Cuánto asco

Repaso los titulares sobre las dos primeras jornadas del juicio por el llamado Caso Gaztelueta en la Audiencia de Bizkaia. Hablamos de algo tan sórdido y brutal como presuntos abusos sexuales continuados a un menor en un exclusivo colegio del Opus Dei. Sin embargo, a buena parte de los cronistas —compañeras y compañeros de oficio, se supone— no les parece suficiente. Tienen que aumentar la náusea con detalladas descripciones, propias de la pornografía más zafia, de cómo sucedieron los hechos, según el testimonio del joven denunciante. Y cuando el impacto de eso se ha agostado en las portadas, en los boletines o en los sumarios televisivos, alimentan el horno del morbo salchichero con una nueva paletada de carbón a base de los sentimientos más hondos del chaval. Al día siguiente, vuelta al estercolero, a cosechar los tronchos de mierda periodística más lustrosos en las declaraciones de los padres. No es detalle menor que, como la mayoría de lo dicho en sede judicial había salido antes en los papeles, el asunto ya no es tan noticia y pierde puestos en las escaletas informativas.

Pero claro, la culpa nunca es propia. Es el público insaciable de materia fecal; quién se atreve a no satisfacer su ansia de guano. Es el mercado y la competencia atroz entre los medios; el que no juega a lo que juegan los demás tiene que echar la persiana porque no vende una escoba. Eso sí. Mañana o pasado, cuando nos convoque no sé qué benéfica institución para firmar un protocolo de buenas prácticas informativas con especial cuidado hacia las mujeres y los menores, ahí iremos, a echar el garabato y a salir en la foto. Faltaría más.

La otra manada

De la víctima de la violación grupal que se juzga en Iruña me sobran casi todos los detalles. No necesito saber cuántos años tiene ni de dónde es. Mucho menos qué estudia, cuáles son sus aficiones o con qué tipo de gente anda o deja de andar. Y, por encima de todo, no tengo la menor curiosidad por conocer su aspecto. Es más que suficiente la dolorosa certidumbre de que esta mujer ha pasado por una experiencia demoledora para la que no hay reparación. A partir de ahí, únicamente espero un juicio justo con el castigo proporcional para sus agresores, a los que en estas líneas no me queda más remedio que citar como presuntos.

Aunque la mayoría de lo que expreso depende de las instancias judiciales, hay una parte no pequeña que está en otras manos. En las de mis compañeras y compañeros de oficio, por citar lo que me toca más de cerca. No pondré en duda que estamos ante una cuestión de indudable interés. Procede, pues, concederle un espacio de relieve en el relato de la actualidad. Pero procede más aun extremar el celo para evitar que los aspectos morbosos prevalezcan sobre lo puramente informativo.

De eso van o deberían ir la responsabilidad, la ética y la deontología sobre las que un día —en mi caso, ya bastante lejano— nos contaron no sé qué en la facultad. Y sí, por desgracia, es verdad que vivimos tiempos de lucha sin cuartel por la audiencia. A mi, sin embargo, jamás me ha valido como excusa. Lejos de la intención de imponer lecciones, animo a cada colega a darle una vuelta. Quizá consigamos que la justificada atención mediática no se convierta esta vez en circo. Ojalá no seamos la otra manada.

Teresa y los prepotentes

Guardaba estas líneas en la recámara para el momento en que nos confirmaran que Teresa Romero estaba fuera de peligro. Con todas las precauciones, y aunque quizá le cueste llegar a la recuperación completa, parece que el trance más duro está superado. Soy incapaz de expresar cuánto me alegro, pero también de contener el enfado que he ido acumulando desde que se dio la noticia de su segundo positivo por ébola. Con las llamadas autoridades sanitarias españolas, que le insultaron gravemente en reiteradas ocasiones, sí, pero además, y con dosis de bilis triplicada, con una buena parte de mi profesión. Sería prolijo citar nombres o medios concretos. Cualquiera con un mínimo de humanidad, y sin necesidad de conocer el catón deontológico del periodismo, está en condiciones de identificar el sinnúmero de comportamientos deplorables que se han ido sucediendo en estas dos semanas.

No aguarden, sin embargo, autocrítica. Vivimos instalados en el todo vale, y antes que con el reconocimiento del menor error, se encontrarán con justificaciones chuscas, cuando no con ofendidos colegas que la emprenderán a mamporros con quien les llame a la reflexión. Ocurrió con la vergonzosa foto robada que mostraba, a través de la ventana de su habitación, la cara y los hombros desnudos de la auxiliar mientras recibía los cuidados de sus compañeros. Tomar y publicar esa instantánea tiene el mismo pase que soltarle una patada en la entrepierna al primer viandante que nos topemos en la calle. Es un atropello sin excusa posible. Quisiera creer, por lo menos, que quienes lo cometieron y lo defendieron son conscientes de ello.