El nuevo búnker

Como apuntó Marx, a la Historia le encanta versionearse a sí misma una y otra vez, y en cada bis, de un modo más chusco que el anterior. Miren, por ejemplo, lo patético que era, hace cuarenta años, el búnker franquista. Parecía imposible remedar la caspa grasienta que expelían por toneladas aquellos grotescos individuos tan cortos de mente, que ni se daban cuenta de que sus excamaradas a los que tildaban de traidores eran igual de fachas que ellos solo que lo suficientemente listos para sobrevivir previo cambio de chaqueta. Pues fíjense en sus equivalentes, casi clones, de la actualidad, que no son otros —diría “y otras”, pero juraría que no hay ninguna mujer— que los componentes de la vieja guardia del PSOE. O del búnker, que la palabra les cuadra exactamente igual que a sus antecedentes de camisa azul y correaje.

No sabe uno si reír o vomitar ante la reaparición de esta panda de zombis de lustrosa cartera y largo, ancho y profundo saco de fechorías acreditadas. Impunes, en la mayoría de los casos, lo que multiplica por cien la grima que dan. Hace falta desparpajo. Se reclaman ahora custodios del santo grial socialista y exigen a los jóvenes dirigentes que tengan respeto a las canas y a las arrugas. ¡Ellos, que empezaron sus bribonadas defenestrando sin piedad (y con financiación de muy oscuro origen) a sus mayores entre Touluse y Suresnes, para luego asesinar definitivamente su ideología en el (infausto) XXVIII Congreso! ¡Ellos, los del GAL, la patada en la puerta, la LOAPA, los pelotazos siderales, la corrupción institucionalizada y, en resumen, lo más turbio e inmoral de los últimos decenios!

Peste o cólera

La parte más diabólica de mi desea por lo bajini que se celebren nuevas elecciones. Si hace falta, unas cada domingo hasta que den los números para armar un gobierno español lo suficientemente estable. Luego me entra la razón y la responsabilidad, y me da por pensar que no se va a llegar a tanto. También es cierto que no se me ocurre cómo evitar, por lo menos, una repetición. Mirando y remirando la situación actual, parece imposible lograr una suma con las garantías mínimas para echar a andar.

Salvo que se me pase por alto alguna combinación, ahora mismo la disyuntiva es peste o cólera. O vuelta a las urnas o Gran Coalición. Ya escribí, y no tengo motivos para haber cambiado de idea, que esta vez el PSOE no va a pegarse ese tiro en la sien. También es verdad que me despistó que a la salida de su cita con Rajoy, Pedro Sánchez dijera que la reedición de los comicios era “la última opción”. Eso cabría interpretarse como que la penúltima podría ser la santa alianza con el PP por la que suspira—¡y presiona!— lo más granado y económicamente poderoso de la carcundia hispana. Como ejemplo, esa portada de ayer del diario Expansión donde Jaime Mayor Oreja, José Luis Corcuera, Carlos Solchaga y otra docena que tal baila clamaban por un “Pacto de Estado”. Insisto en que no veo a Ferraz inmolándose en esa pira.

¿Y un gobierno de progreso? Sonar, suena de cine. Otra cosa es que haya mimbres para trenzar tal cesto. Aun haciendo acopio de todo mi pragmatismo, me resulta muy difícil considerar progresista a un ejecutivo liderado por una formación política con la trayectoria reciente y menos reciente del PSOE.