Coronalistos

Deseo fervientemente que algún día podamos reírnos de esto. Me consta que algunos lo están haciendo ya, no sé si por inconsciencia, como antídoto del miedo o, sin más, porque oye, qué le vas a hacer, si de esta palmamos, que nos vayamos al otro barrio bien despiporrados. Servidor, que seguramente será un sieso, no le encuentra la gracia a la mayoría de los chistes negros que circulan. Ojalá a nadie se le congele la carcajada cuando compruebe en su entorno inmediato que lo que estamos viviendo no es ninguna broma.

Claro que los graciosos que hacen chanzas de octogenarios muertos —ayer mismo, con el primer fallecimiento en Euskadi, hubo jijí-jajás, se lo juro— resultan mas soportables que los requeteenterados que saben de buena tinta que todo se está haciendo mal. Los coronalistos son una epidemia paralela al coronavirus. Se queda uno asombrado de sus conocimientos enciclopédicos sobre transmisiones víricas, enfermedades contagiosas, protocolos, tratamientos y medidas de contención infalibles.

Y lo más pistonudo es que los integrantes de esta banda de sabiondos pontificadores no han pisado una facultad de Medicina en su vida y, en el mejor de los casos, sus conocimientos científicos se reducen a haber jugado con el Quimicefa. Pero ahí los tienen, oigan, igual proclamando que esto se pasa con zumo de naranja y paracetamol que cacareando que las autoridades sanitarias no tienen ni pajolera idea. O, por ir al asunto central de estas líneas, acusando a los profesionales sanitarios de Araba de haber propiciado la difusión del Covid-19 en el territorio, amén de su propia cuarentena. Lo llaman periodismo y no lo es.

Maroto, colocado

Decíamos ayer, o sea, hace justo una semana, que el PP andaba trapicheando por aquí y por allá para ver cómo le encontraba un asiento bien remunerado al culo de Javier Maroto, que acababa de ser doblemente pateado. Recuerden que fue primero la ciudadanía alavesa la que lo coceó lejos del escaño que daba por ganado y que después su propio señorito, Pablo Casado, lo despachó de su lado tras cargarle el mochuelo del hostiazo electoral de los genoveses. Urgía, pues, procurarle un momio al gachó que con tanto entusiasmo y tan poco éxito había ejercido como aprendiz de brujo de las huestes gaviotiles.

Contábamos, confieso que con la intención de que la vergüenza y el escándalo provocaran una marcha atrás, que la opción más real pasaba por hacerlo senador autonómico por Castilla y León. Y hete aquí que así ha sido. Aprovechando que todo quisque miraba al pifostio negociador entre PSOE y Unidas Podemos, el PP tiene a punto de caramelo la elevación de Maroto a la categoría de representante autonómico de una comunidad con la que mantiene tanta relación como con Alabama. Claro que el detalle más golfo en varios sentidos de la palabra es que el fulano se ha borrado del censo de su supuestamente irrenunciable Vitoria-Gasteiz para avecindarse, tócate los pies, ¡en Segovia!

Más allá del vómito en la voluntad de los alaveses, en los castellano-leoneses o, incluso, en los militantes del PP en esa comunidad, el cuádruple tirabuzón de Maroto es pura poesía. El caradura que convirtió en su bastión programático la denuncia de los que se empadronan para cobrar ayudas ha acabado haciendo lo propio para seguir viviendo del erario.

Los p… vascos

Era de manual. Conforme se acercara la hora de echar la papeleta en la urna y las encuestas le mostraran al PP alavés que el culo le va oliendo a pólvora, habría que sacar de la bodega un nuevo bidón de gasolina. No resultaba difícil averiguar cuál, y menos, siendo jefe de la campaña un tipo como Iñaki Oyarzábal, al que nunca se le han dado bien ni las matemáticas ni las sutilezas. Ande o no ande, exabrupto grande. ¿No parece que al munícipe de los récords cutretortilleros le está saliendo medio bien, con sus cosillas, la jugada de los p… moros? Pues a qué estamos esperando para que el otro Javier, el que manda sobre más territorio pero vende menos escobas mediáticas, empiece a ciscarse públicamente en lo p… vascos —léase naturales de Bizkaia y Gipuzkoa— y en su p… idioma, el euskera.

Dicho y hecho. Allá que se plantaron en un pepetoqui los mentados De Andrés y Oyarzábal, con el metáforico pelucón rizado de Pablo Mosquera y la imaginaria falda de cuero de Enriqueta Benito, a vomitar bilis victimista sobre los malvados vecinos y su bárbara lengua de imposición. Si los de las pateras roban las ayudas sociales a los propios del lugar, los que llegan en BMW (como poco) desde el norte arramplan con los curros chachis de los locales. Palabrita del Diputado General: “[Los vizcaínos y los guipuzcoanos] vienen a quitar los puestos de trabajo de aquí porque [en Araba] hay menos euskaldunes y eso supone una barrera enorme para que los alaveses puedan acceder a la Administración”.

Y esa es la versión más dulce. El resto de las intervenciones tuvieron aun mayor octanaje. Creen que sembrar odio da votos.

Todos los pactos

Los presupuestos de Gipuzkoa saldrán adelante con los votos de Bildu y PNV. Los de Bizkaia, con los de PNV y PP. Los de Araba, con los de PP y, según qué flauta suene, PNV y/o PSE. Los de la CAV, con los de PSE y PP. Es mucho más divertido el galanteo político cuando puedes hacer todo el kamasutra en lugar de limitarte al misionero de rigor. Habrá quien venga de moralista y acuse a los demás de promiscuos y viciosos, pero sólo será porque esa vez no ha pillado cacho. En el siguiente viaje tendrá con quien apañarse este proyecto de ley o aquella moción en un rincón oscuro, y se le olvidarán las estrecheces mentales.

Tome nota de esto último el enfurruñado Odón Elorza, que ayer se puso a chismorrear que lo de la izquierda abertzale y los nacionalistas con las cuentas gipuzkoanas era, más que un rollito de una noche, la antesala de una futura boda en Ajuria Enea. Se le olvidaba al exalcalde despechado que el PSE anda haciendo manitas fiscales con Bildu o que su conmilitón José Antonio Pastor, que ha tenido paradas nupciales pactistas múltiples y diversas, tiraba los tejos desde un periódico amigo a los hasta anteayer ilegalizados, que ya no son la fruta prohibida.

Ahora que sabemos que no hay combinación imposible —recuérdense los achuchones de PP y Bildu por el finiquito del Bai Center de Gasteiz o los peajes en Gipuzkoa—, sería deseable dejarse de hipocresías. No va a colar (o no debería) aquello de que cuando pacto yo es porque soy más flexible y responsable que el copón y cuando lo hacen los demás, porque son unos vendidos sin principios que se pasan la vida con los pantalones bajados.

Ojalá no me esté precipitando, pero empieza a parecer que hemos llegado a algo parecido a la edad adulta, que en política es la de los pelos dispuestos a dejarse en la gatera. Lo ideal sería que fuera por el interés común. Aunque se quede en el consabido cambio de cromos, valdrá la pena.

Fines contra principios

Ezker Batua puede decir que entregó la Diputación de Araba al PP porque a la fuerza ahorcan, porque una cosa es el lirili y otra el lerele, porque tenían que elegir entre susto o muerte, o porque, como cantaba Gardel, contra el destino nadie la talla. Lo que no cuela es que, después de haber quedado como Cagancho en Almagro, encima se venga arriba y nos suelte la milonga de la coherencia y de la democracia interna. En Extremadura tal vez era posible domesticar ese pulpo, pero por aquí arriba todos nos conocemos lo suficiente como para saber a qué altura de la nalga lleva cada quien la marca de nacimiento.

En ese sentido, el PNV tiene motivos para sentirse rabioso, pero no sorprendido. Antes de sentarse a la mesa, los jeltzales sabían mejor que nadie con quién se iban a echar la timba. No en vano, ya tuvieron en tiempo no muy lejano algún que otro duelo de ratón y elefante del que salieron aparentemente empatados sólo después de haber aflojado mucho más de lo que contaron los papeles. Es lo que tienen estas negociaciones: los titulares de prensa hablan de programas y principios, pero nadie se entera de los nada edificantes cromos que de verdad se han canjeado.

Aun así, toda norma tiene su excepción y es posible que esta vez sí lleguemos a captar de la misa algo más de la mitad. El escozor desata las lenguas con más eficacia que el orujo de hierbas, e Iñaki Gerenabarrena y Xabier Agirre ya han empezado a largar por esa boquita. Cuarenta colocaciones, un crédito de seiscientos mil leureles y otros trescientos mil de barra libre. Según los despechados dirigentes nacionalistas, ese era el precio. Lo del impuesto de patrimonio y demás vainas rojoides eran la manta zamorana para tapar el estraperlo.

Nos quedaremos sin saber si en la casa de la triunfante gaviota se han estirado más que en Sabin Etxea para que la formación que escogió -¡Ay, Dolores!- no morir de pie siga viviendo de rodillas.

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NOTA IMPORTANTE: La situación creada por la actuación de las junteras y las personas que participaron en la subasta de sus votos es tan perversa, que muy probablemente soy injusto al hablar en genérico de Ezker Batua. La respuesta a lo sucedido del coordinador general, Mikel Arana,  me parece digna de aplauso y lo deja fuera de esta diatriba. Es obvio que ni Mikel ni decenas de personas que siguen creyendo en una izquierda transformadora y honrada tienen la culpa del bochornoso espectáculo. Son, de hecho, quienes más directamente lo están sufriendo.