Réquiem por Cospedal

Réquiem político, me apresuro a precisar el título de la columna, no vayamos a jorobar, que tiene uno el recuerdo fresco de lo que pasó con una tal Rita Barberá, cuya última cena fue un whisky y un pincho de tortilla en la soledad de un hotel. Deseo fervientemente que el destino no le reserve un final tan cruel a quien hasta anteayer tuvo tanto mando en plaza. Bastante triste ha sido su vertiginosa caída en desgracia, de cuya moraleja deberían tomar nota todos los que olvidan que son mortales —metafóricamente, insisto— y que los vientos no soplan eternamente a favor. Cifuentes, Sáenz de Santamaría (¿habrá tenido algo que ver?), Aguirre, el mismo Rajoy… por no mencionar a los que han acabado en el trullo. Piensen en la cantidad de torres altísimas que hemos visto venirse abajo en poco tiempo.

Del hundimiento particular de la ya ex tantas cosas no se sabe si llaman la atención más los cómos o los porqués. Se ha ahogado en diferido en las fétidas cloacas a las que descendió, según me jura alguien que conoce muy bien el PP por dentro, justamente buscando el modo de limpiar su partido. Como una versión manchega de Fausto, no le quedó otra que pactar con el diablo Villarejo. La tremebunda paradoja es que la mierda se quitaba echando más mierda y quedando para los restos como una bomba de relojería andante. El miércoles venció el último plazo. Sonó el tic-tac postrero, y María Dolores de Cospedal entró en el pasado. Artificiera de sí misma, se detonó antes de que la detonaran, no sin evitar la tentación de dejar tres folios de suicidio —político, reitero— en los que negaba todo y lo admitía al mismo tiempo.

De Delgado a Cospedal

Era cuestión de tiempo que la cenagosa e interminable fonoteca del madero podrido Villarejo regurgitase una grabación que mostrase en porretas a algún ser humano con ojos del Partido Popular. Le ha tocado —también es verdad que tenía muchos boletos, ¿verdad, Soraya SdeS?— a la hasta anteayer soberbia mandamucho María Dolores de Cospedal. Conforme a la coreografía habitual, un presunto diario digital ha ido suministrando las piadas de la doña y su maromo, el tal Del Hierro, en progresión geométrica. Primero la puntita, luego una dosis cumplidita y después, el tracatrá final. O bueno, semifinal, porque tiene pinta de que quedan más jugosas entregas.

Más allá de la gravedad de lo revelado por las cintas marrones, que apenas es medio diapasón sobre lo que ya imaginábamos, el episodio nos sitúa ante el espejo de la política española. Primero, porque queda tan claro como ya sospechábamos que las cloacas del estado eran frecuentadas indistintamente y con igual desparpajo por tipas y tipos de las dos siglas que han conformado el asfixiante bipartidismo aún sin extinguir del todo. Segundo, y diría que especialmente relevante, porque las reacciones de los partidos de las pilladas en renuncio prueban la asquerosa hipocresía que impulsa sus actuaciones.

Cuando la cazada fue la ministra de Justicia del gobierno de Pedro Sánchez, el PP saltó a la yugular y el PSOE clamaba que era una infamia seguir el juego a chantajistas sin escrúpulos. Ahora los papeles están exactamente invertidos. Desde estas modestas líneas reclamo idéntica vara para ambas Dolores, Delgado y Cospedal. Y por supuesto, lo mismo para el Borbón viejo.

PP, comienza el mambo

Hagamos acopio de palomitas. La carrera sucesoria en el PP promete un divertimento con el que apenas hace un mes ni contábamos. La que ha liado el pollito Sánchez en el antiguo nido del charrán. Vistos los primeros escarceos, empieza a cuadrar incluso la prisa que se ha dado Mariano Rajoy para hacerse a un lado. Se diría que pone pies en polvorosa al estilo de Estanislao Figueras, aquel fugaz presidente de la primera república española que abandonó las cortes gritando “¡Me voy porque estoy hasta los cojones de todos nosotros!”.

Y qué rápido ha sido el zafarrancho de combate. Se ve que en cuanto el frío de la oposición entra por la puerta, la cohesión salta por la ventana. Todas las inquinas malamente contenidas por la vara de mando han reventado impúdicamente para goce de los malvados que disfrutamos asistiendo a la reyerta desde el palco.

Ni pestañear se puede, tal es el frenesí de los acontecimientos hasta ahora, con el primer cadáver político ya en la cuneta. Pobre Núñez-Feijoó, la gran esperanza blanca como la fariña que se ha tenido que borrar del mambo. Eso deja el centro del ring a las dos enemigas íntimas, Sáenz de Santamaría y Cospedal, que se van a atizar hasta en el cielo de la boca. Será divertido comprobar, desde este trocito del mapa, a qué bando se van apuntando las y los ilustres locales. Y para que nada falte, el tocapelotas de vuelta de todo García Margallo y el trepador Casado se apuntan a la refriega en calidad de supuestas comparsas. Pero ni eso está claro. Si repasan la bibliografía desde Suárez a Sánchez pasando por el mismo Rajoy, verán que más de una vez gana quien menos se espera.

Cambio de guardia

Ya enseña la patita el recién reinvestido presidente del Gobierno español. Quédense de saque con las formas, nada inocentes en un individuo que no da pespunte sin hilo. Después de diez meses esperando, el narcisista rencoroso se ha cobrado su pequeña venganza. Ha dejado pasar un largo puente más día y medio de propina antes de evacuar su gabinete de recambio. A las siete de la tarde —jódete, Ciudadanos, con el pacto sobre la conciliación de la vida laboral y familiar— y a través de un comunicado mondo y lirondo, tras haber tenido al retén de plumillas con la lengua fuera de Moncloa a Zarzuela ida y vuelta. Tomemos nota de lo subidito que va la estatua de Pontevedra, con el PSOE hecho unos zorros y la carta de oro de la convocatoria electoral cuando le salga de la sobaquera. No parece que, de momento, se haya aplicado a la enmienda que le pedía, juraría que con escepticismo infinito, Iñigo Urkullu.

Y en cuanto a los nombres, poco entre dos platos. Unas risas con lágrimas lo de Cospedal de ministra de la guerra. Casi tantas como la ausencia, seguro que doliente, de la supernova Javier Maroto, que estoy por jurar ya se había mandado bordar la condición ministerial en la mantelería y algún gayumbo; otra vez será. Ni un ministro vasco, por cierto. Se celebra la patada (apuesto que hacia la embajada del Vaticano o cosa así) de Fernández-Díaz, aunque sin dejar de tener presente la ley que sostiene que lo malo es susceptible de ser empeorado. Este Zoido tiene acreditadas no pocas tropelías. ¿Y Montoro? Bien gracias, ahí seguirá para los chistes y, si se tercia, para negociar el Cupo y renovar el Convenio.

Unidad de quemados

Una jodienda, oigan, esto de los ciclos informativos. Pasa el día y pasa la romería. Cada mochuelo vuelve a su olivo, y aquí ya no hay nada más que ver. Les hablo de la tocata y fuga obligada de José Manuel Soria. Como el individuo renuncia a casi nada —ministro en funciones, ya me dirán—, solo una semana después resulta que el asunto está ya cubierto por un espeso manto de olvido. ¿Es que no le caben más responsabilidades a un tipo que, además de haber trasteado en sociedades hediondas, ha mentido en bucle al respecto? Eso, por lo que toca al que se va. Pero, ¿qué me dicen de los que se quedan después de haber puesto las dos manos en el fuego por el gachó?

La unidad de grandes quemados gaviotiles está a reventar. Les hago una lista que empieza por Alfonso Alonso, que porfió que las explicaciones de Soria fueron “contundentes, razonables y suficientes”. Su compañero de gabinete provisional, Rafael Catalá, añadió que “tenían fundamento”, mientras que Luis De Guindos aseguraba que “habían sido convincentes” y José Manuel García Margallo apostillaba que “no había la menor razón para dudar”. Fuera del Ejecutivo interino, María Dolores de Cospedal calificaba al canario como “ejemplo de transparencia”, el bocabuzón Rafael Hernando sostenía con aplomo que “es un caso que no es un caso”, el semialevín Pablo Casado bramaba que las aclaraciones resultaron “totalmente pertinentes” y, por no hacer interminable la relación de piscinazos, el fontanero Martínez Maillo expresaba “todo el apoyo y confianza de su partido” a quien había actuado “con rapidez y agilidad”. Y todos y cada uno siguen en sus puestos.

La decisión de Arantza

A la hora de enviar estas líneas a los diarios que las publican, Arantza Quiroga no ha dimitido. Desconozco, pues, la decisión final, así que puedo comerme con patatas lo que escriba, pero me consta que la idea le ha rondado por la cabeza. Y no como calentón ni para hacerse la despechada. Mucho menos para marcarse un órdago, pues de sobra sabe que se juega los cuartos con profesionales del navajeo político que no solo no cederían en su vil comportamiento, sino que lo recrudecerían hasta arrancarle la última tira de piel. La triple A —Alfonso Alonso Aranegui— no deja heridos, salvo para reconvertirlos en fieles lamepunteras.

Sí, eso es lo jodido de todo este vodevil para los que ni somos, ni hemos sido, ni seremos del PP. Aquí la normalización —o la paz, como nos gusta decir exagerando— no tiene ningún pito que tocar. Como tantas veces, solo ha servido de coartada. En este caso, para dirimir una riña de familia, o más exactamente, para satisfacer una vieja afrenta. Es verdad que la talibanada que juega al victimeo (no se confunda con las auténticas víctimas) ha montado la barrila de rigor por los términos de la ponencia que iban a presentar los populares vascos. Eso estaba, sin embargo, amortizado. Con más datos que ayer, puedo anotar que Génova no vivía en el limbo. Si algo caracteriza a Quiroga aparte de su candidez, es su lealtad. Jamás habría dado un paso que perjudicase a sus superiores jerárquicos, y menos, sin consultarlo.

Se vaya o se quede, le deseo lo mejor a quien, aunque tarde, ha dado un paso muy valiente. Lástima que esté rodeada de esos amigos que hacen innecesarios los enemigos.

¡Dentro vídeo!

Si todavía no les ha dado por ahí, les animo a echarse a la retina alguno de los vídeos de la nueva campaña del PP. Ojo, que digo alguno; como se traguen los siete, se arriesgan a un lavado de estómago y/o cerebro. Bastará con el primero que se difundió, que según mis entendederas, viene a ser resumen y corolario del resto, amén de perfecto contenedor de la consigna que se pretende inocular en el cerebelo del respetable: “Aún (nos) queda mucho por hacer”.

Ese santo y seña tiene su qué, efectivamente, pero es cuestión menor al lado de la parte formal de los anuncios de marras. El gran hallazgo, que en realidad es una copia de otras varias copias que ya se han utilizado en publicidad y propaganda para vender motos diversas, está en la puesta en escena y, especialmente, en los intérpretes. En calidad de tales figuran Mariano Rajoy, María Dolores de Cospedal, Carlos Floriano, Javier Arenas y Esteban González Pons. Como si no hubiera cámara, el quinteto de mandarines genoveses —¿dónde está Soraya SdeS, por cierto?— conversa en confianza y tono de mecachislaporra sobre lo que les cuesta colocar su mercancía a la plebe eternamente insatisfecha. En lugar de soltarlo así, claro, lo disfrazan de “a lo mejor somos nosotros, que lo comunicamos una gotita regular”.

¿Habrá quien comulgue con semejante rueda de molino? Seguramente, ni ustedes ni servidor estamos capacitados para contestar a tal pregunta. Concluiríamos a bote pronto que no solo no nos surte efecto, sino que nos provoca mala leche, risa o ambas. Ocurre que el vídeo no está pensado para personas como nosotros, signifique esto lo que signifique.