¿Ya no hay prisa?

“Ahora, a trabajar”, exhortaba ayer aquí mismo este humilde columnero. Pues la primera en la frente. Con la prisa loca que había para la investidura, colocada con fórceps en fechas impensables, cuando ha llegado el momento de consumar la faena, al resistente Sánchez le ha dado por frenar. Ese gobierno urgentísimo resulta que puede esperar hasta la semana que viene. Es decir, la parte socialista del que nos dicen requetehistórico ejecutivo de coalición, porque del cacho que depende de Unidas Podemos sabemos, no ya ministras y ministros, sino hasta subsecretarios, bedeles y botones.

¿Motivos? Oye uno por ahí las más variadas teorías, casi todas apoyadas en la máxima que sostiene que pensar mal es acertar. Que si están esperando a tener el pláceme de Esquerra, que si antes de anunciar los nombramientos hay que ver por dónde respiran ciertas decisiones judiciales o, directamente, que de acuerdo con la cachaza del personaje, una vez conseguido el objetivo de revalidar su estancia en La Moncloa, lo demás se la refanfinfla.

Lo cierto es que casi todas las hipótesis cuadran con la bibliografía presentada por el tipo, pero yo tiendo a creer que se trata de algo más pedestre: no acaba de decidirse sobre a qué fieles escuderos debe darles pasaporte. Por mucho que a fuerza de dividir carteras se pueda hacer un gabinete notablemente mayor que el actual, va a ser imposible que se queden todos los que en el periplo anterior han ejercido, antes que como titulares de esta o aquella área, como fieles y sumisos siervos de quienes los designó. Intuyo que ese es el dilema de Sánchez y confieso mi morbo por ver cómo lo resuelve.

¿Por qué tanta prisa?

En esto de la investidura de nunca acabar andamos como en el truculento refrán castellano: ni cenamos ni se muere padre. O si prefieren un paralelismo más suave, como en el chiste del intermitente: ahora sí, ahora no. Basta repasar los titulares del último mes para comprobar la yenka inconsistente que nos han obligado a bailar. Tan pronto estaba todo a punto de caramelo como unos u otros negociadores, generalmente los de Esquerra, enfriaban las expectativas ante el exceso de entusiasmo de la contraparte socialista.

Por no remontarnos mucho más atrás, este lunes parecía que el pescado estaba vendido para que el trámite parlamentario se consumara el día 30. De hecho, la Mesa del Congreso habilitó el fin de semana y se difundió la especie de que todo quisque había despejado sus agendas. Ayer, sin embargo, tocó la de arena, so pretexto de que el escrito de la Abogacía del Estado sobre la inmunidad de Junqueras tras la decisión del TJUE no era la menudencia que nos habían vendido. A la hora de escribir estas líneas, seguimos esperando el texto, lo que hace pensar que la investidura tendrá que esperar a que nos comamos las uvas.

¿Es tan grave? En absoluto. Lo incomprensible es que, jugándose un capital tan valioso, se haya convertido en una suerte de tótem el hecho de que el gobierno deje de estar en funciones antes de fin de año o, rayando lo patético, antes de reyes, como si hubiera un momento en que la carroza fuera a transmutarse en calabaza. Sostengo con Aitor Esteban que lo fundamental es que haya disposición al acuerdo. Y puesto que parece que eso es así, no tiene la menor importancia esperar al 7 de enero.

El foco sobre Espinar

Está bien variar de vez en cuando la monodieta del Falcon Crest en Ferraz y franquicias asociadas. En esta ocasión, lo que el diputado Iglesias Turrión ha dado en motejar “Máquina del fango” colocaba el foco en el pablista de primera hora Ramón Espinar Merino, también conocido como Ramón Espinar hijo para diferenciarlo de su célebre padre, feliz titular en su día de una Tarjeta Black de Caja Madrid. Contaba la cadena SER a todo trapo que el aspirante a la secretaría general de Podemos en la comunidad de Madrid había acreditado sus pinitos en el proceloso mar de la especulación inmobiliaria. Le acusaba, como probablemente habrán leído u oído, de haberse embolsado 30.000 euros en la venta de un piso de protección oficial en Alcobendas que no había llegado a ocupar.

Siendo justos, es verdad que no fueron 30.000 sino 20.000, que la vivienda no era exactamente de protección oficial sino algo por el estilo, y que no pudo ocuparla porque cuando la pagó, estaba aún sin acabar. El marronazo queda, pues, en marroncito. Es más, no parece que haya absolutamente nada técnicamente punible.

Otra cosa es que llame la atención que un crío de 21 años de requeteizquierdas sin ingresos regulares se meta en una casa con dos garajes. Y qué decir del hecho de que la cooperativa promotora se la conceda y financie, o de que ese padre con el que hasta ahora aseguraba no tener trato le prestase un pastizal para la entrada. Venga, va: nada ilegal. ¿Feo? Allá cada cual. Pensemos, sin embargo, en Espinar como posible gestor de recursos públicos. Ha dejado claro que no tiene empacho en comprar lo que sabe que no podrá pagar.