Perdiendo el sur

Se consumó la tragicomedia del sur. A las cinco de la tarde (minuto arriba o abajo, no nos pongamos quisquillosos), como en el poema del bardo hecho desaparecer por rojo y maricón, un chisgarabís que se hace llamar Juanma Moreno se convertía en el primer presidente no socialista de Andalucía. ¿No socialista, escribe usted, señor columnero? De acuerdo, esta vez sí acepto la precisión. De un partido distinto al PSOE, quería decir, que no es exactamente lo mismo que lo anterior.

También es cierto que esa evidencia no ha evitado el concierto de plañidos rituales por la pérdida de un cortijo que se antojaba imposible de desahuciar. Por aquello de la batalla del relato, supongo, se cuenta la vaina como si la llegada de la derecha desorejada al poder fuera una especie de maldición bíblica, un accidente o directamente una asonada militar. Y allá quien quiera engañarse, pero no hace falta consultar el VAR para saber que el revolcón fue en las urnas. Ocurrió que unos centenares de miles de seres humanos con nariz y ojos optaron por una de las tres facciones de lo que el cachondo de Aznar sigue llamando el centro-derecha. Eso, al tiempo que otros seres humanos, dotados igualmente de órganos para la visión y el olfato, decidieron quedarse en casa, hasta el gorro de sentirse mangoneados por fuerzas que se proclaman de izquierdas.

Ahora que el mal ya está hecho, de poco sirve cogerla llorona. Esas venidas arriba dialécticas, esas manifestaciones multitudinarias al grito de “¡No pasarán!” pueden resultar de lo más estéticas y seguramente hasta justas y necesarias. Pero si no se acompañan de autocrítica, no sirven de nada.

Tantas fotos

Me rasco la coronilla con perplejidad al ver en la página 11 de DEIA de ayer una fotografía del alcalde de Bilbao, Juan María Aburto, junto a las y los portavoces de los seis grupos con representación en el ayuntamiento de la Villa. Copa en mano —a esto también habrá quien le sacará punta— y sonrisa más o menos forzada en ristre, brindan por el 2109 electoral que tenemos ya encima. Insisto: no falta ninguna sigla. Estaría por jurar que hay instantáneas similares de multitud de instituciones que a nadie le han salido de ojo ni han provocado la polvareda de diseño que la que publicó el otro día cierto diario que nunca cita a Onda Vasca y al que, en justa correspondencia, tampoco llamaré por su nombre.

Sí les cuento, por si no están al corriente, que se trata de una imagen en que aparecen compartiendo cena navideña Andoni Ortuzar, Arnaldo Otegi, Idoia Mendia y Lander Martínez; ya ven que de saque brilla por su ausencia el PP. En realidad, la cosa debería haberse quedado en otra de esas ocurrencias que tenemos los medios porque ya no sabemos qué inventar para llamar la atención y, no nos engañemos, porque los protagonistas suelen prestarse. Ocurrió, sin embargo, que esta vez a José María Múgica, hijo del abogado Fernando Múgica, asesinado por ETA en 1996, le disgustó ver a la secretaria general del PSE en actitud amistosa con Otegi, y pidió la baja del partido en el que militaba desde hace 40 años. A lo humanamente comprensible y respetable de tal decisión, ha seguido una gresca en la que nadie, absolutamente nadie, se ha privado de chapotear. Es el minuto de juego y resultado de lo que llamamos normalización.

El PSOE pierde su feudo

Por si alguien lo dudaba, las tres diestras que salieron del mismo tronco han aparcado las presuntas diferencias y, salvo milagro de última hora, van a sumar mayoría de gobierno en Andalucía. Luego vendrán, apuéstense lo que quieran, vendiendo esta o aquella moto para que no parezca un pacto, pero lo será con todas las de la ley. Uno de perdedores, por cierto, si atendemos a la terminología que hasta anteayer ha sido matraca ad nauseam de los que ahora hacen piña para echar al PSOE de la poltrona ocupada durante 36 años, casi nada.

Y de esa eternidad al mando de la Bética y la Penibética me sale otra hilacha argumental. Porque es verdad que da para mucho cagüental asistir al apaño con una formación de extrema derecha sin complejos, pero aparte de lo escasamente sorprendente del hecho, no podemos obviar que el primer culpable del bofetón en las urnas fue el propio partido que desde hace tres decenios y pico ha hecho mangas y capirotes creyéndose impune en los tribunales y ante un electorado al que ha tratado como un rebaño.

Tanto ha ido el cántaro a la fuente, que al final ha saltado por los aires, dejando a Susana Díaz con una mano delante y la otra detrás. Si no fuera porque esta hostia también lo es en su cara, Pedro Sánchez tendría motivos para despiporrarse de la risa ante la caída en desgracia de quien intentó buscarle la ruina por tierra, mar y aire, y muy cerca estuvo de conseguirlo. Al correr de los calendarios, mal que bien, Sánchez sigue durmiendo en Moncloa, mientras Díaz, que no ha currado un día de su vida por cuenta ajena, aguarda que le señalen la puerta giratoria correspondiente. Qué pena.

Marchena el digno

Miren por dónde, al magistrado Manuel Marchena le nace la dignidad con una semana de retraso —en simulado y diferido, que diría la políticamente difunta Cospedal— y saca un comunicado renunciando a presidir esa casa de tócame Roque que llaman Consejo General del Poder Judicial. Premio para el que tenga la presencia de ánimo suficiente para reprimir la carcajada seguida del vómito. Hay que gastar una desvergüenza de talla triple XL para arrearse un comunicado jactándose de ser la releche en verso de la ausencia de mácula después de siete días en boca de todo chirichi como el vendedor de su alma al bipartidismo renacido a cambio de un puesto de relumbrón. Viene a preguntarnos el mengano en su tardía descarga de amor propio que por quién le tomamos. Y cabe contestarle a lo George Bernard Shaw: quién y qué es ya ha quedado claro; ahora se está negociando el precio.

Corrijo: se estaba negociando. La renuncia al puesto que se le había otorgado por adelantado ha mandado al carajo todo el cambalache entre PSOE y PP para repartirse las fidelidades y las poltronas del presunto órgano de gobierno de los jueces. Por si faltaran pelendengues a la broma, la formación que rompe es la de Casado, cuando la espoleta que lo revienta todo son unos guasaps del senador pepero (y cosas peores), Ignacio Cosidó, en los que se vanagloria del trapicheo.

La conclusión provisional es que volvemos a la casilla de salida, solo que con unos cuantos jirones más en el descrédito de la Justicia. Y no digamos ya en el de la política, que no ha de pasarse por alto que el fétido episodio venía bendecido por el silencio cómplice de Unidos Podemos.

De Delgado a Cospedal

Era cuestión de tiempo que la cenagosa e interminable fonoteca del madero podrido Villarejo regurgitase una grabación que mostrase en porretas a algún ser humano con ojos del Partido Popular. Le ha tocado —también es verdad que tenía muchos boletos, ¿verdad, Soraya SdeS?— a la hasta anteayer soberbia mandamucho María Dolores de Cospedal. Conforme a la coreografía habitual, un presunto diario digital ha ido suministrando las piadas de la doña y su maromo, el tal Del Hierro, en progresión geométrica. Primero la puntita, luego una dosis cumplidita y después, el tracatrá final. O bueno, semifinal, porque tiene pinta de que quedan más jugosas entregas.

Más allá de la gravedad de lo revelado por las cintas marrones, que apenas es medio diapasón sobre lo que ya imaginábamos, el episodio nos sitúa ante el espejo de la política española. Primero, porque queda tan claro como ya sospechábamos que las cloacas del estado eran frecuentadas indistintamente y con igual desparpajo por tipas y tipos de las dos siglas que han conformado el asfixiante bipartidismo aún sin extinguir del todo. Segundo, y diría que especialmente relevante, porque las reacciones de los partidos de las pilladas en renuncio prueban la asquerosa hipocresía que impulsa sus actuaciones.

Cuando la cazada fue la ministra de Justicia del gobierno de Pedro Sánchez, el PP saltó a la yugular y el PSOE clamaba que era una infamia seguir el juego a chantajistas sin escrúpulos. Ahora los papeles están exactamente invertidos. Desde estas modestas líneas reclamo idéntica vara para ambas Dolores, Delgado y Cospedal. Y por supuesto, lo mismo para el Borbón viejo.

Dimitir tarde y mal

He ahí el precio de la palabra de Pedro Sánchez Pérez-Castejón. “Está haciendo un gran trabajo y lo va a seguir haciendo”, porfiaba con contundencia el presidente de los cien días y pico apenas tres horas antes de que Carmen Montón, cautiva, desarmada y pillada en un marrón de pantalón largo, cumpliera con su destino manifiesto y anunciara su dimisión como ministra de Sanidad. Tardaremos medio teleberri en estar al cabo de la calle de la intrahistoria —así se dice en fino— de este triste final a la altura del patetismo de todo el episodio, pero basta conocer una migaja el paño para tener la certeza de que en el momento de proclamar la continuidad de la atribulada miembro de su gabinete, Sánchez ya sabía que la mengana era un fiambre político. Caray con el campeón sideral de la pulcritud y la transparencia, menudo retrato.

Y respecto a la dimisionaria por la fuerza, casi mejor corremos un tupido velo. Sin tiempo para conocerla por sus obras —ni casi por su nombre, confiésenlo—, Montón se ha hecho una celebridad del esperpento político. Cada uno de sus balbuceos sobre su máster fulero de la Universidad Rey Juan Carlos provocaba más bochorno y estupefacción que el anterior. Algún día ella misma se escuchará diciendo que no sabía dónde se impartían las clases porque iba en taxi, y querrá que se la trague la tierra. Claro que antes tendrá que sincerarse ante el espejo y admitir que lo suyo fue un Cifuentes o un Casado de manual, lo que seguía negando con obstinación en el instante mismo de echar pie a tierra. Vaya tomando nota, por cierto, el o la siguiente del Consejo de Ministros. No suele haber dos sin tres.

Casi impecable

Vaya, un tanto anticlimático lo de Maxim Huerta en Cultura, cuando la progresión de los anuncios parecía prometer, como poco, a Antonio Banderas o, qué sé yo, a Iniesta. Y más en serio, bajón con interrogante respecto a la elección de Grande-Marlaska para Interior. La bibliografía que tiene presentada el superjuez en lo que nos toca más de cerca no invita a albergar grandes esperanzas respecto a esos cuatro asuntillos —o sea, asuntazos— que tenemos pendientes por aquí arriba. Claro que pasan de media docena las ocasiones en que hemos comprobado que los hechos más audaces han tenido los protagonistas menos esperados. Veremos. Es decir, ojalá veamos.

Por lo demás, comentario puntilloso arriba o abajo sobre Borrell o sobre la ministra Montero, tan poco amiga de Concierto y Convenio, no tengo el menor empacho en reconocer que es el mejor gobierno español que soy capaz de recordar. Y recuerdo todos, ojo, que empecé con pantalón corto a chutarme en vena la farlopa politiquera. Ni de lejos podía imaginar una composición así, y solo puedo quitarme el cráneo ante quienes se la han sacado de la sobaquera en tiempo récord. Toma y vuelve a tomar con el Gobierno Frankenstein.

En la cita anterior es donde nos encontramos con un PP en pánico y con Albert Rivera al borde del llanto incontrolable. Él, que ya tocaba con la yema de los dedos el pelo monclovita, se ha quedado con el molde y, de propina, con la angustia de pensar que a lo peor se queda para vestir santos. En cuanto a Pablo Iglesias, también cabe imaginarlo rascándose la cabeza y barruntando lo que casi todos, que aquí el más tonto hace relojes.