Aroma a 155

Uno de los efectos colaterales pero no menores de la sentencia del Procés ha sido confirmar que Pedro Sánchez se ha pasado a la acera de los partidarios del jarabe de palo. Es decir, ha vuelto ahí, pues cualquiera con dos gotas de memoria recordará que en la mismita antevíspera de la inverosímil moción de censura que lo llevó a Moncloa el tipo le sacaba a Rajoy varias traineras en materia de descalificativos hacia el soberanismo. A Torra lo trataba por entonces poco menos que de nazi tocado del ala. Luego, los escaños de ERC y PdeCat se le hicieron de oro en su equilibrismo aritmético, y llegó el tiempo de las mesas de deshielo, el diálogo, la plurinacionalidad megamolona y el catalán hablado en la intimidad.

Todo, pura estrategia pergeñada por su chamán, Iván Redondo, que es el mismo que, después de haber escrutado las vísceras de una gaviota, le ha reconducido a la senda de la garrota contra los disolventes secesionistas. Fíjense que si fuera por motivos realmente ideológicos, hasta resultaría medio respetable. Pero no. Volvemos al cálculo puro y duro. A cuatro semanas de las elecciones del 10 de noviembre, alguien ha creído intuir que el voto mesetario, submesetario y parte del suprasemesetario depende de la firmeza ante el pérfido desafío secesionista.

Ojo, que la jugada no va solo de cosechar sufragios, sino de granjearse la abstención presuntamente desbloqueadora de PP y, si fuera el caso, los restos de serie de Ciudadanos. La funesta noticia para los que creemos en las soluciones políticas es que en esa operación de atraerse a azules y naranjas Sánchez no se va a parar en barras. Empieza a oler a 155.

Cifuentes canta

Ya tardan Netflix, HBO o la productora de José Luis Moreno en rodar una serie basada en el celérico auge y la vertiginosa caída de Cristina Cifuentes. Y no crean que les saldría caro el invento. Podrían ahorrarse, como poco, los guionistas y la protagonista, porque ella misma se basta y se sobra para interpretarse y escribirse los diálogos más lisérgicos. Lo demostró ayer frente a las cámaras de Telecinco, que haciendo honor a su alcanforado lema de la época de las mamachichos —la cadena amiga—, invitó a la recién imputada de la Púnica a una sesión de desfogue y liberación biliar.

Como era obvio, había ganas de vendetta. Calculen ustedes la mala sangre que habrá acumulado la doña en los 16 meses que han pasado desde su abochornante renuncia tras la difusión del vídeo de las cremas afanadas en un híper. Así que la doliente y dolida Cifuentes entró con todo contra sus todavía compañeros de militancia, que no por nada hablan de ella como cadáver político que lastra el partido. “Mi calvario judicial es producto del fuego amigo”, repitió en varias versiones con leves modificaciones. Su descarnada acusación es que desde que alguien la señaló como recambio de Rajoy, las manos negras de Génova se confabularon con las cloacas del estado para buscarle la ruina.

Lo cierto es que, más allá de la sobreactuación y de la tardanza en la denuncia, sus dardos verbales suenan bastante verosímiles. Es lo que cualquiera que sume dos y dos y conozca los usos y costumbres de la casa imagina que ocurrió. Pero eso no la libra de culpa ni explica los episodios de sus másteres de pega ni su patética resistencia antes de dimitir.

Aguirre, por fin

Parece que se acaba la leyenda de la baraka, o más castizamente, de la flor en el culo de Esperanza Aguirre. Después de salir ilesa de un hostiazo de helicóptero y de una mascare terrorista en Bombay, y de haberse ido de rositas de los quintales de casos judiciales contra su partido, por fin un magistrado la cita como imputada. En octubre, en lo que se diría un adelanto de San Martín, la otrora llamada lideresa deberá declarar en compañía de su delfina fallida, Cristina Cifuentes, y de otros cuarenta presuntos mangantes en el sumario del caso Púnica. Y, parafraseando al jubilado Rajoy, no es cosa menor sino muy mayor la acusación que le hace el instructor. Negro sobre blanco, se le atribuye la organización y supervisión de la caja b del PP madrileño para financiar unas campañas electorales “dirigidas fundamentalmente a fortalecer y vigorizar su figura política y consolidarla como presidenta de la Comunidad de Madrid”. Fin de la cita, diría el arriba mentado Mariano.

Genio y figura hasta más allá de la sepultura política en la que ya descansa desde hace un tiempo, la doña proclama que acudirá al juzgado “con mucho gusto” para defender su (¡ja!) inocencia. Entretanto, sus vástagos políticos que ahora ocupan la cúpula gaviotil o el mismo gobierno gafado —¡todos imputados, desde Gallardón!— que presidió ella ya la han convertido en “esa señora de la que usted me habla”. O en algo peor. Cuenta La Razón, uno de los órganos oficiosos de Génova, que en el núcleo duro del PP se ha llegado a calificar a Aguirre y Cifuentes como “dos cadáveres políticos que siguen lastrando la imagen del PP”. Más palomitas, por favor.

Un filoetarra del PP

Impresionante magnanimidad, la del PP español. Desde su alto pedestal genovés, la banda liderada por el de los másteres de chicha y nabo asegura estar dispuesta a archivar el expediente que se le ha abierto a su único juntero en Gipuzkoa, Juan Carlos Cano. En actitud literal de perdonavidas, un tal Antonio González Terol, portavoz accidental de los gavioteros, proclama obrar en pos de rebajar la tensión, o sea, la santa y justa indignación de la sucursal del norte ante la villanía sin nombre cometida sobre uno de sus militantes más intachables. Resumiendo, aquí paz y después gloria, pelillos a la mar, circulen, que no hay nada más que ver.

Ocurre que la infamia ya está hecha, y por mucho que el auto de fe acabe un cajón, nada podrá borrar el inmenso daño que se le ha infligido a Cano por haber tenido un puñetero despiste. Todo lo que hizo, como saben, fue votar por error al candidato de EH Bildu a presidir la Comisión de Derechos Humanos del parlamento foral. Un voto que ni siquiera cambiaba nada, pues el aspirante tenía apoyos de sobra para ser elegido. Pero ahí fue cuando el ultramonte mediático olió la sangre y salió en tromba a convertir en filoetarra desorejado a un hombre que vivió tres lustros con escolta y que estuvo a un tris de ser asesinado por el mismo comando que se llevó por delante en Andoain a José Luis López de Lacalle y Joseba Pagazaurtundua.

Así las gasta la jauría cavernaria, que acabó triunfante. En lugar de poner pie en pared, la melindrosa dirección pepera se sumó al linchamiento con el oprobioso expediente. Por fortuna, el PP vasco esta vez sí ha estado a la altura. Conste en acta.

Colocar a Maroto

El pasado 28 de abril, Javier Maroto, encabezando la lista del PP por Araba, cosechó los peores resultados históricos de su formación en el territorio. No solo se quedó sin el escaño que desde tiempo inmemorial se da por seguro para la sucursal vascongada de Génova, sino que esa acta fue para EH Bildu. Y ocurrió así, en buena medida, porque muchas personas que no son de la izquierda abertzale optaron por el candidato de la coalición soberanista, Iñaki Ruiz de Pinedo, solo para evitar que saliera Maroto. Me suelo tentar las ropas ante expresiones como “las urnas han hablado claramente”, pero en este caso, me parece que se ajusta a la realidad. Pocas veces ha sido tan evidente que una gran parte de la ciudadanía alavesa utilizó su papeleta con un fin determinado: que el antiguo (y nada añorado) alcalde de la capital no ocupara un puesto institucional.

Pues ya ven el respeto a la voluntad popular. Desde que el descabalgado Maroto —que también lo fue de sus responsabilidades en el partido, como culpable del tortazo electoral— se quedó al pairo, el PP no ha dejado de mover hilos para encalomarlo como fuera. La primera intentona fue endiñarlo como senador autonómico por la Comunidad Valenciana, lo que los populares locales evitaron porque tenían culos por acomodar. Fracasado ese plan y otros tan descabellados, el actual parece que pasa por colar a Maroto nuevamente como senador autonómico, pero esta vez por Castilla y León. Tal cual es la política. Un zutano al que en su tierra le han dicho que no lo quieren ni en pintura es susceptible de colocación desde un territorio con el que no tiene el menor vínculo. Ascazo.

¿Y la abstención?

En la terminología al uso, lo que Pedro Sánchez está haciendo con Pablo Iglesias se denomina troleo. Del nueve largo, además, porque el eterno presidente en funciones arrea en las partes más expuestas de su atribulado adversario. ¿No era Iglesias el que no hace tanto exigía negociaciones en streaming, o sea, transmitidas en directo? Pues ahí se va Sánchez a la televisión pública a anunciar urbi et orbi que cuando tenga un rato le va a llamar por teléfono para proponerle la penúltima ocurrencia de su hechicero, que básicamente consiste en marear la perdiz. Todo lo que le quedó al líder de Podemos, que andaba ante otra alcahofa, fue decir que no son formas, pero que bueno, que vale, y que ya procurará tener el móvil con batería. Todo, para que a media tarde, el inquilino interino de La Moncloa corriera a tuitear que ya había llamado a Pablo y que este pasa un kilo, jo qu péna.

Esa es la política en tiempos de Twitter. Como dicen que dijo aquel torero, lo importante no es hacerlo sino contar que lo has hecho. Y para que a cada capítulo no le falte su novedad, mientras sigue la trama pimpinelesca, se suelta la especie, a lo Gila, de que en las sesiones de investidura “pasarán cosas”. ¿Qué cosas? Pues, por ejemplo, que el Partido Popular se abstenga. De momento, no es más que un asustapardillos, pero si yo fuera el Iván Redondo de Pablo Casado, le animaría a darle una vuelta. De saque, quedaría como generoso hombre de estado que piensa antes en la estabilidad de la Nación que en su propio interés. A partir de ahí, tendría un gobierno débil cabreado con su sostén natural al que atizar hasta en el cielo de la boca.

Tormenta en la triderecha

El espectáculo a cargo de los integrantes de triángulo escaleno de la derecha está resultando impagable. Aunque conociendo el percal, ya sospechábamos que tanta testosterona de cuarta y tanta cerrilidad reunidas implicaba riesgo explosivo, la calidad de la reyerta supera todas las expectativas. Y tengo la impresión de que todavía nos quedan unos cuantos pifostios a los que asistir desde butaca de patio.

La cosa es que recuerdo haber escrito sobre esto hace unas semanas, y mi pronóstico de entonces no se ha cumplido. No del todo, por lo menos. Vaticinaba que pese a la condición de Vox de partido gamberro, la sangre no acabaría llegando al río. Se antojaba complicado que se malbaratara la santa misión de sacar del poder al rojo-morado-separatismo solo por un quítame allá esas zancadillas y esos escupitajos intercambiados. Ya ven, sin embargo, que este es el minuto en que lo de Murcia se ha descacharrado y lo de Madrid Comunidad empieza a cantar a fiasco también.

¿Es comprensible? Desde lo más humano, diría que sí. Sé que les pido algo complicado, pero esfuércense en meterse en la piel de los dirigentes y militantes de Vox. El trato que están recibiendo —otro asunto es que se lo merezcan y que nos importe una higa— por parte de sus presuntos aliados azules y naranjas, especialmente de estos, no es de recibo. Partiendo de la necesidad perentoria e inexcusable de los votos de la banda de Abascal, es de una golfería supina seguir vendiendo la especie de que no hay ninguna posibilidad de negociación y hasta poniendo cara de asco o de usted por quién me toma al referirse a quienes les tienen pillados por la ingle.