Nadie pierde

Si nos ceñimos a la demarcación autonómica, las elecciones del domingo respondieron al clásico de la victoria de todos y cada uno de los contendientes. Creía uno que era cosa de la adrenalina (y otras sustancias) de la noche del recuento, pero avanzan los días y no remiten los cánticos triunfales. Ahí sigue, por ejemplo, el PP liofilizado hasta el extremo proclamando ser la única referencia de no se sabe muy bien qué. O haciendo la ola a Sémper, el candidato que necesitó esconder las siglas para ganar —¡oh, paradoja!— al propio PP, pues le sacó unos cientos de votos en Donostia a los aspirantes a Juntas y al parlamento europeo. Apúntese el mérito, por cierto, al carismático irundarra y a su director de campaña, Juan Muñoz Baroja, dos outsiders.

Un peldaño más arriba de los exgaviotiles, Elkarrekin Podemos festeja no haberse dejado los dientes en las urnas como su casa nodriza. Es humanamente entendible, si no fuera porque apenas anteayer se había anunciado también el asalto a los cielos y el desalojo sin contemplaciones de los malvados jeltzales. Otra vez será.

En cuanto al PSE, no faltan motivos de algarabía. Hace nada estaban muertos y hoy han recuperado una pilada de votos que no les sirven para ser alternativa vasca, pero sí excelente muleta con acceso a mucho pelo gubernamental. Y qué decir de EH Bildu, ahora conocida, según ratos, como la izquierda independentista o solo soberanista. Sus resultados fueron, efectivamente, históricos; los números cantan. Otra cosa es que no alcancen ni de lejos para cubrir ninguno de los grandes o medianos objetivos. Si se trataba de ser segundos, procede la enhorabuena.

Esconder las siglas

Para mi sorpresa, se festeja como novedad y gran hallazgo que algún candidato a alcalde haga campaña prescindiendo de las siglas de su partido, es decir, escondiéndolas. Al ejemplo más célebre y celebrado, Borja Sémper, le pregunté una gotita a mala leche si las iniciales BS eran de Banco de Santander o de Sabadell, y él me hizo una cobra dialéctica. En lugar de contestar, me colocó la falaz teórica de las municipales como elecciones en las que se pondera lo humano y lo cercano por encima de las ideologías.

Efectivamente, es obvio que la impronta personal del candidato o de la candidata es en un buen montón de casos lo que impulsa de forma decisiva el voto de sus vecinos. Hay mil y un regidores que, ejerciendo como versos libres de sus organizaciones y hasta siendo un dolor de muelas, obtienen mejores resultados que los que las siglas de referencia cosechan en otros comicios. Azkuna, Odón Elorza en un tiempo o José Ángel Cuerda son el prototipo de lo que apunto. Nótese que, a diferencia del mentado Sémper, todos cimentaron su crédito extra después de haber ejercido como alcaldes. Por lo demás, ninguno de ellos ocultó a sus posibles votantes que se presentaban bajo unas siglas concretas, cuya ideología troncal, y aún con cierta manga ancha, marcaría a la postre su actuación al frente del consistorio.

Y falta, claro, el detalle fundamental, que apuntaba con tino la tuitera Ángela Mártinez de Albéniz: quien paga la campaña es el partido, no el candidato. Mientras sea así, y aunque se comprenda humana y estratégicamente que se practique, el birlibirloque de las siglas tiene bastante de descortesía y de postureo.

Eterno viaje al centro

Desde el mismo día en que se fundó para disimular sus orígenes netamente franquistas —Fraga, Arias Navarro, el blanqueado Areilza y un porrón de ministros del dictador—, el PP ha estado viajando al centro. Con más o menos brío, las cantinelas de la huida de los extremos, la moderación, y/o el liberalismo civilizado no han dejado de acompañar la trayectoria zigzagueante del partido hoy liderado (es un decir) por esa menudencia intelectual llamada Pablo Casado. Otra cosa es que los hechos contantes y sonantes desmintieran esas proclamas que, por lo demás, no se tragaban ni los más incautos.

Solo en los momentos de máxima necesidad, los genoveses han abandonado el búnker y han sido capaces de llegar a acuerdos con los que tildaban de rompepatrias. Ocurrió prácticamente anteayer, en la segunda legislatura de Rajoy, pero también en 1996, en la primera de Aznar. Sí, el mismo Aznar que luego abanderó la facción más ultramontana y que, como les anuncié en estas líneas que haría, se ha quitado de en medio tras el fiasco que él ayudó a cimentar.

También les anoté y vuelvo a reiterar que no nos apresuremos a firmar el certificado de defunción. De la extremaunción también se sale; mejor prueba que Sánchez y el PSOE no hay. Lo que es más complicado es que llegue a consumarse el ahora cacareado viaje al centro. Especialmente, si los capacitados para pilotar la salida de las cavernas no se dejan de piaditas tardías de bienqueda y pasan a la acción. Les doy un nombre: Alfonso Alonso. Una muestra de la voluntad de hacerlo sería rehabilitar a los muchos históricos del PP vasco castigados por la parte más dura de la dirección.

El peligro sigue ahí

Cómo ha cambiado el cuento en unos días. Los mismos que hasta las ocho menos un minuto del domingo no dejaban de acojonarnos con la segura victoria de la triderecha en las elecciones generales hispanistanís llevan de celebración ininterrumpida desde que el escrutinio apuntó que eso no iba ocurrir. Con un par, los partisanos de todo a cien se atribuyen el éxito de haber parado a lo que en su imaginario ayuno de lecturas llaman el fascismo. Ni lo distinguirían de una onza de chocolate, los muy postureros que, por demás, ya tenían preparadas sus manidas hostias a los viejos que tienen la costumbre de votar a las fuerzas reaccionarias.

Puesto que esta vez el desenlace ha ido por otro lado, los profetas han mudado de martingala. Se felicitan a sí mismos porque sus arengas han propiciado un aumento de la participación, lo que presuntamente ha provocado que la suma de PP, Ciudadanos y Vox no sirva para absolutamente nada. Y no es mentira que eso último ha sido así, pero tampoco que el motivo no ha estado tanto en la movilización del voto como en los caprichos del sistema electoral español unidos a la dispersión de papeletas en tres siglas.

Llámenme pinchaglobos, pero si ustedes miran con lupa los resultados del domingo, verán que entre las combinaciones consideradas progresistas (PSOE-UP) y las conservadoras (PP-Cs-Vox) hay unas decenas de miles de votos de diferencia. Es más, si trasladan los sufragios a las inminentes elecciones autonómicas, las tres derechas no solo conservarían sus feudos sino que arrebatarían a la izquierda Castilla-La Mancha, Aragón y Extremadura. Por lo tanto, autocomplacencias, las justas.

Casado canta

Los trompazos electorales son como el vino peleón. Sueltan la lengua que es un primor. Atiendan a Pablo Casado, beodo de fracaso y resentimiento, cantando la gallina: “Simplemente, una reflexión sobre lo mucho que Abascal debe a este partido del que ha estado cobrando de fundaciones y chiringuitos y mamandurrias, como él dice, de alguna comunidad autónoma hasta antes de ayer”. Vuelvan a leerlo si quieren, pero comprobarán que no ha sido una ilusión óptica. El tipo que se tiene por el más listo a ambos lados del Pisuerga ha desvelado el mecanismo de ese sonajero podrido que es el PP. No hay más preguntas, señoría.

Eso, después haber llamado por primera vez ultraderacha a Vox, la formación a la que el viernes ofrecía carteras en su gobierno porque “no nos vamos a pisar la manguera”, expresión literal. La misma en la que se apoya para gobernar en Andalucía. Y no crean que han sido más suaves las palabras sobre su socio en el ejecutivo andaluz. Dice ahora Casado que Ciudadanos es socialdemócrata amén de hipócrita, desleal y partido de tránsfugas. ¿Que las lentejas se pegan? Déjalas, a ver si se matan.

Lo divertido a la par que revelador es que la descarga dialéctica fue tras un cónclave en el que se supone que los genoveses se habían dado a la autocrítica. Aparte de concluir que la culpa de sus ridículos resultados ha sido de los demás, la brillante idea que han encontrado para recuperar los quintales de votos perdidos es “viajar al centro”, o sea, lo que llevan diciendo desde su fundación. En ese viaje, por cierto, han encontrado que sobra una alforja: Maroto ha sido relevado como jefe de campaña. Está en racha.

¡Qué hostia!

Se imagina uno a Rita Barberá desde el más allá repitiendo su segunda jaculatoria más famosa tras los balbuceos espirituosos del caloret: ¡Qué hostia, qué hostia! Ni en las previsiones más pesimistas —un saludo, por cierto, a los Rappeles de lance que no dieron una y ahora presumen de haberla clavado— se contemplaba semejante tantarantán del que el gracejo popular ya ha bautizado como Pablo Fra-Casado. Que me corrija alguien con más canas o lecturas que servidor, pero un morrazo así no se veía desde la descomposición de UCD en 1982.

¿Damos por muerta a la gaviota, entonces? Es lo que están haciendo los adivinos arriba citados, los mismos que vaticinaron la segura pasokización del PSOE, la derrota fija de Sánchez en las dos primarias y el sorpaso de Podemos en 2016. Buena pinta no tiene, desde luego, pero una gota de calma nunca es mala consejera. Total, lo que tenga que ocurrir ya lo iremos viendo desde el alivio que da haber certificado —otro saludo a los que anunciaban el apocalipsis— que la triderecha se ha quedado lejos de sumar.

Después de haberse quedado en pelota electoral picada, incluyendo la celebrada pérdida del ya para los restos escaño-de-Maroto, dice Alfonso Alonso que toca reflexionar y “volver a plantear una alternativa centrada, abierta y moderna”. Tarde piaste, pajarito, cabría decirle al presidente del PP en la demarcación autonómica y a todos los miembros de su ejecutiva, que desde la elección de Casado, no han dejado de reírle todas las gracietas ultramontanas y de fingir orgasmos ante las bravatas del palentino. Y Borja Sémper, silbando como si no le incumbiera. Saludo para él también.

Tránsfuga y resentido

Qué episodios más reveladores nos está regalando esta campaña de fango y bilis. El penúltimo, que seguro a esta hora es ya el antepenúltimo, contiene el menú degustación de la condición política o, ampliando el foco, de la humana. El mismo día en que el BOE publicaba su nombre en el número 4 de la lista del PP al Parlamento europeo, el expresidente accidental de la Comunidad de Madrid, Ángel Garrido, comparecía en una especie de corrala de la sede de Ciudadanos para anunciar a todo trapo su inminente ingreso en la formación naranja, que le reserva puesto de salida en su candidatura a la Asamblea regional. Diez días antes había participado en la apertura de la campaña de su ya expartido y dejaba para los restos la siguiente proclama tuitera: “Comienza la campaña más importante para España. El PP es el valor seguro para el empleo, el crecimiento, los servicios públicos y la prosperidad de nuestro país. Tenemos equipo, propuestas y programa para España que mira al futuro en positivo”.

Es difícil encontrar un cambio de chaqueta de tal celeridad en la abultada antología del transfuguismo hispanistaní. Lo que no queda muy claro es si hablamos de la clásica rata abandonando a toda leche el barco que se va a pique —¡del PP se acaba de ir hasta el creador de su histórico logotipo!— o si estamos ante una venganza servida en el momento que más daño pueda causar. Por ahí parece ir el asunto. El tipo en cuestión, que tuvo que hacer de parche cuando estalló el marronazo de Cifuentes, fue apartado para promocionar a la amante de los atascos matritenses, Díaz Ayuso. Una vez más, el resentimiento como motor de la Historia.