Malditos viejos

Ya no recuerdo si fue en esta campaña, en la otra, o en el interregno entre ambas, cuando la alegre muchachada lila sacó a paseo a sus abuelitos y abuelitas. Ese corral de La Pacheca a lo bestia llamado Twitter se llenó de tiernas fotos de mozalbetes de entre 16 y 50 tacos exhibiendo impúdicamente a sus adorados yayos. En un desafío a las matemáticas, la inteligencia y el conocimiento de la historia reciente de nivel medio, todos los entrañables veteranos eran glosados sin excepción como pertinaces luchadores antifranquistas y el copón de la baraja de la resistencia a los poderosos de cualquier signo. Se llegaba a preguntar uno cómo el malvado sistema no había caído hacía cinco o seis decenios.

Qué contraste, ese derroche de empalagoso almíbar hacia los decanos con la obscena descarga de bilis contra las personas mayores a la que nos toca asistir cada vez que unas elecciones o un referéndum no salen al gusto del chachidemócrata estándar. Se vio en el no escocés, en el dichoso Brexit del jueves pasado, y como resumen y corolario, en las elecciones del domingo. El inesperado atracón de votos del PP, el fracaso del anunciado sorpaso al PSOE y, sobre todo, la pérdida de un millón largo de papeletas de Unidos Podemos desencadenó un torrente de furia desatada. “Hay que eliminar las pensiones, a ver si los viejos la van cascando”, escupía uno. ”Qué ganas de que pasen 20 años y se mueran los putos viejos que votan al PP”, se engorilaba otro. Y como esas, decenas y decenas de aberrantes invectivas. Patanes anónimos, dirán. Cierto, pero no crean que ni uno solo de los conocidos salió a afearles la conducta.

¿Y recetar menos?

La primera en la frente. Por culpa de un flemón del tamaño de los caramelos de La Pilarica, me ha tocado estrenar el copago, o sea, el repago. Tampoco les voy a llorar por los 10 o 15 céntimos más que he tenido que soltar por la caja de antibióticos que han de devolver su forma habitual a mi de por sí irregular careto. Afortunadamente, aún me llega para eso. Me enterneció más ver en la cola de la farmacia a un abuelete echar mano de un ajado monedero con forma de D —qué recuerdos; mi paga infantil salía de uno igual— para extraer delicadamente el euro y pico que le correspondía. “Siempre nos ordeñan a los mismos”, dijo con más resignación que cabreo al depositar el dinero sobre el mostrador. En la larga fila, compuesta mayoritariamente por personas con mucha vida a cuestas, arreciaron comentarios similares.

A mi espalda, una señora apoyada en un bastón se preguntaba si tendría que elegir entre comer o curarse. Pronto le replicó otra: “¿Curarse? ¿Usted cree que todas estas medicinas que nos dan sirven para curarnos? Será para que nos muramos un poco más tarde, si hay suerte. Yo empecé tomando tres pastillas y ahora estoy con siete, además de unos sobres que saben fatal, un spray y un parche de los demonios”. Como era previsible, la hilera se convirtió en un concurso donde puntuaban el número de achaques y de boticas ingeridas per cápita junto a su posología detallada. Como documentos probatorios, gruesos fajos de recetas rojas que esperaban ser canjeadas —ahora previo pago parcial— por los remedios que, según la idea más generalizada entre sus consumidores, muestran una efectividad bastante dudosa.

Salí de la farmacia preguntándome si antes de lanzarse a morder el bolsillo más débil, las doctas autoridades sanitarias no se habrían planteado hasta qué punto es necesario convertir a los mayores —y a los que vamos camino de serlo— en laboratorios químicos humanos. ¿Y si se recetara menos?