Un boicot o así

Sin buscarlo, esta columna enlaza con el final de la anterior. Ganándome la predecible colleja, señalaba el parecido como fenómenos mediáticos de Vox y Podemos. Cualquiera con una memoria mediana recordará cómo, igual que pasa hoy con los cavernarios de Abascal, hace cinco años era imposible sintonizar el canal de televisión LaSexta sin encontrarse a Iglesias, Errejón o Monedero, especialmente al primero. Y si no estaban ellos en carne mortal, los presentadores o los contertulios se dedicaban a glosar sus declaraciones, sus propuestas o las noticias falsas, ciertas o entreveradas que se publicaban sobre la formación morada.

A lo largo de todo este tiempo, ya con Podemos como fuerza de indiscutible peso en la escena política española, esa presencia se ha ido normalizando y diversificando, de modo que hoy es el día en que todos los espacios señeros de la cadena cuentan con una nutrida y variada panoplia de colaboradores obedientes en grado diverso a esas siglas. Y parece que va a seguir siendo así. Por eso se antoja particularmente divertido y chocante que todos y cada uno de esos rostros habituales de los programas de Ferreras, Wyoming, Pastor, Évole, Pardo o López anden promoviendo un boicot contra la cadena que les regala —o paga muy bien, según los casos— sus minutos de ego, fama y propaganda. Es verdad que la razón no es mala. Denuncian que LaSexta mantiene como colaborador de postín al cloaquero sin matices Eduardo Inda, según parece, partícipe en operaciones vomitivas para desacreditar a Iglesias y su partido. Claro que resultaría más creíble si todos a una se borraran de la pantalla ya no tan amiga.

Éxito indiscutible

Algo tendrá el agua cuando la bendicen. La entrevista de Jordi Évole a Arnaldo Otegi cosechó en Euskal Herria un 30 por ciento de share. Creo que ni La que se avecina ni Mujeres y hombres y viceversa han llegado ahí. Algún partido de la Champions o de la selección —ejem— española, como mucho, o, según me anotaba ayer Xabier Lapitz, aquel castizo tête à tête tabernario entre Albert Rivera y Pablo Iglesias, también de la mano del mago televisivo de Cornellá de Llobregat. Y eso, contando solo con los que se inyectaron el programa en vivo y directo. Añadan a quienes se lo atizaron en segundas nupcias o a los millones de personas que han sabido de la cosa en los innumerables refritos que hemos hecho los demás a rebufo, y las cifras rondarán las que dan fe de un fenómeno mediático incontestable.

¿Por qué lo es? En la misma pregunta está casi toda la respuesta. El solo hecho de que nos la estemos planteando legiones de opinateros es la prueba del nueve. Bien es cierto que esta misma tarde, si es que no ha ocurrido ya, el furor decaerá y dará paso a una nueva entretenedera de mogollones, quién sabe cuál. Quizá otra vez los refugiados, el señor equis que dicen que también tiene su línea y cuarto en los papeles de Panamá, Piqué enseñando el níspero en Periscope o lo que se tercie. Pero hasta que se produzca —insisto, si es que no se ha producido ya— el cambio de guardia de la atención popular, que les vayan quitando lo bailado a Évole y Otegi, copartícipes de un éxito que admite poca discusión. Otro asunto es que la traducción automática sea una victoria electoral por goleada. Eso habrá que verlo.

Albert Iglesias

La primera vez que lo hice, a la altura del martes, iba de guasa, pero en este punto y hora lo hago completamente en serio: propongo que Albert Rivera y Pablo Iglesias —tanto monta, monta tanto—  compartan precampaña, campaña, y si procede, después de votar, se casen por lo civil. O por lo militar, que tanto les gusta a ambos. Al modo de las giras de Serrat y Sabina, dije yo. Mejor en plan Pimpinela, me corrigió con mucho tino un tuitero de colmillo retorcido.

Aunque ni de lejos soy el fan número uno de Jordi Évole, me quito el cráneo ante su hallazgo del pasado domingo. No ya por el audiención que se cascó —mejorando lo presente en estas tierras de por aquí arriba, siempre lo subrayaré—, sino por su repercusión posterior, que todavía no ha cesado, como prueban estas mismas líneas. Pero más incluso que por eso, por haber conseguido el retrato más fiel de la cacareada nueva política, y sobre todo, de sus creyentes y practicantes, cuyo sentido crítico es tan profundo que les dicen a la cara que el invento consiste en una charla de barra de bar, y ni se huelen que les están llamando imbéciles.

Anoten la secuencia desde que todo esto explotó. Surge un fenómeno morado, luego uno naranja creado por ingeniería inversa, y cuando parecía que ambos entraban en horas bajas, el productor —La Sexta, o sea, Atresmedia, o sea, Planeta— les hace coprotagonizar la secuela. Una idea brillante, porque estando frente a frente, en lugar de las diferencias, lo que se aprecian son las mil coincidencias, y como resumen, que son tal para cual y cual para tal. Eso sí, para jugarse el tercer y cuarto puesto, no jodamos.

Lamento progresí

La derecha en aumentativo —derechaza, derechona, derechorra— no tiene mejores aliados que los progreguays, palabro que no por casualidad se acuñó en el ultramonte diestro. Hay que ser pardillo o jeta redomado para embutirse por iniciativa propia en el traje de Tonetti que te han cosido los de enfrente con el único propósito de descojonarse de ti. Pero claro, ahí está la gongorada para explicarlo: ándeme yo caliente y ríase la gente. Se saca un capitalito y se ensancha el ego una barbaridad yendo de tertulia en tertulia para fungir de sparring del facherío cañí, que ese sí que va entrenado y ejerce desde pequeñito y con afición. Como la claque que jalea al otro lado de la pantalla cojea de la misma neurona, nadie repara en el fraude, y todos contentos. Los primeros, los dueños del canal requetechachi, que realquilan los rebaños a las agencias de publicidad a una tarifa cada vez más suculenta. Y a los bomberos toreros tampoco les va mal: elevan el caché, les salen bolos o se montan un chiringuito electoral a imagen y semejanza del de Rosa Díez, pero rojete en lugar de magenta.

Que sí, que fue una zafiedad machista del quince que el vividor Alfonso Rojo le llamara gordita a Ada Colau en presencia de las cámaras. Pero más que eso, fue un incidente perfectamente evitable. Si saltas el vallado en Estafeta, no vale lamentarse cuando el Cebada Gago te ha hecho un agujero de repuesto en el tafanario. Al aceptar formato y compañía —esto lo aprendí del gran Fernando Poblet—, por muy digno que te pretendas, dejas de pertenecerte. Pasas a ser pimpampum sin más derecho que recibir un cheque tras la brea.