Game Over

Ya lo dijo aquel filósofo cañí que daba matarile a los toros que le ponían por delante: lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. Nótese que en el caso que nos ocupa, la imposibilidad no radica en el hecho en sí sino en quienes debían ejecutarlo. Había un congo de formas de evitar las elecciones que se nos vienen encima el 10 de noviembre, pero la maldición divina disfrazada de signo de los tiempos (o viceversa) ha querido que el asunto estuviera en manos de cuatro mastuerzos ególatras metidos a estadistas de chicha y nabo. Con suerte, entre todos juntarían masa gris para regir los destinos de la cofradía de las albóndigas de Alpedrete.

Vaya tropa, diría el chorizo ilustrado Romanones. Pena, penita, pena que ninguno vaya a emular a Don Estanislao Figueras, aquel presidente de la primera República española que espetó a sus compañeros de gabinete: “Señores, ya no aguanto más. Voy a serles franco. ¡Estoy hasta los cojones de todos nosotros!”, antes de coger un tren a París. Descuiden, que esta recua de ineptos ventajistas —de acuerdo, unos más que otros, pero todos por un estilo— tendrán el cuajo de encabezar las listas de sus respectivas formaciones, donde sus acólitos y palmeros todavía les reirán la gracia. Y aquí es donde la responsabilidad se traslada a los fulanos que seguirán haciéndoles la claque… y a las ciudadanas y los ciudadanos que les votarán dentro de menos de dos meses. Qué rabia, no poder decir que con su pan se lo coman porque su decisión nos alcanzará querámoslo o no. El único consuelo es pensar que en estos lares podremos optar por siglas que sí han sabido estar a la altura.

Casado canta

Los trompazos electorales son como el vino peleón. Sueltan la lengua que es un primor. Atiendan a Pablo Casado, beodo de fracaso y resentimiento, cantando la gallina: “Simplemente, una reflexión sobre lo mucho que Abascal debe a este partido del que ha estado cobrando de fundaciones y chiringuitos y mamandurrias, como él dice, de alguna comunidad autónoma hasta antes de ayer”. Vuelvan a leerlo si quieren, pero comprobarán que no ha sido una ilusión óptica. El tipo que se tiene por el más listo a ambos lados del Pisuerga ha desvelado el mecanismo de ese sonajero podrido que es el PP. No hay más preguntas, señoría.

Eso, después haber llamado por primera vez ultraderacha a Vox, la formación a la que el viernes ofrecía carteras en su gobierno porque “no nos vamos a pisar la manguera”, expresión literal. La misma en la que se apoya para gobernar en Andalucía. Y no crean que han sido más suaves las palabras sobre su socio en el ejecutivo andaluz. Dice ahora Casado que Ciudadanos es socialdemócrata amén de hipócrita, desleal y partido de tránsfugas. ¿Que las lentejas se pegan? Déjalas, a ver si se matan.

Lo divertido a la par que revelador es que la descarga dialéctica fue tras un cónclave en el que se supone que los genoveses se habían dado a la autocrítica. Aparte de concluir que la culpa de sus ridículos resultados ha sido de los demás, la brillante idea que han encontrado para recuperar los quintales de votos perdidos es “viajar al centro”, o sea, lo que llevan diciendo desde su fundación. En ese viaje, por cierto, han encontrado que sobra una alforja: Maroto ha sido relevado como jefe de campaña. Está en racha.

Después del fiasco

Tras el descarrilamiento de la negociación presupuestaria entre Gobierno vasco (más bien, PNV) y EH Bildu (más bien, Sortu), propongo dejar de llorar por la leche derramada y centrarnos en lo que debe importar ahora. Lo primero, desde luego, será encontrar el modo de que la mayor parte de lo buenísimo que ya se había aceptado en el tira y afloja no se vaya por el desagüe de la inevitable prórroga. Por más que en la aritmética política se pueda conseguir a veces que dos y dos sumen algo más de cuatro, a nadie se le escapa que va a ser muy complicado materializar todos los avances con el corsé del alargamiento de las cuentas de 2018. Pero intentarlo es más que una obligación, empezando, claro, por el complemento de las pensiones más bajas a través de la RGI.

Sin abandonar ese esfuerzo, y más allá de los humanamente comprensibles reproches, cabe empezar una reflexión general. Y no solo sobre los cómos y los porqués de lo ocurrido, sino respecto a lo que significa y lo que puede o debe implicar.

Mirando solo a los que se han sentido aliviados o, incluso, se han alegrado por el fracaso, ya tenemos tres cuartos de la conclusión. Acabamos de comprobar otra vez que las dos principales fuerzas soberanistas —¡olviden las culpas!— no han sido capaces de consensuar materias primarias del día a día de la ciudadanía a la que se deben. ¿De qué sirve, entonces, que haya un gran pacto en las cuestiones identitarias, como el suscrito sobre las bases del futuro estatuto, si cuando llegue el momento de pasar de las palabras a los hechos, o sea, cuando salgan las cosas literalmente de comer, volverá a ser imposible el acuerdo?

¿Fracaso colectivo?

Oigo y leo, incluso en los editoriales de los diarios que publican estas líneas, que la impepinable repetición de las elecciones generales obedece a (o es síntoma de) un fracaso colectivo. Pues a mi me borran de la lista de responsables, por favor. Seguro que tengo culpa compartida de mil y una tropelías, pero les prometo que de esta en concreto estoy tan libre como de la pésima imagen que dio mi equipo el otro día contra el Levante. Y como servidor, otros millones de ciudadanos que en esta farsa no hemos desempañado más papel que el de panolis, primos o pardillos, términos todos ellos del mismo significado. Solo faltaría que los truhanes que nos la han estado dando con queso durante ¡cuatro meses! vengan ahora a tratar de encalomarnos su fraude.

¿Fraude? Sí, porque aunque cupiera alegar también incompetencia, no sería atenuante. Quienes nos han acarreado hasta aquí lo han hecho, amén de con una torpeza indescriptible, a muy mala idea. Contra sus sus pronunciamientos públicos a dos carrillos, ninguno de los protagonistas de la tragicomedia de enredo ha obrado por el interés general sino por el suyo propio. Simplemente, podían permitírselo. Incluso en el peor de los casos, sus habas —y sus gintonics de 18 euros— no corrían el menor de los peligros.

En esa bastardez egoista sí han conseguido ponerse de acuerdo las cuatro siglas concernidas. Cabrá argumentar que no todas han mostrado el mismo grado de maldad, y no será incierto. Pero allá quien quiera engañarse jugando a salvar a los propios y condenar a los ajenos. Será darles patente de corso para que, llegado el caso, vuelvan a hacer lo mismo.

¡Otra ronda, hics!

Como no vamos suficientemente borrachos, venga otra ronda… de consultas. La convoca el sobrino de Doña Pilar la panameña fiscal, pero ya saben ustedes quiénes la pagamos. En dinero —da ternura ver a los partidos hablando de abaratar costes de la campaña electoral bis—, pero también en salud, que nadie nos va a devolver las neuronas sacrificadas en el inútil esfuerzo de tratar de entender algo. Para que luego diga el jeta Osborne que está encabronado porque le han pillado demostrando que su patrioterismo panderetero es una mierda pinchada en un palo cuando se trata de apoquinar a la causa. ¿Cómo habremos de estar los millones de pardillos que llevamos desde el 20 de diciembre por la noche siendo objeto de un chuleo ritual por parte de quienes dicen aspirar a buscar lo mejor para nosotros? Puñetero despotismo ilustrado del tercer milenio. Bien es cierto que consentido, porque ya verán qué descojono cuando las urnas de dentro de dos meses y pico demuestren —y me encantará equivocarme— que los vendepeines de los cuatro grandes partidos son la medida exacta de sus votantes.

¿El 25 y el 26 de abril? ¡No nos palpe la entrepierna su majestad! Si la cosa está tan chungalí, evítenos la agonía y el bochorno prolongado. Ya que es usted el detentador en mala hora de tal facultad —¡Viva la República!—, llame hoy mismo a los cabezas de cartel, al resto de comparsas y a ese administrador de comunidades de vecinos que han puesto de presidente del Congreso, y acabe de una vez con el martirio. ¿Que procede volver a votar a ver si hay suerte esta vez? Pues se vota, leñe, se vota. Pero dejen de darnos la brasa ya.

Colau y la normalidad

Ada Colau reconoce que ha fracasado en su intento de evitar la huelga del metro de Barcelona. No solo eso. Por alguna razón que me abstendré de interpretar, hace públicos los sueldos de los trabajadores. 33.000 euros es la media, de la que tampoco diré ni pío. En la previa, la alcaldesa había solicitado la desconvocatoria del paro que, según su muy docto entender —algo sabe de reivindicaciones y protestas—, es una medida desproporcionada.

¿Y qué hacemos ahora con ella? ¿La arrumbamos de fascista explotadora de la clase obrera o nos liamos a zurriagazos con los señoritos operarios del suburbano que exigen por encima de sus posibilidades? Con lo fácil que sería, ¿verdad?, si el munícipe que pone pie en pared perteneciera a la casta fachuna de rigor. Ahí no cabría la menor duda de que la culpa correspondería en exclusiva a la perversa autoridad, brazo ejecutor del insaciable capital en su sádica carrera precarizadora y laminadora de derechos básicos. O así.

Quizá la enseñanza de todo esto sea, sin embargo, que no hay que venirse muy arriba con el lenguaje panfletero. Ocurre en más de un conflicto (y en más de diez) que las demandas, por justas que sean o lo parezcan, no se pueden satisfacer al cien por ciento. Si tras un número razonable de intentos se sigue en las mismas, suele proceder levantarse de la mesa y reconocer el fracaso, lo cual nos devuelve al principio de estas líneas, pues eso es exactamente lo que ha tenido que hacer, muy a su pesar, Ada Colau. Política real se llama el invento. Aunque descubrirlo y asumirlo supone perder barniz lírico, también es un síntoma de madurez y normalidad.

¿Qué pasó el domingo?

Todo es según el ángulo de la fotografía y el entusiasmo en la narrativa. El mismo acto puede ser un fracaso descomunal o un éxito sin precedentes en función del titular y la imagen que lo acompaña. Entre las impías calvas de las gradas y una panorámica abigarrada de cabezas y telas al viento debe de estar lo más parecido a la verdad. Otra cosa es que interese contarla. O, qué caray, que se sea capaz de verla, porque al final, los ojos son un apéndice del corazón, que cada vez tolera peor las frustraciones. Créanme que en muchos de los grandes engaños no hay intención de darla con queso sino incompetencia para percibir la realidad. Llámenlo ceguera del alma y quizá lo disculpen.

Y ya, apeándome del lirismo, ¿con qué lectura sobre lo que ocurrió el domingo en cinco capitales de Euskal Herria hemos de quedarnos? Tienen para escoger la versión de la épica multitudinaria que avanza un mañana inminente plagado de urnas en las que decidir lo que seremos o la interpretación pinchaglobos que reduce la movilización al clásico de los cuatro y el tambor. Claro que si prefieren salirse de lo maniqueo, lo binario y lo trillado, pueden huir de la disyuntiva entre el triunfo y el fiasco, y plantearse si las mareas de color salmón han cubierto su objetivo.

Ahí, de nuevo, les cabe la opción de hacerse trampas o no. Piensen si se trataba de abrir un camino imparable para cambiar el estado actual de las cosas o si, siguiendo la estela de lo que ya se vivió el año pasado, el fin era fijar en el calendario una nueva tradición festivo-reivindicativa para soltar adrenalina patriótica y que siga sin pasar nada de nada.