Tormenta en la triderecha

El espectáculo a cargo de los integrantes de triángulo escaleno de la derecha está resultando impagable. Aunque conociendo el percal, ya sospechábamos que tanta testosterona de cuarta y tanta cerrilidad reunidas implicaba riesgo explosivo, la calidad de la reyerta supera todas las expectativas. Y tengo la impresión de que todavía nos quedan unos cuantos pifostios a los que asistir desde butaca de patio.

La cosa es que recuerdo haber escrito sobre esto hace unas semanas, y mi pronóstico de entonces no se ha cumplido. No del todo, por lo menos. Vaticinaba que pese a la condición de Vox de partido gamberro, la sangre no acabaría llegando al río. Se antojaba complicado que se malbaratara la santa misión de sacar del poder al rojo-morado-separatismo solo por un quítame allá esas zancadillas y esos escupitajos intercambiados. Ya ven, sin embargo, que este es el minuto en que lo de Murcia se ha descacharrado y lo de Madrid Comunidad empieza a cantar a fiasco también.

¿Es comprensible? Desde lo más humano, diría que sí. Sé que les pido algo complicado, pero esfuércense en meterse en la piel de los dirigentes y militantes de Vox. El trato que están recibiendo —otro asunto es que se lo merezcan y que nos importe una higa— por parte de sus presuntos aliados azules y naranjas, especialmente de estos, no es de recibo. Partiendo de la necesidad perentoria e inexcusable de los votos de la banda de Abascal, es de una golfería supina seguir vendiendo la especie de que no hay ninguna posibilidad de negociación y hasta poniendo cara de asco o de usted por quién me toma al referirse a quienes les tienen pillados por la ingle.

Vox, nada que perder

Santiago Abascal no se define tanto en sus bravatas conscientes como en los patinazos inconscientes. “Si me ponen entre la espada y la pared, sin duda, cojo la espada”, soltó el remedo amurriotarra de Don Pelayo con su cada vez más marcado soniquete de Torrente. Cualquiera le explica a un tipo tan duro de mollera y refractario a las correcciones que el dicho no va exactamente de elecciones como si fuera la subasta del antiguo 1, 2, 3, responda otra vez. Donde no hay mata, es inútil buscar el fruto.

Más allá de la enésima demostración de su ignorancia enciclopédica, la anécdota da pie a la reflexión: a lo mejor resulta que no hay que dar por hechos los pactos a tres del extremo centro. Lo que venía ladrar el mengano es que está “mu loco” y que se la refanfinfla si tiene que llevarse por delante la posibilidad de arrebatar a los malditos comunistas Madrid comunidad y/o capital y las otras de instituciones en que alcanza la suma ultramontana.

Como lo cortés no quita lo atrevido, concedámosle al caudillo de Vox que algo de razón lleva en su mosqueo. Efectivamente, PP y Ciudadanos están tratando a su formación como si fuera una mierda pinchada en un palo. Quieren sus votos, es decir, los necesitan desesperadamente, pero gaviotiles y anaranjados compiten por ver quién exhibe el mayor desdén hacia el socio imprescindible. Quizá todo sea una sobreactuación de las habituales en la berrea postelectoral y, llegado el momento, se impondrá la comunión ideológica. Aun así, si yo fuera Casado y Rivera —Belcebú me libre—, me tentaría las ropas antes de tocar la entrepierna a un partido gamberro que no tiene nada que perder.

Vox ya está ahí

Se nos quedan los análisis a medias. Antes de las elecciones del 28 de abril, el gran acojone era la irrupción estrepitosa de Vox en el Congreso de los Diputados. Con los ojos fuera de las órbitas, los agoreros cifraban la catástrofe aumentando el pronóstico de diez en diez: 25, 35, 45, 55… Hasta 70 llegué a ver en algún vaticinio. Ninguno de los visionarios, por cierto, ha recibido ni medio tirón de orejas por sus subidas a la parra que a la postre se han demostrado fallidas. Al contrario, tras pifiarla escandalosamente, están en primera línea de tertulia, tuit y/o columna haciendo predicciones sobre con quién pactará o dejará de pactar Sánchez o sobre los navajeos en el PP tras su batacazo. Y aquí vuelvo al principio: esas cábalas respecto a los acuerdos de gobierno o al futuro de los genoveses, sin duda pertinentes, han relegado a tercera fila las reflexiones sobre el resultado de los cavernarios de Abascal.

Hablamos, ojo, de 24 escaños y la friolera de 2.677.173 votos, o sea, el 10,26 por ciento de los sufragios emitidos. Es verdad que en comparación con las expectativas hiperventiladas que mencionaba en las líneas de arriba, los números reales han podido crear la ilusión de que tampoco ha sido para tanto. También contribuye al alivio la certeza aritmética de que el grupúsculo ultramontano no solo no sirve para sumar la mayoría reaccionaria, sino que tampoco alcanza para ser determinante en ninguna votación. Su papel será —y verán cómo lo cumplen a rajatabla— montar un número tras otro en el hemiciclo, a la entrada de las Cortes o en los pasillos. Sin embargo, el hecho indiscutible es que ya están ahí.

Casado canta

Los trompazos electorales son como el vino peleón. Sueltan la lengua que es un primor. Atiendan a Pablo Casado, beodo de fracaso y resentimiento, cantando la gallina: “Simplemente, una reflexión sobre lo mucho que Abascal debe a este partido del que ha estado cobrando de fundaciones y chiringuitos y mamandurrias, como él dice, de alguna comunidad autónoma hasta antes de ayer”. Vuelvan a leerlo si quieren, pero comprobarán que no ha sido una ilusión óptica. El tipo que se tiene por el más listo a ambos lados del Pisuerga ha desvelado el mecanismo de ese sonajero podrido que es el PP. No hay más preguntas, señoría.

Eso, después haber llamado por primera vez ultraderacha a Vox, la formación a la que el viernes ofrecía carteras en su gobierno porque “no nos vamos a pisar la manguera”, expresión literal. La misma en la que se apoya para gobernar en Andalucía. Y no crean que han sido más suaves las palabras sobre su socio en el ejecutivo andaluz. Dice ahora Casado que Ciudadanos es socialdemócrata amén de hipócrita, desleal y partido de tránsfugas. ¿Que las lentejas se pegan? Déjalas, a ver si se matan.

Lo divertido a la par que revelador es que la descarga dialéctica fue tras un cónclave en el que se supone que los genoveses se habían dado a la autocrítica. Aparte de concluir que la culpa de sus ridículos resultados ha sido de los demás, la brillante idea que han encontrado para recuperar los quintales de votos perdidos es “viajar al centro”, o sea, lo que llevan diciendo desde su fundación. En ese viaje, por cierto, han encontrado que sobra una alforja: Maroto ha sido relevado como jefe de campaña. Está en racha.

Listas con frikis

Tiene uno la tentación de recordar con nostalgia y hasta con cierta ternura aquellas campañas electorales en las que el punto más alto de excentricidad lo marcaban los difuntos Jesús Gil o José María Ruiz Mateos. Es verdad que ni ellos ni buena parte de los políticos de entonces componían una media demasiado alta, ni mucho menos, pero desde luego, estaría por jurar que el nivel de bochorno patético (o patetismo bochornoso) no se acercaba al que que estamos viendo en las últimas citas con las urna y, particularmente, con la presente. A la vista de los especímenes con que se han pergeñado las listas —especialmente de los partidos de extremocentro, pero también de algunos otros—, cabe pensar que hemos entrado en una imparable cuesta abajo en la rodada.

Lo tremendo son las respuestas que se obtienen cuando uno se pregunta primero por qué se actúa así, e inmediatamente después, si las elecciones de candidatos esperpénticos resultan efectivas para cosechar votos, que es de lo que se trata. Es bastante evidente que los gurús que se ocupan de estos pormenores piensan que es matemáticamente así. O lo que es lo mismo: están convencidos de que ese tipo de frikis, empezando por el propio Abascal ataviado de soldado de los Tercios de Flandes y siguiendo por la insufrible provocadora Cayetana Álvarez de Toledo o el productor de vergüenza ajena a granel Juan José Cortés, tienen su mercado, o sea, individuas e individuos capaces de hacer cola ante una urna para votar al partido que los presenta. Y ahí es donde nos damos de bruces —¡ay, qué daño!— con la soberanía popular, cuyo dictamen no quedará otro remedio que aceptar.

Tales para cuales

Cuánto antifascista, y yo qué viejo. Antifascistillas o antifascistuelos, quiero decir. A más no llegan. Ni unos ni otros, que en realidad son haz y envés de idéntica moneda. Juegan exactamente a lo mismo y se necesitan mutuamente con urgencia, con apremio, con ansia infinita. Por eso se buscan y se encuentran, como este fin de semana en Donostia y Bilbao. ¿Lo de Errenteria? Sí, vale, también, aunque quizá ahí quepan más matices, por lo menos, para los que tiramos de decimales y no vamos a blanco o negro.

Quedémonos pues con las otras grescas y, afinando más, con la de la capital vizcaína, que fue resumen y corolario de la ponzoña extremista o extremoide con que nos toca lidiar. Y la prueba, la felicidad del provocador mayor, Santiago (y cierra España) Abascal. No le entraba una paja por el tafanario al mindundi encumbrando como líder carismático de la fachitud al abandonar la Villa de Don Diego. “Profeta en su tierra”, titulaba viniéndose muy arriba un medio de orden ante un lleno más imaginario que real en el Euskalduna… o, en todo caso, certificado a golpe de autobús y cenutrio foráneo. Un mitin de medio pelo convertido en apertura informativa peninsular a todo trapo gracias a los alteregos del terruño vascón, que regalaron a los convocantes la batalla campal, duras cargas policiales incluidas, que habían venido a buscar los de la falange renombrada con tres letras. Y casi peor que los que la liaron en el asfalto, los burguesotes que a buen cubierto cantaron la gesta en Twitter, tomándose la licencia de comparar a los bronquistas con Neus Catalá, auténtica antifascista fallecida el mismo día. De vómito.

Aznar al rescate

Están las hemerotecas —ahora Google— hasta las cartolas de desplantes de José María Aznar al Partido Popular y, de modo particular, al que él mismo impuso como su sucesor al mando del nido de la gaviota, Mariano Rajoy. Entre las bofetadas a mano abierta, destaca la carta que le escribió en noviembre de 2017 al hoy registrador de la propiedad para comunicarle su renuncia a la presidencia de honor de la formación.

Un gesto de rata abandonando el barco que se consumó hace menos de un año (junio de 2018), cuando en la presentación de un libro de su fiel sirviente, Javier Zarzalejos, se situó en varias ocasiones fuera del partido. “No tengo ningún compromiso partidario, ni me considero militante de nada ni me siento representado por nadie”, llegó a decir, antes de ofrecerse para liderar la reunificación de lo que él denomina sobrepasando el eufemismo “centro-derecha español”, dividido en tres, según su diagnóstico.

Por entonces, Abascal era “un chico lleno de cualidades”. Pero ya no. Ahora su exdíscipulo y Rivera son dispersadores del único voto útil para que en España no vuelva a ponerse el sol, el que vaya al PP de Pablo Casado, el otro niño amamantado con su mala leche. Y tan catastróficos está viendo los sondeos del chisgarabís palentino, que Superjosemari se ha echado la campaña a la chepa. Después de años negándose a poner los pies en un mitin (tampoco queda claro si era porque no le invitaban), Aznar figura como cabeza de cartel en media docena de actos selectos del que ya sin duda vuelve a ser su partido. Si consigue la remontada, será su éxito. Si no evita el fiasco, simplemente se encogerá de hombros.