Abusos en la Iglesia vasca

De nuevo, la Iglesia aparece como piedra de escándalo. Esta vez, la vasca, por si alguien, en su autocomplacencia o ceguera voluntaria, pensaba que las sacristías del terruño estaban libres de polvo y paja. Cuánta respiración contenida, por cierto, ante la trayectoria conocida del señalado como autor —confeso, no se pase por alto— de por lo menos tres casos de abusos a menores. ¿Quién iba a pensar que Juan Kruz Mendizabal, Kakux, tan cercano, tan afable, tan campechano, tan… bueno, ya saben, iba a ser un depredador sexual?

Junto a esa pregunta, otras más incómodas: ¿Por qué ha pasado tanto tiempo desde que ocurrieron los hechos hasta su conocimiento? ¿No había indicios o sospechas? ¿Quién o quiénes miraron hacia otro lado? ¿Qué les impulsó a ello? ¿Cómo se explica que fuera subiendo en el escalafón? ¿A qué se debe que hasta la fecha no haya actuado, que sepamos, la justicia ordinaria? ¿De qué nos sirven las palabras compungidas del Obispo Munilla? ¿Qué es eso de intentar convencernos, a estas alturas, de que en el pecado está la penitencia? Y sobre todo, ¿tenemos la certeza de que es el único caso? ¿Hay alguna garantía de que no va a volver a ocurrir?

Déjenme que en el último párrafo me mire el ombligo. Se nos reclama, con razón, a los medios de comunicación que informemos sin tapujos ni miedo sobre la cuestión. No dejemos de hacerlo. Pero, por favor, no permitamos que nos guíe el morbo chabacano. Es digno del mejor periodismo localizar a las víctimas y darles la voz que les han robado durante años. Sin embargo, están de más esos titulares sensacionalistas llenos de sórdidos y explícitos detalles.

Sex Munilla

Pero, señor columnero… ¿Va usted a escribir sobre el libro de Munilla sin habérselo leído? En efecto. Es más, sin tener siquiera la intención de hacerlo. Concedo que es un atrevimiento, pero, desde luego, bastante menor que cascarse (uy, perdón) todo un tratado sobre sexo —y no precisamente el de los ángeles— cuando se supone que, por su propio ministerio, tal cosa debería conocerla de oídas. ¿O es que tal vez no es así? Ahí queda la pregunta. Basta, en cualquier caso, ver la portada del libro para intuir una obsesión morbosa que quizá no atente contra el sexto, pero sí contra el noveno. Hay reclamos de puticlubs de carretera bastante menos burdos: la palabra de las cuatro letras destacada en fucsia (o así) a cuerpo tropecientos, y debajo, en pequeñito, lo del alma y el cuerpo. Obvio interpretar la foto del ególatra monseñor —¿no es pecado capital la soberbia?— sentado en un banco con las piernas abiertas casi en canal.

Atendiendo a los (muchísimos) fragmentos literales que ha publicado la prensa, está bastante claro que el obispo de San Sebastián tiene un problema entre los bajos y la sesera, que es donde realmente habita el gustirrinín. Investido de la misma autoridad que le sirve a él para pontificar sobre altos y no tan altos instintos, es decir, ninguna, le recomendaría que lo hablase con su confesor. O, qué caray, que se suelte el refajo y el cilicio y disfrute de las cosas buenas que nos regaló Dios a los humanos. Sin forzar a nadie, entiéndase. Y como petición final, que deje de llenar páginas con su machismo estomagante, su homofobia estratosférica y su paranoia cerril. Ya huele.

El ciclo de la ciénaga

Si hay algo que me sorprende es, justamente, que sigamos sorprendiéndonos. Bendita memoria de pez, que permite que nos hagamos de nuevas cada vez que vemos al otro lado del acuario lo que hemos contemplado mil y cien veces. La corrupción política, por ejemplo. La respiramos cada día sin mutar el gesto ni albergar la menor gana de montar un buen pollo hasta que en los titulares, que no son nada inocentes, caen cuatro gotas más de lo habitual y nos da por pensar que una de ellas es la que colmará el vaso. Se eleva entonces el tono de las tertulias y de las conversaciones junto a la máquina de café, suben también los niveles de vinagre en sangre, se clama al cielo, se jura en arameo y luego… nada. Cada mochuelo retorna a su olivo, es decir a sus propias apreturas de zapato, que también incluyen la marcha de nuestro equipo en la liga o ese viral tan simpático que rula por internet. Los mangantes, que además de eso, son contumaces y metódicos, pliegan el paraguas y vuelven a sus quehaceres cotidianos, o sea, a afanar. Primero con la precaución del que acaba de librarse de una de órdago, pero enseguida con la velocidad de crucero habitual. Es el ciclo de la vida en la ciénaga sucediéndose a sí mismo infinitamente.

Según el obispo Munilla en su muy recomendable homilía del día de San Sebastián (sí, eso he escrito; no es una errata ni un sarcasmo), lo que acabo de exponer me incluiría entre los que, sintiéndose impotentes en medio de la avalancha de lodo, se han refugiado en el cinismo. Bien quisiera militar en una postura de más provecho. La que él propone después de un diagnóstico —insisto— brillante es confiarse a Dios, lo que no deja de tener un punto incluso mayor de derrotismo porque supone el reconocimiento implícito de que ya no queda nada humano por hacer. ¿Habrá alguna alternativa intermedia y viable? Si los lectores la conocen, se gratificará. Así en la tierra como en el cielo.

Otros silencios de la Iglesia

Brillante y certero, como en él es marca de la casa, el teólogo Jon Sobrino ha levantado el dedo para denunciar que el poder eclesiástico ha traicionado a Jesús. Si la curia oficial tiene un rato libre, se hará la ofendida y regañará a la oveja descarriada por su atrevimiento, pero, seguros de su báculo, los purpurados con mando en plaza no perderán un minuto de sueño por las palabras del eterno disidente portugalujo. De hecho, es más que probable que la andanada no fuera dirigida a ellos sino, por paradójico que parezca, a quienes tienen exactamente la misma convicción pero no acaban de atreverse a dar un paso al frente.

“Se ha acabado el tiempo de los silencios. Son tiempos de testimonio, de compromiso”, recalcaba el mensaje suscrito en el último encuentro de la asociación de teólogos progresistas Juan XXIII por los que comparten con Sobrino el ideal de una Iglesia a pie de obra. Hay algo de S.O.S. (acrónimo de “Salvad Nuestras Almas”, por cierto) en esa declaración. Como en todo texto redactado por estudiosos de la fe, caben mil interpretaciones, pero una de las más verosímiles es que se estuviera llamando a la rebelión. No a la de pensamiento, sino a la de obra.

Miedo a salir del rebaño

Ya sería hora de que fuera así. Los que estamos en el córner del catolicismo -y no digamos ya los que se sitúan definitivamente fuera- no acabamos de entender la capacidad de tragar quina de quienes son tan Iglesia como la cohorte vaticana y extravaticana que marca la doctrina pata negra. Quien pone el grito en el cielo (lo siento, todas las metáforas se me van por ahí) ante tal mansedumbre, recibe por toda explicación que estamos hablando de una institución bimilenaria donde las cosas no cambian de un día otro.

Dada la naturaleza -o sea, la no naturaleza- de la fe, es comprensible el terror al vacío, incluso el sentimiento de culpa que puede atormentar a quien se debate entre dar o no un paso adelante o un puñetazo en la mesa. No tiene que ser fácil encontrarse de pronto en una vida en la que las respuestas no están en el libro mágico. Tampoco aceptar que la decisión que se tomó tal vez hace veinte o treinta años guiada por algo inmaterial llamado “vocación” pudo haber sido un error. Y aún así, hay quien lo hace. Entre nosotros, Joxe Arregi ha sido el último caso notable. Con todo el dolor de su corazón y un coste personal inmenso, ha optado por colgar los hábitos y el sacerdocio franciscano. Es curioso que, al obrar así, ha hecho algo tan cristiano como predicar con ejemplo. Munilla teme que cunda.