos más y en peor situación, mejor, para que la izquierda de caviar lo sea también de Dom Pèrignon.

Abomino de la falsaria euforia gubernamental y de sus datos hinchados con indecencia creciente según se va acercando el momento de votar de nuevo, pero guardo similar desprecio hacia los que, agarrados a un currazo, celebran sin disimulo que otros lo pierdan. ¿Otra vez la proverbial equidistancia del columnista cascarrabias? Será eso, y también la impotencia de contemplar una paradójica alianza —simbiosis, nos dijeron en el cole que se llamaba— entre quienes nos conducen al desastre y los que, para seguir teniendo munición, necesitan que se cumpla la autoprofecía fatalista. Siempre, claro, con efecto único en la carne ajena de los que, como nacieron para martillo, del cielo les llueven los clavos, quieran o no.

No estamos tan mal

Hasta diez minutos antes de declararse en bancarrota y tener que ser intervenida por los primos de Zumosol de Bruselas, Irlanda era el copón de la baraja. Sus orgullosas autoridades marcaban paquete de modelo económico a imitar, mientras la legión de profetas financieros que no ven tres en un burro llenaban las páginas salmón de loas sacarosas al milagro irlandés. Los cuatro o cinco que sabían la verdad sobre la tramoya que sostenía el cuento de hadas rezaban a San Patricio para que nadie descubriera que el presunto portento era puñetero aire. De nada sirvió. La trola cayó por su propio peso y se impuso la realidad de una ruina que, de haber actuado antes, no habría resultado tan feroz.

Tanto que a los vascos nos gusta mirarnos para otras cosas en el espejo de por allá arriba, deberíamos tomar nota también de adónde puede conducir la autocomplacencia. Pero me temo que no hay modo. Desde que empezaron a adelgazar las vacas —va para cuatro años—, en este trocito del mundo nos agarramos como lapas al clavo ardiendo de la comparación. “Aquí no estamos tan mal”, empezamos a repetir como hacen los harekrisnas con sus mantras. Y en esas seguimos. Lo silabean Barcina, López, sus respectivos consejeros de Economía, los portavoces de todos los partidos y las patronales, pero también los sindicatos y, resumiendo, cada hijo de vecino de la CAV o Nafarroa. Que tire la primera piedra quien no se haya consolado con la vaina de que somos los tuertos del reino borbónico de los ciegos.

Mientras nos regodeamos pensando que la mierda sólo nos llega a los hombros y no al cuello como a los de un poquito más abajo en el mapa, batimos récords de paro y de déficit público y el PIB se nos derrenga a todo trapo. Pero en nuestra ceguera voluntaria, eso es una anécdota, porque nos ha tocado una recesión que es un poco menos recesión que la de alrededor, dónde va a parar. Aquí, ya se sabe, no estamos tan mal.

Reforma sobre reforma

Decía Einstein que el peor de los errores es hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes. Tan simple como, por lo visto, difícil de ponerle remedio. Volveremos a verlo el viernes, cuando el Consejo de ministros español bendiga la reforma laboral número ene que, como todas, viene anunciada como la definitiva y, como todas, no lo será. Lo malo es que de versión en versión, el producto degenera y avanzamos retrocediendo. Y cuando los datos lo demuestren, la burra volverá al trigo: nueva llamada a la negociación, nueva ruptura y nuevo decreto que dejará las cosas un escalón por debajo de donde estaban.

¿Hay modo de pegarle un tajo a esta espiral perversa? Lo dudo porque para ello habría que echar abajo varios puntos de partida irrenunciables y sospecho que eso no está en el guión de ninguno de los llamados —siempre me ha resultado curiosa la expresión— “agentes sociales”, que en el fondo son, cada uno a su modo, muy conservadores. Si alguna vez, sin embargo, fueran capaces de desprenderse de las orejeras, podrían preguntarse para qué sirve cambiar el cuerpo de la legislación laboral. La respuesta única en este momento donde el suelo se abre bajo nuestros pies es que se hace para luchar contra el paro o, en enunciado positivo, para crear empleo.

Como intención es irreprochable, desde luego, pero si nos detenemos a pensar, estamos dando carta de naturaleza a la caza de moscas a cañonazos. En lugar de hacer frente a un problema específico y con herramientas específicas, desmontamos todo el tinglado y lo volvemos a montar pieza a pieza para encontrarnos, oh sorpresa, con que el problema sigue donde estaba, si es que no ha crecido. Al paro se le hace frente, opino humildemente, con medidas concretas y actuando en la raíz. Otra cosa es que no sepa, que no se pueda o que no se quiera y se combata la impotencia por ello haciendo indefinidamente una reforma sobre otra reforma.

Mini jobs

Son la última moda importada de Alemania, que siempre fue tierra de promisión para los subdesarrollados de entre África y los Pirineos. Uno esperaría, pues, que tuvieran un impronunciable nombre en la lengua de Goethe, pero no; la intercesión de algún sabio en marketing ha querido hacerlos más digeribles bautizándolos en inglés, la jerga franca, y nos han llegado como “Mini jobs”. Hace un par de semanas sólo los conocían cuatro que se habían subido con la mochila al Berlín alternativo o a pegarse un Erasmus. Ahora, sin embargo, están en boca de todos porque Juan Rosell, baranda de la patronal española y creador de tendencias, los puso encima del atril en una de sus largadas requeteliberales.

Sostiene el que ha hecho bueno a Díaz Ferrán que el invento es el bálsamo de Fierabrás que vaciará las listas del paro. Sin esforzarse mucho, se nota un congo cómo saliva al decirlo. Es normal: no hay capataz al norte de Louisiana que no sueñe con la restauración de la esclavitud, y esta fórmula es lo más cerca que se ha llegado hasta la fecha. Mejor, incluso, que ese contrato de aprendizaje que proporciona sangre joven por el salario mínimo raspado. Por cuatrocientos euros, casi sin burocracia y extramuros de la cargante legislación laboral, los mini jobs procuran fuerza de trabajo a discreción y sin compromiso. ¿Como esos becarios eternos? Exacto. ¿Algo parecido al trabajo en negro de toda la vida pero blanqueado con un par de firmas? Tal cual.

Lógicamente, eso no se puede contar así y se ha construido una bonita teórica que pretende que la cosa está pensada como excepción y no como norma. Un parche para ir tirando. Lo que no hacen es cortarse a la hora de señalar a quiénes van dirigidos estos sucedáneos de empleo: jóvenes, mujeres y parados de larga duración. “Que son los colectivos que tragan con lo que les echen porque no les quedan más narices que hacerlo”, podían haber añadido.