Negar los hechos

Casi al mismo tiempo que el Ararteko alertaba en el Parlamento de Gasteiz [Enlace roto.], la Diputación de Gipuzkoa presentaba un estudio que sostiene que el 89 por ciento de los vascos son partidarios de la igualdad de derechos de los inmigrantes. Ya sé que este país es pródigo en cuadradores de círculos, e intuyo, incluso, que me van a salir unos cuantos al paso para tratar de convencerme de que lo uno y lo otro es perfectamente compatible, pero si queremos abordar esta cuestión con la seriedad mínima, habremos de convenir que no lo son. Es más, se trata de dos conclusiones diametralmente opuestas, no solo en lo que enuncian, sino en cómo se ha llegado hasta ellas. La reflexión de Iñigo Lamarca ante la cámara se basa en años de experiencia y en la observación critica de la realidad. Respecto a la otra, debo señalar que no sé si es producto de ese pensamiento mágico que, con la mejor intención, pretende que las cosas son como queremos verlas, o un intento de imponer los hechos como no son.

En cualquiera de los casos, estamos ante una irresponsabilidad. ¿Porque el sondeo viene avalado por una institución gobernada por Bildu? No va por ahí. En lo básico, opino lo mismo de los datos con exceso de azúcar que suministra regularmente Ikuspegi, organismo bajo el paraguas del Gobierno Vasco. Y es lo que sostengo sobre cualquier problema: si hacemos un diagnóstico voluntarista, no solo no lo resolveremos, sino que lo agravaremos.

Es triste que el que mejor lo ha comprendido sea el alcalde de Vitoria. Javier Maroto sí ha sabido ver el río revuelto, y ahí está pesca que te pesca votos.

El Sociómetro

En el último Sociómetro hay un dato que contiene la clave para interpretar casi todos los demás. Es decir, que la contendría si estuviéramos dispuestos a aceptar la realidad más o menos como es y no como queremos que sea. Lo apunto porque aún estamos a tiempo de bajarnos de la nube y volver a pisar la tierra. La cuestión es que apenas cuatro de cada diez encuestados han oído hablar del Plan de Paz y Convivencia del Gobierno Vasco. Aguarden, que la cosa empeora: entre esa minoría, solo el ocho por ciento asegura que lo conoce muy bien, mientras que un raquítico 24 por ciento dice conocerlo bastante, signifique eso lo que signifique.

Tengan en cuenta que no estamos hablando de un detalle menor o de un asunto semiclandestino. Desde que se remitió al Parlamento en junio del año pasado, los medios de comunicación de este trocito del mapa hemos dado un tabarrón considerable sobre ese Plan. Le hemos dedicado un sinfín de aperturas informativas y ríos de tinta o saliva en los espacios de opinión. Quien hubiera tenido el mínimo interés estaría, no digo al cabo de la calle, pero sí al corriente. Y ya ven que no. Pregunten a las mismas personas si les suena la niña Iraila o, por citar algo menos dramático, si han visto las imágenes de la perra descontrolada en la playa de La Kontxa.

Saquen las conclusiones ustedes mismos. La de este servidor es que, aunque la realización técnica del estudio haya sido perfecta, buena parte de lo que se desgrana en las 154 páginas del Sociómetro queda en cuarentena. Lo mismo sostengo de todos los titulares de conveniencia que hemos extraído. Otra cosa es que prefiramos no verlo.

Enseñanzas de Aguirre

7 de octubre de 2013, benditas efemérides. Exactamente 77 años después de jurar su cargo, el lehendakari José Antonio Aguirre recibió, en la más presente de las ausencias, la insignia que lo reconoce como miembro del Parlamento que no pudo elegirlo, simplemente porque en plena guerra no había forma de convocarlo. Una reparación tardía, como tantas y tantas, por no hablar de las que siguen aguardando y de las que tal vez nunca lleguen. Pero reparación al fin, que en el caso del primer presidente del Gobierno vasco se une a otros gestos de restauración de su memoria y de su valor histórico que han ido cayendo por su propio peso… incluso de parte de quienes durante mucho tiempo le dispensaron un indisimulado desprecio. Y que conste que no lo cito como ataque hacia los que procedieron así, sino al contrario, como aplauso a la capacidad de rectificar.

Esa es una de las copiosas enseñanzas que nos legó Aguirre: no hay desdoro en enfrentarse a los errores propios cuando existe la firme disposición de enmendarlos. En no pocos de sus textos y de sus vibrantes alocuciones se refirió sin tapujos a lo que él mismo no hizo como al cabo de los años comprendió que quizá debería haber hecho. Sin caer jamás en el arrepentimiento —no tenía de qué—, sin renegar ni de sus actos ni mucho menos de sus convicciones, tuvo el coraje hacer un repaso autocrítico de sus obras, cuando alrededor la tentación al uso era porfiar que todo, absolutamente todo, se hizo bien.

Por supuesto que hay muchísimo más: su magnetismo personal, su don para aglutinar en torno a sí a gentes de credos y caracteres muy diferentes, su entrega a sus ideas y el respeto a las de los demás, su creencia en una causa que consideraba justa y su coherencia al defenderla… Imposible pasarlo por alto. Pero junto a ello, quisiera que al trazar el retrato de Aguirre no perdiéramos de vista el arrojo para encararse con sus equivocaciones.

Ganar y perder

Al Gobierno vasco y a los partidos de la oposición les salva que los ciudadanos pasamos un kilo del cotorreo que se traen con los dichosos presupuestos. Muy triste, sí, la indiferencia o la desidia ante una cuestión en la que se juegan, y no de modo figurado, muchas alubias. Pero también es el resultado lógico de sumar un cuerpo social con tendencia creciente a la pereza y una jet-set política que pide a gritos ser mandada a esparragar. Lo pongo blanco sobre negro asumiendo la injusticia que supone la generalización. Soy consciente de que hay excepciones y de que no toda la tropa se ha resignado a verlas venir ni todos los mandos y aspirantes a mandos son unos desgarramantas que miran primero por su culo y por sus siglas. Sin embargo, al sacar la media a ambos lados un día que uno se levanta un poco atravesado, la conclusión es desoladora.

Voy al juanete que me duele, que son estas cuentas arrojadizas devueltas al redil tarde y regular. Nos decían que eran lentejas de deglución impepinable y tras una caída del caballo en el camino a Bruselas, resulta que había plato optativo: la prórroga como mal menor mientras se cocina algo que no amargue tanto. Un papelón por parte del ejecutivo, de eso no hay duda, pero al mismo tiempo, el cumplimiento de la teórica demanda de la oposición. Lo esperable habría sido un tirón de orejas inmediatamente antes de remangarse para ponerse a la tarea. Pues no: lo que hubo fue cohetes, olas y congas de la victoria, en la enésima reedición del cuanto peor, mejor. “¡Fracaso, fracaso, fracaso!”, se marcaron un ilustrativo hat-trick dialéctico EH Bildu, PSE y PP. Eso era lo que importaba, y me apresuro a señalar que si hubieran estado los papeles cambiados, el escenario habría sido exactamente igual.

Que no, que esto no va de ver cuánto tenemos y cómo lo repartimos mejor tirando de realismo, sentido común y honradez. Se trata de ganar. Aunque la sociedad pierda.

Urkullu y el contexto

Maquiavelo nunca pasa de moda: “El príncipe nuevo tiene enemigos en todos aquellos que se aprovechaban del orden antiguo”. Deberían grabar la frase en cada pasillo y cada despacho de Lakua Recobrada junto a su versión castiza del refranero español: arrieros somos y en el camino nos encontraremos. Ciento y pico días son más que suficientes para, siquiera, ir haciéndose una idea de por dónde van a llover las bofetadas y tener un tejado mínimamente consistente bajo el que guarecerse. De lo contrario, se acaba con la badana bien zurrada y, casi peor, con cara de pasmo infinito por haber mordido un polvo que venía anunciado en todos los pronósticos. ¡Leñe! Que era de cajón de madera de pino insignis que a Urkullu, además de atizarle collejas ex-novo con o sin merecimiento, le iban a buscar las mismas cosquillas que le rastrearon a López. Así,venía en letras bien gordas en el manual que aquella foto de la boda gaditana por la que tantos cantares se le sacaron al de Coscojales tendría su correlato o revancha en cuanto se presentase la ocasión.

Y bien poco tardó en presentarse la tal ocasión, calva como la pintan y, de propina, bajo la apariencia de una simetría tan perfecta que coincidía —¿qué tendrá Cádiz?— hasta el escenario. En el mágico sur estaba el lehendakari el mismo día en que se inauguraba la nueva planta de Petronor. Lo demás es un clásico del periodismo de ayer, hoy y siempre: lo que llamamos “crear el contexto”. Primero, una nota dando cuenta de la ausencia prevista, así, como quien no quiere la cosa. Luego, en fila india y en plan enigmático, las tiraditas: ¿Será que se lleva mal con Imaz? ¿Será por hacerle un feo al Borbón? ¿Por ambas cosas? En tres ediciones, la bola crece y cuando se deja caer, se lleva por medio el objetivo. Para entonces, es demasiado tarde. Se cumple la lógica del chiste del labriego que ordeñaba la vaca. Lo expliques como lo expliques, va a dar igual.

No solo un sablazo

Al Gobierno vasco en funciones le correspondía tomar la decisión sobre la paga de navidad de sus empleados y lo ha hecho. Por ese lado, no hay absolutamente nada que objetar. Ha cumplido exactamente con lo que se le estaba pidiendo. ¿Cabe sorprenderse o llamarse a engaño por cómo ha zanjado el asunto? Tampoco. Era de parvulario político que aprovecharía la ocasión para despedirse con un gesto póstumo de magnanimidad que, de paso, se lo pondría un poquito más en chino a los sucesores, gero gerokoak. Para nota, el despiporrante informe jurídico —los hermanos Marx no lo habrían mejorado— en el que se sostiene la resolución. Bien es cierto que esas fintas y contrafintas legaloides, por retorcidas y lisérgicas que sean, obedecen a una causa justa y legítima. Se trataba de derrotar con las mismas armas del derecho a la carta la arbitrariedad inaceptable de bailar a los funcionarios un buen pico de su sueldo. ¿Por qué el mismo ejecutivo tragó hace dos años con el tajazo del 5 por ciento lineal del salario ordenado desde Madrid por José Luis Rodríguez Zapatero? La respuesta está en la misma pregunta.

Este galimatías de la mal llamada paga extra no ha visto todavía su último capítulo. El virrey Carlos Urquijo guarda un as jurídico en la manga. Nadie descarte que dentro de equis, cuando la pasta no sea ni un recuerdo, empiecen a llegar notificaciones exigiendo su devolución. A quienes la hayan percibido, claro, porque esa es otra. Cada una de las administraciones ha tenido que buscar su propia solución más o menos creativa para hacerle un escorzo al gran marrón dejado sobre su tejado por el Gobierno español. Debería hacernos pensar que no haya habido una respuesta única o, por lo menos, mayoritaria. Esta medida no es solamente un sablazo a los bolsillos de quienes tienen una nómina del sector público. También es un gran mordisco a la capacidad de decidir sobre nuestros propios asuntos.

Miénteme

La verdad y la política nunca se han llevado bien. Da igual las siglas o las presuntas ideologías en que nos fijemos, los discursos, las proclamas y hasta las actitudes llevan indefectiblemente cuarto y mitad de engañifa, de pose, de disimulo o de trile mezclado con trola. Nos mienten por principio y por sistema, incluso en los asuntos más triviales o cuando no sería necesario en absoluto. A veces, por pura inercia, simplemente porque han perdido la costumbre o la facultad de decir las cosas sin maquillarlas, sin reservarse una parte de la información por temor a que tarde o temprano pueda volvérseles en contra o porque mola sentirse dueño de un secreto, aunque sea una chorrada que no va a ningún sitio. Están convencidos de que el fin, sea el que sea, justifica los medios y nadie les va a apear de esa mula.

No, nadie, porque lo que he descrito es posible gracias a la complicidad —a veces, por omisión y desidia, pero en muchas ocasiones también por acción y convicción— de todo un cuerpo social que lo ampara y lo legitima. Nos quejamos mucho en la barra de un bar, en las encuestas del CIS y del Eukobarómetro o en columnas como esta, pero cuando llega la hora de contar las papeletas, resulta que, nombre arriba o abajo, acabamos renovando los mismos contratos. Aplicamos poco más o menos el mismo principio que la CIA con el dictador nicaragüense Somoza en los años 70: sabemos que esos a los que votamos son unos mentirosos, pero son “nuestros” mentirosos.

El resultado de esta connivencia sorda es que las mentiras crecen en tosquedad y ordinariez cada día. Un rescate del sistema bancario, que viene a ser como la quimioterapia más salvaje para el cáncer económico, nos lo hacen pasar por un motivo para dar saltos de alegría. Más cerca, unos multiplicadores de deudas por ocho que han dejado el bienestar en las raspas se ufanan de no haber tirado de tijera. La culpa será de quien se lo crea.