Diario del covid-19 (25)

Por primera vez en no sé cuántos lunes de Pascua no he podido subir al Serantes a celebrar Cornites. Me he conformado con tuitear una foto nostálgica de la cumbre acompañada del deseo de poder hacerlo el año que viene. Creí entender que había una quedada para comer el bocadillo a las dos y media en balcones y ventanas del barrio, pero no ha salido nadie. Da igual. Desde antes de las doce hasta esa hora ha estado sonando la música un día más, como volvió a hacerlo después de los aplausos de la tarde hasta que casi dejó de haber luz.

Rara es la canción que coincide con mis gustos, pero ese chuntachunta de fondo se ha convertido para mi en una especie de himno de resistencia. ¿Contra el bicho? No, desde luego que no. Solo contra unas circunstancias para las que carezco de manual de instrucciones. Cuánta envidia de quienes atesoran todas las certezas. Antes sabían que esto era una gripe de chicha y nabo con la que pretendían meternos miedo y ahora están seguros de que es la mayor prueba por la que ha atravesado la especie humana desde que pisa la faz de la tierra y de la que saldremos siendo la leche en vinagre. Pues qué bien, pero a mi me basta con llegar al día siguiente sin que se me hayan ido a la mierda del todo los varios frentes en que peleo como el común de los mortales que alcanzo a ser.

Expoliadores impunes

Hoy mi pueblo, Santurtzi, vuelve a movilizarse contra una injusticia. Como ya hicieran nuestras vecinas y nuestros vecinos de Portugalete para recuperar la casa de Vitori de sus usurpadores, los habitantes de la villa marinera —¡y quien quiera sumarse desde donde sea!— estamos convocados frente a otra vivienda que en el eufemismo de los medios llamamos ocupada o, si nos ponemos todavía más estupendos, okupada, con k megamolona. Menos mal que a estas alturas del tercer milenio, llevamos las suficientes caídas de guindos coleccionadas para saber que hablamos, sin menos y sin más, de un domicilio particular tomado al asalto por unas personas a las que ni siquiera puedo nombrar como presuntos delincuentes.

De hecho, la broma macabra empieza ahí. La ley está de su parte. Contra todo lo que nos enseñan, son los propietarios del inmueble los que tienen que demostrar que lo son y/o que los expoliadores no son víctimas de un perverso casero que les quiere poner de patitas en la calle por capricho o por codicia. Si, como yo, les preguntan a sus jurisconsultos de cabecera, les dirán sin arrugarse la toga que se trata de la más elemental de las garantías constitucionales. Acto seguido, señalarán a los legisladores como responsables del inconveniente menor que resulta que arramplen con tu casa y afearán a la inculta plebe por desconocer los rudimentos básicos del Derecho. La autoridad nominalmente competente se llamará andanas, no sea que la beatífica progritud saque a paseo la demagogia tramposa y ventajista. Y al final solo queda la presión popular, con el inconmensurable peligro de que la cuestión se vaya de las manos.

Subasta indecente

ninosguerraA cualquiera que tenga dudas sobre si hay que destinar recursos públicos para acoger refugiados le invito a echar un vistazo a las decenas de fotografías de niños embarcando en el puerto de Santurtzi entre abril y junio de 1937. Si tarda más de tres segundos en comprender que, en nombre de nuestros mayores —los pocos que nos quedan y los muchísimos que nos han ido dejando—, ni deberíamos plantearnos algo tan meridianamente claro, concluiré que mi interlocutor no tiene corazón ni, desde luego, memoria.

No, el debate no está ahí. Un pueblo que ha sufrido —¡apenas ayer!— lejanos y desgarradores exilios debe prestarse a recibir a la mayor cantidad posible de personas que huyen del horror. Sin racanear un céntimo y, por descontado, para alojarlos en unas condiciones dignas, es decir, no despachándolos a los amontonaderos de carne humana habituales, allá donde no molesten a los solidarios de pitiminí ni a los gobernantes que quieren pasar por la recaraba del altruismo.

Nombro a unos y otros, no lo niego, a mala baba, porque lo que quiero decir en el fondo es que cuando se trata simplemente de hacer lo correcto, sobran los juegos florales y las competiciones para ver quién es más espléndido. La tremenda foto del cadáver del pequeño Aylan despertó sentimientos muy nobles, es cierto, pero también ha inaugurado una indecente y morbosa subasta. ¿Solo a mi me parece que buena parte de los pomposos ofrecimientos de administradores públicos varios (algunos de ellos, ridículos hasta la náusea) apestan a oportunismo ramplón, a que no se diga y a no vamos a ser menos que el vecino o que los del otro partido?