¿Celebrar qué?

Me juego a pares o nones si la cojo llorona o me pongo en plan junco hueco ante la ciclogénesis celebratoria que se nos avecina a cuenta de los cuatro decenios del tocomocho constitucional español. Por si no era suficiente con el cada vez más temprano peñazo prenavideño, este año toca de propina un número redondo, o más bien, orondo como la papada del Borbón viejo, que da pie a los bardos de corps a entonar su cánticos a mayor gloria de aquella carta magna —nótense las minúsculas— pergeñada a hurtadillas entre humos y vapores etílicos por unos penenes a los que les cayó el papel de aprendices de brujo.

Se hizo con la vigilancia, claro, de los de los sables, la pasta y las todavía influyentes sotanas, que no iban a dejar que se desmadrara el cambio lampedusiano para que lo sustancial no cambiase. También es verdad que estos, los mandarines de antes y después, tenían a su favor una evidencia irrefutable: los de enfrente, por muy gallitos que se pusieran ahora tras las pancartas, habían dejado que el decrépito dictador muriera en la cama.

En resumen, y aquí es donde me desprendo del disfraz de latigador retrospectivo, que quizá se hizo lo que se pudo. Venga, aceptémoslo, incluso con el millón de objeciones que cabría hacer, y sin olvidar, por lo que nos toca más cerca, que el apoyo en estos lares fue, como poco, discutible. Concedamos que la Constitución fue el resultado de un tiempo y un espacio. Y ahora miremos el calendario. 40 años después, ¡40!, ese tiempo y ese espacio son otros muy diferentes, y no digamos ya la ciudadanía. Bastante ha sido tirar hasta aquí con ese apaño. ¿A santo de qué perpetuarlo?

Cuarenta años después

Han resultado muy reveladoras las celebraciones y/o conmemoraciones de los cuarenta años de las elecciones del 15 de junio de 1977. Hasta lo puramente nominal daba para comentario de texto. Parece haber calado (o más bien, colado) lo de “las primeras elecciones de la Democracia”, así, con mayúscula en la última palabra-fetiche o énfasis engolado si se piaba de viva voz. Tampoco me pondré tan radicalazo como para anotar que está por ver que incluso en 2017 hayamos estrenado la tal democracia, pero los entusiastas usuarios de la expresión anterior me van a permitir que les recuerde que las citas con las urnas entre 1931 y 1936 también fueron, dentro lo que cabe, democráticas. Si queremos afinar más, situemos el punto de partida en las del 19 de noviembre de 1933, cuando por fin pudieron votar las mujeres pese a la contumaz oposición de cierta izquierda fetén. Así que dejemos las festejadas estos días como las primeras elecciones a Cortes tras la muerte de Franco.

Y todavía cabe ponerse una gotita más puntilloso y precisar que dicha muerte —el hecho biológico, como se llamaba entonces— fue de viejo y en la cama. El detalle no es menor. De hecho, explica lo que sucedió a continuación, que en realidad, venía preparándose desde tiempo antes de que el tirano la diñara: la sustitución monitorizada de una dictadura ineficaz y fea a los ojos de los mandarines del mundo por un sistema medianamente presentable de puertas afuera. Se hizo a modo de cambalache. Queda muy bien denunciarlo hoy, pero entonces no había más tutía. Como sentenció Vázquez Montalbán, era lo que imponía la correlación… de debilidades.

(Otra) reforma exprés

De esos titulares que explican en poco más de una docena de palabras el nivel séptico que ha alcanzado el estado de derecho —no proceden las mayúsculas— en España: “El PP anuncia una reforma exprés para que el Tribunal Constitucional pueda sancionar a Mas”. En la letra menuda, Xavier Garcia Albiol, el ultraderechista sin matices recién promocionado y modelo de conducta de un tal Maroto, traduce a román paladino el enésimo atropello jurídico que se perpetrará a mayoría absoluta armada: “La broma se ha terminado”. Le faltó masajearse la entrepierna y soltar un gargajo sobre el suelo del Congreso de los Diputados donde el tipo, que no tiene acta ni cosa parecida, presentó la iniciativa.

Enternece la reacción airada del resto de los partidos, incluyendo la de la formación que no hace tantas lunas se sumó sin el menor reparo a un cambiazo de la Constitución con agosticidad y alevosía. Cualquiera diría que se enteran ahora de que el supuesto altísimo tribunal no es más que una versión con toga y puñetas del poder ejecutivo de turno y que trabaja por encargo y a medida de Moncloa. Ya ven con qué naturalidad ocupa actualmente su presidencia un individuo que tuvo  carné del PP y —se supone— pagó sus cuotas a Génova. Que en lo sucesivo vaya a tener la facultad de castigar a los señalados como enemigos oficiales de la patria no es más que la evolución lógica de sus funciones. Y como les decía el otro día sobre la carta del autotitulado sencillo ciudadano Felipe González, si lo contemplan desde la acera soberanista, es una de esas torpezas supinas del adversario que, lejos de dañar la causa, la favorecen.

Reforma o ruptura

Cuarenta años después, se diría que regresamos al viejo dilema: ¿Reforma o ruptura? Mucho cuidado, porque como entonces, puede tratarse de una trampa. En realidad, la segunda opción jamás se contempló seriamente. Por lo menos, no entre quienes, desde el franquismo y el antifranquismo oficial, manejaron el juego y, a la postre, lo condujeron por los raíles que nos han traído exactamente al punto en el que estamos ahora. Los que albergaron la ilusión de que la muerte del dictador abriría paso a un cambio profundo pronto comprendieron que habían sido unos ingenuos o, simplemente, fueron claudicando y aceptando el cuento de hadas de la modélica Transición. Unos pocos —eso también es cierto— se han pasado estos cuatro decenios ciscándose en lo más barrido por el engaño y lamentando lo que (creen que) pudo haber sido y no fue.

No lloremos por la leche derramada y pensemos en mañana o pasado, que es cuando, a más tardar, nos vendrán otra vez a pedir que elijamos entre peste o cólera. ¿Será la oportunidad para corregir el error histórico de permitir que el régimen perviviera en lo básico a cambio de un puñado de concesiones medianamente democráticas? Quisiera creerlo, pero no las tengo todas conmigo.

Me huele mucho más a reforma de la reforma, a segunda vuelta de tuerca al apaño de 1978, y a tirar millas durante un par o tres de generaciones más. Quizá me haya vuelto conspiranoico, pero empiezo a percibir signos de que ya se está cocinando la nueva farsa. No alcanzo a ver quiénes están alrededor de los fogones, aunque intuyo algunos nombres. Como en el anterior trágala, varios resultarán sorprendentes.

Farsantes

El relato es mucho más importante que los propios hechos. Lo estamos viendo de nuevo en estas horas de desvergonzada e incesante orgía laudatoria a Adolfo Suárez. En la mejor biografía del personaje que se ha escrito, Gregorio Morán clava este peculiar fenómeno de la memoria deconstruida a lo Adriá: “Quizá nos hicimos mayores cuando descubrimos que era el pasado el que cambiaba siempre, y que el presente seguía en general inmutable”. Manda pelotas que, teniendo edad y meninges para acordarnos de cómo discurrieron los acontecimientos, estemos dispuestos a dar por buenas las versiones trampeadas del ayer que nos están colando.

A Suárez, hoy loado a todo loar, lo dejaron tirado como a un perro después de haberle hecho pasar las de Caín. ¿Quiénes? Eso tiene gracia: los mismos que ahora se dan golpes de pecho y lo elevan a los altares. Su martirio fue obra —literalmente— de todos del rey abajo. No por nada fue el Borbón, ayer gimiente, el que dio la orden de acoso y derribo sin reparar en gastos. Sencillamente, se les había ido de las manos y había que quitarlo de en medio antes de que les jodiese el invento.

Eso también se cuenta poco: no lo habían escogido por ser el más brillante sino el que, gracias a su ambición y a su ego, parecía el más manejable. Las otras dos alternativas, Fraga y Areilza, le daban mil vueltas en talento (también para hacer el mal) y no era cuestión de arriesgarse. No contaban con que aquel chisgarabís se metería tanto en su papel y acabaría creyendo que era el elegido para devolver las libertades. Cuando le vieron las intenciones, lo fumigaron. Hoy lo lloran. Farsantes.

Muertos en vida

Me imagino a los forajidos vestidos de Armani celebrando con Dom Pérignon y beluga que han vuelto a quedar exentos por excedente de cupo del enésimo endurecimiento del código penal español. Los reformadores acelerados, que para algo son amiguetes o directamente subordinados, solo han tenido ojos para los sacamantecas que matan a granel y lo ponen todo perdido de sangre. Todavía quedan clases, también en el crimen. A ver si ahora vamos a querer comparar el primitivo y tosco vaciado de entrañas a hierro con los sofisticados, casi sublimes, métodos que utilizan los que tiran de ingeniería financiera para cometer sus despiadadas fechorías.

¿Despiadadas? Oiga, señor columnista, pero si los del cuello blanco y la manicura impoluta se limitan a llevarse la pasta cruda y no suelen dejar cadáveres a su paso. Cierto, cadáveres no dejan, pero sí algo mucho peor: muertos en vida. Me ha tocado la desgracia de conocer personalmente unos cuantos casos y de otros muchos he sabido por los papeles, aunque la inmensa mayoría son zombis anónimos que se arrastran por el asfalto, ocultándose de sus amigos y su vecinos porque no quieren que nadie los vea reducidos a un espectro. Algunos, cada vez más, no lo resisten y abrevian la agonía desde lo alto de un puente o un barranco. Estas cosas se publican con sordina, pero quien busque el dato descubrirá que en España la primera causa de muerte externa es ya el suicidio. Por delante de los accidentes de tráfico, que como se empieza a documentar, en no pocas ocasiones camuflan también suicidios.

Ya, siguen sin ver la relación con los desfalcos y las trapisondas que engordan cuentas en Suiza o las Caimán. Pues piensen un poco. Lo que ha provocado la angustia infinita que les he descrito no es un fenómeno meteorológico ni un imponderable del destino. Han sido los que van armados con una Mont Blanc de oro, mucho más letal que una motosierra o una 9 mm Parabellum.