Naufragio en la orilla

Desde que se certificó la imposibilidad de un acuerdo sobre los presupuestos de la demarcación autonómica entre el Gobierno Vasco y EH Bildu, voy de refrán en refrán, de frase hecha en frase hecha. Nada más recibir la noticia, al filo de la medianoche del jueves, evoqué la montaña que parió un ratón, maldije los esfuerzos inútiles que conducen inevitablemente a la melancolía y, después de lamentar haber visto remar tanto para acabar naufragando en la orilla, me pregunté si para ese viaje hacían falta semejantes alforjas.

Antes de eternizarme, tiraré por ahí. ¿No habría sido mejor haber zanjado la cuestión desde el primer instante con una enmienda a la totalidad? Recuerdo haber aplaudido aquí mismo la sinceridad de Arnaldo Otegi al reconocer que en el pasado se había abusado de esa receta, pero que los nuevos tiempos requerían otras formas de hacer política. Entraba ahí remangarse y tratar de encontrarse en el medio del camino con el adversario político.

Si les soy sincero, al ver las exigencias y los planteamientos iniciales de la coalición soberanista, creí que el que primero se haría a un lado sería el Gobierno. Los argumentos para la ruptura eran de carril: demasiada demagogia, ningún realismo. Pero luego fuimos contemplando cómo algunos imposibles de saque empezaron a parecer razonablemente factibles. Eso hablaba de disposición a ceder y, por lo tanto, de voluntad de abandonar la postura inicial. Y en esas llegó vaya usted a saber quién y mandó parar, casi en una versión de bolsillo de una negociación mucho más trascendente de hace un decenio y pico. Me consolaré pensando que fue bonito mientras duró.

Reformar la RGI

El Gobierno vasco ha incluido la reforma de la RGI en su calendario legislativo. Si de verdad este fuera el tiempo del acuerdo, como se viene pregonando, no habría mejor momento. Toca ver cuánto va del dicho al hecho. Cada una de las cinco formaciones presentes en el parlamento deberá retratarse. Podrán, como hasta ahora, situarse en alguno de los extremos de la doble demagogia que ha venido impidiendo nada parecido a un debate sosegado o, si practican la tan cacareada altura de miras, abrirán el camino para mejorar el instrumento fundamental de lucha contra la desigualdad en los tres territorios.

Para mejorarlo, sí. Es imprescindible que la reflexión parta de la firme convicción de que el sistema actual sigue constituyendo, especialmente en su filosofía, una seña de identidad a la que en ningún modo se va a renunciar. Que lo tengan claro quienes, cada vez con menor disimulo, quieren eliminar la RGI o reducirla a lo puramente testimonial, más cerca de la limosna que de la justicia social. Sería un detalle que en la contraparte se abandonaran también los discursos facilones que pretenden recursos ilimitados sin necesidad de control alguno.

Propongo dos principios elementales como ejes para la puesta en común. Uno: el mayor de los fraudes no es que la cobre quien no debe hacerlo, sino que no la perciba quien sí debería. Los agravios comparativos están detrás del incendio creciente que vemos en las calles. Y dos: el objetivo del sistema de protección es ayudar a las personas a abandonar la exclusión, y no, como parece que muchos son incapaces de ver que ocurre, propiciar que se perpetúen en ella.

Un poco de memoria

Ya casi nadie lo recuerda, pero en los meses inmediatamente anteriores a las elecciones de 2009 se daba por hecho un pacto PNV-PSE. Estaba tan asumido, que se hablaba con naturalidad del reparto de carteras y organismos públicos, a la espera de certificar la correlación de fuerzas. Por entonces, las encuestas reflejaban una cierta igualdad entre ambas formaciones de cara a unos comicios en los que se tenía muy claro que la izquierda abertzale no podría participar bajo ninguna denominación; lo de EHAK no volvería a ocurrir.

¿Y qué desvió el plan? Ahí tendrían que aportar su testimonio los protagonistas —la mayoría de ellos aún en activo—, aunque mi interpretación es que hubo dos factores fundamentales. Por un lado, gracias al arrastre del candidato Juan José Ibarretxe, la ventaja del PNV sobre el PSE fue mayor de la prevista. Más decisivo diría que fue, si cabe, el mero hecho aritmético. Cuando, terminado el escrutinio, Patxi López cayó en la cuenta de que sus 25 escaños y los 13 rascados por el PP de Antonio Basagoiti sumaban los 38 exactos que marcaban la mayoría absoluta, la situación giró 180 grados. En ese punto se fue al garete la célebre promesa electoral de no pactar con el PP. La posibilidad histórica de ser lehendakari y formar gobierno bien valía el incumplimiento de la palabra dada.

A la misma hora en que ya se había tomado esa decisión, en Sabin Etxea se celebraba lo que resultaría una amarga victoria. En los días que siguieron, el PSE, con Jesús Eguiguren como ariete principal, no aceptó las generosísimas ofertas jeltzales. Se abrió así una brecha que parece que se acaba de cerrar.

Dando la nota

Es la sabiduría del azulejo de tasca. Hace un día estupendo; ya verás cómo viene alguno y lo jode. Tal cual, oigan. Prácticamente todo el arco ideológico —cómo pica, ¿eh?— con la emoción aún a flor de piel por el bello homenaje al heroico y pluralísimo primer gobierno vasco, y tenían que venir las excrecencias tiñosas a montar el lío. Me apresuro a aclarar que no me refiero a los sindicatos que, creo que con bastante razón, mostraron su malestar por no haber sido invitados.

Hablo, por ejemplo, de quienes, con dos bemoles, se arrogaron la continuidad histórica de algunos de los partidos presentes en aquel ejecutivo. El hilo entre la Izquierda Republicana de Azaña y la minúscula camarilla que lleva hoy el mismo nombre es puro choteo. Y en cuanto al PCE-EPK, lo que me iba a reír si los fundadores se levantaran de la tumba y se encontraran lo que han hecho con sus siglas. Por cierto, unas y otras (IR y EPK) integradas en una coalición llamada en la CAV Ezker Anitza, que ha concurrido a los dos últimos comicios con Podemos. Pues miren ustedes que en Gernika sí estuvo el viernes su candidata a lehendakari, Pili Zabala. ¿Es que no la reconocen como representante?. No hace falta respuesta: esto va de fulanismo, de estar en la foto, o si no, me enfado y suelto que todo es una peneuvada, aunque en el acto vimos a Garaikoetxea, Otegi, López, Mendia, la citada Zabala y hasta Carmelo Barrio.

Eso, sin mentar el trato infame que dio el EPK ortodoxo de Ormazábal a su consejero. Lo expulsó tachándolo de traidor. No por casualidad, Juan Astigarrabia murió en 1989 como militante de Euskadiko Ezkerra. Leamos más.

Negar los hechos

Casi al mismo tiempo que el Ararteko alertaba en el Parlamento de Gasteiz [Enlace roto.], la Diputación de Gipuzkoa presentaba un estudio que sostiene que el 89 por ciento de los vascos son partidarios de la igualdad de derechos de los inmigrantes. Ya sé que este país es pródigo en cuadradores de círculos, e intuyo, incluso, que me van a salir unos cuantos al paso para tratar de convencerme de que lo uno y lo otro es perfectamente compatible, pero si queremos abordar esta cuestión con la seriedad mínima, habremos de convenir que no lo son. Es más, se trata de dos conclusiones diametralmente opuestas, no solo en lo que enuncian, sino en cómo se ha llegado hasta ellas. La reflexión de Iñigo Lamarca ante la cámara se basa en años de experiencia y en la observación critica de la realidad. Respecto a la otra, debo señalar que no sé si es producto de ese pensamiento mágico que, con la mejor intención, pretende que las cosas son como queremos verlas, o un intento de imponer los hechos como no son.

En cualquiera de los casos, estamos ante una irresponsabilidad. ¿Porque el sondeo viene avalado por una institución gobernada por Bildu? No va por ahí. En lo básico, opino lo mismo de los datos con exceso de azúcar que suministra regularmente Ikuspegi, organismo bajo el paraguas del Gobierno Vasco. Y es lo que sostengo sobre cualquier problema: si hacemos un diagnóstico voluntarista, no solo no lo resolveremos, sino que lo agravaremos.

Es triste que el que mejor lo ha comprendido sea el alcalde de Vitoria. Javier Maroto sí ha sabido ver el río revuelto, y ahí está pesca que te pesca votos.

El Sociómetro

En el último Sociómetro hay un dato que contiene la clave para interpretar casi todos los demás. Es decir, que la contendría si estuviéramos dispuestos a aceptar la realidad más o menos como es y no como queremos que sea. Lo apunto porque aún estamos a tiempo de bajarnos de la nube y volver a pisar la tierra. La cuestión es que apenas cuatro de cada diez encuestados han oído hablar del Plan de Paz y Convivencia del Gobierno Vasco. Aguarden, que la cosa empeora: entre esa minoría, solo el ocho por ciento asegura que lo conoce muy bien, mientras que un raquítico 24 por ciento dice conocerlo bastante, signifique eso lo que signifique.

Tengan en cuenta que no estamos hablando de un detalle menor o de un asunto semiclandestino. Desde que se remitió al Parlamento en junio del año pasado, los medios de comunicación de este trocito del mapa hemos dado un tabarrón considerable sobre ese Plan. Le hemos dedicado un sinfín de aperturas informativas y ríos de tinta o saliva en los espacios de opinión. Quien hubiera tenido el mínimo interés estaría, no digo al cabo de la calle, pero sí al corriente. Y ya ven que no. Pregunten a las mismas personas si les suena la niña Iraila o, por citar algo menos dramático, si han visto las imágenes de la perra descontrolada en la playa de La Kontxa.

Saquen las conclusiones ustedes mismos. La de este servidor es que, aunque la realización técnica del estudio haya sido perfecta, buena parte de lo que se desgrana en las 154 páginas del Sociómetro queda en cuarentena. Lo mismo sostengo de todos los titulares de conveniencia que hemos extraído. Otra cosa es que prefiramos no verlo.

Enseñanzas de Aguirre

7 de octubre de 2013, benditas efemérides. Exactamente 77 años después de jurar su cargo, el lehendakari José Antonio Aguirre recibió, en la más presente de las ausencias, la insignia que lo reconoce como miembro del Parlamento que no pudo elegirlo, simplemente porque en plena guerra no había forma de convocarlo. Una reparación tardía, como tantas y tantas, por no hablar de las que siguen aguardando y de las que tal vez nunca lleguen. Pero reparación al fin, que en el caso del primer presidente del Gobierno vasco se une a otros gestos de restauración de su memoria y de su valor histórico que han ido cayendo por su propio peso… incluso de parte de quienes durante mucho tiempo le dispensaron un indisimulado desprecio. Y que conste que no lo cito como ataque hacia los que procedieron así, sino al contrario, como aplauso a la capacidad de rectificar.

Esa es una de las copiosas enseñanzas que nos legó Aguirre: no hay desdoro en enfrentarse a los errores propios cuando existe la firme disposición de enmendarlos. En no pocos de sus textos y de sus vibrantes alocuciones se refirió sin tapujos a lo que él mismo no hizo como al cabo de los años comprendió que quizá debería haber hecho. Sin caer jamás en el arrepentimiento —no tenía de qué—, sin renegar ni de sus actos ni mucho menos de sus convicciones, tuvo el coraje hacer un repaso autocrítico de sus obras, cuando alrededor la tentación al uso era porfiar que todo, absolutamente todo, se hizo bien.

Por supuesto que hay muchísimo más: su magnetismo personal, su don para aglutinar en torno a sí a gentes de credos y caracteres muy diferentes, su entrega a sus ideas y el respeto a las de los demás, su creencia en una causa que consideraba justa y su coherencia al defenderla… Imposible pasarlo por alto. Pero junto a ello, quisiera que al trazar el retrato de Aguirre no perdiéramos de vista el arrojo para encararse con sus equivocaciones.