Vídeo mortal

No escribiré ni siquiera el nombre de pila de la mujer que se ha suicidado tras la difusión de un vídeo sexual en su centro de trabajo. Comprendo a los que sí lo han hecho, supongo que en nombre de esa filfa periodística que sostiene que el nombre humaniza a las víctimas, pero creo que no se dan cuenta de que en realidad están al servicio de la sed de morbo que se dispara con casos como este. No es casualidad que ese nombre sea, en varias combinaciones, la palabra más utilizada en los buscadores de pornografía de internet.

Si nos sobra ese dato, qué decir de las toneladas de pelos y señales con que nos abruman las crónicas sépticas sobre el asunto. Los poceros de la presunta información han llegado a su barrio, sus vecinos, sus amigos, su familia y hasta su misma casa. Poco queda por saber de las circunstancias biográficas de la fallecida. Y lo que queda se inventa impúdicamente, como hizo una reputada comunicadora radiofónica que en su programa deslizó la idea de que el culpable de la muerte era el marido porque “alguien que sabe que va a encontrar apoyo se siente más amparada”. Eso, después de que ella y sus tertuliantes espolvorearan por las ondas la mema teoría de que “a un hombre jamás le pasaría”, sin ser conscientes de que es exactamente la versión en pasiva de la melonada que había soltado cierto torero testosterónico. Tampoco faltó el dedo señalando la responsabilidad de la empresa, aunque sin precisar qué diablos debería haber hecho la compañía ante una situación así. En realidad, a quién le importa, si solo se trata de ganar el concurso de rasgado de vestiduras aprovechando una tragedia ajena.

Lo que se votó

No dejará de sorprenderme el ojo clínico y la perspicacia de muchos de mis congéneres. Les basta a los joíos atizarse un lametón en el dedo corazón y levantarlo enhiesto cual si fueran a hacer una peineta para tener la absoluta certidumbre de por dónde respira el personal. Pero todo todito. No hay  migaja del censo, especificidad, excepción o particularidad que se les escape en sus apreciaciones imposibles de rebatir. Así, por ejemplo, tras unas elecciones —ya saben ustedes a cuáles me refiero— que han arrojado como resultado algo que al común de los mortales le parece un puzzle endiablado, hacen frases que comienzan tal que así: “Lo que la sociedad española ha dicho es…”. Y acto seguido, te endilgan la verdad esférica correspondiente, con una posibilidad de error de, ya les digo, más menos cero.

Lo entretenido de estos prodigios de la demoscopia intuitiva es que se distribuyen en proporciones harto similares por los diferentes andurriales ideológicos. Eso nos lleva a diagnósticos igual de contundentes, pero parecidos entre sí como un huevo a una castaña. Así, unos proclaman que las urnas suspiran clarísimamente por una (gran) coalición de partidos de orden —lean PP, PSOE y Ciudadanos—, mientras otros porfían con idéntica seguridad que los votantes piden a gritos un gobierno de progreso del que tiren PSOE (está en todas) y Podemos, con la ayuda de un variopinto puñado de siglas.

Servidor, que no goza de la agudeza de los arúspices sapientísimos arriba mentados y que, de propina, tiene sangre gallega, solo alcanza a ver que el 20 de diciembre la gente votó lo que votó. Lo demás es puro humo.

Jóvenes… y jóvenes (2)

¡Ay, esas columnas que llevan adosada la prueba del nueve! Quizá sea que me hago peor tipo con los años, pero debo confesar que disfruto una migajita viendo cómo se cumplen las (nada meritorias) profecías, y las líneas juguetonas obran cual muleta a la que entran, casi en el orden y con el brío previstos, los morlacos de rigor.

Qué pena, por otra parte, que todo sea tan pronosticable, y, si vamos a las desafortunadas —insisto— palabras del presidente de Adegi sobre los jóvenes, que son las que dan origen a estas reflexiones, qué inmensa tristeza que la mayoría de las réplicas sean tan de trazo grueso como la salida de pata de banco que las ha provocado. Señal también de que cada vez vivimos más instalados en las explicaciones que exigen escaso o nulo desgaste neuronal. Y, aunque esto mismo que escribo tenga pinta de una, en las generalizaciones.

Cualquier expresión que pretenda abarcar la totalidad de un colectivo encierra una mentira. Por eso, a diferencia de Guibelalde y sus replicantes, yo no hablaba de la juventud, sino de jóvenes y jóvenes. Ahí caben miles de circunstancias y situaciones diferentes. No creo que haga falta ser un esclavista redomado si entre ellas se señala a un grupo (diría yo que creciente, aunque apuesto que no es en absoluto el más numeroso) de chavalas y chavales adocenados, cuando no aburguesados hasta el corvejón. Imposible negar que en nuestro entorno esto se ha dado en todas las generaciones desde el desarrollismo, y que parte de la culpa es de algunos de los y las que hace 20, 25 o 30 años fuimos jóvenes y, tal vez por una tara propia, los hemos educado así.

No todos son iguales

No hay encuesta, sondeo, barómetro o artilugio demoscópico que no refleje el descrédito creciente de la política en general y de quienes la ejercen en particular. Algo tendrá el agua cuando la maldicen. Quiero decir que esa desafección cada vez más difícil de distinguir de la animadversión se asienta en motivos contantes y sonantes. Un somero repaso a los titulares con o sin entrecomillados son un billete para una estación cada vez más lejana de la desconfianza. Sin vuelta, en la mayoría de los casos, me temo. Por poner un ejemplo reciente: ¿quién va a volver a creer una sola palabra a algún dirigente socialista navarro, empezando por el chisgarabís Jiménez, que aún tiene el cuajo de proclamar su “compromiso con el cambio progresista”?

El don Nadie de Pitillas, sus mandarines de Ferraz y los detentadores del régimen salvado una vez más por la campana encarnan a la perfección todo lo que de pútrido y nauseabundo tiene la política. Y sin embargo, si miran enfrente, exactamente enfrente, comprobarán la injusticia de la generalización. Salvando la candidez que ya les reproché cariñosamente, las otras cuatro formaciones de la oposición sí han estado a la altura. Llevan estándolo, en realidad, desde el arranque de esta legislatura rompepiernas, primero frente al matrimonio de vodevil que formaron la Doña y su lacayo, y después, en los interminables meses de la basura tras la expulsión del PSN del Gobierno. Por encima de las no pocas diferencias (y hasta cuentas pendientes) que hay entre las distintas siglas, han sido capaces de trabajar sin descanso por el objetivo común. No todos son iguales.

La sociedad interpretada

Lo que la sociedad vasca necesita es… La sociedad vasca quiere/no quiere… La sociedad vasca está pidiendo… Eso, en las fórmulas de tono más bajo, que luego están también los que se trepan a la parra para mentar clamores y exigencias irrenunciables con una ligereza que da entre risa y miedo. Hay que tener un ego de talla XXL o una desvergüenza oceánica para erigirse en intérprete o portavoz de decenas de miles de personas que apenas tienen en común la residencia en una delimitación geográfica determinada.

Soy el primero que padece esa inabarcabilidad de opiniones, pasiones, pulsiones y decepciones. Mi trabajo sería mucho más fácil si tuviera la certeza de por dónde respira el cuerpo social al que yo mismo pertenezco. Por supuesto que me vendría de perlas estar en el secreto del sentir mayoritario de quienes me rodean y a los que me dirijo. No para hablar o escribir al gusto, sino para saber a qué atenerme o para reducir el número de meteduras de pata, especialmente cuando utilizo los genéricos. Sin embargo, a lo más que llego es a una leve intuición, a una impresión o, si nos ponemos académicos, a un teorema imposible de probar científicamente. Lo que uno percibe frente a lo que realmente es, ¿quién se atreve a asegurar que siempre coinciden lo uno y lo otro?

La respuesta debería ser que muy pocos, pero los discursos y las declaraciones conducen a creer exactamente lo contrario: allá donde hay un micrófono te encuentras a alguien dispuesto a contarte sin margen de error lo que la sociedad vasca (o la que sea) piensa de esto o de lo otro. Incluso sobre cuestiones de las que jamás has detectado el menor interés en bares, parques, autobuses, centros comerciales, comidas familiares y, en fin, esos lugares y situaciones donde nos codeamos con los individuos que conforman la tal sociedad.

Tirar de argumentario

No todo va a ser encabronarse. Hasta a las situaciones que provocan mala sangre y peor bilis se les puede encontrar un par de aristas cómicas como desfogue. En el caso del aguacero de ponzoña que se ha desatado sobre el PP, uno de esos divertimentos colaterales consiste en descubrir la consigna de la jornada. Ya desde la primera mañana en que Pedro Jota abrió la espita admonitoria, salieron del paritorio de mantras de la calle Génova un par de folios con las pildoritas que los peperos debían introducir en su discurso defensivo. Como no se le pueden poner puertas al campo y menos a internet, las papelas con el logo de la gaviota, en principio destinadas al consumo exclusivamente interno, circularon a tutiplén para regocijo y/o vergüenza ajena del personal. Tiene bemoles que a mujeres y hombres hechos y derechos les tengan que poner por escrito que reciten, por ejemplo, lo siguiente: “El PP supo la existencia de estas noticias al mismo tiempo que los medios de comunicación”. Toma alarde de creatividad.

El resto de los despejes a córner del decálogo son de parecido pelo y nos las han ido machacando en sus parraplas más o menos atribuladas portavoces de toda graduación del partido señalado, desde Rajoy en persona al último concejal de parques y jardines con carné. Eso sí, con una cierta metodología y de acuerdo con los pitidos de un silbato que cada día ha ido indicando en qué martingala había que concentrarse. Piiiiií: Bárcenas se dio de baja como militante. Piiiiií: somos tan transparentes que vamos a encargar una auditoria externa y una investigación de puertas adentro. Piiiiií: preguntar por los sobres es una ofensa inadmisible. Piiiiií: El PSOE también tiene mucho que explicar.

La letanía ahora mismo vigente es una especie de resumen y corolario de todas las demás. Sostiene que es injusto generalizar y que la mayoría de los políticos son honrados. Y nosotros, queriendo creerlo.