Aten sus perros

Supongo que debo celebrar que todavía no me haya aparecido una cabeza de caballo sanguinolienta en la almohada. Pero por avisos no será. “Lávese su boquita antes siquiera de mentar a la Guardia Civil”, me advierte un patán anónimo que añade a su tuit el escudo de armas del cuerpo al que pertenece, entre otros criminales probados en sede judicial, el general Rodríguez Galindo. La cosa es que yo no había mentado a ningún picoleto. Ni a la policía nacional, ni (en ese caso concreto, aunque sí en otro reciente) al ejército español, ni a grupos o grupúsculos nazis. Y sin embargo, especímenes de todas esas raleas no se me despegan del tobillo desde que hace ya ¡diez días! enhebré exactamente 1.620 caracteres no demasiado favorables al forúnculo que en el registro de partidos aparece identificado por las siglas (nótese que todas falsas, incluida la conjunción copulativa) UPyD. Dime a qué clase de gachós mueves y te diré lo que eres. Bueno, en este caso, poca falta hacía.

Cierto, ya les di cuenta de la primera acometida, y no me repetiría, si no fuera porque esta segunda balacera dialéctica, mucho más intensa y subida de tono, llegando a lo delictivo, partió de los teclados de dos dirigentes de la excrecencia magenta. Señalando directamente la nuca sobre la que verter el fétido aliento, Rubén Múgica lanzó la primera fatwa (querellable, por cierto) y acto seguido, Gorka Maneiro la amplificó, muy probablemente, desde el Iphone que le pagamos todos. Siempre he sostenido que el fascismo no se define por las ideas sino por los métodos. Lo de este hostigamiento es de libro. Maneiro, Múgica, aten sus perros.

Pablo y el Jemad

Un Jemad no es el que reparte las cocacolas. Es exactamente lo que indica el acrónimo: un Jefe del Estado Mayor de la Defensa. Es decir, un tipo que, para empezar, eligió como ganapán y por pura vocación uno que se basa en la búsqueda de las formas más efectivas de eliminar al personal y su consiguiente puesta en práctica. Sí, como último recurso, para evitar un mal mayor, y todo lo que quieran, pero nos conocemos lo suficiente como para saber de qué va la cosa. Ya es difícil tragarse la vaina con uniformados de estados de cierto pedigrí medio democrático, pero con un ejército como el español, que es un fósil franquista jamás despiojado, definitivamente no cuela.

O eso creía yo, que no colaría, que cualquier persona con una sensibilidad medianamente progresista —no digo ya alguien de izquierdas— que pudiera haber en el entorno de Podemos levantaría la mano para protestar por el fichaje en plan galáctico de un individuo con esas credenciales. Ni modo, oigan. El milico elegido a dedazo armado por el generalísimo de las fuerzas castrenses moradas ha sido recibido con marcial disciplina. A sus órdenes, don Pablo.

¿Y los antimilitaristas? ¿Y los ecopacifistas? ¿Y los sermoneadores de la no violencia y el buen rollito? Pues también ellos y ellas en perfecto estado de revista y posición de saludo, y a lo que les manden, como sumisa tropa resignada a su papel de bulto o carne de cañón que se deja pastorear por los que entienden. Reconozco que, desde mi butaca de patio, disfruto de esta película que, miren por dónde, empieza a sonarme a una de hace unos años titulada, creo recordar, “OTAN, de entrada no”.

De la tortura

Indignación con carácter retroactivo. Ocho años después, un periódico saca del congelador el vídeo de tres soldados españoles moliendo a patadas a unos presos iraquíes encerrados en una mazmorra de Diwaniya, base de los tercios pacificadores de su majestad en aquellos andurriales del eje del mal. La conciencia perezosa de los mansos, que en realidad somos casi todos, se rebela. En algunos casos, porque les han jodido el café y el croasán dominical con las duras imágenes; te conectas para ver cómo ha quedado Alonso en Australia y te encuentras con eso. A otros les incomoda enterarse abruptamente de que los héroes humanitarios que nos sacaban en los publirreportajes patrióticos llevan el sadismo tatuado al lado del amor de madre y demás calcomanías legionarias. Y los hay también que simplemente se suben a la ola del rasgado tuitero de vestiduras aunque en su fuero interno se la traiga al pairo que inflen a hostias “a unos moros que seguramente se lo merecían”.

Tenemos un problema respecto a la tortura. Uno muy serio. Al primer bote y, especialmente si hay público, nos parece fatal. Villanía, vesanía, tropelía… Se nos agota el campo semántico en la denuncia. Pero luego, en la intimidad del hogar, no se nos atragantan los nachos viendo cómo el poli de nuestra serie favorita le calza unas yoyas al maloso en el interrogatorio. Al contrario, celebramos que se le vaya la mano y deseamos fervientemente que le caiga otra, y otra, y otra más.

De acuerdo, pero eso es ficción. En la vida real hilamos más fino. ¿Seguro? Me encantaría poder afirmarlo. Sin embargo, no dejo de ver, en el mejor de los casos, reproches asimétricos en función de quién da y quién recibe. La descalificación de los malos tratos no suele ser absoluta ni atiende a principios éticos básicos. Funciona como reacción de parte, revelando una descomunal hipocresía y, lo peor, provocando su perpetuación por los siglos de los siglos.

¡Todos al suelo!

Con el ejército español no hay gran cosa que hacer. Por más mares de barniz dizque democrático que le viertan encima, no es necesario ni rascar con una uña para darse de morros con su genuina cáscara podrida de carcoma facciosa. Y para muestra un botón, arrancado de la guerrera de un teniente coronel que atiende por Alamán Castro. Después de años de chusquería semianónima y golpismo de cantina con peste a aguardiente y Varon Dandy, el milico ha encontrado su cuarto de hora de fama eructando en uno de tantos apartaderos de fachas que hay en internet que la independencia de Catalunya deberá pasar por encima de su cadáver.

Eso, como titular. En el resto de la vomitona dialéctica, convenientemente azuzado por un presunto entrevistador de los de correaje a la vista, el fulano se explaya a modo. Que si un puñado de buitres carroñeros nacionalistas no podrán acabar tan fácilmente con 1.500 años de historia, que si José Antonio reclutó en Barcelona el doble de seguidores que los separatistas, que si hay millones de españoles dispuestos a ofrecer su preciosa sangre por la patria amenazada… En una entrega posterior, propiciada por el éxito cosechado por la primera descarga, el sietemachos de pechera contrachapada se venía arriba del todo y pedía el encarcelamiento de Joan Tardá y la ilegalización inmediata de los partidos disgregadores. Quien busque en google hallará, de propina, una bravata anterior disparada a bocajarro contra el ministro de Defensa: “Pedro Morenés es un vividor que no tiene cojones de hacerme callar”.

La cosa es que en esa última parte, suecencia Alamán Castro parece estar en lo cierto. A la hora de escribir estas líneas, el Negociado hispanistaní de la Guerra sigue llamándose andanas sobre las bocachancladas del cuartelero largón. Antes al contrario, un par de peperos con pedigrí han corrido a propalar que al tipejo de caqui no le falta razón. ¡Todos al suelo!

Los conmemoradores

Siento mucho ser la nota discordante, porque en estos casos tal vez proceda callarse y sumarse al cortejo, pero no puedo evitar dejar negro sobre blanco el áspero sabor de boca y el dolor de corazón que me ha quedado tras la conmemoración de los 75 años del horror de Gernika. No hablo de esos idiotas malnacidos que vuelven a la cantinela de los incendiarios rojoseparatistas ni de los chusqueros —hay tanto sargento Arensivia en el ejército español— que montan maniobras en Elgeta por joder. Ni siquiera de aquellos a los que su mala conciencia de complicidad retrospectiva (PP, UPyD) o su cobardía (PSE) les impide apoyar en el Parlamento vasco una inocua petición para que se reconozca, qué menos, el daño causado. A unos y a otros los daba por amortizados. Me han resultado bastante más ofensivos los que han querido hacer del aniversario un festejo o un trampolín de lucimiento.

La memoria convertida en espectáculo, moda de unos días o excusa para juegos florales de ególatras es más letal que la pura desmemoria. Casi prefiero el cruel olvido o, desde luego, la evocación de una minoría sincera —esos que siempre han estado ahí— que un recuerdo domesticado que apesta a Ambipur oficialista o a la colonia que mean los que esta semana nos han despachado sus plañidos presuntamente estéticos y ocurrentes. Conozco muy a mi pesar a cuatro o cinco de estos conmemoradores a mayor gloria propia y no tengo ni la menor duda de que, de haber vivido en 1937, se habrían presentado ante Mola o los gerifaltes de la Legión Cóndor con una larga lista de objetivos que destruir y molestos paisanos que apiolar. Patanes serviles del amo que sea, por salvar su culo, deshacerse de rivales y trepar en el escalafón, luego habrían corrido a contarle al mundo que los enemigos de Dios y de la Patria habían arrasado su propia villa santa. Hoy, macabra ironía, cubren la tragedia de melaza sentimentaloide. Qué asco.

Insurrección en la piscina

A un sargento del nobilísimo y valerosísimo ejército español le han metido un paquete por no respetar el escalafón. ¿Se saltó, tal vez, una orden de un teniente? ¿Dejó sin el saludo reglamentario a un comandante pecho-lata? Mucho más grave. El indisciplinado milico, de nombre Francisco Maceira Rodríguez -¡a sus órdenes!- y en situación de reserva, tenía la extravagancia de nadar a todo lo largo y a todo lo ancho de la piscina de un polideportivo de uso castrense de Ferrol, patria chica del glorioso Caudillo. Lo hacía, y ahí es donde se ha caído con todo el equipo, ignorando a conciencia la ordenanza interna de las instalaciones, que establece sin lugar a dudas que la primera de sus ocho calles es de disfrute exclusivo de almirantes, capitanes de navío y coronoles. De ahí para abajo, la tropa toda debe limitar sus ardores natatorios a lo que queda de la pileta, procurando no salpicar, miccionar en el medio líquido, ni hacerse aguadillas.

¿Cómo se distingue, yendo en bañador, a alguien que pertenece a una de las tres castas con permiso para ejercitarse en la calle uno de la soldadesca de menor graduación? También a mi me asalta la curiosidad, pero no lo aclara la circular, que sin embargo sí es expeditiva a la hora de señalar que los oficiales que se sientan invadidos por sus inferiores jerárquicos podrán solicitar al socorrista la ejecución de la norma. Esa es buena por partida doble. Por un lado, nos enteramos de que los bravos infantes de marina se bañan bajo vigilancia, no sea que se ahoguen y mengüen los efectivos de la armada hispana. Por otro, resulta que el auténtico mando en plaza -o sea, en piscina- lo tienen los custodios del local.

Crimen y castigo

Haciendo oídos sordos, como hemos dicho, a este peculiar reglamento bendecido por el ministerio español de Defensa, el insurrecto Maceira se explayaba a su gusto por la zona vedada y, de natural levantisco, no dudaba en meterse en trifulcas con quienes le superan en estrellas y galones cuando le recriminaban su actitud expansiva. Pero en una temporada no podrá volver a hacerlo. El jueves pasado recibió una carta firmada por el capitán de navío Saturnino Suanzes Edreira, a la sazón, jefe de las instalaciones deportivas (o sea, juez y parte), en la que se le comunicaba la prohibición de acceder a la alberca de la discordia en los próximos treinta días. Se puede dar con un canto en los dientes el sedicioso bañista. Llegamos a estar en tiempo de guerra, y lo fusilan al amanecer o, como poco, lo confinan en una celda de aislamiento.