Siguen los ataques

Vamos ya para quince días seguidos de ataques a locales políticos, un domicilio particular y algún que otro objetivo. Salimos a una media de dos por noche, e incluso podemos añadir alguno a plena luz del día, como en el que se vivió en una unidad de Lurraldebus la semana pasada. Al primer bote, tanta reiteración y con semejante distancia geográfica da para reflexionar si estamos de verdad ante cuatro nostálgicos o nos enfrentamos a algo más organizado y con respaldo más numeroso. Inquieta cualquiera de las dos opciones. Si es la primera, porque un grupúsculo de chalados sea capaz de provocar estragos en puntos bien distantes con total impunidad. Si es la segunda, por razones obvias: echando mano de una palabra de uso extendido estos días, el rebrote va más allá de la anécdota.

Con todo, lo más terrible a la par que ilustrativo es la falta de rechazo contundente de la autotitulada izquierda soberanista. A fuer de ser sincero, no negaré que he escuchado a varios miembros destacados de EH Bildu expresando su reprobación. Casualidad, añado a continuación, que ninguno de ellos pertenezca a Sortu. De hecho, el máximo responsable del partido troncal y ampliamente mayoritario de la coalición ha regresado a la vieja y rancia letanía de la negativa a entrar en la rueda de las condenas estériles. Pues eso.

Derecho a no huelga

Hay cuestiones de primero de Democracia. Convocar una huelga y/o secundarla es un derecho inalienable. Pero no me vitoreen todavía. También no sumarse al paro es un derecho que nadie puede conculcar. Qué hermoso sería que mañana ningún currela se sintiera coaccionado ni para acudir ni para dejar de acudir al tajo. Ustedes y yo, que ya acumulamos las suficientes caídas de guindos, sabemos que no será así. Habrá capataces a uno y otro lado de la puerta que, utilizando la fuerza psicológica o física, impedirán que cada cual ejerza su voluntad. Eso ya es malo, pero casi peor es la certidumbre de que en uno de los casos —y es fácil adivinar en cuál— no cabrá derecho a crítica.

Viene aquí la segunda lección del catón de la libertad. Lo mismo que cabe hacer decálogos de motivos para cantar la perentoria necesidad del plante general, es perfectamente aceptable expresar las objeciones al respecto. Es obvio que, como el tremebundo fascista ajusticiable que soy, me encuentro entre los practicantes de lo último. O, en plata, que no solo voy a intentar currar mañana, sino que estoy convencido de que este llamamiento a la huelga, que respeto sin matices, no va más allá del brindis al sol y el marcaje de paquete.

Hasta ahí, casi todo en orden. Se conoce uno el paisaje y paisanaje. La única pena, insisto que siempre según mi humilde pero también respetable opinión, es que se haga en nombre de causas expropiadas y practicadas en régimen de monopolio. “Esta huelga no les gusta a los privilegiados”, farfullaba el otro día en Twitter un tipo que se levanta catorce pagas anuales (pluses aparte) de 4.000 euros. Y claro, me convenció.

Donde quiere Vox

El gran éxito de ese peligroso cagarro llamado Vox es su capacidad para llevarnos del ronzal una y otra vez a presuntos debates que no son más que broncas de peseta. Y aun peor que eso es que las polémicas de plexiglás son, buena parte de las veces, sobre cuestiones que ya teníamos resueltas, como esta del Pin parental en la que andamos ahora. ¿O es que desde hace mucho tiempo no habíamos establecido que las madres y los padres tenemos derecho a impedir que obliguen a nuestros hijos a ser adoctrinados por un curita trabucaire contra, pongamos, las relaciones entre personas del mismo sexo? ¿Acaso no tenemos claro que no permitiríamos que los llevasen de excursión a un cuartel de la guardia civil o que les impusieran la lectura de Camino, de Escrivá de Balaguer, o Mi lucha?

Pues es para llorar tres ríos que, metidos en el barro por los abascálidos, los grandes ases de la progritud estén defendiendo exactamente lo contrario. Además, acompañando las argumentaciones con mendrugadas de altísimo octanaje, como la afirmación de que los hijos no son de los padres. Insisto: ¿aceptaríamos tal soplagaitez en los casos que he citado?

Pero no me gasto. Conozco a mis clásicos. Sé cuál es el comodín para estos casos: “¡Es que no es lo mismo!”. Claro, nuestros valores, sean los que sean, siempre son los buenos. Bajaré la testuz, pero no antes de lamentar que, por añadidura, en la cuestión de la que hablamos bastaría el sentido común. Es de cajón que hay materias del currículum escolar en las que los progenitores ni podemos ni debemos entrar. Sobre otras, sin embargo, creo que tenemos —a ver si les suena— derecho a decidir.

Femimachismo

Nada por aquí, nada por allá… et voilá! ¡El gran prestidigitador Pedro Sánchez saca de su chistera sin fondo nada menos que 370 medidas para aplicar —implementar, gusta decir ahora— si algún decenio de estos deja de estar en funciones! Si el pomposo anuncio viniera inspirado por algo diferente a la pirotecnia desvergonzadamente preelectoral, cabría ponderar con la seriedad debida lo bueno de algunas de las propuestas, incluso obviando la cobardía de pasar de puntillas por cuestiones nucleares como la territorial. Pero como ya hemos renovado un porrón de veces el carné de identidad y hace tiempo que perdimos el vicio de chuparnos el dedo, no se nos escapa que todos esos castillos en el aire no son más que un puñado de giliprogreces.

Casi cada una merecería un comentario de texto, pero me van a permitir que me centre en la que en mi humilde opinión, es perfecto resumen y corolario del resto. Item más, me temo que es el retrato a escala del femimachismo que nos asola. Hablo de la promesa de hacer que el primer curso de las carreras técnico-científicas sea gratuito para las mujeres, supuestamente para combatir la actual escasa presencia femenina en esas titulaciones.

Aquí es donde le cedo la palabra a la reconocida química y divulgadora Deborah García Bello, que, de saque, hablaba de una medida “condescendiente, paternalista, sexista, machista e injusta”. Y después de una retahíla de collejas extraordinariamente repartidas, remataba: “No quiero que me digan qué debo estudiar. No quiero que me digan qué es lo mejor para mí, como si por ser mujer no lo supiese. Quiero que me dejen ejercer mi libertad”. Amén.

Overbooking de traidores

Un tiro para Ana Gabriel. Carme Forcadell y Oriol Junqueras al paredón. Ojalá una violación en grupo a Inés Arrimadas. El nombre de alcaldes del PSC junto a una horca. Ada Colau en una picota. Jordi Évole en un cartel de Se Busca por equidistante. Y es solo una muestra ínfima de la escalada del odio gañanesco en la últimas semanas. Tremendo en sí, pero mucho más, si añadimos que, con excepciones, desde cada trinchera se disculpa o hasta se festeja a los ejecutores (generalemente, anónimos) de las demasías. No solo eso: con una irresponsabilidad suicida, se azuza a las huestes propias contra los señalados como enemigos del pueblo, enemics del poble o todo al mismo tiempo.

Ahí tienen, por ejemplo, al ventajista Rufián escupiendo en Twitter que Joan Coscubiela es “como el ‘camarada’ que iba hace 40 años con las manos sin callos a las casas de los obreros a decirles que mejor no hacer huelgas”. Manda huevos, por cierto, ver cómo el advenedizo que solo podría tener ampollas en las manos haciendo lo que ustedes imaginan se atreve a lanzar tal andanada a un tipo que, además de defender como abogado a sindicalistas, se comió su cárcel en el franquismo.

Pero ese es el nivel. Se ha instalado el todo vale, y cada tarde se bate el récord de declaración de traidores del día anterior. Los peor parados, como de costumbre, los que tratan de introducir el menor matiz entre los brochazos. Ya verán, sin ir más lejos, los tres o cuatro soplamocos que le caen al autor de estas líneas.

Nadie parece haberse parado a pensar que, sea cual sea el desenlace de este inmenso embrollo, no quedará otra que seguir conviviendo.

Prohibiciones

El otro día me descubrí a mi mismo abogando por una prohibición. Y no precisamente en la sobremesa de una cena ni en el marianito dominical. Fue nada menos que en la televisión pública vasca, concretamente, en El programa de Klaudio, ante unas cuantas miles de personas. Hablábamos de ese garito infecto de Gasteiz que había tenido la genial idea de organizar un concurso de culos de mujeres con 200 euros de premio para la ganadora. Traía de casa mi argumento habitual para situaciones como la planteada: mejor no dar ni media bola a este tipo de membrilladas que buscan, justamente, el autobombo por la cara. Creo que llegué a decirlo, pero obviamente, el razonamiento no sirve ni como parche para un debate así. La cuestión era qué hacer una vez que la competición estaba anunciada y se conocía incluso sobradamente.

En ese cara o cruz, ni lo dudé: “A riesgo de parecer retrógrado, creo que no hay más remedio que prohibir determinadas actividades, y esta es una de ellas”. Como la mayoría de mis compañeros en la mesa, me acogí a lo denigrante para las mujeres que resulta un espectáculo de ese pelo. Ante la evidente pregunta sobre quién decide lo que es o deja de ser denigrante, vinimos a coincidir en que eso es cosa de la mayoría de los representantes políticos de la sociedad. De hecho, tal concepción está presente en varias leyes, incluyendo la que se habría aplicado para impedir el evento.

Al llegar a mi casa tras el programa, vi el guasap de una amiga nada sospechosa de dejarse cosificar: “¿Quién eres tú para prohibirme que, si es mi voluntad, me presente a un concurso de culos?” Ahí les dejo el embolado.

Heteropatriarcado y tal

¡Jopelines con el Heteropatriarcado, así en bruto y sin más matices! ¡Resulta que compró un fusil y una pistola más baratos que un Iphone, entró a un local gay de Orlando, se lió a repartir plomo, y dejó 49 muertos y 50 heridos! ¿Que el que hizo eso era un tipo con nombre y apellidos, unas creencias muy concretas y un largo historial de nauseabundo hijoputismo intolerante en el nombre de un tal Alá? ¡Oigan, oigan, no criminalicen a los criminales! Lo dejamos en el mentado tiro por elevación, como hizo, entre otros muchos cobardes —¿O quizá cómplices?—, el irreconocible nuevo rico de la política Alberto Garzón, y pasamos a lo que importa, que es el baboseo posturil de los lamentos plañideros.

Qué molona, la bandera arcoiris poniendo carita triste. Qué requetechulas, las frasezuelas de a duro espolvoreadas en Twitter con estomagante paternalismo, repletas, con un par de narices, de exaltadas proclamas a favor de la libertad para sentir y amar. Ni una puñetera palabra sobre qué y quiénes específicamente tienen establecido, no ya el desprecio, sino el aniquilamiento sistemático de cualquiera que se atreva a poner en práctica esas libertades.

Marieme-Hélie Lucas, que es mujer, argelina y feminista, le llama a eso holgazanería izquierdista. Y añade: “El Islam político recibe por parte de la izquierda un tratamiento muy diferente del que recibe cualquier otro movimiento popular de extrema derecha que actúa con disfraz religioso. Yo diría incluso que el Islam recibe un tratamiento diferente del que recibe cualquier otra religión”. No cabe esperar, claro, que las almas puras vayan a darle ni media vuelta.