Maroto, colocado

Decíamos ayer, o sea, hace justo una semana, que el PP andaba trapicheando por aquí y por allá para ver cómo le encontraba un asiento bien remunerado al culo de Javier Maroto, que acababa de ser doblemente pateado. Recuerden que fue primero la ciudadanía alavesa la que lo coceó lejos del escaño que daba por ganado y que después su propio señorito, Pablo Casado, lo despachó de su lado tras cargarle el mochuelo del hostiazo electoral de los genoveses. Urgía, pues, procurarle un momio al gachó que con tanto entusiasmo y tan poco éxito había ejercido como aprendiz de brujo de las huestes gaviotiles.

Contábamos, confieso que con la intención de que la vergüenza y el escándalo provocaran una marcha atrás, que la opción más real pasaba por hacerlo senador autonómico por Castilla y León. Y hete aquí que así ha sido. Aprovechando que todo quisque miraba al pifostio negociador entre PSOE y Unidas Podemos, el PP tiene a punto de caramelo la elevación de Maroto a la categoría de representante autonómico de una comunidad con la que mantiene tanta relación como con Alabama. Claro que el detalle más golfo en varios sentidos de la palabra es que el fulano se ha borrado del censo de su supuestamente irrenunciable Vitoria-Gasteiz para avecindarse, tócate los pies, ¡en Segovia!

Más allá del vómito en la voluntad de los alaveses, en los castellano-leoneses o, incluso, en los militantes del PP en esa comunidad, el cuádruple tirabuzón de Maroto es pura poesía. El caradura que convirtió en su bastión programático la denuncia de los que se empadronan para cobrar ayudas ha acabado haciendo lo propio para seguir viviendo del erario.

Y fueron 176 votos

Después de algún pronóstico pifiado, permítanme que empiece celebrando que lo que escribí ayer ha acabado pareciéndose bastante a la realidad: si había 171 escaños para echar a Rajoy, habría 176, que en realidad son 180. Ahora, los que tienen que dar alguna que otra explicación son los Rappeles de lance que andaban jurando de buena tinta que el PNV sería el báculo del próximo desahuciado de Moncloa. De miccionar y no echar gota, oigan, la teoría de no sé qué inmenso error. Eso, después de ver cómo lo del 155 autoliquidado por el soberanismo catalán se cumplía al milímietro y de escuchar con sus rudos oídos de amianto cómo Aitor Esteban anunciaba el sí a la moción de censura.

Me apresuro a confesar, en todo caso, que contengo la respiración hasta ver el certificado de defunción política del mengano. Y más que el suyo, para qué voy a negarlo, los de Zoido, Catalá o Cospedal, que han demostrado una maldad indecible. Pongo velas para que a nadie se le vaya el dedo al botón que no es o para que no volvamos a vivir una reedición del Tamayazo. Ni sé las veces que he repetido que hasta el rabo todo es toro.

Por lo demás, y a falta de un análisis más sosegado, mi primera reflexión es sobre los lisérgicos vericuetos de la política. Manda bemoles que fueran los soberanistas catalanes los que, haciendo lo que tenían que hacer para desactivar el 155, pusieron en las manos de Rajoy el arma con el que se ha volado la sesera. Eso, por no mencionar que han acabado haciendo presidente al tipo que, además de llamar de todo al president Quim Torra, pedía leyes más duras contra los que quieren romper la unidad de España. ¡Y lo que habremos de ver!

¿Sabía que…?

Fruto, sin duda, de la envidia por una de las secciones más exitosas de este periódico, destapo el tarro de las exclusivas que me guardaba para mi y, susurrando, las comparto confidencialmente con la concurrencia.

¿Sabía que la libertad puede ser la peor de las tiranías y que por eso hay personas que prefieren añorarla a gozarla? ¿Sabía que, aunque lo parezca, los columnistas no estamos tan seguros de lo que escribimos? ¿Sabía que muchos de los que más vociferan son los que más tienen que callar? ¿Sabía, por contra, que buena parte de los que callan, si no forman parte de la especie que otorga, son los que más deberían gritar? ¿Sabía que respecto a varios asuntos hay más de una verdad y respecto a otros, ninguna? ¿Sabía que pensar mal no es necesariamente garantía de acertar, de igual modo que tampoco lo es pensar bien? ¿Sabía, ya que nos ponemos, que pensar a secas no es gran cosa porque es algo que podemos hacer, valga el contradiós, sin pensar?

¿Sabía que hay políticos que se van a tomar una caña tan panchos después de haberse puesto mutuamente de chupa de dómine en público? ¿Sabía que otros que se tratan con maneras versallescas cuando hay focos no irían juntos ni a cobrar una herencia? ¿Sabía que en dialecto parlamentario la palabra acuerdo equivale a veces a trapicheo? ¿Sabía que en ese mismo idioma jurar que de tal agua no se beberá puede ser la forma coloquial de pedir dos garrafas? ¿Sabía que principios, medios y fines se suelen guardar en el mismo bolsillo y que acaban echándose a perder por el contacto recíproco?

¿Sabía que es estadísticamente probable que una de cada equis veces que porfiamos algo estemos profundamente equivocados? ¿Sabía que a la mayor parte de la gente esto último le importa una higa y que si le importa, lo disimula? ¿Sabía que cada vez que elige algo está dejando de elegir miles de otros algos y que tiene que apechugar con ello? Pues, ea, ya lo sabe.