Pitar o no pitar el himno

Pitar o no pitar el himno español mañana en el Camp Nou, he ahí el dilema. Anoten, de saque, la profundidad de tal preocupación. Anoche soñé que todas nuestras cuitas eran así. ¿Dónde hay que firmar? Pero nada, ya que la cuestión artificialmente palpitante está ahí, entremos al trapo. Eso sí, reconozco que yo lo tengo que hacer en zigzag y con traje de neopreno porque he inventariado tantas razones a favor como en contra. O bueno, por ahí; tampoco las he contado, porque ya les digo que a mi el asunto ni mucho fu ni poco fa más allá de lo que puede amenizar una sobremesa tonta o una charleta de barra. Y vale, también como material de aluvión para una columnita al trantrán, avisando al respetable que esta vez —y supongo que otras— no se pierden gran cosa si abandonan aquí mismo la lectura.

Empezando por los argumentos favorables, me inclino por silbar la Marcha real porque sí, (o porque por qué no), por los beneficios de soltar adrenalina y el ensanchamiento de pulmones. Por el cabreo sulfuroso que se van a pillar un montón de tipejos y tipejas. Por el mal rato que pasará el Borbón joven, al que le pagan también por comerse estos marrones. Por ver cómo se las ingenia Telecinco para tapar el sol con un dedo. Y por la puñetera calavera de los jetas de la comisión antiviolencia, que amenazan con hacer pagar a los clubs la verbena.

En cuanto a los motivos para mantener silencio, los resumo en uno: si yo tuviera querencia por un himno, me cogería un rebote del quince si una multitud se ciscara sonoramente sobre sus notas. Respeto, creo recordar que se llama la vaina. Pero haga cada cual lo que quiera.

La espantada de Pablo

Que te cancelen una entrevista de víspera es una faena del quince. Lo he sufrido unas cuantas veces, y por eso sé que repatea todavía más cuando la desconvocatoria va acompañada de excusas de chichinabo como las que puso Iglesias Turrión para hacerle la ele al programa sabatino de Telecinco. Y ante la previsible acometida de furibundos fanboys y fangirls de la cosa morada, aclaro que, efectivamente, no teniendo casi ningún respeto por la cadena de marras, en este caso le concedo más credibilidad a su versión que a los pobres —¡y contradictorios!— pretextos que han ido espolvoreando desde la formación del entrevistado a la fuga.

Como tantas veces, para comprenderlo mejor, esto habría que verlo con otro protagonista. ¿Qué estaríamos diciendo si la espantada la hubieran dado Rajoy, Ken Sánchez, Rosa de Sodupe o cualquiera de los líderes de los partidos supuestamente convencionales? He ahí el quid de la cuestión: que en su meteórica carrera, de unas semanas a esta parte, Podemos se ha vuelto de un convencional que asombraría a sus propios seguidores si conservaran medio gramo de capacidad crítica.

Aparte de haberse dotado de una estructura orgánica tan corriente y moliente como la de la mayoría de los partidos, la deriva hacia la zona gris ha cantado la Traviata en la últimas declaraciones del líder carismático. De tener una solución mágica para todos los problemas, Iglesias ha pasado al “ya veremos”, “tomaremos las medidas oportunas” o, al borde del despiporre, “lo consultaremos con los mejores expertos”. Y él, que es un rato listo, se ha dado cuenta de que se está notando. Por eso ha hecho mutis.

La tele séptica

Parecía una de las contadísimas ocasiones en que en la vida real ganan los buenos. Hace dos sábados, ese engendro catódico llamado La Noria se emitió sin un solo anuncio publicitario en sus intermedios. Empujadas por el qué dirán y no sin haber echado cuentas, las marcas que se dejaban ver en tan siniestro escaparate (no peor que otros, por cierto) fueron desertando una a una. La mayoría de ellas acompañó el abandono con una nota de apostasía de la telemierda que contenía, de propina, propósito de enmienda y petición de disculpas a sus consumidores.

Sería injusto arrumbar a todas las firmas como hipócritas, pero de momento, una ha vuelto al redil y, casi más triste, se han incorporado cinco o seis de nuevo cuño, atraídas por las tarifas a cero euros con que contraatacó Telecinco. La semana que viene se sumarán otras cuantas y antes de navidad todo volverá a ser normal. El episodio de la entrevista pagada a la madre del tal Cuco quedará amortizado y como lo que no te mata te hace más fuerte, el programa de marras seguirá esparciendo detritus con mayor convicción que antes. A veces es cierto literalmente que no hay mal que por bien no venga: la últimas entregas de la cosa han tenido los registros de audiencia más altos de su historia.

La conclusión es que tenemos Noria para rato. Y aunque una no descartable acción blanqueadora de la cadena acabase por retirar el espacio de la parrilla, no habría motivo para echar a volar las campanas. En un dos por tres sería sustituido por una ponzoña del pelo con otro nombre y las mismas hediondas intenciones. Recuérdese que Tómbola, el Mississippi de Navarro o el denostado Tomate fueron rápidamente relevados por productos que en la comparación los dejaban en pellizco de monja. El pozo séptico que es la televisión (esa televisión; no generalicemos) no conoce límites de profundidad. ¿Demasiados espectadores con alma de espeleológo, quizá?

Ana Rosa en su lodazal

Somos muy injustos al utilizar el término telebasura. Los detritos, por malolientes que sean, no merecen que se los compare con lo que arrojan a nuestros ojos los tipejos y las tipejas sin alma ni entrañas que han convertido en profesión la casquería catódica. El pederasta hijo de la gran puta que mató a la niña Mari Luz Cortés me provoca el mayor de los desprecios, pero sólo media migaja más que el que me inspira la piara de hozadores de sangre y mierda que han convertido el crimen en espectáculo a mayor gloria del share, su propio ego y, por descontado, el pastón que se embolsan con cada ponzoñosa exclusiva. Que cometan sus fechorías con luz y taquígrafos y en nombre de la libertad de expresión e información y que a cada episodio que parecía insuperable lo suceda otro más abyecto es para pedir asilo en Júpiter.

¡Sigue grabando!”

El penúltimo gran éxito de los buceadores a pulmón de los pozos sépticos ha sido conseguir que la mujer del acusado del asesinato de la niña confirmara en riguroso y asqueroso directo que fue él quien “se la cargó”. Con esas mismas palabras, y ante la sádica delectación de su contumaz interrogadora, un ser presuntamente humano de nombre Ana Rosa. Otro trofeo más para su colección de vidas reducidas a purines. Qué gran papel habría hecho en Abu Grahib o Guantánamo. Ella, claro, y sus esbirros, que en la nomenclatura del oficio reciben -otro insulto- el nombre de redactores. “¡Sigue grabando, sigue grabando!”, le gritaba al cámara la despiadada trepa encargada de ablandar a su pieza, cuando a ésta, incapaz de soportar la presión, le dio un vahído e imploraba que la dejaran en paz. “Tú no vas a perder el conocimiento, ¿vale?”, le mostró quién mandaba a la mujer, sin apartar el micrófono ni por un instante. De vuelta al cuartel general, recibiría su azucarillo. Lo que habrá fardado durante el fin de semana contando a sus amistades cómo se aprietan las tuercas a una señora con 47 de coeficiente intelectual. Bravo, Patricia, tú serás como Nieves Herrero.

Estas líneas no son más que puro pataleo. Nada de lo que digamos servirá para que alguien se detenga a plantearse si no se han traspasado ya quinientos límites. Al contrario; se enfarrucarán y pensarán con orgullo que ladramos, luego cabalgan. Cuando llegue el momento, utilizarán todo este ruido sin nueces para traficar la próxima renovación. El negocio es el negocio y no hay remilgo ético que lo detenga. Sólo una utilización selectiva del mando a distancia podría hacerlo. Pero a eso no estamos dispuestos, ¿verdad?