La bronca de los lazos

En la gresca esta de los lazos prohibidos deberíamos empezar por el principio. O sea, por escoger una única vara de medir. A partir de ahí, se abren dos opciones. Primera, nos ponemos profilácticos hasta la médula y establecemos que desde la convocatoria electoral hasta el día de la votación no cabe ni la cuestión más infinitesimal que pueda entenderse como mensaje de parte. Segunda, nos dejamos de chorradas y permitimos que cada quisque haga de su capa un sayo. Esta última es, de hecho, la alternativa por la que me inclino. Parto de la base de que somos lo suficientemente mayorcitos como para dejarnos influir por este símbolo, aquel recado subliminal o no sé qué medida estupenda promovida por esta o aquella institución. Lo que no vale es ir por parciales, de modo que sean requetelegítimos los viernes sociales de Sánchez y megamaxiilegales unos trozos de tela de determinado color.

En cualquier caso, si se fijan en todos los actores del psicodrama de diseño, verán que ninguno está particularmente incómodo. Cada cual vende su moto a discreción. Así, Torra tira de martirologio y victimismo y da pie a que Casado y Rivera monten el numero de los ofendiditos que reclaman un duro castigo para los rebeldes, mientras el inquilino de Moncloa sobreactúa como estadista que llama a la cordura, el cumplimiento de la ley y me llevo una. Tales para cuales.

Por lo demás, si pongo en un plato de la balanza todo este teatrillo bufo y en el otro, la realidad palmaria de unos políticos injustamente encarcelados desde hace más de un año, no me queda la menor duda de qué es lo sustantivo del asunto y qué lo ridículamente accesorio.

El retorno de la momia

Esta nueva adaptación de La momia ya tiene más secuelas que sus predecesoras. Aquí andamos ya por El retorno del retorno del retorno de la momia, y me llevo una. Quién le iba a decir al viejo criminal de Ferrol que sus residuos mortales iban a ser, así que pasaran 44 años del hecho biológico, combustible para la campaña electoral de un partido nominalmente socialista. Quién se lo iba a decir también, por cierto, a los dos presidentes de esa formación, Mister Equis y Mister Zetapé, que sumando un jartá de años en el gobierno de la nación, no se acordaron para nada de los huesos del caudillo de España por la gracia de Dios. Y ahora, en cambio, se agita a cada rato el espantajo. ¿Por qué?

La respuesta oficial, ya me la sé, es que por dignidad, por reparación a las víctimas y blablablá. Soy consciente de que ese relato cala entre mucha gente que tiene cuentas pendientes con el régimen asesino. Pero por eso mismo todo este baile con el difunto de hace casi medio siglo resulta más indecente. No se puede usar una cuestión tan seria para hacer electoralismo de aluvión. Menos, cuando todo lo que se ha hecho hasta la fecha es una sucesión de anuncios que siempre han resultado fallidos. Eso, sin contar con el buscado efecto —así de triste— de resucitar no a Franco sino a los franquistas. Incluso, de crearlos ex-novo entre chiquilicuatres que ni habían nacido cuando palmó el sátrapa.

Mi propuesta sigue siendo cortar el chorro económico al Valle de los Caídos y dejar que se venga abajo solito, allá cuidados. Las exhumaciones que de verdad me parecen urgentes son las de los miles de cadáveres que permanecen en las cunetas.

Sangre rentable

Palabras grandilocuentes, golpes de pecho, concentraciones, fotos, lazos, hashtags, ramos de flores, reuniones solemnes, gestos adustos, firmezas ensayadas, compromisos rimbombantes, llamamientos a la unidad. ¿A la qué? Cuento hasta cien. Borro las palabras descarnadas que me había dictado el estómago. Cambio esas expresiones por una pregunta que me urge: ¿De verdad van a aprovechar electoralmente la matanza de París y, con ella, eso que llamamos de forma tan difusa como impotente Amenaza yihadista?

Qué estupidez, faltaría más. Votos son votos. La sangre siempre ha sido muy rentable. Lo hemos visto durante años. Sin vergüenza, sin rubor, a cara descubierta. ¿Cómo no hacerlo ahora que los muertos —de momento— parece que pillan una gotita más lejos? Y luego, que si los suelos éticos, que si el reconocimiento del daño causado, la autocrítica, la contrición, el flagelo público. Váyanse ustedes al guano, demócratas-de-toda-la-vida.

Vuelvo a contar otra vez hasta cien. Mejor doscientos. Respiro hondo. Reparo en que he empezado por el final. Toda esta diatriba, toda esta descarga, todo este cabreo infinito es porque en el Parlamento donde se supone que están mis representantes no ha habido bemoles a consensuar una puñetera declaración de condena de los ataques del otro día. Con ser tremendo eso, lo peor no es la imposibilidad de acordar el puñado de líneas de rigor, sino la infamante constatación de que PP y PSE tenían de saque la intención de provocar el disenso para luego correr a denunciar, como en los añorados viejos tiempos, supuestas tibiezas, cuando no complicidades, con la violencia. Qué asco.

¿Racismo o electoralismo?

¿Maroto, racista? Diría que el alcalde de Gasteiz es capaz de ser lo que haga falta con tal de llenar la saca de votos. De hecho, lo que suponen sus últimas y tan comentadas palabras no es más que el cruce de un Rubicón que había estado rondando desde que era concejal de a pie. Simplemente, a diez meses de la cita con las urnas, ha visto el riesgo real de que otro culo acabe en su poltrona y, entre la aritmética y la convicción, ha decidido echar el resto llevando el partido a los barrizales donde sabe que sus adversarios están condenados a un autogol tras otro: la pataleta antivizcaína que tan bien supo exprimir aquel tunante apellidado Mosquera y, con más ímpetu, la mandanga xenófoba sin desbastar.

De lo primero, que no es martillo pilón exclusivo del munícipe por antonomasia, hablaremos otro día, porque es asunto que da para columna y hasta para tesis doctoral. Me centro en lo segundo, las soflamas calculadamente incendiarias contra la inmigración en general y la procedente del Magreb en particular. Lamento defraudar alguna expectativa buenrollista si en lugar de tirar por el camino trillado del exabrupto a la yugular de quien está buscando exactamente eso, llevo la cuestión a un terreno menos explorado. Se puede formular con una sencilla pregunta: ¿Por qué, no solo en Vitoria sino en cualquier lugar de nuestro entorno, hay una cantidad creciente de personas dispuestas a respaldar con su papeleta discursos como el de Maroto? ¿Porque son unos fascistas, unos insolidarios, unos ignorantes? Esa ha sido la respuesta de carril hasta ahora. Lo único que ha provocado es que cada vez sean más.

¡Deprisa, deprisa!

Este proceso de nuestras entretelas tiene ritmos caprichosos. Lo mismo se pega una temporada de desesperante calma chicha que, como está ocurriendo estos días, arrea un demarraje que nos deja la cintura hecha un ocho. Vaya jornadas llevamos encadenadas. Recapitulemos: adhesión de los presos de ETA al Acuerdo de Gernika, comisión de verificación del alto el fuego funcionando ya a pleno pulmón y a cara descubierta, órdago a pequeña de Patxi López, harakiri de Ekin a lo Torcuato Fernández Miranda, y, como rúbrica, comunicado de baja intensidad de la banda mostrando su disposición a ser monitorizada.

Normal, que al búnker que lleva decenios viviendo —cada vez, con menos rubor— a la sombra de la serpiente le entren sudores fríos y, oliendo cercana la temida casilla de llegada, clame que todo esto no es más que una estrategia electoralista de un Gobierno que se queda sin telediarios. ¿Lo es? Hombre, ninguno hemos nacido ayer. En la noria política, casualidades, las justas. Es obvio que hay una relación causa-efecto (o viceversa) entre estas prisas de penúltima hora y la proximidad del 20-N.

Lo único que se me ocurre lamentar al respecto es que las elecciones no hayan sido antes. Ese cuidado que nos habríamos quitado. Bendito electoralismo el que tiene como resultado desatascar cañerías por las que ya no esperábamos ver correr el agua. Cuánto mejor eso que andar timando al personal con los tocomochos habituales de creación de empleo o impuestos a no sé qué ricos que seguirán sin pagar.

Otra cosa es que este sprint final desesperado vaya a tener la deseada recompensa de una parte de los que ahora corren como alma que lleva el diablo en búsqueda del tiempo perdido en indecisiones. La Historia es tan cabrita, que a nadie deberá extrañar que los libros de dentro de unos años cuenten que ETA se acabó un martes por la tarde al auspicio de una mayoría absolutísima del Partido Popular.