Prohibido prohibir (o no)

Gran coincidencia para los que moderamos tertulias y/o participamos en ellas: el principio del fin de la Ley Mordaza y el garbeo por nuestra tierra del cada vez más célebre bus naranja. Sin necesidad de aplicar la vetusta moviola de Ortiz de Mendívil, se veía al personal incurrir en un fuera de juego clamoroso tras otro. La filípica que se acababa de soltar sobre este asunto quedaba desmontada al abordar aquel y viceversa. Y daba lo mismo con qué camiseta se saliera al césped opinativo, convertido inmediatamente en patatal propicio para buscar el tobillo del rival.

La contradicción se hacía presente igual con los retrógrados desorejados que con los progres más vanguarderos. Los primeros empezaban diciendo que oiga usted, hágame el favor, es muy necesaria una ley que prohíba comportamientos que no son de recibo en una sociedad civilizada. Añadían que solo quien no esté dispuesto a conducirse de acuerdo a unos mínimos parámetros de convivencia podían temer una normativa que regulase algo tan básico. En el cambio de tercio, sin embargo, proclamaban el valor sagrado de la libertad de expresión para, en este caso, ir por ahí soltando memeces sobre penes y vulvas.

Los de la contraparte obraban exactamente al revés. De saque, prohibido prohibir, hasta dónde vamos a llegar, quién es el Gobierno (y más, este gobierno maxifacha) para poner límites a la higiénica y necesaria protesta ciudadana. Entonces, ¿lo del autobús de los integristas? ¡Ah, no! ¡Por ahí sí que no! Eso es difundir odio gratuitamente y hay que impedirlo sin contemplaciones. ¿Que quién lo decide? ¡Ja! ¡Pues nosotros, que (siempre) tenemos razón!

Menos libres

Desde el miércoles somos (aun) menos libres. Y diría también que estamos menos seguros. Todo un  sarcasmo si lo uno y lo otro ocurre por la entrada en vigor de un artefacto judicioso-legaloide que atiende por Ley de Seguridad Ciudadana. Para más de uno, empezando por el que suscribe, se ha inaugurado la era de la incertidumbre absoluta. Si hasta ahora había que medir cada palabra y hasta tachar unas cuantas en evitación de males mayores, en lo sucesivo uno no sabrá qué coma o qué punto y aparte le pueden conducir, quizá esposado, a dar cuentas a la autoridad competente. Menudas cuentas, por cierto: las penas van desde los 100 euritos por menudencias como no llevar la documentación encima hasta los 600.000 por —apriétense los bigudíes— participar en una manifestación no comunicada “ante infraestructuras críticas”, que seguramente serán todas las que le salgan de la sobaquera al uniformado de turno.

Como habrán leído u oído, en total son 44 conductas sancionables con un tiento al bolsillo. No les voy a negar que algunas de ellas son comportamientos delictivos de manual. De hecho, ahí está el truco, en inventariarlas en la misma hoja de tarifas como si fuera igual fabricar explosivos que tuitear la foto de un antidisturbios pateando a un mengano o, simplemente, la negativa a identificarse ante un policía que tampoco se ha identificado ante ti. Claro que lo peor de todo es el océano de arbitrariedad que empapa el articulado a modo de aviso a navegantes, es decir, de represión preventiva. El resumen final es que todos podríamos ser culpables, incluso aunque fuéramos capaces de demostrar lo contrario.

Manga de farsantes

Ahora que vamos despacio, vamos a contar hipócritas, tralará. No tengo el menor problema en encabezar el censo con mi humilde persona. Lo hago, no porque albergue conciencia de renuncio, sino por pura higiene preventiva; por acción u omisión, todos somos culpables, y si no es así, vendrá alguien a señalarnos como tales. Me ofrezco voluntariamente para el acollejamiento ritual, pero inmediatamente añado a lista de farsantes a esos que, tras la matanza de París, andan echando loas a la libertad de expresión al tiempo que promulgan leyes mordaza o aprovechan las ya existentes para castigar la difusión de ciertos mensajes inconvenientes. Son los mismos, por cierto, que en época no lejana ordenaron cerrar medios de comunicación porque les salió de allá donde ustedes están pensando.

Cuidado, fondo norte. Congelen esa ovación que me iban a dispensar, no sea que alguno figure también en el inventario de impostores, que continúa con los que desde la misma cuenta de Twitter a la que han puesto como avatar el lema Je suis Charlie Hebdo suelen pedir el cierre de los medios de la caverna o el entrullamiento de Marhuenda, Inda y demás bocabuzones diestros. Eso, cuando no se aboga directamente por calzarles unas hostias o algo más contundente.

Y entrando en mayores, cómo olvidar a tanto digno que en las últimas horas no deja de adornarse con soflamas sobre los asesinos de las palabras, cuando apenas anteayer aplaudieron con las orejas (o callaron como piedras, que viene a ser muy parecido) ante los cadáveres de José María Portell o José Luis López de Lacalle, periodistas o cuentacosas apiolados por ETA.

Ofensas a España

Se cuenta que George Bernard Shaw le preguntó a una dama con la que estaba tomando una copa si se acostaría con él a cambio de un millón de libras. Ante la respuesta afirmativa —y por lo visto, entusiasta—, volvió a interrogarla: “¿Y por veinte libras?”. Escandalizada, la mujer le interpeló con dureza: “¿Pero usted por qué me ha tomado?”, a lo que el cínico escritor irlandés y tacaño redomado replicó: “Lo que es, señora mía, ya me lo ha dejado claro. Ahora solo estamos negociando el precio”. Les pido perdón si la anécdota, seguramente falsa por lo demás, les ha parecido machista (yo mismo a veces pienso que lo es y otras que no), pero es la que me vino a la cabeza en el mismo segundo en que leí que muy pronto ofender a España estará castigado con una multa de hasta 30.000 euros. La diferencia es que en este caso, la tarifa se fija de saque, con lo que el regateo se hace innecesario. Pero igual que en el chascarrillo atribuido a Shaw, los legisladores, ejerciendo de cafishos, macarras o proxenetas, ponen de manifiesto sin gran rubor qué es para ellos la tal España cuya castidad tasan tan alegremente. Quizá deberían plantearse si al hacerlo no se están delatando como sus primeros y sus más graves ofensores.

Denle una vuelta. Estos son los tipos que nos atizan sus hondas y biliosas filípicas sobre la patria única, verdadera e indisoluble a la que hay que amar, honrar y respetar por encima de todas las cosas. Ante su sola mención, se cuadran, se inflaman, se empalman, se licuan. A ojo de regular cubero, se diría que para ellos tiene un valor incalculable, y eso, quedándose corto. Pues ya ven que no: se la alquilan por lo que cuesta un Lexus corrientito a cualquiera que tenga el capricho, la necesidad o el desvío de echarle… ejem… unos cagüentales. Y conociendo el paño, o sea, la querencia por los pagos en B de los arrendadores, es probable que hagan rebaja si no se pide factura.