Rosell, ese ignorante

La patronal española elige a sus barandas en las ciénagas más hediondas. Desde su fundación, va para cuarenta años, ha tenido al frente a un vividor franquista travestido de liberal a la violeta, un falangista redomado que hasta el apellido lo tenía cavernícola, un jeta que ahora mismo está en el trullo por chorizo, y en la actualidad, como síntesis perfecta de todos ellos, al mediocre bocabuzón que atiende por Juan Rosell. Menuda puntería la de los cronistas de aluvión que cuando fue ungido capataz de capataces lo pintaron como un tipo laborioso y discreto que venía a modernizar la organización, a despolitizarla y a dotarla de rostro humano. De tres, cero patatero. Este es el minuto en que la CEOE sigue anclada en el medievo, funcionando al unísono con la gaviota azul (y de un rato a esta parte, con el chiquilín naranja), y practicando una sensibilidad que deja al mármol en natillas.

En que todo eso sea así se ha empleado a fondo este dequeísta compulsivo con conocimientos de Historia que no le darían ni para obtener el graduado escolar. ¿En qué tebeo habrá leído el muy zoquete que el trabajo “para toda la vida” era característico del siglo XIX? Si tuviera una idea mínima, no ya de la clase explotada sino de la suya, la explotadora, sabría que por estos pagos los contratos fijos empezaron a ser frecuentes bien pasada la segunda mitad del XX. Y, salvo casos contados como los del empleo público ganado por oposición, tardaron poco en convertirse en puramente nominales. Sobra, por lo tanto, su insultante amenaza. Ya hace mucho que los currelas son conscientes de que mañana pueden estar en la calle.

La pifia de Díaz-Ferrán

La primera dependencia de la cárcel de Soto del Real que visitó Gerardo Díaz-Ferrán fue la enfermería. Bastante previsible. Les ocurre a nueve de cada diez mangutas —él es todavía presunto, no la vayamos a fastidiar— de cuello blanco enviados entre rejas. En cuanto comprueban lo poco que se parece el local donde se van a alojar por tiempo indefinido a los cinco estrellas que suelen frecuentar, se rilan. Taquicardia, sudor gélido, dificutad respiratoria, tembleque de rodillas y en más de un caso, fuga de vareta intestino abajo. Sin necesidad de explorar, el médico de guardia diagnostica ataque de ansiedad, que es el punto de arranque de la expiación de culpas de esta clase de penados que hasta diez minutos antes se creían, por puras razones estadísticas, intocables. Lo normal entre los de su estirpe es librarse del trullo. ¿Qué se torció para que todo un expresidente de la patronal española haya acabado siendo excepción a la regla?

Empecemos no engañándonos. Al tipo no lo han trincado por dejar en la calle con sus tejemanejes a centenares de currelas ni por promover el neoesclavismo desde su antigua posición de capo mayor. Ni siquiera por despistarle (supuestamente, insisto) un buen pico a Hacienda. Nada de eso manda a un poderoso a la sombra en este estado de derecho selectivo, asimétrico y descangallado. La gran pifia de Díaz-Ferrán ha sido la que cometían quienes en el Chicago de los años treinta del pasado siglo acababan en un barril de cemento. Simplemente, sus dedos se alargaron hasta los bolsillos equivocados. Quiso saltarse el escalafón y las normas de la casa de la sidra del alto hampa y ha recibido el escarmiento establecido. Puede agradecerle al cielo el progreso en los modos de infligirlo. No hace tanto, le hubieran mandado un par de matones. Ahora ha sido delicadamente conducido a la trena por unos educados servidores del orden. Tome nota, Urdangarín, que pronto le toca.

Mini jobs

Son la última moda importada de Alemania, que siempre fue tierra de promisión para los subdesarrollados de entre África y los Pirineos. Uno esperaría, pues, que tuvieran un impronunciable nombre en la lengua de Goethe, pero no; la intercesión de algún sabio en marketing ha querido hacerlos más digeribles bautizándolos en inglés, la jerga franca, y nos han llegado como “Mini jobs”. Hace un par de semanas sólo los conocían cuatro que se habían subido con la mochila al Berlín alternativo o a pegarse un Erasmus. Ahora, sin embargo, están en boca de todos porque Juan Rosell, baranda de la patronal española y creador de tendencias, los puso encima del atril en una de sus largadas requeteliberales.

Sostiene el que ha hecho bueno a Díaz Ferrán que el invento es el bálsamo de Fierabrás que vaciará las listas del paro. Sin esforzarse mucho, se nota un congo cómo saliva al decirlo. Es normal: no hay capataz al norte de Louisiana que no sueñe con la restauración de la esclavitud, y esta fórmula es lo más cerca que se ha llegado hasta la fecha. Mejor, incluso, que ese contrato de aprendizaje que proporciona sangre joven por el salario mínimo raspado. Por cuatrocientos euros, casi sin burocracia y extramuros de la cargante legislación laboral, los mini jobs procuran fuerza de trabajo a discreción y sin compromiso. ¿Como esos becarios eternos? Exacto. ¿Algo parecido al trabajo en negro de toda la vida pero blanqueado con un par de firmas? Tal cual.

Lógicamente, eso no se puede contar así y se ha construido una bonita teórica que pretende que la cosa está pensada como excepción y no como norma. Un parche para ir tirando. Lo que no hacen es cortarse a la hora de señalar a quiénes van dirigidos estos sucedáneos de empleo: jóvenes, mujeres y parados de larga duración. “Que son los colectivos que tragan con lo que les echen porque no les quedan más narices que hacerlo”, podían haber añadido.