Las donaciones de Amancio

Palabra que no dispenso gran simpatía por Amancio Ortega. Ni antipatía, ojo, que hay sarampiones que tengo muy pasados a estas alturas de mi vida. Sí es verdad que le valoro, porque yo también sé por experiencia lo que es la necesidad, su condición de pobre casi de solemnidad en los primeros años de su vida. Y por supuesto, las horas y horas de curro que se pegó cuando solo era un tipo que quería salir adelante. Ahí les gana por goleada a su legión de odiadores, que amén de no haber madrugado un puñetero día de su vida, ni se imaginan qué es no saber si vas a cenar mañana.

Me divierte a la par que me encabrona que sean estos seres de mentón enhiesto los que vuelvan con la martingala chochiprogre de las actividades filantrópicas del gallego podrido de pasta. Versioneándose una vez más a sí mismos, los campeones de la rectitud moral reclaman que la sanidad pública no acepte sus donaciones de carísimas máquinas para el tratamiento del cáncer. Sostienen, en su infinita sapiencia prepotente, que lo que tiene que hacer el baranda de Inditex es pagar todos sus impuestos. Ocurre que al hacer la cuenta, les sale la de la lechera y le atribuyen a Ortega una elusión fiscal del recopón. Tan cabestros han sido, que el gabinete de comunicación del Midas de la ropa low cost lo ha tenido a huevo para rebatir la letanía. El imperio de Arteixo apoquinó a las arcas españolas 1.700 millones de euros en 2019. Seguramente mejorables, mantiene 50.000 empleos. ¿Beneficencia? Me quedo con lo que leí a una querida compañera que también sabe, desgraciadamente, de lo que habla: ojalá tantos multimillonarios del fútbol sigan su ejemplo.

La vida mata

A la Organización Mundial de la Salud, OMS por nombre de guerra, no le gusta el alarmismo, qué va. Por eso Osakidetza, Osasunbidea y otros sistemas públicos se comieron con patatas las chopecientas mil mascarillas y las ni se sabe cuántas vacunas que hubo que comprar a toda prisa cuando al chiringo de marras le dio por pregonar urbi et orbi que la gripe aviar diezmaría la población del planeta. Luego la catástrofe no llegó ni a una millonésima parte de lo anunciado. Y esa no fue la primera ocasión ni la última que el siniestro sindicato sanitario nos acojonaba con un apocalipsis que se quedaba en leyenda urbana. En todas y cada una de ellas, qué raro, el juicio final se aplazó tras la adquisición a escala global de este o aquel milagroso material dispensado por la industria farmacéutica.

¿Y esta vez? Pues confieso que se me escapa qué pretenden que nos agenciemos y de qué proveedor los ayatolás de la cosa que acaban de lanzar su fatua contra la carne en general y la chacinería en particular. Como sabrán, porque desde ayer no se habla de otra cosa en ascensores, barras de bar y telediarios, ya no es solo que las viandas señaladas nos suban el colesterol y nos dejen las arterias como los accesos a Bilbao en hora punta. Ahora, de propina, provocan cáncer en una escala que poco tiene que envidiar al tabaco, el amianto o el arsénico. Se pregunta uno, primero si esto lo han descubierto anteayer, que ya me extraña, y segundo, si el mejor modo de anunciarlo es soltarlo así, a las bravas. Por lo demás, quizá el hallazgo no sea para tanto. Recuerdo haberlo leído en la pintada de un baño: la vida mata.

El gorro de Iñaki

Los que opinamos casi todos los días sobre esto, lo otro o lo de más allá recibimos ayer en las páginas de Deia una lección demoledora sobre lo urgente y lo importante. [Enlace roto.] nos sacó de la bulliciosa actualidad para devolvernos después a ella con la capacidad para mirarla de otra manera. Esos asuntos de los que peroramos con mejor o peor fortuna tienen, qué duda cabe, su relieve y su transcendencia, pero adquieren una dimensión diferente, la de la escala humana, al lado de cuestiones verdaderamente fundamentales como la que nos puso Iñaki frente los ojos.
Su texto emocionante e intuyo que emocionado nos narraba cómo hace dieciocho años, en su primera sesión de quimioterapia, el significado de la palabra “cáncer” impactó contra él e invadió de lleno su cuerpo, donde ya anidaba desde tiempo atrás la enfermedad. Cualquiera que haya pasado por lo mismo o tenga casos cercanos (me temo que no hay una sola excepción) se reconocerá en ese relato que parte del shock y continúa en la determinación firme de hacer frente a lo que venga por más que se sea incapaz de imaginar lo que será.
Y eso es sólo el principio. La batalla de verdad es el día a día, el hora a hora, el minuto a minuto en que se debe asumir el tono amarillento de la piel, la pérdida de pelo o una voz que ha dejado de ser la tuya. Todo ello, mientras se reservan fuerzas para intentar que los que te quieren no se derrumben antes que tú —aita, no te quites el gorro, por favor— y se sigue apostando por que después de mañana llegue pasado mañana.
Iñaki lo consiguió. Fue atravesando el calendario hasta que un día dejó de ser necesario cubrirse la cabeza para no preocupar a su hijo. Ayer, al cumplir su segunda mayoría de edad, fue él quien nos hizo el regalo de contarnos su experiencia. En el mismo paquete venían unas gafas para enfocar la realidad de otra manera. Eskerrik asko.

El desahucio de Victoria

84 años, cáncer terminal, un hijo discapacitado, y la desahucian. Otro triunfo del Estado Derecho, el Bienestar y LQTRM (lo que te rondaré morena). Que le pongan mañana mismo seis medallas de alabastro al heroico madero que diseñó un operativo que ríete tú del de la CIA para dar matarile a Bin Laden. Cuentan que nadie podía acercarse a doscientos metros de la casa de Malasaña de la que fue arrancada la anciana ayer por la mañana. ¿Acaso temían que se hiciera fuerte con un bazooka en el alfeizar de la ventana y se liara a disparar ese arsenal de pirulas que, según un candidato de UPyD, tienen por fea costumbre coleccionar los viejos?

En realidad, no. Bien sabían que el munipa más esmirriado se habría bastado para sacar en volandas a Victoria y a su hijo, que se han dejado todas las fuerzas en luchar y perder contra la vida, la puñetera vida. El miedo de los apatrulladores era a esa arma mortífera (si bien, muy poco frecuente) llamada solidaridad. Antes de la definitiva, los cañís hombres de Harrelson se habían tenido que volver dos veces de vacío al cuartelillo ante la oposición de un grupo formado por esos que dicen perroflautas, reforzados por vecinos que en su humildad conservan la dignidad que jamás se ha visto sentada en un escaño.

A la tercera, sin embargo, fue la vencida. Actuando con sigilo, o sea, a traición, las gloriosas fuerzas del orden dieron esquinazo a los desharrapados y se hicieron con sus trofeos humanos. La radio de las lecheras atronaba: Alfa, Bravo, Charly, Delta, operativo completado. Tenemos a la sospechosa y a su hijo y nos disponemos a depositarlos en la puta calle. Otra casa vacía para el censo.

Fin de la historia. La moraleja, si es que les queda cuerpo, la ponen ustedes, que viven —vivimos— en la misma sociedad donde ocurren estas cosas dos docenas de veces al día. Repitan conmigo: 84 años, cáncer terminal, un hijo discapacitado, y la desahucian.

Teléfono letal

La vida mata. Es la única evidencia científica a la que aferrarse. Un disparo de Kalashnikov, una ensalada de pepino, el alero de un tejado sin revisar o un extorero invadiendo nuestro carril a toda pastilla pueden salirnos al encuentro en el momento menos pensado y mandarnos prematuramente a ese árbol que hay en todos los pueblos para colgar las esquelas. Una vez ahí, dejarán de ser de nuestra incumbencia todas esas bagatelas -pactos postelectorales, penaltis injustos, tradiciones populares arrojadizas- que nos entretienen hasta que llega el instante en que un forense anota el día, la hora y el minuto de la parada cardio-respiratoria. Luego, seremos un recuerdo que, por más que nos hayan querido, se irá difuminando hasta tender a cero. Literalmente, no somos nada.

¿Y este arrebato filosófico-determinista? Comprendo su confusión, pero deben echarle la culpa a la OMS, que desde hace dos días me tiene reflexionando sobre el sentido de la existencia a cuenta del informe -o lo que sea- que advierte que los teléfonos móviles son potencialmente cancerígenos. No dicen ni que sí ni que no. Lo dejan en un quién sabe más dañino que cualquier certeza.

Ni siquiera aclaran si “posible” es sinónimo de “probable”. Los muy taimados expertos tiran la piedra, esconden la mano, y allá se las apañe cada cual con sus miedos. De un rato para otro, los más pusilánimes empezamos a pensar que hacer o atender una llamada es pagar un pequeño plazo del futuro tumor cerebral. Lo peor es que, como además de pusilánimes, somos tremendistas, nos resignamos al eventual suicidio por entregas, incapaces de renunciar, a estas altura de la era tecnológica, a esa cajita mágica que nos tiene siempre localizables.

Supongo que es inútil pedir más luz a quien sepa del asunto. Los heraldos del apocalipsis sostendrán que el móvil es un arma mortífera y sus primos requete-escépticos dirán que un vaso de agua es más nocivo.