Pasar página

La semana pasada se reanudó en el Parlamento vasco la ahora llamada ponencia de Memoria y Convivencia. Por supuesto, salvo algún inasequible al desaliento entre los que me cuento, nadie llevó a portada el asunto. Un breve perdido entre la maraña de otras noticias y vamos que chutamos. Incluso alguien, desconozco exactamente quién, deslizó la especie de que había que juzgar como un dato muy positivo el hecho de que no se convocaran comparecencias individuales ante la prensa. Eso habla, como poco, del miedo que sigue habiendo a dar más cuartos de la cuenta al pregonero. Y lo peor es que me temo que hay motivos para ello.

Pues una pena. Es decir, otra a sumar a las muchísimas acumuladas por este organismo que parece abocado a la melancolía. Y miren que, como ya anoté, la presencia de Elkarrekin Podemos, libre de mochilas y con un discurso ético impecable, invitaba, por una vez, al optimismo. O por lo menos, a reducir la dosis de escepticismo. Pero no hay tutía. El PP ha decidido no estar y la izquierda abertzale ha tomado la determinación de dar por aprobadas las asignaturas pendientes y saltar sin más a puntos muy avanzados del temario.

Lo curioso, que quizá no lo sea tanto, es que todos parecen mostrar una indolencia del nueve largo. Soltamos a modo de letanía o autojustificación que la sociedad ya ha pasado página y lo damos por bueno, como si, incluso siendo así, quedáramos exentos de pagar ciertas deudas, siquiera morales. ¿Aceptaríamos acaso que alguien dijera que la sociedad ya ha pasado página del franquismo y, por lo tanto, no hay ya motivos para investigar sus crímenes? Evidentemente, no.

Memoria y convivencia

Estoy por apostar que la mayoría de esa sociedad que tanto se nombra en vano desconoce que en el Parlamento vasco se ha vuelto constituir una ponencia sobre la eterna asignatura pendiente. De Memoria y Convivencia, se ha bautizado en esta ocasión, no sabe uno si para conjurar el maleficio de la vieja denominación o, simplemente, porque se ha querido afinar con el lenguaje para que transmita de un modo más fiel el meollo de lo que se va a tratar en su seno. También ha podido ser un intento de dar con un enunciado asumible por las cinco fuerzas presentes en la cámara de Gasteiz. Si ese era el objetivo, la primera en la frente, puesto que de saque se ha borrado el Partido Popular.

Ya, ahora vendría la crítica afilada a la formación liderada en la demarcación autonómica por Alfonso Alonso. Es muy fácil sacar la garrota y acusar a los populares de inmovilismo o cualquiera de las diatribas —ojo, fundamentadas— del argumentario habitual. Me limitaré, sin embargo, a señalar que creo que en su cerrazón o en su finura excesiva de cutis, el PP pierde la oportunidad de formar parte de un grupo de trabajo del que cabe aguardar frutos muy interesantes.

Comprendo que les sorprenda lo que acabo de anotar, viniendo de un gran escéptico. Mi esperanza reside —y esto también les asombrará, dados mis precedentes— en la presencia de Elkarrekin Podemos. Sucede que los morados han demostrado un discurso ético sobre la violencia absolutamente impecable. Su aportación, sumada a la de los otros partidos que lo tienen claro será crucial. Y dejará en evidencia a quienes avanzan retrocediendo, que han quedado en franca minoría.

La decisión de Arantza

A la hora de enviar estas líneas a los diarios que las publican, Arantza Quiroga no ha dimitido. Desconozco, pues, la decisión final, así que puedo comerme con patatas lo que escriba, pero me consta que la idea le ha rondado por la cabeza. Y no como calentón ni para hacerse la despechada. Mucho menos para marcarse un órdago, pues de sobra sabe que se juega los cuartos con profesionales del navajeo político que no solo no cederían en su vil comportamiento, sino que lo recrudecerían hasta arrancarle la última tira de piel. La triple A —Alfonso Alonso Aranegui— no deja heridos, salvo para reconvertirlos en fieles lamepunteras.

Sí, eso es lo jodido de todo este vodevil para los que ni somos, ni hemos sido, ni seremos del PP. Aquí la normalización —o la paz, como nos gusta decir exagerando— no tiene ningún pito que tocar. Como tantas veces, solo ha servido de coartada. En este caso, para dirimir una riña de familia, o más exactamente, para satisfacer una vieja afrenta. Es verdad que la talibanada que juega al victimeo (no se confunda con las auténticas víctimas) ha montado la barrila de rigor por los términos de la ponencia que iban a presentar los populares vascos. Eso estaba, sin embargo, amortizado. Con más datos que ayer, puedo anotar que Génova no vivía en el limbo. Si algo caracteriza a Quiroga aparte de su candidez, es su lealtad. Jamás habría dado un paso que perjudicase a sus superiores jerárquicos, y menos, sin consultarlo.

Se vaya o se quede, le deseo lo mejor a quien, aunque tarde, ha dado un paso muy valiente. Lástima que esté rodeada de esos amigos que hacen innecesarios los enemigos.

Quiroga, otro papelón

Le salva a Arantza Quiroga que el personal está a otras cosas, y solo los muy cafeteros, que apenas sumamos un puñado, hemos asistido al ridículo estratosférico que ha hecho con su propuesta de ponencia que ha durado medio suspiro. Miren que a un par de horas de la presentación de la iniciativa vista y no vista, le pregunté a la secretaria general del PP en la demarcación autonómica, Nerea Llanos, si en casa les iban a dejar quedarse hasta tan tarde, y me dio a entender que a ciertas edades ya no hay que pedir permiso. Servidor, que es bastante mal pensado porque las ha visto de casi todos los colores, imaginó que estaba asistiendo a una de tantas escenificaciones con que nos deleitan los políticos.

En mi errónea composición de lugar, se habría tratado de aparentar que el PP pop, camino de la irrelevancia sin remisión en Euskadi, sacaba su genio, daba un golpe sobre la mesa que conseguía la atención mediática y una cierta consideración, y Génova rezongaba un poco, pero no llegaba a cortar el vacilón. No me cuadraba la proximidad de las elecciones generales para montar un happening así, pero menos me entraba en la cabeza que los siempre dóciles dirigentes populares de por aquí arriba se tirasen a la piscina sin consultarlo a sus señoritos en Madrid.

Pues ya ven. En menos que se dice Mariano, Alfonso Alonso, que le debe unas cuantas a Quiroga, le ordenaba el freno y marcha atrás desde los micrófonos de COPE, nada menos, y a pregunta lanzada para provocar tal efecto por Carlos Herrera, que por lo visto, manda más que la de Irun. Al PP vasco le debería hacer el himno Sabina. Qué manera de palmar.

Ponencia maldita

No hay modo de hacer carrera con la Ponencia de Paz y Convivencia del Parlamento Vasco. Cuando no se atasca por babor, le entra una vía de agua por estribor… o todo al mismo tiempo. Seguramente, en la historia de la cámara de Gasteiz habrá habido pocas iniciativas que hayan conllevado tanto esfuerzo para tan pobre rendimiento. Resulta sarcástico que, teniendo el nombre que tiene, sus logros públicos hasta la fecha hayan sido acelerar la ruptura de Aralar y provocar un cúmulo de reyertas cruzadas entre los partidos, da igual presentes o ausentes. Se diría que más que como fin, está funcionando —es decir, siendo utilizada— como medio para ajustarse las cuentas, marcar paquete ideológico, salir en los papeles o intercambiarse recados en clave interna. Es inevitable preguntarse si para este viaje merece la pena sacrificar las alforjas de los domingos. O más directa y crudamente, si no ha llegado el momento de echar la persiana.

Sería, claro, el doloroso reconocimiento del fracaso. Suena demasiado rotundo, pero es lo que hay: los hechos acreditados hasta ahora han demostrado que la nobleza de lo que se dice perseguir es una excusa para politiquear en el peor sentido de la palabra. Es mejor ser sinceros y admitir que hay quien se pasa la paz y la convivencia por debajo del sobaco. ¿A qué viene el PSE a estas alturas de la liga a amenazar con el portazo pretextando una ofensa que se ha fabricado a medida? No cuela ese ataque de dignidad sobrevenida. Si alguno de los rasputines de la sucursal vasca de Ferraz ha llegado a la conclusión de que en el momento actual —primarias a la vista— no es conveniente salir en según qué fotos, óbrese en consecuencia. Está de más, porque todos nos conocemos, vender que hay poderosas razones éticas y morales para el abandono. Llegados a ese punto, sería inútil que los que aún no se han ido pretendieran seguir adelante con una ponencia definitivamente maldita.

La ponencia

Ayer no se hablaba de otra cosa en las calles vascas. Por lo menos, en las de la demarcación autonómica. Venga arriba y abajo con la ponencia. Que si los de EH Bildu habían dicho tal, que si los del PP cual, pero que los del PNV y el PSE opinaban que pascual, si bien era cierto que el de UPyD —al que se citaba por el nombre y dos apellidos— había dejado bien claro que tracatrá… Cada esquina, cada farola, cada terraza cubierta o sin cubrir, cada cola de la pescadería, cada ascensor eran réplicas a escala del parlamento donde ciudadanos y ciudadanas cruzaban elevadísimos y documentadísimos argumentos favorables, contrarios o entrambasguas sobre la cuestión. Ni el precio de los abonos del nuevo San Mamés, ni si hay que echar a Montanier a pesar de la resurrección de la Real, ni si la nevada del martes fue la más gorda del siglo, como dijo Maroto, o solo una más. El único asunto de debate, charla, coloquio o comadreo era la ponencia. Así, en genérico, sin añadir lo de “paz y convivencia”, que a estas alturas no hacen falta más detalles porque aquí el menos versado tiene un doctorado en la cosa.

Lástima que no sea ni medio verdad. Lástima, en realidad, que sea totalmente falso, y que hasta estas líneas estén condenadas de antemano a la lectura del cada vez menos numeroso puñado de muy cafeteros que manifiestan cierto interés sobre la materia. ¡Pero eso es tremendo, don columnista! ¿Cómo es posible que a un cuerpo social se la traiga al pairo algo tan esencial como el cierre de las heridas del pasado, muchas aún sangrantes, y la construcción de un futuro a prueba de recaídas? Tengo mis teorías al respecto, no necesariamente condenatorias, pero me falta espacio para exponerlas. Solo sé que ocurre. Y estaría bien que se dieran por enterados y enteradas quienes ayer en el Parlamento vasco volvieron a hacer de la ponencia una excusa para lucirse… cuando lo triste es que casi nadie los miraba.

Ponencia imposible

Supongo que en el Basque Culinary Center ya estarán pensando en poner como asignatura obligatoria la elaboración de una de nuestras especialidades gastronómico-políticas por antonomasia: los panes hechos con unas hostias. El penúltimo salió del horno del Parlamento vasco el viernes pasado, cuando una ponencia creada por y para la concordia tuvo como primer efecto que estallara la discordia en el seno de Aralar. Es verdad que la cosa olía a rosario de la aurora y que cualquiera que conozca este país con tanta querencia por la partenogénesis sabía que tarde o temprano llegaría el momento de hacer el karaoke de María Dolores Pradera: devuélveme el rosario de mi madre —o sea, el escaño y tal vez el carné— y quédate con todo lo demás. Sin embargo, la gota que colmó el tonel de rencores macerados tuvo que ser justamente lo que pretendía ser un paso para que en el futuro nos miremos todos con menos desconfianza. Antes de la suma, la división; no parece el mejor comienzo.

Más triste es aun pensar que la inmolación prematura de Aintzane Ezenarro, Mikel Basabe y Oxel Erostarbe va a servir de bien poco. Me encantaría equivocarme, pero sospecho que su sacrificio tendrá, como mucho, la belleza de los gestos inútiles, y hasta eso se les negará en medio del cainismo imperante. Inspirada en las más loables intenciones y aprobada por una mayoría tan contundente a la vista como ficticia en la trastienda, esa ponencia está condenada a ser nada entre dos platos. Aunque llevemos un buen rato hablando del nuevo tiempo, todavía quedan muchos que no han cambiado la hora, por no mentar a los que usan el reloj como calculadora, que son la mayoría.

No se culpe a nadie. Como mucho, a este cha-cha-chá al que no acabamos de acostumbrarnos después de cincuenta años de heavy metal. Con suerte, un día dejaremos de pisarnos —por descuido o a mala leche— los unos a los otros. Mientras, hay que seguir intentándolo.