Manga de farsantes

Ahora que vamos despacio, vamos a contar hipócritas, tralará. No tengo el menor problema en encabezar el censo con mi humilde persona. Lo hago, no porque albergue conciencia de renuncio, sino por pura higiene preventiva; por acción u omisión, todos somos culpables, y si no es así, vendrá alguien a señalarnos como tales. Me ofrezco voluntariamente para el acollejamiento ritual, pero inmediatamente añado a lista de farsantes a esos que, tras la matanza de París, andan echando loas a la libertad de expresión al tiempo que promulgan leyes mordaza o aprovechan las ya existentes para castigar la difusión de ciertos mensajes inconvenientes. Son los mismos, por cierto, que en época no lejana ordenaron cerrar medios de comunicación porque les salió de allá donde ustedes están pensando.

Cuidado, fondo norte. Congelen esa ovación que me iban a dispensar, no sea que alguno figure también en el inventario de impostores, que continúa con los que desde la misma cuenta de Twitter a la que han puesto como avatar el lema Je suis Charlie Hebdo suelen pedir el cierre de los medios de la caverna o el entrullamiento de Marhuenda, Inda y demás bocabuzones diestros. Eso, cuando no se aboga directamente por calzarles unas hostias o algo más contundente.

Y entrando en mayores, cómo olvidar a tanto digno que en las últimas horas no deja de adornarse con soflamas sobre los asesinos de las palabras, cuando apenas anteayer aplaudieron con las orejas (o callaron como piedras, que viene a ser muy parecido) ante los cadáveres de José María Portell o José Luis López de Lacalle, periodistas o cuentacosas apiolados por ETA.