Y dos huevos duros

Al humo de las velas, Napoleoncito Rivera sale de su modorrón postelectoral y propone lo que anteayer mismo juraba que no haría jamás de lo jamases: una abstención a cambio de que Pedro Sánchez le chupe la punta de los mocasines. Dice el figurín figurón que le bastan como condiciones, de menor a mayor, una bajada de impuestos, el compromiso de no indultar a los malotes del Procés y, como guinda, que Sánchez ordene a Chivite romper el gobierno de coalición de Navarra y entregarle la vara de mando a Navarra Suma. Y dos huevos duros, quedaría por redondear la carta a Olentzero (perdón, a los Reyes Magos) del cuervo amamantado por el ahora parece que un tanto arrepentido Ibex 35.

Hasta el menos ducho en análisis políticos es capaz de ver que esta postrera aparición del jefecillo de Ciudadanos no tiene más objetivo que sacudirse las culpas de la repetición electoral que todo quisque damos por hecha. A los naranjitos les canta el sobaco a UPyD que es un primor, y temen que una vuelta a las urnas les divida por equis la representación actual. Qué menos que intentar disimular a ver si cuela y se evita la sangría augurada en las encuestas publicadas e inéditas.

Con todo, y a horas de que sepamos si volvemos a votar en noviembre, confieso que no me atrevo a asegurar que este numerito de Rivera vaya quedarse en petardo bufado. De momento, y aunque sea a cambio de cuestiones no cumplibles, pone en el centro del tablero la posibilidad de una abstención que se descartaba. Eso, sin contar que la sola propuesta podría hacer que a Unidas Podemos le entrara el tembleque y se aviniera a investir a Sánchez por la jeró. Veremos.

Todo sigue igual

Eché la persiana a esta columna unos días antes de la investidura fallida de Pedro Sánchez. Vuelvo al tajo, como ven, a las puertas de la nueva y definitiva intentona. ¿Qué ha sucedido digno de mención entre ambos momentos? Absolutamente nada. Los actores principales del psicodrama se han dedicado al mareo sistemático de la perdiz y, sobre todo, al señalamiento recíproco del antagonista como culpable de una más que posible repetición electoral.

Realmente, eso ha sido lo único coherente del discurso de PSOE y Unidas Podemos en estas seis semanas de estío políticamente estéril, la fijación en que la hastiada ciudadanía se cabreara con el adversario y le hiciera pagar la vuelta a las urnas. El resto de los mensajes de unos y otros han ido variando de un rato al siguiente en una sucesión infinita de contradicciones. Así, desde Ferraz/Moncloa o Moncloa/Ferraz, que tanto monta, la incansable Carmen Calvo tan pronto descartaba el acuerdo de septiembre como lo daba por casi hecho. En contrapartida, desde Galapagar, Pablo Iglesias aseguraba tajantemente que no pensaba ceder ni un milímetro justo antes de proclamar que aceptaría la propuesta de julio con los ojos cerrados.

Desconozco cómo acabará el folletón. Hace ya mucho tiempo que la política española no cabe en los análisis más o menos racionales. Responde más bien al caos, al azar, al interés de cada minuto o al puro capricho de personas que andan justas de escrúpulos y no tienen el menor empacho en hacer gala de ello. Es todo lo que soy capaz de sacar en limpio de esta inconmensurable tomadura de pelo de la que venimos siendo objeto desde hace medio año largo.

¿Y la abstención?

En la terminología al uso, lo que Pedro Sánchez está haciendo con Pablo Iglesias se denomina troleo. Del nueve largo, además, porque el eterno presidente en funciones arrea en las partes más expuestas de su atribulado adversario. ¿No era Iglesias el que no hace tanto exigía negociaciones en streaming, o sea, transmitidas en directo? Pues ahí se va Sánchez a la televisión pública a anunciar urbi et orbi que cuando tenga un rato le va a llamar por teléfono para proponerle la penúltima ocurrencia de su hechicero, que básicamente consiste en marear la perdiz. Todo lo que le quedó al líder de Podemos, que andaba ante otra alcahofa, fue decir que no son formas, pero que bueno, que vale, y que ya procurará tener el móvil con batería. Todo, para que a media tarde, el inquilino interino de La Moncloa corriera a tuitear que ya había llamado a Pablo y que este pasa un kilo, jo qu péna.

Esa es la política en tiempos de Twitter. Como dicen que dijo aquel torero, lo importante no es hacerlo sino contar que lo has hecho. Y para que a cada capítulo no le falte su novedad, mientras sigue la trama pimpinelesca, se suelta la especie, a lo Gila, de que en las sesiones de investidura “pasarán cosas”. ¿Qué cosas? Pues, por ejemplo, que el Partido Popular se abstenga. De momento, no es más que un asustapardillos, pero si yo fuera el Iván Redondo de Pablo Casado, le animaría a darle una vuelta. De saque, quedaría como generoso hombre de estado que piensa antes en la estabilidad de la Nación que en su propio interés. A partir de ahí, tendría un gobierno débil cabreado con su sostén natural al que atizar hasta en el cielo de la boca.

Después del fiasco

Tras el descarrilamiento de la negociación presupuestaria entre Gobierno vasco (más bien, PNV) y EH Bildu (más bien, Sortu), propongo dejar de llorar por la leche derramada y centrarnos en lo que debe importar ahora. Lo primero, desde luego, será encontrar el modo de que la mayor parte de lo buenísimo que ya se había aceptado en el tira y afloja no se vaya por el desagüe de la inevitable prórroga. Por más que en la aritmética política se pueda conseguir a veces que dos y dos sumen algo más de cuatro, a nadie se le escapa que va a ser muy complicado materializar todos los avances con el corsé del alargamiento de las cuentas de 2018. Pero intentarlo es más que una obligación, empezando, claro, por el complemento de las pensiones más bajas a través de la RGI.

Sin abandonar ese esfuerzo, y más allá de los humanamente comprensibles reproches, cabe empezar una reflexión general. Y no solo sobre los cómos y los porqués de lo ocurrido, sino respecto a lo que significa y lo que puede o debe implicar.

Mirando solo a los que se han sentido aliviados o, incluso, se han alegrado por el fracaso, ya tenemos tres cuartos de la conclusión. Acabamos de comprobar otra vez que las dos principales fuerzas soberanistas —¡olviden las culpas!— no han sido capaces de consensuar materias primarias del día a día de la ciudadanía a la que se deben. ¿De qué sirve, entonces, que haya un gran pacto en las cuestiones identitarias, como el suscrito sobre las bases del futuro estatuto, si cuando llegue el momento de pasar de las palabras a los hechos, o sea, cuando salgan las cosas literalmente de comer, volverá a ser imposible el acuerdo?

Negociando… o así

Sigo con media sonrisa picaruela los tira y aflojas de plexiglás de la negociación presupuestaria en la demarcación autonómica. Si les parece una postura demasiado cínica, puedo empinar el mentón y cacarear con voz hueca que los presupuestos son la ley fundamental de cada legislatura y marcan el sesgo ideológico y que bla, bla, bla y requeteblá. Ya les tengo dicho, porque esta vaina se repite cada año y en varias instituciones, que la cosa no es tan grave como se pretende en los discursos prefabricados. No lo es como norma general, y no lo es en particular en esta ocasión para los tres territorios, con unos ingresos más que razonables y una política económica que va más allá de estos o aquellos números concretos. Otra cosa serán las cuentas en España, donde la prórroga sí parece que aboca al sálvese quien pueda a base de decreto y tentetieso, pero de eso les hablo otro día.

¿Da usted por hecho entonces, señor columnero, que habrá prórroga en la CAV? Sigo intuyendo que sí, pero debo confesar mi sorpresa porque estaba convencido de que el teatrillo negociador iba a haber echado el telón muchísimo antes. Calculaba ya que para estas fechas EH Bildu se habría borrado de la función, como lo han hecho sin ápice de originalidad PP y Elkarrekin Podemos. Tengo grabadas unas palabras de Otegi en la entrevista que le hice en Onda Vasca: “Lo fácil para nosotros era decir que son unos presupuestos neoliberales y presentar enmienda a la totalidad”. Aparte de haber desvelado indirectamente la vieja (y quizá futura) estrategia, es justo reconocer que hasta hoy la coalición soberanista da la impresión de estar intentándolo.

Buena jugada, Sánchez

Los muy cafeteros del politiqueo disfrutamos cual gorrinos en lodazal con las negociaciones presupuestarias. Aunque a veces se diría que vista una, vistas todas, lo cierto es que cada ceremonia de apareamiento de las cuentas públicas presenta peculiaridades que las hacen únicas para los paladares entrenados como el del que suscribe. Y qué gozada cuando, como es es el caso, coinciden varias al mismo tiempo y se aprecian las contradicciones, las incoherencias o directamente la bipolaridad soez de determinadas siglas. En este sentido, no deja de ser despiporrante cómo en Vasconia los de la piruleta y la gominola —Elkarrekin Podemos, en el registro de grupos del Parlamento— se ciscan en el mismo TAV que su metrópoli española, la del gran gurú de Galapagar apellidado Iglesias Turrión, ha bendecido, y no precisamente con con cuatro duros, en el acuerdo para las cuentas del Capitán Sánchez. Que tu mano pretendidamente izquierda no sepa lo que hace tu otra mano supuestamente zurda.

Por lo demás, salgan o no salgan los números en el Congreso, ovación y vuelta al ruedo para el inquilino cada vez menos accidental de Moncloa. Ha conseguido unos presupuestos de lo más fotogénicos. No le arrienda uno la ganancia a las formaciones soberanistas catalanas, que pueden quedar en esta historieta como las que se cargaron por un quítame allá estos presos una serie de medidas que suenan a música celestial aunque sean de cumplimiento más bien dudoso. Hace bien el PNV, plusmarquista sideral de pactos beneficiosos, en mantenerse esta vez en discreto segundo plano. Cuando se aclare el panorama, tocará poner las cartas sobre la mesa.

¡Otra ronda, hics!

Como no vamos suficientemente borrachos, venga otra ronda… de consultas. La convoca el sobrino de Doña Pilar la panameña fiscal, pero ya saben ustedes quiénes la pagamos. En dinero —da ternura ver a los partidos hablando de abaratar costes de la campaña electoral bis—, pero también en salud, que nadie nos va a devolver las neuronas sacrificadas en el inútil esfuerzo de tratar de entender algo. Para que luego diga el jeta Osborne que está encabronado porque le han pillado demostrando que su patrioterismo panderetero es una mierda pinchada en un palo cuando se trata de apoquinar a la causa. ¿Cómo habremos de estar los millones de pardillos que llevamos desde el 20 de diciembre por la noche siendo objeto de un chuleo ritual por parte de quienes dicen aspirar a buscar lo mejor para nosotros? Puñetero despotismo ilustrado del tercer milenio. Bien es cierto que consentido, porque ya verán qué descojono cuando las urnas de dentro de dos meses y pico demuestren —y me encantará equivocarme— que los vendepeines de los cuatro grandes partidos son la medida exacta de sus votantes.

¿El 25 y el 26 de abril? ¡No nos palpe la entrepierna su majestad! Si la cosa está tan chungalí, evítenos la agonía y el bochorno prolongado. Ya que es usted el detentador en mala hora de tal facultad —¡Viva la República!—, llame hoy mismo a los cabezas de cartel, al resto de comparsas y a ese administrador de comunidades de vecinos que han puesto de presidente del Congreso, y acabe de una vez con el martirio. ¿Que procede volver a votar a ver si hay suerte esta vez? Pues se vota, leñe, se vota. Pero dejen de darnos la brasa ya.