Malo o peor

Mis recientes cabezazos en el muro del jurismo inmaculado me tienen sumido en una inmensa melancolía. Les confieso que ya no sé qué subespecie de la fauna togada y aledaña me provoca un acongoje más intenso. Hasta este último episodio, creía estar convencido de que el mal de la Justicia española reside en los que despachan autos, dictámenes y sentencias de acuerdo con su obediencia política o de su ideología; nótese que aunque suelen coincidir, no siempre son lo mismo. Me resultaba —y sigue resultándome— inconcebible que tengamos como algo absolutamente normal que las decisiones sean predecibles en función de la etiqueta, conservador o progresista, del juez o jueces en cuestión. Y conste que me parece igual de reprobable el modus operandi cuando el retorcimiento de las leyes conduce a un fallo que simpatiza con mis causas o ideas.

Pero, como les digo, frente a esos y esas profesionales de las leyes a veces demasiado humanos, de unos días a esta parte se me han aparecido los otros, los que juzgan desde una frialdad aséptica, levitando a un metro del suelo. Se comprende que, como cuentan algunos médicos que hacen, intenten no dejarse llevar por las emociones, precisamente para hacer mejor su trabajo. Pero sorprende y alarma que en esa toma de distancia acaben olvidando que sus decisiones afectan a seres humanos. Ojo, no solo a los implicados en una causa; también a la sociedad que va a conocer esas resoluciones. Por supuesto que no se trata de votar asambleariamente las condenas o las absoluciones. Es algo, diría, prejurídico. Tan simple como buscar impartir lo que mayoritariamente entendemos como justicia.

Bipartidismo a ratos

¡Las horas del tercer milenio que son, y este Montesquieu que no aparece! Van decenios ya sin saber nada de él. ¡A ver si va a ser verdad que está palmera y bien palmera, como porfió Alfonso Guerra en el cercanamente lejano o viceversa año del Señor (González) de 1985! ¿Lo creeremos? No sé, miren que también se daba por difunto al bipartidismo turnista español, y anteayer mismo renació de sus presuntas cenizas en forma de acuerdo, o sea, cambalache, para renovar el Consejo Superior del Poder Judicial. O del Joder Judicial, según el glorioso gazapo freudiano de ya no recuerdo qué veterano compañero del gremio plumífero.

Manda carallo con la Historia repitiéndose, no ya como farsa, sino como choteo infame. Les invito a bucear en la hemeroteca. Comprobarán cómo cada actualización del llamado gobierno de los jueces ha consistido en un desvergonzado apaño entre PSOE y PP, bien es cierto que con el concurso de otras siglas, incluidas las cercanas —se siente—, que en aras del pragmatismo ancestral, preferían estar en el baile, aunque fuera con la puntita, antes que en la grada.

¡Lo que se habrá quejado todo dios de la fórmula de marras! Hasta un tal Pedro Sánchez tiene dicho que había que “despolitizar el CGPJ” y que los partidos debían “dejar de proponer candidatos”. Pues ahí lo tienen, trapicheando con el pérfido Casado que el presidente de la cosa sea de la ganadería reaccionaria a cambio de que la mayoría de los vocales pertenezcan a la cuadra pretendidamente progre. Y en el papel de mamporreros y bendecidores de la componenda—mátame, camión— los apóstoles de la independencia judicial Iglesias y Garzón. Snif.

Otra AVT

A falta de uno, les vengo con dos remedios caseros contra los prejuicios. Con caseros quiero decir que salen de esta casa, es decir, el Grupo Noticias. El ingrediente principal de ambos es la claridad de ideas y la valentía para expresarlas de la misma persona, Alfonso Sánchez, actual presidente de la Asociación de Víctimas del Terrorismo. Tanto en la charla que mantuvimos con él el pasado viernes en Euskadi Hoy de Onda Vasca como en la entrevista de Javier Encinas de ayer en Diario de Noticias de Navarra se percibe desde la primera pregunta que cualquier parecido en materia de redaños y honradez con sus predecesores, los histriónicos Francisco José Alcaraz y Ángeles Pedraza, son pura coincidencia.

Víctima directa de ETA —en 1985 salvó la vida milagrosamente cuando estalló un coche bomba al paso del microbús en el que viajaba junto a otros guardias civiles—, no se deja guiar por el odio ni por las ganas de revancha. Y tampoco por los intereses partidistas, que denuncia sin tapujos: “Cuando un partido del arco parlamentario navarro tiene que utilizar a familiares de sus asesinados para a su vez enquistar a otras víctimas del terrorismo y, de esta forma, ir en contra del Gobierno, mal va la política”. Eso va, obviamente, por el PPN, al que afea que “tire los muertos a la cabeza” de sus oponentes.

Y respecto al acercamiento de presos, es verdad que Sánchez no es entusiasta partidario. Pero anoten sus palabras: “Yo no me puedo oponer al estado de derecho ni encadenarme a la Audiencia Nacional. Si se cumple la legalidad en torno a los presos de ETA, nosotros no sacaremos los pies del tiesto”. Mi respeto.