Golpistas a tutiplén

Está entretenida la tragicomedieta política hispanistaní con todo quisque poniéndose mutuamente de golpista y llevándose una. Me consta que los más milindris y cierta parte de los rasgadores de vestiduras para la galería andan preocupadísimos atribuyendo esta competición de idiocia a no sé qué crispación que crece en espiral y hasta advierten del peligro de acabar en el abismo, en el punto de no retorno o, qué sé yo, en la exageración que les salga en el momento. A buenas horas vamos a perder el sueño por una práctica, la del insulto de fogueo, tan vieja como el ejercicio del parlamentarismo. Iba a escribir que es dialéctica pura y dura, pero ojalá se tratara de una disciplina tan elevada. Con verborrea cochinera va que chuta.

Otra cosa es que el uso de la palabra golpista como ariete contra el rival resulte de lo más reveladora sobre quien la utiliza para tales menesteres. Más allá de la trivialización del concepto que señaló Aitor Esteban, el perrenque con el término —en fino, su uso y su abuso— opera como retrato preciso de quienes lo escupen una y otra vez. Como no somos nuevos, si de alguien esperamos que apoye un verdadero golpe de estado, con su camista azul y su canesú salvador de la patria en peligro, es del ladrador en sepia Pablo Casado. O, claro, de su guardia de palmeros, empezando por el archiconocido en estos lares Javier Maroto, autor de una frase que es toda una declaración de intenciones. Dijo el nada añorado exalcalde de Gasteiz que los golpes de estado “desgraciadamente, hoy en día, no se dan con tanques o sables como en el siglo pasado”. Desgraciadamente. No hay más preguntas, señoría.

Del selfi al hecho

En el principio fueron ojos como platos y bocas abiertas hasta el esguince de mandíbula incapaces de balbucear nada que no fueran obviedades de aluvión. ¿Cómo carajo había que reaccionar al ver que ese partidito del extrarradio con cinco votos le había sacado al ogro de la Moncloa lo que hasta un cuarto de hora antes era absolutamente imposible? ¿Quién se iba a imaginar que los malvados sacamantecas periféricos pondrían como condición indispensable para aprobar los presupuestos de Rajoy una que ni el más cabestro de los extremocentristas podría (des)calificar con la habitual sarta de bramidos sobre los privilegios, el egoísmo y la mancillada unidad de la nación española?

Y si a la piara naranja se le había quebrado la cintura, qué decir de la perplejidad en las amplias llanuras progresís que empiezan donde habitan los cofirmantes del 155 y terminan en los diversos mundos de Yupi. Vaya gol entre las piernas a los cazapancartas de lance. Del selfi al hecho va un buen trecho.

Era de cajón que la cosa no podía quedar así. Es el relato, amigo, se dijeron a lo Don Rodrigo los argumentistas de guardia. De entrada, también es verdad que porque el PNV lo había puesto a huevo, el recuerdo en bucle a la línea roja catalana como presunta muestra de falta a la palabra dada. Un tanto endeble el dardo, si se tiene en cuenta que la votación real de las cuentas será dos días después de que expire el plazo definitivo para convocar (o no) nuevas elecciones. Restaba, entonces, agarrarse a las enseñanzas de la zorra y sentenciar que las uvas están verdes, o en este caso, que el compromiso arrancado es una birria. Ajá.

Pactar (o no) con el PP

De esas cosas que pasan de puntillas por la actualidad porque el foco está puesto en otro sitio. O, bueno, porque hay ciertos asuntos sobre los que es mejor no dar cuartos al pregonero. Hace unos días, EH Bildu y Elkarrekin Podemos sumaron sus votos a los del PP para colocar a Larraitz Ugarte como presidenta de la comisión que investigará en el Parlamento vasco posibles irregularidades en los contratos de los comedores escolares. No mucho después, Elkarrekin Podemos se unió a PSE y PP —esta vez sin conseguir mayoría— para votar en contra de la iniciativa de EH Bildu secundada por el PNV que exige que España respete en su totalidad el nuevo estatuto que se está elaborando en la cámara.

Se puede tomar, al primer bote, como muestra de la rica pluralidad de nuestra política: formaciones que se alían en función de unos objetivos (se supone que) perfectamente legítimos. Todos con todos contra todos. Parlamentarismo maduro funcionando a pleno pulmón. Y sí, como ven, que tire la primera piedra el que esté libre del tremebundo pecado de pactar con el malvado PP del 155, la corrupción hedionda, los mandobles a la libertad de expresión, el chuleo sistemático a los pensionistas o todo lo que no cabe en esta modesta columna.

La moraleja, creo que me pillan, es que en materia de vetos y cordones sanitarios se aplica lo de los principios de Groucho Marx. Vamos, que viene a ser como lo de predicar y dar trigo, lo de la viga y la paja o de la mano derecha y la mano izquierda. Procedería, por tanto, que los campeones de la moralidad bajaran una gota el tono conminatorio y reprobatorio ante ya saben ustedes qué.

Ayer… como hoy

Desconozco si fue casualidad o causalidad, pero el caso es que el pasado domingo, los diarios del Grupo Noticias traían dos piezas que yo diría estaban cosidas por hilos espacio-temporales y afectivos invisibles. Por una parte, Iban Gorriti rescataba del no tan lejano anteayer cómo el lehendakari José Antonio Aguirre cumplió la palabra dada al president Lluís Companys de acompañarlo cuando le llegara el momento de salir al exilio. Le faltó tiempo a mi muy apreciado senador Jon Inarritu para tuitear la página correspondiente —sin que se viera el medio de procedencia, ejem—, acompañada del latinajo “O tempora, o mores”, que viene a querer decir que cómo cambian las cosas.

Podría caber la carga de profundidad si no fuera porque a unas páginas de distancia, amén de destacadísima en primera, venía la extensa crónica en la que Humberto Unzueta detallaba al milímetro cómo fue la mediación de Iñigo Urkullu que estuvo a punto de cambiar el guión del procés. Mediación pedida expresamente y con apremio por un agobiadísimo president Carles Puigdemont en un instante en el que veía que se le venía encima todo el peso de la Historia.

Es verdad que, como sabemos y como se cuenta de forma fidedigna, el intento se fue al garete en 18 minutos más histéricos que históricos. Sin embargo, la esencia de lo sucedido, ese hilo que une presente y pasado que mencionaba al principio, está ahí: de nuevo, en un momento crítico, un lehendakari está al lado de un president que le ha requerido su ayuda. Es lo que va de predicar a dar trigo, o en términos actuales, de hacer politiqueo de selfi y pancarta a hacer política de verdad.

13,02 %

Enternece el voluntarismo de ciertos titulares, incluidos los de casa, para edulcorar lo que de aquí a Lima es un fiasco. El 13,02 por ciento de participación media en la última tanda de consultas de Gure Esku Dago no debería empujarnos a refugiarnos en el autoengaño, sino propiciar un paso hacia la reflexión sincera. ¿Cómo es posible que en el punto máximo de ebullición de la cuestión catalana, con medio Govern en la cárcel y el otro medio en algo parecido al exilio, el empático pueblo vasco muestre una movilización tan escuálida?

Cabe la excusa de la meteorología adversa, que en realidad sería un tremendo retrato: si nos asustan unos chaparrones, qué será cuando lluevan porrazos y autos judiciales. También está la otra gran coartada, la que sostiene que como sabemos que no va en serio, no nos tomamos la molestia de ir a votar, pero que la cosa cambiará cuando sea con todas la de la ley.

Puede, en efecto, que el tiempo desapacible hiciera lo suyo y que saber que el valor de las papeletas no pasa de lo simbólico haya influido. Sin embargo, asumiendo el riesgo de ser pesado y de resultar incómodo, repito mi teoría: no hay temperatura social. Es más, desde la primera vez que lo escribí, hemos pasado de lo tibio a lo gélido. ¿Por qué? Pues entramos en terreno muy delicado, porque a los factores que ya estaban (desconfianza mutua y creciente entre los que deberían ser los principales aliados), se añade la arriba mentada realidad catalana, que opera exactamente a la inversa de como la intuición invitaría a creer. Por mucho que simpaticemos con la causa, no es, ni de lejos, el camino que queremos hacer.

Educación y demagogia

Venga, sigamos con la Educación. No estaría mal, por cierto, que el súbito interés por debatir sobre el asunto que ha entrado en la demarcación autonómica tras el morrazo en PISA se extendiera a todos los días del año. Aunque estaría mejor aun que a la hora de abordar lo que debería ser una reflexión sosegada se dejaran en la puerta las simplezas ideológicas, los lemillas de a duro y, en definitiva, todo lo que demuestra que la cuestión de fondo es lo de menos. Más claro, por aquello del déficit en comprensión lectora que al parecer padecemos: que basta ya de hacer política, o sea, politiqueo, con la materia.

¿Seremos capaces? Me temo lo peor. Es mucho más fácil jugar al pimpampum y batir el récord de demagogia barata —algunos de los representantes políticos están demostrando que no pasan del Muy Deficiente— que proponer una solución y arrimar el hombro. Y otra vez sí, requetesí: el Gobierno tiene gran parte de la responsabilidad. Pongámosle de vuelta y media por ello, pero inmediatamente después preguntemos por el resto de los participantes en (perdón por la cursilería) el acto educativo. Es cierto que la generalización es injusta, pero ya que esto va de medias, ¿qué nos parece la media de calidad de las y los docentes? Ah, ya, con el tabú hemos topado. Pues sea, porque aquellos y aquellas que ponen alma, corazón y vida en su trabajo no merecen acarrear con los estragos de los que no hacen la o con un canuto ni dan un palo al agua. ¿Qué hay de nosotros, padres y madres sobreprotectores habitantes en la inopia? ¿Y de la propia chavalada que pasa un kilo? [El coro responderá: ¡Cállate, cuñao! ¡Ay!]