Después del fiasco

Tras el descarrilamiento de la negociación presupuestaria entre Gobierno vasco (más bien, PNV) y EH Bildu (más bien, Sortu), propongo dejar de llorar por la leche derramada y centrarnos en lo que debe importar ahora. Lo primero, desde luego, será encontrar el modo de que la mayor parte de lo buenísimo que ya se había aceptado en el tira y afloja no se vaya por el desagüe de la inevitable prórroga. Por más que en la aritmética política se pueda conseguir a veces que dos y dos sumen algo más de cuatro, a nadie se le escapa que va a ser muy complicado materializar todos los avances con el corsé del alargamiento de las cuentas de 2018. Pero intentarlo es más que una obligación, empezando, claro, por el complemento de las pensiones más bajas a través de la RGI.

Sin abandonar ese esfuerzo, y más allá de los humanamente comprensibles reproches, cabe empezar una reflexión general. Y no solo sobre los cómos y los porqués de lo ocurrido, sino respecto a lo que significa y lo que puede o debe implicar.

Mirando solo a los que se han sentido aliviados o, incluso, se han alegrado por el fracaso, ya tenemos tres cuartos de la conclusión. Acabamos de comprobar otra vez que las dos principales fuerzas soberanistas —¡olviden las culpas!— no han sido capaces de consensuar materias primarias del día a día de la ciudadanía a la que se deben. ¿De qué sirve, entonces, que haya un gran pacto en las cuestiones identitarias, como el suscrito sobre las bases del futuro estatuto, si cuando llegue el momento de pasar de las palabras a los hechos, o sea, cuando salgan las cosas literalmente de comer, volverá a ser imposible el acuerdo?

Negociando… o así

Sigo con media sonrisa picaruela los tira y aflojas de plexiglás de la negociación presupuestaria en la demarcación autonómica. Si les parece una postura demasiado cínica, puedo empinar el mentón y cacarear con voz hueca que los presupuestos son la ley fundamental de cada legislatura y marcan el sesgo ideológico y que bla, bla, bla y requeteblá. Ya les tengo dicho, porque esta vaina se repite cada año y en varias instituciones, que la cosa no es tan grave como se pretende en los discursos prefabricados. No lo es como norma general, y no lo es en particular en esta ocasión para los tres territorios, con unos ingresos más que razonables y una política económica que va más allá de estos o aquellos números concretos. Otra cosa serán las cuentas en España, donde la prórroga sí parece que aboca al sálvese quien pueda a base de decreto y tentetieso, pero de eso les hablo otro día.

¿Da usted por hecho entonces, señor columnero, que habrá prórroga en la CAV? Sigo intuyendo que sí, pero debo confesar mi sorpresa porque estaba convencido de que el teatrillo negociador iba a haber echado el telón muchísimo antes. Calculaba ya que para estas fechas EH Bildu se habría borrado de la función, como lo han hecho sin ápice de originalidad PP y Elkarrekin Podemos. Tengo grabadas unas palabras de Otegi en la entrevista que le hice en Onda Vasca: “Lo fácil para nosotros era decir que son unos presupuestos neoliberales y presentar enmienda a la totalidad”. Aparte de haber desvelado indirectamente la vieja (y quizá futura) estrategia, es justo reconocer que hasta hoy la coalición soberanista da la impresión de estar intentándolo.

Buena jugada, Sánchez

Los muy cafeteros del politiqueo disfrutamos cual gorrinos en lodazal con las negociaciones presupuestarias. Aunque a veces se diría que vista una, vistas todas, lo cierto es que cada ceremonia de apareamiento de las cuentas públicas presenta peculiaridades que las hacen únicas para los paladares entrenados como el del que suscribe. Y qué gozada cuando, como es es el caso, coinciden varias al mismo tiempo y se aprecian las contradicciones, las incoherencias o directamente la bipolaridad soez de determinadas siglas. En este sentido, no deja de ser despiporrante cómo en Vasconia los de la piruleta y la gominola —Elkarrekin Podemos, en el registro de grupos del Parlamento— se ciscan en el mismo TAV que su metrópoli española, la del gran gurú de Galapagar apellidado Iglesias Turrión, ha bendecido, y no precisamente con con cuatro duros, en el acuerdo para las cuentas del Capitán Sánchez. Que tu mano pretendidamente izquierda no sepa lo que hace tu otra mano supuestamente zurda.

Por lo demás, salgan o no salgan los números en el Congreso, ovación y vuelta al ruedo para el inquilino cada vez menos accidental de Moncloa. Ha conseguido unos presupuestos de lo más fotogénicos. No le arrienda uno la ganancia a las formaciones soberanistas catalanas, que pueden quedar en esta historieta como las que se cargaron por un quítame allá estos presos una serie de medidas que suenan a música celestial aunque sean de cumplimiento más bien dudoso. Hace bien el PNV, plusmarquista sideral de pactos beneficiosos, en mantenerse esta vez en discreto segundo plano. Cuando se aclare el panorama, tocará poner las cartas sobre la mesa.

¡Otra ronda, hics!

Como no vamos suficientemente borrachos, venga otra ronda… de consultas. La convoca el sobrino de Doña Pilar la panameña fiscal, pero ya saben ustedes quiénes la pagamos. En dinero —da ternura ver a los partidos hablando de abaratar costes de la campaña electoral bis—, pero también en salud, que nadie nos va a devolver las neuronas sacrificadas en el inútil esfuerzo de tratar de entender algo. Para que luego diga el jeta Osborne que está encabronado porque le han pillado demostrando que su patrioterismo panderetero es una mierda pinchada en un palo cuando se trata de apoquinar a la causa. ¿Cómo habremos de estar los millones de pardillos que llevamos desde el 20 de diciembre por la noche siendo objeto de un chuleo ritual por parte de quienes dicen aspirar a buscar lo mejor para nosotros? Puñetero despotismo ilustrado del tercer milenio. Bien es cierto que consentido, porque ya verán qué descojono cuando las urnas de dentro de dos meses y pico demuestren —y me encantará equivocarme— que los vendepeines de los cuatro grandes partidos son la medida exacta de sus votantes.

¿El 25 y el 26 de abril? ¡No nos palpe la entrepierna su majestad! Si la cosa está tan chungalí, evítenos la agonía y el bochorno prolongado. Ya que es usted el detentador en mala hora de tal facultad —¡Viva la República!—, llame hoy mismo a los cabezas de cartel, al resto de comparsas y a ese administrador de comunidades de vecinos que han puesto de presidente del Congreso, y acabe de una vez con el martirio. ¿Que procede volver a votar a ver si hay suerte esta vez? Pues se vota, leñe, se vota. Pero dejen de darnos la brasa ya.

Pablo siempre gana

Salvo en los nutridos y crecientemente poderosos clubs de fans de Iglesias Turrión, hay cierto consenso en que la encorbatada última propuesta del ayatolá morado a Pedro Sánchez es la clásica de El Padrino, aunque formulada exactamente al revés. “Tengo una oferta que solo podrás rechazar”, vendría a ser el enunciado adaptado, y a la vista de la enganchada en bucle en que han entrado los negociadores de las formaciones que habrían de componer el (presunto) gobierno de progreso, tiene bastante pinta de que la cosa va por ahí. Bien es cierto que, conociendo media gota los usos y costumbres del gurú, no me quedaría en esa única interpretación.

Quiero decir —y creo que ahí está la clave— que ahora mismo a Iglesias le importa un pito lo que ocurra porque prácticamente todas las opciones le son favorables. Si Sánchez traga, aunque sea la mitad, y él arrampla con la vicepresidencia, la jefatura del CNI que mentó con ojos de lujuria indecible —joder, con el Carrero Blanco de Vallecas—, y la mayoría de los ministerios macizos que exige, jugada maestra. Si el líder nominal del PSOE no tiene más remedio que mandarlo al guano y hay que volver a llamar a las urnas, mejor todavía. Correría a montar la escenita del “Yo puse todo de mi parte, ya lo habéis visto, snif”, y acto seguido, con el auxilio de una claque en la que a los forofos de aluvión se han unido los que hacen cálculos del cacho que les va a caer, se dirigiría con paso firme a consumar el ansiado sorpasso sobre el PSOE. O directamente, a ganar las elecciones, hipótesis que, viendo al PP nadando en mierda, ya no parece en absoluto descabellada.