Somos mayorcitos

Perdonen la zafiedad, pero soy de los que piensan que a unas elecciones se va llorado, meado y aliviado intestinalmente. Vamos, que cada vez se me hace más cuesta arriba aguantar a la creciente panda de anunciadores del apocalipsis que presuntamente seguirá al escrutinio de esta noche. Como en otras cosas, en esto soy muy del lehendakari Ibarretxe, que ante citas con las urnas tan o más decisivas que estas, no se cansaba de repetir que al día siguiente saldría el sol. Y hasta la fecha, los hechos le han ido dando la razón. Hoy también ha amanecido. Verán cómo mañana ocurre igual.

Por lo demás, si de verdad nos creemos nuestras chachiproclamas sobre la soberanía popular, lo que sea que ocurra en esta jornada será responsabilidad de ciudadanas y ciudadanos que libremente han decidido votar a esto, a lo otro o a nada. Las culpas o los aplausos, por lo tanto, para ellas y ellos, incluso aunque sea radicalmente cierto que ha habido quien se ha dedicado a alimentar al mismo monstruo que se llama a combatir.

“¡Ellos votan siempre!”, vociferan con la misma vehemencia e idéntico apremio los unos y los otros. Y a mi, ni por casualidad se me ocurre caer ahí. Presumo de lectores, oyentes y espectadores mayores de edad que saben lo que hay en juego. Ni por asomo dudo de que son conscientes del valor, no ya de votar, sino de votar a una u otra opción. Porque hay votos que serán puñetero confeti efectista vacío, otros que tratarán de evitar el desastre de la triderecha, y otros que, además de asegurar lo anterior, la evitación de la catástrofe, revertirán en hechos contantes y sonantes. A partir de ahí, ustedes mismos.

Prohibido llorar

¡Vaya! Ahora resulta que también hay que pedir permiso para emocionarse o sentir congoja. Era lo que nos quedaba por ver en este totalitarismo cutresalchichero disfrazado de lo contrario: una reata de autoproclamados sumos sacerdotes abroncando al personal porque echa la lagrimita con lo que no debe. Por ejemplo, con las imágenes de la devastación en directo, segundo a segundo, de la catedral de Notre Dame. Qué atrevimiento insensato, el de los simplones mortales que contemplamos el avance del fuego sumidos en una impotencia entreverada de horror e incredulidad. Qué supina muestra de debilidad mental, contener la respiración ante la caída de la aguja central casi a cámara lenta.

“¡Son solo piedras, ignorantes!”, nos abroncaban, imbuidos de su gigantesca superioridad moral los guardianes de la rectitud, antes de rematar(nos) con una selección de catetadas demagógicas de su pobre repertorio. Que si no lloramos tanto por los inmigrantes que perecen en el Mediterráneo o por los centenares de miles de niños que mueren de hambre cada día en el mundo. Que si el incendio hubiera sido en una mezquita, nos importaría un rábano y/o lo estaríamos celebrando. O, en fin, que por qué no dejamos de derrochar energías en lamentar la pérdida de un símbolo de la opresión cristiana y de la turistificación gentrificadora y las dedicamos a luchar contra el perverso capitalismo, las tres(cientas) derechas, el cambio climático, el heteropatriarcado o lo que se vaya terciando. Lástima, es decir, suerte, que uno haya renovado el carné las veces suficientes como para que las melonadas de los partisanos de lance le importen una higa.

Dolera, dolerizada

Qué gran historia, la de la campeona sideral del activismo de género Leticia Dolera, a la que la actriz Aina Clotet acusa de despedirla de la serie que dirige por haberse quedado embarazada. Sí, de nuevo el clásico del cazador cazado, de las virtudes públicas y los vicios privados, del lirili que no va acompañado de lerele o, para no eternizarnos, de la doble moral cutresalchichera que gastan los abanderados de las nobilisímas causas. De acuerdo, no todos, pero sí muchos de los de primera línea de pancarta y megáfono como la susodicha. Lástima que nos vayamos a quedar sin saber qué diría la tal Dolera de cualquier abyecto ser humano heteropatriarcal que hubiera osado actuar como ella misma lo ha hecho.

Entre lo gracioso, lo tierno y lo brutalmente revelador, la atribulada latigadora puesta en evidencia trata de explicarse y pide que no se la juzgue a la ligera y que se comprenda que hay motivos para su decisión. Qué diferente de las ocasiones en que es ella la que enarbola la antorcha sin dejar lugar a nada remotamente parecido a la presunción de inocencia ni a los matices. Signo, de todos modos, de estos tiempos en que la mediocridad profesional se suple, como es el caso palmario, metiéndose a paladín de la justicieta chachipiruli. A santo de qué íbamos a conocer a la individua, si no es por esos berridos que ahora se le vuelven en contra. Lo tremebundo es que si no hubiéramos perdido el oremus y nos sacudiéramos el miedo a ser vituperados, en este asunto concreto seríamos capaces de ver que lo que ha hecho Dolera con Clotet no es ningún ataque a la igualdad, sino una decisión profesional llena de lógica.

Límites del humor, ¡ja!

Vaya con los límites del humor. Nunca sabes dónde los vas a encontrar. Ayer estaban aquí, hoy se han desplazado cuatro traineras a estribor, y mañana, seguramente, habrá que recorrer una docena de leguas para dar con ellos. Se mueven, los muy jodidos, al capricho de los seres superiormente morales que saben distinguir, incluso en lo más profundo de las tinieblas, el bien del mal, sin dejar lugar jamás para nada entre los extremos. Y a partir de ahí, aplican su filosofía inspirada en Chimo Bayo: esta sí, esta no, los límites son los que digo yo.

Acabamos de sacar otro doctorado al respecto. Los mismos que hace unos días se hacían cruces por la campaña contra el cómico televisivo que se sonó los mocos con la bandera española callan como tumbas ante el sablazo de 70.000 euros que le ha cascado un juez a un desventurado que escribió un cagarro de poema satírico sobre Irene Montero, Pablo Iglesias y Tania Sánchez en una revistilla gremial. Y eso, los que callan, que no son pocos los que se han liado la manta justiciera a la cabeza y han salido a proclamar la pertinencia del castigo, amorrados a su pilo argumental favorito, el que se expresa con la fórmula mágica “No es lo mismo”.

Ahí nos las van dando todas. No es lo mismo sonarse con la rojigualda que, pongamos, con la del pueblo romaní. No es lo mismo hacer una gracieta machirula sobre Irene Montero o sobre Letizia Ortiz. Cómo estará este patio de la hipocresía, que hasta el TMO, la publicación campeona sideral de la transgresión, acaba de dar la patada al dibujante Santi Orue por hacer chistes sobre Podemos, el procés o la inmigración. Qué risa… más triste.

Bolsonaro eres tú

Entre lo tierno, lo cómico y lo patético, pero siempre conforme a lo previsible, se me ha llenado el Twitter de enardecidos partisanos llamando a la resistencia contra el fascismo que asola el planeta Tierra. Como imaginan, el resorte que los ha encocorado a lo perro de Pavlov ha sido la (aplastante) victoria del cavernario Jair Bolsonaro en las presidenciales de Brasil. Y andan machacando frenéticamente con sus dedazos las pantallas de sus Iphone XS desde sus confortables adosados para que no quede un confín del globo al que no llegue su más enérgica protesta por la enésima muestra de incompetencia democrática de unos ciudadanos que han vuelto a equivocarse al echar la papeleta en una urna.

¡Será posible! ¡Con lo fácil que tenían esta vez elegir lo correcto frente al mal! ¡La de veces que lo habrán predicado los elegidos desde que el candidato pluscuamultra se llevó la primera vuelta por debajo de la pata! Habrá que empezar a plantearse seriamente la limitación del sufragio, de modo que solo puedan ejercerlo los individuos preparados y no susceptibles de manipulación. Les juro —ahora vuelve a hablar servidor— que exagero lo justo. Mensajes y actitudes como las anteriores están a la orden, no del día ni de la hora, sino del minuto, junto a las más variopintas y carrileras explicaciones de por qué ha pasado lo que ha pasado. Hasta al big data, toma ya, llegó a culpar el cátedro millonario apellidado Monedero, y varias versiones del pelo espolvorearon otros émulos locales y foráneos del susodicho. Lo que ninguno apuntó ni por asomo fue su papel de pirómano en este incendio que no ha hecho más que empezar.

Plutofobia

Venga, inventemos palabras. Si una señora de muy buen vivir acuñó el término aporofobia con grandes ovaciones desde la grada progresí, cabrá pensar que existe lo opuesto o, por lo menos, lo complementario. Recordemos que el neologismo que tanto gustirrinín provoca entre los chachipirulis pretendía definir el odio a los pobres. Luego, lo divertido e ilustrativo, como ya contamos aquí, era que en realidad se trataba del odio que unos tíos que jamás han pasado una puñetera estrechez atribuyen, olé sus bemoles, a ciertos pobres que tienen el atrevimiento de protestar porque de un tiempo a esta parte su vida se ha puesto todavía más complicada. Siempre ha habido clases y subclases.

Anotado lo anterior a modo de contexto, apunten mi propuesta, que quizá hasta ya está contemplada en los diccionarios oficiales u oficiosos: plutofobia, oséase, asco indecible a los ricos. Y da igual a los de familia que a los que se lo han currado a pulmón desde la miseria absoluta o a los que han amasado un capital por cualquier método. Amancio Ortega, que en su día fue descalzo por su pueblo, es un ejemplo, pero no me meteré en un charco tan hondo. Señalaré a Rafa Nadal, que viniendo de la clase media (si algún día existió), a base de talento y aptitudes que no están al alcance de cualquiera, ha ganado un buen dinero. Y eso le hace digno del desprecio y del sojuzgamiento al pormayor, como acabamos de ver en las diatribas que ha recibido por haberse puesto el traje de faena para echar un cable en las inundaciones que han provocado graves daños en su entorno. Tiñosos en pijama encontraban sospechosa su actitud. Patéticos plutófobos.

Camisetas negras

Asisto con perplejidad creciente al lanzamiento e inmediata difusión masiva —viralización se dice ahora— de una lisérgica campaña para que las mujeres vistan camiseta negra en el txupinazo de los sanfermines de este año. La primera en la frente, el mensaje espolvoreado por toneladas sitúa el lanzamiento del cohete inaugural de la fiesta el 7 de julio, lo que da una idea del gran conocimiento de causa de quien quiera que alumbrara la propuesta… y de las miles de personas que se lanzaron en plancha a rebotarla. Es verdad que alguien debió de caer en la cuenta de la cantada, y se puso circular una segunda versión corregida, aunque todavía anda por ahí la anterior, avalada por lo más granado de la inteligentsia progresí.

No dudo de la buena intención que ha movido a muchísimas mujeres y no pocos hombres a secundar lo que pretende ser una protesta por las agresiones machistas y, supongo que más en concreto, por las últimas decisiones judiciales al respecto. Desde luego, como iniciativa es bastante más presentable que otra que también ha rulado por ahí y que consiste directamente en llamar a no acudir a Iruña. Ambas propuestas comparten, en cualquier caso, el tufillo de la superioridad moral entreverada de osada ignorancia y unos toques de falta de respeto hacia una ciudad que ha demostrado que lleva la delantera en concienciación y denuncia de las agresiones sexistas. Por eso mismo, y aunque la coartada sea que la repercusión de las fiestas de la capital navarra multiplicaría la potencia de la acción, sería radicalmente injusto hacer que queden asociadas en todo el mundo con la tolerancia hacia los agresores.