Diario del Covid-19 (1)

Empiezo estas anotaciones a vuela pluma con la intención de dejar constancia para el futuro de los días excepcionales que nos ha tocado vivir. Termine como termine esta pesadilla, que ojalá sea bien, merecerá la pena no perder la memoria de los datos, los sentimientos, las sensaciones, la respiración contenida, las escasas certidumbres y las toneladas de dudas entre las que tratamos de llevar una existencia normal.

Qué nostalgia de aquellos tiempos, apenas anteayer, en que nos hacíamos lenguas del pin parental, el episodio nocturno de Ábalos en Barajas o el fulminante Alonsicidio. Aunque ya por entonces el bicho hacía estragos en China y se presentaba en sociedad en otros lugares de globo, poco sospechábamos —o quizá no queríamos hacerlo— que lo tendríamos no en la puerta de casa, sino dentro, muy dentro: en el instante de teclear estas líneas, 197 contagios en la demarcación autonómica y 22 en la foral, sumando seis muertos.

Más allá de las cifras, todavía infinitamente menores que las de la gripe común, las medidas que no hubiéramos sido capaces de soñar. Clases suspendidas en Gasteiz y Labastida, las fuerzas del orden tratando de garantizar el confinamiento de algunos infectados especialmente hostiles, partidos de fútbol a puerta cerrada, eventos cancelados en cascada, toma casi al asalto de supermercados, o unas autoridades sudando la gota gorda para evitar el reventón social. Y cómo no, con brotes de otro virus paralelo e igualmente letal, el del politiqueo chichipocero a cargo de estadistas de regional que dicen saber lo que hay que hacer porque no es a ellos a quienes les toca tomar las decisiones.

Pues otra más

Las huelgas generales en mi país son previsibles de cabo a rabo, y la de ayer no ha resultado excepcional. Aseguran los convocantes que fue un éxito apoteósico. Al otro lado, gobierno, patronal y esta vez también las muchas organizaciones incluso de izquierdas que no se han sumado pregonan que ha sido un fiasco del quince. La cuestión es que es inútil tratar de explicarles a estos y a aquellos que ni tanto ni tan calvo. Como en tantas cosas por estos y otros lares, el asunto va de construirse la realidad al gusto y/o de acuerdo a los intereses.

Empezando por mi, no tengo empacho en confesar que probablemente mi sensación de que la movilización se quedó en gatillazo tiene que ver con mis juicios previos, o sea, con mis prejuicios, siguiendo la etimología de la palabra. Por lo demás, la cosa creo que fue literalmente por barrios. En mi pueblo, Santurtzi, sin ir más lejos, Kabiezes y el centro lucieron prácticamente como cualquier otro día, mientras que en Mamariga predominaban las persianas bajadas. Puro retrato sociológico, supongo.

En cuanto al temor que anoté aquí el otro día sobre el derecho a parar y el derecho a no parar, me temo que hay pocas dudas. No entenderé jamás que si estás convencido de que tu causa es justa, tengas que coaccionar a los demás para que se sumen en lugar de esperar que se apunten voluntariamente. Paradojas, digo yo, como lo es también la encendida proclama a favor de la huelga no ya del tipo de bolsillo desahogado que les conté en la columna anterior, sino de un millonario con todas las de la ley que aprovechó para colarnos como heroico seguimiento del planto el día de descanso de su club.

Bendita modorra

¡Ay, esos esfuerzos baldíos que conducen a la melancolía! Miren que nos empeñamos los del gremio plumífero en echarle épica con sifón a la cosa, pero ni por esas. ¿A quién pretendíamos engañar con lo del pleno de política general más importante de los últimos años en el Parlamento vasco? Que sí, que vale, que ecuador de la legislatura, elecciones forales, municipales y europeas a la vista, nuevo estatus cociéndose a fuego lento, presupuestos con olor a prórroga que es un primor, y lo que te rondaré, moreno, pero de un tiempo a esta parte, la política del terruño se ha instalado entre la placidez y la calma chicha a la que no estábamos acostumbrados. ¡Y que dure!, hemos de pedir, si de verdad conservamos memoria de aquella crispación que nos atizábamos no hace tanto desyuno, comida, merienda y cena.

De momento, y hasta nueva orden, bendita modorra y bendita previsibilidad del Gobierno, que incluso el lehendakari mentó, entre la retranca y la confesión de parte, en un discurso que contuvo exactamente las sorpresas con las que contábamos: cero. En justa correspondencia, los portavoces de los grupos —y especialmente, los de la oposición— cumplieron hasta la última coma con un guion que, en algún caso, llegó a la autoparodia, cuando no a la antología de la vergüenza ajena. Cómo decirles, cómo contarles, que la cámara, sin necesidad de ser un Templo, no puede parecer tampoco un aula de segundo de BUP.

Y lo demás lo tienen en los titulares, cada cual, incluidos los nuestros, arrimando el ascua a la sardina propia y dopados con hormona del crecimiento, a ver si hay suertecilla y el común de los mortales supera la indecible pereza que le provoca la cuestión.

Casi impecable

Vaya, un tanto anticlimático lo de Maxim Huerta en Cultura, cuando la progresión de los anuncios parecía prometer, como poco, a Antonio Banderas o, qué sé yo, a Iniesta. Y más en serio, bajón con interrogante respecto a la elección de Grande-Marlaska para Interior. La bibliografía que tiene presentada el superjuez en lo que nos toca más de cerca no invita a albergar grandes esperanzas respecto a esos cuatro asuntillos —o sea, asuntazos— que tenemos pendientes por aquí arriba. Claro que pasan de media docena las ocasiones en que hemos comprobado que los hechos más audaces han tenido los protagonistas menos esperados. Veremos. Es decir, ojalá veamos.

Por lo demás, comentario puntilloso arriba o abajo sobre Borrell o sobre la ministra Montero, tan poco amiga de Concierto y Convenio, no tengo el menor empacho en reconocer que es el mejor gobierno español que soy capaz de recordar. Y recuerdo todos, ojo, que empecé con pantalón corto a chutarme en vena la farlopa politiquera. Ni de lejos podía imaginar una composición así, y solo puedo quitarme el cráneo ante quienes se la han sacado de la sobaquera en tiempo récord. Toma y vuelve a tomar con el Gobierno Frankenstein.

En la cita anterior es donde nos encontramos con un PP en pánico y con Albert Rivera al borde del llanto incontrolable. Él, que ya tocaba con la yema de los dedos el pelo monclovita, se ha quedado con el molde y, de propina, con la angustia de pensar que a lo peor se queda para vestir santos. En cuanto a Pablo Iglesias, también cabe imaginarlo rascándose la cabeza y barruntando lo que casi todos, que aquí el más tonto hace relojes.

A vueltas con PISA

Esto del Informe PISA va por barrios. Cada tres años se cambian los papeles celebratorios o plañideros según haya caído la lotería de unas pruebas que nadie acaba de explicar cómo funcionan y para qué carajo sirven realmente. O quizá sea que también los mayores de 15 abriles, todos y cada uno, andamos peces en comprensión lectora. Total, que ocupándonos de lo más cercano, ahora mismo tenemos fiesta mayor en la demarcación foral y luto riguroso con reproches adosados en la autonómica. En Navarra, faltaría más, se disputa a hostia limpia dialéctica la paternidad del éxito, mientras que en la CAV la competición consiste en ver quién le atiza la mayor guantada a los dirigentes políticos.

Empecemos por ahí. ¿Son los gobiernos responsables para bien o para mal de los resultados obtenidos por la chavalada en estas olimpiadas del saber con ínfulas? Es difícilmente negable que alguna influencia tienen sus normas educativas y el modo en que se aplican. “¡Y la pasta, oiga, la pasta!”, añadirá alguien, perdiendo de vista que varias de la comunidades de cabeza invierten mucho menos que algunas que se han dado la piña.

Anotemos, en todo caso, la cuota de culpa de los que mandan. Es curioso que la lista se pare ahí, excluyendo a las personas encargadas de transmitir el conocimiento, a las destinatarias de su trabajo y a sus progenitores, que algún pito deberían tocar en todo esto. Si queremos hacer un diagnóstico todavía más completo, propio de notable alto en el PISA, y aunque esto es común a los lugares con buenos y malos resultados, habrá que reflexionar un ratito sobre el valor que le damos al esfuerzo.

Un gran éxito

La huelga general del pasado jueves fue un gran éxito… mayormente para las organizaciones patronales y para los gobiernos. Esta vez no tuvieron que hacer malabares con los datos ni esconder las fotos. Es probable que ni en sus cálculos más optimistas contaran con una respuesta tan escasa o si lo prefieren, tan desigual, según el eufemismo acuñado por un medio proclive a la causa. Mentira no era, desde luego: entre lo viejo de Donostia cerrado casi a cal y canto y la normalidad rayando lo insultante del centro de Bilbao cabe un mundo de interpretaciones. Allá cada quien con las trampas que decida hacerse en el solitario.

Comprendo que ni humana ni estratégicamente es esperable que las centrales que convocaron este paro a todas luces fallido salgan a la palestra y reconozcan que quizá hicieron un pan con unas hostias. Sería un regalo muy grande para los que esperan desde enfrente la debacle definitiva del sindicalismo y un castigo al amor propio nada conveniente cuando la moral está como está. Sin embargo, de puertas adentro y con la cabeza fría, parece razonable que se debería plantear de una vez la espinosa cuestión de la eficacia de la huelgas generales. O mejor, de cada huelga general. No en el vacío, no en el pasado, no en el futuro lejano, sino aquí y ahora, que son el lugar y el momento donde la acción cobra sentido.

Reflexión, algo tan viejo, si bien poco usado, como la propia lucha, de eso se trata. Sin enrocarse, sin encabronarse, sin ceder a la tentación de ver enemigos en cada sombra, en cada frente que no asienta con fruición. Bastante dividida viene de serie la otrora clase obrera como para seguir cortándola en rodajas. En este punto hago notar que muchos de los que el otro día se quedaron al margen no lo hicieron por el miedo inducido que suele citarse como factor desmovilizador, sino como fruto de una decisión consciente y meditada. Eso, digo yo, debería dar qué pensar.

Códigos éticos

Los códigos éticos están muy bien, pero obras son amores. Quiero decir que es altamente loable suscribir una inmaculada declaración de intenciones —de elaboración propia o de importación—, pero lo es mucho más empeñarse en demostrar con hechos contantes y sonantes que no se ha brindado al sol, o en el caso de la actual meteorología de la tierra, a las nubes. No hay que irse demasiado lejos ni en el tiempo ni en el espacio para comprobar lo que va de predicar a dar trigo, de echar un garabato en un papel a actuar en consecuencia. De los 178 altos cargos del extinto Gobierno López que fueron instados a devolver la paga de navidad escamoteada al resto de los empleados públicos, sólo cinco han apoquinado, supongo que a regañadientes. Échenles ahora un galgo a los 173 que se han hecho los orejas y recuérdenles que ellos y ellas también se adhirieron con pompa y boato a un prontuario de nobilísimas pautas de conducta. Les enseñarán el dedo como Bárcenas a los plumillas en el aeropuerto a la vuelta de su rule por Canadá.

Por lo demás, de estos reglamentos del parchís gubernamental me llama la atención su tremenda obviedad. ¿Es necesario poner negro sobre blanco que un administrador de lo común no debe meter la mano en el cajón ni enchufar a su cuñada? Alarma pensar que la respuesta sea afirmativa, como si tuviéramos asumido que la norma fuera, efectivamente, hacer mangas (o sea, mangoneos) y capirotes desde la publicación del nombramiento hasta el cese en el boletín oficial de referencia.

Sospecho, y no me digan que ustedes no, que algo de eso hay. Por alguna razón, damos por sentado sin mayor escándalo ni merma del sueño que un despacho ejecutivo de cualquier institución —de cualquiera, lo recalco— es un conseguidero de deseos, sobre todo, si lo ocupan los de la cuerda propia. Denle un par de vueltas, porque como eso sea solo una migajita así, no va a haber código ético capaz de cambiarlo.