Peor que censurar

¡Para lo que vamos quedando! A estas alturas del tercer milenio, HBO, un emporio audiovisual que paga en España menos impuestos que un currela medio, ha retirado de su (ramplón) catálogo Lo que el viento se llevó bajo la acusación de dar una imagen edulcorada de la esclavitud en Estados Unidos. Ya era abominable la decisión inicial, pero ha ocurrido que tras la polvareda que ha provocado el anuncio, la plataforma ha empeorado las cosas. Ahora dice que se trata de algo temporal, lo que se tarda en añadir al clásico una introducción que contextualice y adapte a los tiempos actuales su trama. Tracatrá.

Primero, me pregunto dónde carajo encajarán el sermoncillo, pues, aunque hace tiempo que no me echo a las ojos las desventuras de Escarlata O’Hara y Rhett Butler, creo recordar que la cinta comienza, precisamente, explicando que lo que sucede en la película se remonta a mucho tiempo atrás, a una época, literalmente, “que se fue con el viento”. Segundo y más importante, el atrevimiento de largarle un pegote a una obra ajena es más grave que el borrado del catálogo mondo y lirondo. Es mearse en el autor, pero especialmente en los espectadores, a los que se trata de menores de edad. Justo lo que hizo, por cierto, la censura franquista con Ladrón de bicicletas o Los cuatrocientos golpes. Todo vuelve.

Una agresión silenciada

Con seis meses de retraso, nos enteramos de una agresión sexista ocurrida —siempre hay que poner “presuntamente”— en Zarautz. Según denuncian colectivos nada sospechosos, el porqué de tanto tiempo de ocultamiento tiene que ver con el lugar donde se produjeron los hechos y, sobre todo, con la filiación política del señalado como autor del ataque. El episodio ocurrió en la Herriko Taberna de la localidad costera y el tipo en cuestión es un antiguo concejal de EH Bildu y personaje referencial de la izquierda soberanista en el municipio. La víctima, una joven de 19 años que trabajaba —en pasado— en el bar.

No hace falta tener demasiada imaginación para saber que habría ardido Troya si la agresión hubiera tenido como marco un Batzoki, una Casa del Pueblo o una sede del PP. Incluso sin siglas de por medio, los acontecimientos hubieran tenido un curso bien distinto. Esta vez lo que se hizo fue seguir lo que nos presentan como un protocolo interno vanguardista del copón que ha desembocado —¡tras medio año y solo después de que el asunto saliera a la luz pública!— con la retirada del carné al supuesto agresor. Nada que ver en absoluto con lo que se proclama a voz en grito para el mismo tipo de situaciones. Debo decir también, bien es cierto, que esta conducta no me ha sorprendido lo más mínimo.

Diario del covid-19 (23)

Acabaremos teniendo que pedir perdón por no dedicar el confinamiento a leer tochos de autores ignotos a 25 euros la pieza. O por no sacrificar nuestras retinas y nuestros cerebelos frente a las llamadas series de culto, denominación que suele querer decir que son tubos infumables producidos con el único fin de tirarse el moco. O, en fin, por no ser capaces de enriquecer nuestro encierro con todas las cosas elevadísimas para el espíritu a las que se entrega esa élite que muestra su desprecio por la zafiedad de las costumbres del populacho en estos días de clausura domiciliaria obligada.

Quizá hayan tenido la suerte de no cruzarse en las redes (que es donde ahora hacemos mayormente la vida dizque social) con estos individuos de mentón enhiesto y rictus, según los ratos, de asquete o de ironía ante lo que arrumban como costumbres bárbaras de la chusma. Yo, sin embargo, no paro de darme de morros con sus diatribas contra cualquiera de las iniciativas con las que los tipos corrientes y molientes tratamos de hacer más llevadero el chape. Enarcan la ceja ante los aplausos de las ocho, fingen erisipela cuando denuncian haber escuchado Resistiré o ¿Quién me ha robado el mes de abril?, se mofan de las pancartas caseras con mensajes de ánimo y, en definitiva, se retratan como los absolutos esnobs que son.

Diario del covid-19 (12)

738 personas fallecidas con coronavirus en España en 24 horas. Son tres veces y media las víctimas mortales de los atentados del 11 de marzo de 2004. Junto a la brutalidad indecible de la cifra, el hecho que termina de helar la sangre: lo hemos asimilado como una circunstancia casi normal, que para más escarnio, convive con la certeza de que el siguiente balance será todavía mayor. Personalmente, me parece un escándalo de proporciones estratosféricas, máxime cuando los apóstoles de la progritud, desde su Olimpo de metacrilato, se engolfan en buscar la parte lírica de esta inconmensurable tragedia.

Incluso conociendo el paño a la micra, jamás imaginé que se pudieran convertir en género literario las aleluyas a los malotes que se saltan las medidas contra el contagio, glosados como émulos de El Lute del siglo XXI. Luego, le das media vuelta y la sorpresa decae. Las decenas de miles de seres que sufren y van a seguir sufriendo esta catástrofe sanitaria, social y económica son el mero combustible de los fuegos fatuos y la egolatría de los que están a salvo. Es decir, de los que se creen a salvo. Porque si es seguro que nunca protagonizarán uno de esos naufragios en el Mediterráneo que monetarizan con tanto fingido arte, esta vez yo no apostaría que el bicho no vaya a hacer presa en ellos.

¡Al rico sapo!

Pues no, petulante y encantadísimo de conocerse señor vicepresidente del gobierno del Reino de España, lo del error que no volverá a ocurrir no cuela. Comprende uno que en su meteórico viraje de amenazar con la guillotina a rendir cortesana pleitesía a la borbonada haya querido adornarse con un homenaje al Campechano, pero su acto de contrición tras haber votado en contra de la publicación de la hoja de servicio del matarife Billy el Niño no va a evitar el autorretrato de la acción inicial. Usted, yo y el que le saca el polvo a su mesa de caoba sabemos que de no haber mediado el torrente de indignación por su traición a las víctimas del torturador (y en general, a cualquier persona con un gramo de decencia), no habría habido lugar a esa rectificación innecesariamente posturera.

Con qué clarividencia, maese Iglesias Turrión, advirtió a sus mansos conmilitones de que venía un tiempo de tragar sapos. Va camino de récord de ingesta de batracios en menos de un mes de gabinete compartido. Estuvo fina hace unos días, porque le conoce de largo y de ancho, su levantisca compañera Teresa Rodríguez al recordarle unas palabras de Sabino Cuadra: una cosa es tener que tragar sapos y otra decir que nos gustan los sapos. Y ahí enlazamos, no tanto con usted como con su patulea de lamelibranquios que antes de que saliera a dar marcha atrás, se dedicaron a la jabonosa justificación de lo injustificable. Sostiene Iñaki Galdos, de quien he tomado prestado el apunte anterior, que los pelotas andarán deseando ser tragados por la tierra, pero yo me permito dudarlo.

Un saludo final, por cierto, a su progresista socio, que no rectificará.

Hacerla, pagarla

Empezaré por lo obvio. Aplaudamos que el peso de la ley haya caído sobre quienes se creyeron por encima de ella. Se llamen como se llamen y hayan sido lo que hayan sido. Destacados dirigentes del PNV, por ejemplo. O altos cargos de la administración pública. Alfredo de Miguel y el resto de los ya oficialmente condenados tendrán tiempo de pensar en la cárcel que no está nada bien valerse de un carné y, menos, de una posición de privilegio en una institución que debe estar al servicio de la ciudadanía para engordar su cuenta corriente. Sí, la suya. En la sentencia no se dice que un solo céntimo haya ido a un lugar distinto del bolsillo de los implicados. Ni siquiera el Bobby Kennedy local que mezcló sus aversiones con sus ansias de medrar ha sido capaz de sugerir que lo afanado ha servido para pagar ni una fotocopia en Sabin Etxea.

Por lo demás, menos lobos con lo del “mayor caso de corrupción” en Euskal Herria. Es verdad que un euro sería una infamia, pero es que el botín no llega a 200.000 euros. Con eso no se paga ni los cagaderos de la sede del PP de Bilbao. Que ya hay que tener desparpajo, Alonso, Fanjul, Oyarzábal, y otros musguitos crecidos en la megacorrupción pepera sin cuartel, para venirse tan arriba por esta decisión en absoluto criticable de la Justicia española. Y aquí es donde enlazamos con los escandalizados de la contraparte. Se me saltan las lágrimas viendo a los denunciadores sin cuartel de la arbitrariedad togada hispana haciendo la ola a los otras veces tan vilipendiados magistrados a sueldo del estado opresor. Eso, claro, sin mentar que no hay ni habrá mayor corrupción que la que ustedes saben.

Un fiasco anunciado

Inconmensurable sorpresa: la gran milonga del clima, digo la cumbre, ha terminado en fiasco. Dos semanas de carísimo y vacuo espectáculo, para levantar el campamento con dos mohínes, media docena de encogimientos de hombros, y ya si eso, a ver si hay más suerte el año que viene en Glasgow. Y si no, bueno, pues el otro o el siguiente, ya iremos echando más leña al fuego del lenguaje. ¿Vamos por emergencia climática? Pues subiremos la puja a catástrofe, cataclismo, hecatombe o directamente, apocalipsis. Queda diccionario de sinónimos para un rato.

Opto por el cinismo cáustico, rayando lo directamente abofeteable —lo sé— porque no encuentro otro modo de manejar mi cabreo ante el cúmulo de impúdicas falsedades al que hemos asistido. ¿Qué leches cabía esperar de un festival patrocinado por las compañías más dañinas para el planeta, como quedó retratado el primer día con los encartes publicitarios en la mayor parte de la prensa hispanistaní? ¿Qué valientes medidas pretendemos que tomen los políticos que saben que al final de sus días financiados por las arcas públicas les aguarda una silla de cuero en el consejo de administración de una de esas firmas?

Eso, claro, por no mencionar a los del otro frente, los abanderados del raciocinio científico que predican su conocimiento como dogma. ¡Ay del ignorante mortal que se atreva, siquiera, a expresar la menor duda o, no digamos, a encontrar alguna objeción a la mesías adolescente de culto obligatorio! Se le colgará de inmediato el baldón de hereje negacionista adorador de Trump y, tras ser disciplinado en público, arderá en una hoguera tan pura que casi ni desprende CO2.