Sobreactúa, que algo queda

Reincido en mi inconsciencia. O, vaya, en mi esquinado escepticismo. Veo a todo a quisque echándose las manos a la cabeza, voceando con uve, coceando con ce, llamando a la movilización, al cordón sanitario, al no pasarán, al sí pasaremos… y soy incapaz de contagiarme del histerismo, si es que todavía es de curso legal esa palabra. Todo es una sobreactuación que provoca otra sobreactuación enfrente que, a su vez, vuelve a la contraparte corregida y aumentada. “El clima previo a la guerra de 1936”, escucho que dicen gentes muy cabales y otras que solo buscan aumentar la crispación y el canguelo.

Pero, insisto: ante todo, mucho calma. De hecho, ni siquiera estamos ante algo realmente nuevo. No me remontaré a la sangrienta Transición, con su ETA, su GAL y el ruido de sables a todo meter. Ni a aquellos días de Lizarra, o a las embestidas contra el tripartit catalán de Maragall, Carod Rovira y Saura. Basta retroceder hasta el gobierno de Zapatero, la mesa de Loiola, la AVT peperizada dando la tabarra por doquier, y el rancio foralismo, entre latrocinio y latrocinio, venga y dale con que Navarra no se vende.

Lo del domingo de la derechota una y trina en la madrileña plaza de Colón no es más que una reedición de todos aquellos excesos. Con el añadido, además, de que si entonces cabía la duda sobre si había algo de sustancia en el fondo, esta vez es directamente una broma. Triste, pero broma, al fin y al cabo, pues la espoleta de la reyerta es una difusa y confusa apelación al diálogo del gobierno español a ver si cuela y las fuerzas soberanistas catalanas le aprueban los presupuestos. Tonto el último en posturear.

El cliente siempre paga

Vuelvo a estar en minoría absoluta. Si ayer les confesaba que no entendía los motivos para festejar una decisión del Tribunal Europeo de Derechos Humanos que no pasa de palmada en la espalda, hoy les cuento que tampoco alcanzo a comprender el rasgado de vestiduras ritual a cuenta de la yenka del Supremo español con el impuesto de las hipotecas. Me suena, ya siento ser tan directo y seguramente inoportuno, a cabreo programado o a modelo de pataleta para armar.

En todo caso, si hay algo sorprendente, casi misterioso, en el episodio, es la evacuación de la sentencia ahora autocorregida. Resultaba imposible de creer que un órgano judicioso como el que nos ocupa le atizara semejante bofetón a la banca, y más —a ver quién se atreve a reconocerlo— en una cuestión que el común de los mortales, con o sin préstamo hipotecario, daba por hecho que le tocaba apoquinar al firmante. No digo que fuera lo justo. Apunto que es exactamente como está montado el invento este del capitalismo: en el precio del bien o del servicio están repercutidos todos los costes de producción, incluidos los impuestos.

Poca escapatoria hay a ese principio. Y si el gobierno justiciero de Robin Sánchez acaba endiñando por ley el impuesto de marras a las entidades, serán los bolsillos de los clientes los que se resientan. Ese “la banca siempre gana” que ha dado para tanto titular ingenioso es literal. Incluso si sus supremas señorías hubieran mantenido el fallo inicial, no hacía falta ser un lince en materia financiera para tener claro que los paganos finales seríamos de forma alícuota todos los usuarios de los servicios bancarios. Así de triste.