Las mentiras de Casado

La eterna disyuntiva que en realidad no lo es: ¿Es más dañino un tontolnabo o un malvado? Efectivamente, llevamos acumulados los suficientes trienios en la cosa esta de vivir como para tener meridianamente claro que no hablamos de condiciones incompatibles. Al contrario, la estadística y de nuevo la experiencia prueban que lo más habitual es que lo uno vaya conjunta e inseparablemente con lo otro. Ya expliqué hace años y sigo confirmando cada día —hace nada, me ha ocurrido con un tipo más o menos cercano— que la mediocridad acaba degenerando, previo paso por el resentimiento, en la vileza más absoluta. Y como con las patatas del anuncio, cuando haces pop, ya no hay stop.

En esas anda desde la cuna la nulidad encumbrada a la presidencia hispana del PP que responde por Pablo Casado. No es ya que haya motivos para tomarse a guasa sus másteres de la señorita Pepis. Empieza a ser dudoso hasta su título de bachiller. De otra forma no se entiende que vaya de plaza en plaza diciendo que en las próximas elecciones “está en juego que España siga siendo lo que es desde hace cinco siglos: una nación unida”. Aparte de lo discutible de saque que es hablar de España como tal hace quinientos años, al tarugo palentino se le olvidan un huevo de revueltas, una guerra sucesoria, alguna que otra invasión, tres carlistadas más un puñado de alzamientos del mismo jaez y, por no hacer interminable el inventario de lo que Goya representó en su Duelo a garrotazos, la contienda incivil de 1936 de la que él es cada vez más indisimulado heredero. ¿Cuestión de ignorancia? Ustedes y yo sabemos que no solo eso: también apego a la mentira.