Un cordón para Vox

Jamás me ha resultado simpática la expresión “cordón sanitario”. Para mi gusto seguramente mojigato, destila suficiencia por parte de quien la emplea y/o insta a ponerla en práctica. En definitiva, la idea que subyace es la de construir un lazareto para apestados de modo que no contagien a los que se tienen por lo más de lo más de la pureza, en este caso, ideológica. Y claro, si echamos mano de la hemeroteca, vemos que muy buena parte de las ocasiones en las que se ha llevado a cabo el tal cordón, en realidad se ha tratado de la marginación pura y dura del adversario político. Algo sabemos de la cuestión por estos lares.

¿Caben estas prevenciones cuando el sujeto propuesto para el aislamiento es Vox? Quizá hace unos meses —pongamos tras las elecciones de abril— hubiera contestado que era contraproducente llevar al córner a los abascálidos. Es posible que también hubiera encontrado reparos ante el hecho de que, en definitiva, esa formación debía su representación a los centenares de miles de personas que decidieron meter la papeleta con su nombre en una urna.

Sin embargo, menos de un mes después de lograr la condición de tercera fuerza política española —gracias, Pedro Sánchez—, hemos tenido sobradas muestras de a qué puntos de indignidad son capaces de llegar los tipejos y las tipejas con asiento en cualquier institución representativa. No hablamos de menudencias ni de cuestiones de matiz. Ni siquiera de profundas pero legítimas discrepancias. Lo que Vox ataca de manera sistemática, alevosa y continuada forma parte de los principios mínimos que cualquier persona honrada debería defender. Es urgente el cordón.

Desplazar a Maroto

En general, no me gustan los frentes ni los cordones sanitarios. Más de una vez y más de seis hemos visto cómo las presuntas santas y nobles alianzas de todos contra uno eran, en realidad, uno de los disfraces de la intolerancia y de la prepotencia y han tenido como resultado algo muy similar al apartheid. Sin embargo, entiendo que hay casos que reúnen tal cantidad de motivos para el aislamiento higiénico, que merece la pena correr el riesgo de equivocarse. Impedir que Javier Maroto siga siendo alcalde de Vitoria-Gasteiz es, en mi humilde opinión, uno de ellos.

¿Por qué? Casi es más procedente preguntar por qué no. De hecho, el último que puede asombrarse de que en la capital alavesa haya una tan amplia como diversa corriente política y social que propugna su desplazamiento es él mismo. De sobra sabían Maroto y sus consejeros áulicos sin escrúpulos (ni probablemente corazón) las consecuencias de la indecente estrategia que eligieron para ganar las elecciones, es decir, para no perderlas. Al tirar conscientemente por la vía del incendio, era de cajón que el precio del éxito de la misión sería gobernar sobre una ciudadanía bastante chamuscada. Tanto, como para no resignarse a volver a ceder el mando a los pirómanos.

Y hasta aquí la teoría. La parte práctica corresponderá a las fuerzas políticas, que deben encontrar el modo de mandar a la oposición a quien, no lo olvidemos, ganó los comicios con holgura. Pero no bastará solo con eso. También tendrán que elegir a una persona de consenso que encabece la corporación y acordar unos mínimos para gobernar en común durante cuatro años. No es tan sencillo.