Otros depredadores

El clamor, primero contra la sentencia a La Manada, y ahora contra la libertad provisional de sus miembros, está perfilando un retrato social muy positivo. Esa ciudadanía que parecía indolente y amodorrada demuestra que está dispuesta a pisar la calle y a dejarse a oír cuando se siente objeto de un atropello, y de modo particular, cuando el ataque es contra la libertad de las mujeres. La celeridad con que se han organizado las movilizaciones, su cantidad a lo largo de toda la geografía y el altísimo seguimiento, además de la enorme diversidad de las y los participantes nos hablan de un vigor social que —especialmente en determinadas latitudes— dábamos por perdido.

Como anoté en la columna anterior y sospecho que seguiré haciendo en el futuro, sería fantástico que el nervio no se quedara en pataleta nebulosa ni se redujera al asco infinito hacia cinco tipejos en concreto. Desgraciadamente, abundan las manadas. Además de las que se pueden cruzar en cualquier garito de copas nocturnas o en las fiestas de este o aquel pueblo, ahí tienen la de Alicante: cuatro alimañas que encerraron a una joven de 19 años en un piso y, según su denuncia, la violaron repetidamente durante 24 horas. Uno de los agresores huyó de España, otro está en la cárcel y los otros dos, en libertad. No es algo del pasado remotísimo. Ocurrió en abril de este año, apenas dos semanas antes de la sentencia sobre el quinteto de sabandijas sevillanas. Ni siquiera la coincidencia de fechas sirvió para poner el foco informativo en el caso, pese a que tenía ingredientes calcados al que había provocado el incendio popular. Cabe preguntarse por qué.

Algo más que indignarnos

Libertad provisional para los miembros de La Manada bajo fianza de 6.000 euros por cabeza. Lamento infinito escribir que no me sorprende en absoluto la decisión de la Audiencia de Navarra. Por descontado, deseaba otro desenlace, e incluso cuando nos llegó el primer chachau sin confirmar del todo, albergué la vana esperanza de que se tratara de un piscinazo que se vería desmentido con el tiempo. Sin embargo, los hechos contantes y sonantes junto al mínimo conocimiento del paño judicial apuntaban hacia lo que finalmente ha llegado a los titulares y ha provocado —eso también era de manual— que ardan las calles de santa y justa indignación.

Y está bien que gritemos, que nos desgañitemos movidos por la incredulidad, la rabia, la impotencia o la montaña rusa emocional que nos ha provocado ver negro sobre blanco la confirmación de los peores temores. Pero ese clamor no puede convertirse, como ya está ocurriendo, en el sempiterno concurso de la declaración más incendiaria o la proclama más biliosa. Ni tampoco debe tener carácter de pataleo difuso sobre la aplicación testicular de la Justicia. Ni orientarse en exclusiva a los cinco seres vomitivos que van a salir a la calle en cuestión de horas. No es la primera vez que escribo aquí que, aunque sea la más mediática, esta no es, ni de lejos, la única manada que practica la depredación sistemática. Si de verdad nos creemos lo que vociferamos hasta rompernos la garganta, tendríamos que conjurarnos para declarar la guerra sin cuartel a todos y cada uno de los machos que, individualmente o en jauría, se dedican a la caza de mujeres para satisfacer sus instintos. Hagámoslo.

Sombrío panorama

Pleno monográfico sobre pensiones en el Congreso de los Diputados, piensen lo peor y se quedarán cortos. Pura prestidigitación: nada por aquí, nada por allá. Pero literalmente nada. Una promesa de paupérrimo aguinaldo fiscal condicionada, para más inri, a la aprobación de unos Presupuestos que, de momento, dormitan en un cajón. Como no tenía suficientemente encabronados a los que protestan en las calles, el presidente Eme Punto les ha puesto la puntilla demostrándoles que, como sospechaban, los toma por parvos. Una ristra de ramplonas excusas de mal pagador; esa fue toda su artillería para calmar los ánimos crecientemente enardecidos. Apuesten lo que quieran a que las manifestaciones del sábado van a ser históricas.

Claro que si hay que decirlo todo, el fenómeno de Pontevedra tuvo enfrente unos adversarios a su misma altura, es decir, a su bajura. Los y las portavoces de la supuesta oposición no pasaron de sobreactuadas peroratas para la galería. Frases tan efectistas como vacías, espolvoreadas desde la ventajista comodidad que da saber que las propuestas no se van a confrontar con la realidad, que es lo bueno que tiene no gobernar. ¿Un impuesto a la banca (que acabarán apoquinando los paganini de costumbre)? ¿Reducir en tanques y/o quincallería varia de la Casa Real? ¿Cargarse la Reforma laboral de modo que el empleo no sea precario y así haya pasta a manta para repartir? No pasa ni como cuento de la lechera. Haciendo la media de los discursos de los que mandan y de los que aspiran a mandar, el panorama es para llorar mil ríos. Ni pájaro en mano ni ciento volando. No queda otra que protestar… más.

Nostalgias del 15-M

Simpaticé y sigo simpatizando con el 15-M. Por un instinto primario, más de epidermis que de masa gris. Por el reconocimiento retrospectivo de quien fui en no pocos de los que se echaron a la calle a descubrir la famosa playa bajo los adoquines. Por la certeza dolorosa —obtenida a hostia limpia— de que no la encontrarían, exactamente igual que les ocurrió a los primeros que la buscaron y a los que, bastantes años después de aquel fracaso, volvimos a intentarlo. En definitiva porque, como creo recordar que escribí hace tres años, no soy nadie para imponer ni mi biografía ni mi desencanto. Ni mi cinismo, por descontado.

Añado, supongo que contradiciéndome, que a la vista de las conmemoraciones, no he podido evitar la sensación de que se está celebrando, como tantas veces, una derrota. Me admira, eso sí, la celeridad con que la efeméride se ha instalado en el santoral laico. Parecía como si se llevasen decenios festejando algo que, calendario en mano, ocurrió anteayer, o atendiendo al presunto espíritu original, que debería estar ocurriendo todavía, porque aquello no era cosa de un día ni de dos.

Me pregunto si todo lo que va a quedar es eso, un bonito recuerdo, convenientemente magnificado y falseado en cada emotiva columna laudatoria escrita, ¡ay!, por individuos que han hecho de la indignación su nicho de mercado. Esos sí que se han dado de bruces con Malibú, Ipanema o, como poco, Benidorm, escondidas entre las piedras escarbadas por brazos menos finos que los suyos. No hay revolución, aunque sea nonata, que no resulte de provecho… siquiera para unos cuantos que saben situarse donde se debe.

Reventadores

Las marchas de la Dignidad estaban inspiradas exactamente por lo que enuncia su nombre. Los miles de hombres y mujeres que participaron en ellas no merecían que su titánico esfuerzo fuera vilmente pisoteado y reducido a una cuestión de orden público. Lo que iba a ser —¡y en buena medida fue!— la toma pacífica de Madrid para abrir ojos y despertar conciencias ha quedado en los medios como una (otra más) batalla campal, un suceso sujeto a las leyes implacables de la intoxicación. Y como ahí gana quien tiene los repetidores más potentes, la partida se la están llevando de calle la Delegación del Gobierno y el Ministerio del Interior, que llevan días suministrando material de casquería a granel. Material de primera, además. No hay redacción que se resista a difundir gañanadas como la del cenutrio que presumía, “todo de subidón”, de haber apedreado a un policía en el suelo o vídeos como los que mostraban a unos sulfurados gritando “¡Matad a esos hijos de puta!”. Por supuesto, imágenes de antidisturbios pateando cabezas, ni una; esas hay que buscarlas en Twitter, donde el ruido real supera de largo a las nueces.

Me pregunto si entre los organizadores, participantes y, sobre todo, jaleadores de sofá de las marchas, habrá una reflexión sobre cómo y por qué lo que podría y debería haber sido un hito de la protesta ciudadana ha acabado siendo vendido —y comprado, que es mucho peor— como una acción vandálica premeditada. Que siempre van a mentir los poderes del Estado, va de suyo. Ponérselo tan fácil consintiendo y justificando a los reventadores violentos es lo que me resulta incomprensible.

Un día de furia

En las páginas no impresas del programa del Bilbao Global Forum constaba que mientras los encorbatados piaban a cubierto sobre la eficacia con que joden al planeta, en las calles de más allá del cordón de seguridad se liaría parda. La destrucción estaba presupuestada y, por supuesto, amortizada, con la ventaja añadida de que los participantes en este bolo de provincias no iban a sufrir el menor quebranto de bolsillo ni de conciencia. Ahí nos las den todas, podrían pensar, si siquiera tuvieran un segundo que dedicar al paisaje después de una batalla que ni les va ni les viene. Ya se encargará quien corresponda de restituir las cristaleras, las persianas, las farolas, las señales o los sufridos contenedores. A tanto la pieza o el servicio, faltaría más, que el capitalismo también —o sobre todo— escribe derecho en renglones torcidos. Si será así, que hasta hay un nombre técnico para esto de descojonar las cosas y sustituirlas en espiral: demanda agregada.

Menudo compromiso, explicar a estas versiones pedestres de Atila que son tan esbirros del sistema como el que más. No lo van a entender, primero porque no les da para ello la cagarruta de oveja que tienen por cerebro, y segundo, porque aunque les diera, no les saldría de entre las ingles atender a razones. Lo suyo es la gresca por la gresca, darse un buen chute de adrenalina a costa de un escaparate o, si es el caso, de una dependienta que no llega ni a mileurista, y que luego venga el pisamoquetas acomplejado de turno a componerles un cantar de gesta. Entretanto, los que tenían algo por lo que protestar, a seguir pringando, los muy idiotas.

De Madrid a Kiev

¡Mecachis! Con lo felices que nos las prometíamos contemplando la estampa (creíamos que heroica) del pueblo rodeando el parlamento de Ucrania. Más de quince despistados ya habían tuiteado con un nudo en las teclas que viva la revolución, carajo o karajov, que el pueblo unido jamás será vencido, que sí se puede y la retahila de consignas de aluvión. Pero llegaron los cuatro o cinco pastores al mando, cayado en ristre, a desfacer el embeleco: que no, que estos no son de los nuestros. No son las masas derribando al tirano, sino una panda de fachas furibundos enviados por los malosos, previo pago de bocadillo y termo de café con vodka, a derribar la democracia. “Son la versión local del PP, que quiere conseguir en la calle lo que no obtuvo en las urnas”, llegué a leer a uno de los guías de cabestros. Y ahí me entró el descojono padre. Olé, los argumentos reversibles como los anoraks del Decathlon.

Miren, servidor de política ucraniana —o ucrania, como nos aleccionan que hay que decir ahora—, lo justito. O sea, lo mismo que los que estos días nos vienen con el máster en política internacional (subespecialidad repúblicas exsoviéticas) igual que hace unos meses exhibían sus doctorados en funcionamiento de frenos de trenes o lo que toque en la escaleta. Lo que ocurre es que con esos conocimientos de ir tirando, que me sitúan más cerca de la ignorancia que del saber, no me atrevo a pontificar quiénes son los buenos y los malos esta vez. Se me hace raro, es cierto, que haya decenas de miles de ciudadanos dispuestos a montar un pifostio para pertenecer a esta Europa maltratadora de dignidades. Pero si lo hacen, de lo suyo gastan.

Así que, por falta de datos, no voy al contenido sino al continente. Lo de Kiev es lo que se intentó hacer en Madrid y salió más bien tirando a regular. No me digan que no es gracioso que los que aplauden lo primero sean los que defenestraban lo segundo… y viceversa.