Derecho a contagiar

Un tipo que lleva la mascarilla a la altura de la generosa papada emite un horrendo sonido gutural, se arranca un gargajo del nueve largo, y lo estrella contra el pavimento. ¿Le digo algo? Qué va; no soy un policía de acera.

Unas horas más tarde, a la salida del súper, otro mengano se despoja de los guantes de plástico e, ignorando la inmensa papelera que hay junto a la puerta del establecimiento, deja que se los lleve la brisa. ¿Le digo algo? No; no soy un policía de acera.

Y lo mismo, con la individua que se baja el tapabocas para estornudar en medio del autobús, el gañán con la higiénica en el codo que va repartiendo su humo fétido por un paseo concurrido, el runner miserable que, no contento con ir a morro descubierto, no lleva camiseta y va esparciendo todo tipo de fluidos sobre los viandantes. No digamos ya con la cuadrillita de adolescentes que, sin cumplir ni media de las presuntas normas obligatorias, se pasan los cachis y los petas bien embadurnados de saliva mientras, para colmo, llenan de mierda el césped.

Uno de los aprendizajes más terribles de la pandemia es que para la flor y nata de la conciencia social más avanzada, esos que nos miran con suficiencia, estos comportamientos no solo no son insolidarios o directamente ruines, sino que resultan sanos ejercicios de libertad. Y chitón.

Diario del covid-19 (23)

Acabaremos teniendo que pedir perdón por no dedicar el confinamiento a leer tochos de autores ignotos a 25 euros la pieza. O por no sacrificar nuestras retinas y nuestros cerebelos frente a las llamadas series de culto, denominación que suele querer decir que son tubos infumables producidos con el único fin de tirarse el moco. O, en fin, por no ser capaces de enriquecer nuestro encierro con todas las cosas elevadísimas para el espíritu a las que se entrega esa élite que muestra su desprecio por la zafiedad de las costumbres del populacho en estos días de clausura domiciliaria obligada.

Quizá hayan tenido la suerte de no cruzarse en las redes (que es donde ahora hacemos mayormente la vida dizque social) con estos individuos de mentón enhiesto y rictus, según los ratos, de asquete o de ironía ante lo que arrumban como costumbres bárbaras de la chusma. Yo, sin embargo, no paro de darme de morros con sus diatribas contra cualquiera de las iniciativas con las que los tipos corrientes y molientes tratamos de hacer más llevadero el chape. Enarcan la ceja ante los aplausos de las ocho, fingen erisipela cuando denuncian haber escuchado Resistiré o ¿Quién me ha robado el mes de abril?, se mofan de las pancartas caseras con mensajes de ánimo y, en definitiva, se retratan como los absolutos esnobs que son.

Antirracistas muy racistas

Confieso que el viernes evacué —no hay mejor verbo— un tuit muy desafortunado en las formas sobre quienes llevaban horas cargando contra la candidata a lehendakari propuesta por la dirección de Podemos en Euskadi, Rosa Martínez, por no estar en condiciones de desenvolverse en euskera. Me avergüenzo, no saben cuánto, de la grosería y hasta de la procacidad de mi mensaje, pero mantengo lo que debió ser la sustancia de mis torpes líneas: me resulta repugnante el rancio etnicismo de quienes luego tienen los santos bemoles de ir por la vida como la hostia en verso del antirracismo, el antifascismo y me llevo una.

No, miren, que si quieren un debate sereno y sosegado sobre la conveniencia de que la primera autoridad de los tres territorios de la demarcación autonómica deba ser capaz de dirigirse a su ciudadanía en las dos lenguas cooficiales de los tres territorios, ningún problema. Personalmente, y aunque en el primer bote creo que tendría que ser así, cuando le doy media vuelta al cacumen, concluyo que es mejor que sean los votantes los que lo decidan.

Pero es obvio que esto no va de reflexiones sinceras, sino de la enésima exhibición del pelo de la dehesa de unos miles de campuzos del terruño —Belcebú me libre de poner siglas— que son tan esencialistas como los del háblame en cristiano de enfrente. Acertó de pleno el mengano que, tratando de ponerme a los pies de los linchadores de corps, ironizó con que mi tuit era materia de Cocidito madrileño —¡ahora, Suspiros de España, por favor!—. Los participantes en el acollejamiento de Rosa Martínez forman parte del mismo género de mastuerzos que yo pongo en solfa.

No son solo las redes

Me preguntan hasta qué punto es noticia o materia de columna y/o tertulia que una actriz abandone una red social después de una mala experiencia. Dependiendo de los casos, intuyo entre los signos de interrogación curiosidad genuina o mal disimulada antipatía por la protagonista del incidente, a la que se arrumba flojera de espíritu por no saber encajar una buena manta de hostias gratuitas. A los segundos les dedico mi sonrisa más socarrona antes de mandarlos a esparragar. A los primeros, a los que de verdad plantean el asunto como asunto para la reflexión, empiezo devolviéndoles la pregunta: ¿Noticia, comparándola con qué?

Quiero decir que si hacemos un somero repaso de la infinidad de chorradas que alcanzan las portadas o entran en los menús de las diversas francachelas opinativas, el episodio de la claudicación de Bárbara Goenaga me parece un asunto de suficiente envergadura para dedicarle unos párrafos. Más allá de la anécdota concreta y hasta de los nombres propios implicados, la sucesión de hechos supone un retrato muy preciso de los tiempos que nos toca surfear. ¿También de las pérfidas redes sociales? Pues fíjense que sin negar que cada vez son estercoleros más hediondos, diría que en sí mismas no deben considerarse las culpables últimas de la derrama de bilis incesante. Son los humanos que las utilizan quienes ponen el vitriolo y la ponzoña. Desde luego, con la ayuda de los gestores de las plataformas —Twitter, Facebook y demás—, que no acaban de poner coto a los incontables hijos de la peor entraña que las usan para provocar incendios por pura maldad, porque sale a cuenta o por lo uno y lo otro.

Por qué gana el PNV

Efectivamente, una pregunta nada original la del encabezamiento de estas líneas. De hecho, hace unos días, uno de esos irreductibles hinteleztuales (sic) de casinillo que adornan nuestro paisaje ya evacuó una pieza titulada de modo similar en los boletines oficiales de la hispanovasquidad. No ya refractario, sino directamente fóbico con quinquenios de resentimiento bilioso acreditados, la tesis del mengano venía a ser que los reiterados triunfos del PNV se asientan en la estulticia de la plebe del terruño. Vamos, que los censados en los tres territorios son/somos catervas de tontos de baba que se dejan engatusar en bucle por chorizos contumaces que llevan arruinando este trocito del mapa desde tiempo inmemorial. Bueno, ahí exagero; solo desde la primera victoria hace cuarenta años. Nota al margen: es el despiporre que el latigador en cuestión tuviera un trocito de poder en el trienio excepcional en que los jelzales fueron oposición y que su aportación no superara en valor a una pelotilla ombliguera.
Y tampoco deja de ser revelador que el diagnóstico coincidiera casi milimétricamente con el emitido en las supuestas antípodas ideológicas por Arnaldo Otegi Mondragón. Como habrán leído, el líder siempre en forma de EH Bildu ha atribuido las últimas victorias del PNV a las carretadas de sufragios de pérfidos españolazos espoleados por un presunto “voto del miedo” que habría azuzado como espantajo el partido de Ortuzar y Urkullu. Traducido, que de nuevo la ciudadanía no tiene ni pajolera idea de votar y que si solo se contaran las papeletas fetén, otro gallo cantaría. Exactamente por eso es por lo que gana el PNV.

Las donaciones de Amancio

Palabra que no dispenso gran simpatía por Amancio Ortega. Ni antipatía, ojo, que hay sarampiones que tengo muy pasados a estas alturas de mi vida. Sí es verdad que le valoro, porque yo también sé por experiencia lo que es la necesidad, su condición de pobre casi de solemnidad en los primeros años de su vida. Y por supuesto, las horas y horas de curro que se pegó cuando solo era un tipo que quería salir adelante. Ahí les gana por goleada a su legión de odiadores, que amén de no haber madrugado un puñetero día de su vida, ni se imaginan qué es no saber si vas a cenar mañana.

Me divierte a la par que me encabrona que sean estos seres de mentón enhiesto los que vuelvan con la martingala chochiprogre de las actividades filantrópicas del gallego podrido de pasta. Versioneándose una vez más a sí mismos, los campeones de la rectitud moral reclaman que la sanidad pública no acepte sus donaciones de carísimas máquinas para el tratamiento del cáncer. Sostienen, en su infinita sapiencia prepotente, que lo que tiene que hacer el baranda de Inditex es pagar todos sus impuestos. Ocurre que al hacer la cuenta, les sale la de la lechera y le atribuyen a Ortega una elusión fiscal del recopón. Tan cabestros han sido, que el gabinete de comunicación del Midas de la ropa low cost lo ha tenido a huevo para rebatir la letanía. El imperio de Arteixo apoquinó a las arcas españolas 1.700 millones de euros en 2019. Seguramente mejorables, mantiene 50.000 empleos. ¿Beneficencia? Me quedo con lo que leí a una querida compañera que también sabe, desgraciadamente, de lo que habla: ojalá tantos multimillonarios del fútbol sigan su ejemplo.

Somos mayorcitos

Perdonen la zafiedad, pero soy de los que piensan que a unas elecciones se va llorado, meado y aliviado intestinalmente. Vamos, que cada vez se me hace más cuesta arriba aguantar a la creciente panda de anunciadores del apocalipsis que presuntamente seguirá al escrutinio de esta noche. Como en otras cosas, en esto soy muy del lehendakari Ibarretxe, que ante citas con las urnas tan o más decisivas que estas, no se cansaba de repetir que al día siguiente saldría el sol. Y hasta la fecha, los hechos le han ido dando la razón. Hoy también ha amanecido. Verán cómo mañana ocurre igual.

Por lo demás, si de verdad nos creemos nuestras chachiproclamas sobre la soberanía popular, lo que sea que ocurra en esta jornada será responsabilidad de ciudadanas y ciudadanos que libremente han decidido votar a esto, a lo otro o a nada. Las culpas o los aplausos, por lo tanto, para ellas y ellos, incluso aunque sea radicalmente cierto que ha habido quien se ha dedicado a alimentar al mismo monstruo que se llama a combatir.

“¡Ellos votan siempre!”, vociferan con la misma vehemencia e idéntico apremio los unos y los otros. Y a mi, ni por casualidad se me ocurre caer ahí. Presumo de lectores, oyentes y espectadores mayores de edad que saben lo que hay en juego. Ni por asomo dudo de que son conscientes del valor, no ya de votar, sino de votar a una u otra opción. Porque hay votos que serán puñetero confeti efectista vacío, otros que tratarán de evitar el desastre de la triderecha, y otros que, además de asegurar lo anterior, la evitación de la catástrofe, revertirán en hechos contantes y sonantes. A partir de ahí, ustedes mismos.