Opinar según de qué

Zapatero a tus zapatos. Me conmina a ello con prosa altiva un anónimo —qué raro— que sostiene que mi columna sobre la rebaja de pena al maltratador del portal es producto de mi inmenso desconocimiento sobre los procesos judiciales. Como primera providencia, en lo que es casi un puro acto reflejo, me sonrío al pensar cuántas veces me espetan últimamente tal martingala. Los compradores de bebés, sin ir más lejos, que porfían que solo si te has pulido de 100.000 pavos para arriba en los mercados semiblancos estás en condiciones de opinar sobre sus transacciones con vidas de por medio.

Cosas del pelo me han soltado los partidarios del toro de la Vega, los conspiranoicos del 11-M, los defensores de la invasión de Irak o, por no hacer interminable la lista, esa parte de la afición del Betis que tiene como ídolo intocable al presunto maltratador Rubén Castro. Si su argumentación fuera medio solvente, debería yo afearles que, sin tener ni la titulación ni los rudimentos mínimos, metan su hocico en los insondables andurriales del periodismo.

No desdeño, sino al contrario, la importancia de la documentación antes de ponerse a aporrear las teclas. Ahora bien, una vez recopilados y contrastados los datos mínimos, y aun dejando lugar al posible error, el resto es cuestión de honestidad y sentido común. En el caso que ha dado lugar a estas líneas, no parece necesario haberse esnifado el Aranzadi al completo para criticar, incluso en términos duros, que se le imponga una pena de risa a un tipo al que todo el mundo ha visto golpear con saña a una mujer. Más sorprende y desazona que se defienda tal proceder.

De togas y maltratadores

No son solo las absoluciones y las cortesanas libradas de la cárcel de la parentela del rey. Ni el trato benévolo cuando no directamente bonachón a los corruptos conspicuos de la parte alta del organigrama, empezando por los que tienen o han tenido ciertos carnés. Ni la facilidad con la que, en contraste, se enchirona a los pardillos elegidos para dar ejemplo al populacho. Qué va. Es prácticamente todo. La Justicia española hiede por cada uno de sus costados. Atiendan a la última fechoría.

Todos contemplamos con el vello erizado y la respiración suspendida la brutal paliza que un tipejo le propinaba a una mujer en un portal. El vídeo mostraba cómo el agresor tiraba al suelo a la víctima, la golpeaba ferozmente con pies y manos, y finalmente se la llevaba escaleras arriba arrastrándola por el pelo. La condena inicial para el desalmado maltratador fue de dos años de cárcel, pero a sus ilustrísimas señorías de la Sección Primera de la Audiencia Provincial de Alicante les ha parecido que la tunda no fue para tanto.

Los fulanos con toga han dejado la cosa en 9 meses porque entienden que, al no haber lesiones, los hechos no pasan de ser un delito de violencia de género simple. “Simple”, se lo juro, esa es la denominación técnica, que en sí misma clama al cielo. Es decir, que como no desgració a la joven, el matón se va de rositas. Para dar un poquito más de asco y rabia, la sentencia deja caer que la difusión de las imágenes había provocado un juicio público al pobrecito acusado. Y ya saben, punto en boca, que es una decisión de los eruditos de la ciencia judiciosa. Luego, que si tolerancia cero y tal.

8 de marzo + 1

Hinco humildemente la rodilla para reconocer mi nuevo error. Vaya un columnero de las narices, clamando contra minucias como el silencio, el amparo y la justificación de centenares de agresiones sexuales por la progresía más fetén, cuando hay denuncias mil veces más urgentes. Verbigratia, acabar con el intolerable oprobio del cartel no inclusivo de las cortes españolas, que reza solamente “Congreso de los diputados”, como si dentro no sudaran también la gota gorda las diputadas.

Y miren que ni siquiera se me pedía que me pusiera reivindicativo, pues el espíritu de la jornada permitía también hacer la ola ante los inmensos logros cosechados por la causa de la igualdad. Alguno de alcance sideral, como los semáforos paritarios —¿O son paritorios?— de Valencia, donde el falocrático monigote habitual se alterna con la representación luminosa de una mujer. ¿Y cómo se sabe que es una mujer? Pues porque se ha vestido al icono con una falda. Comentaría que manda muchas pelotas la identificación de lo femenino con tal prenda, pero me voy a ahorrar las collejas de los —¡y las!— bienpensantes, que ya llevo unas cuantas estos días.

Así que, nada, celebro el triunfo y lo sitúo a la altura de la camiseta verde y rosa —juraría que otro topicazo, pero mis labios están sellados— con que el Betis homenajeó el domingo a las mujeres. Como quizá sepan, en la primera plantilla del club están Rubén Castro, presunto maltratador múltiple al que jalea parte de la hinchada, y Rafael Van der Vaart, que golpeó en público a su ex mujer hace tres años. Insignificancias; lo importante es, como siempre, el gesto para el selfie.

Menos discursos, más hechos

En vano me hice la promesa de pasar por alto que ayer el calendario de postureos oficiales señalaba el día internacional de la eliminación de la violencia contra lo mujer. Si me siguen desde hace un tiempo, sabrán la mala gaita que me provocan estas fechas empedradas, como el infierno, de buenas intenciones, que acaban siendo pasarelas de lucimiento para hipócritas desorejados, chachipirulis de diversa índole y compartidores compulsivos de nobles causas. Sí, de acuerdo, también para expresiones sinceras de denuncia, pero yo esas las prefiero cuando no se reducen a las 24 horas reglamentarias. Y por supuesto, cuando trascienden la palabrería y pasan a ser hechos contantes y sonantes.

De nada me sirven los maravillosos discursos ni los chisposos eslóganes con que nos bañaron ayer, si no van acompañados de actitudes. Ese es el gran problema: contra la violencia machista se habla mucho pero no se hace casi nada. Hemos preferido instalarnos en el pensamiento mágico que atribuye a las palabras facultades que no tienen. Pues no, ya pueden repetirse un millón de veces y en tono encendido expresiones como lacra, educación en valores o —las que más me estomagan— empoderamiento y heteropatriarcado, que las agresiones no descenderán ni media gota.

¿Y cómo, entonces? Empecemos, sin complejos, por la persecución de los maltratadores, asegurándanos de que pagan —sí, ese es el verbo— lo que han hecho. Eso toca a los que mandan, pero los demás también podemos mostrarnos radicalmente intolerantes hacia toda muestra de sometimiento machirulo que contemplemos. Toda es toda. No nos ciegue lo políticamente correcto.

Si condenas, no toleres

No me cansaré de repetir que somos la releche a la hora de condenar la violencia machista y una chufa cuando se trata de evitarla. A ver cuándo narices equilibramos las balanzas y conseguimos que las concentraciones y las declaraciones de rechazo tan lucidas tengan su contrapartida en una actuación eficaz frente a maltratadores, asesinos y violadores. En el camino me conformaría, siquiera, con dejar de ver a pie de pancarta o de micrófono a muchísimas de las personas que están contribuyendo a perpetuar lo mismo que luego denuncian con palabrería rimbombante y afectación de cartón piedra.

¿Me refiero, quizá, a las autoridades? Pobrecitas, esas ni saben por dónde les da el aire. Jamás van a salir del manual: convocatoria de pleno de urgencia y comunicado hablando de los valores, la importancia de la educación (sí, ya estamos viendo los resultados), el trabajo que queda por hacer y bla, bla, requeteblá. Qué va, esta vez me dirijo a los detentadores y detentadoras de la conciencia social, esos y esas que llevan permanentemente en bandolera su más enérgica repulsa y que lo solucionan todo a base de repertorio. Menos venirse arriba echando una culpa nebulosa a la sociedad heteropatriarcal y más señalar las responsabilidades individuales tasables, medibles y concretas. Todas y cada una de ellas, no según convenga o quede bonito en los discursos.

Dicho de un modo más llano: basta ya de amparar, ocultar, contextualizar o directamente negar las agresiones. ¿Pero de verdad hay quien hace eso? ¿A esos niveles de hipocresía hemos llegado? No se me hagan de nuevas, saben tan bien como yo que es así.

También hoy es un día morado

Daba gloria ayer pasear los ojos por los periódicos, la televisión o las páginas de internet y dejarse acariciar lar orejas por las radios. Qué clamor unánime, qué determinación inquebrantable, qué compromiso sin fisuras para acabar de una vez por todas -¡oh, hallazgo del lenguaje!- con “esta tremenda lacra”. Hoy ya, si te he visto, no me acuerdo del todo, pero qué gustazo, oye, afeitarse la conciencia y volver a sentirla fresca y primaveral, con la candidez de los seis años. Benditos “días de” o ante, bajo, cabe, con, contra. Todas las preposiciones son bienvenidas en el almanaque oficial.

He subido a propósito dos grados la temperatura de la tinta con la que garrapateo estás líneas porque ante la violencia -de género, machista, doméstica, hacia las mujeres; elijan apellido- no sirven los mensajes melífluos. Ni los de salir del paso, ni los detergentes, ni los de quedar muy bien antes de pedir otra de gambas. Es fantástico ponerse un lazo morado o el avatar con el punto del mismo color en Twitter y Facebook. Aplaudo la encomiable intención que hay detrás de esos gestos y, con la venia, pido un poco más. También a mi mismo, ojo.

En la política y en la sociedad

Pido, por ejemplo, que se saque la cuestión del bajo politiqueo, que no se caiga en la rastrera tentación de calcular con qué siglas en el gobierno se matan más o menos mujeres. Doy por hecho, porque si no, pediría el finiquito de este mundo y mi exiliaría en Júpiter, que absolutamente todos los partidos están sinceramente por terminar con esta mascre por entregas. Pues pónganse de acuerdo y legislen en consecuencia, teniendo presente, eso sí, que las leyes son sólo una parte de la solución. No creo que las actuales sean pésimas, y no han conseguido demasiado. Aplicarlas decididamente, con mano firme o mejor, qué narices, con mano dura, es otro paso. Tolerancia cero, pero de verdad, no para la galería o los discursos. Por consenso completo, insisto.

Con eso, aún estaríamos lejos, muy lejos, de dar boleto a algo que está acuertalado en las entrañas de la sociedad desde hace siglos, si no milenios. Y ahí es donde entramos en juego todos los ínfimos átomos que, sumados, conformamos el cuerpo social. No, no sólo tenemos que denunciar los casos flagrantes a nuestro alrededor. Eso va de suyo. Apunto más alto. Debemos señalar y arrinconar a los canallas simpáticos, los manomuertas graciosos, o los aparentemente inofensivos piropeadores en verde chillón. Con el destierro de esas actitudes hoy consentidas habríamos avanzado más de lo que imaginamos.