Agente Ábalos

No vean cómo de pilongos tengo a los especímenes cavernarios que me surten de regüeldos para Suspiros de España —antes. Cocidito— a cuenta del episodio del ministro Ábalos visitando de madrugada el avión de la vicepresidenta de Venezuela en una pista muerta de Barajas. Desde que salió el primer chauchau en uno de esos confidenciales que viven del atraco consentido al Ibex 35, los opinadores de choque andan de jarana biliosa en jarana biliosa. Y la cosa es que no diré que comparto sus demasías, pero sí que no me extrañan porque el fulano de la voz aguardentosa se lo ha puesto a huevo.

Para empezar, hay que ser muy dado al peliculeo, pero sobre todo, muy corto de candelas para meterse a Anacleto de lance, plantarse en un aeropuerto al abrigo de la noche, llegarse a la nave de una persona que tiene prohibido pisar la Unión Europea y creer que nadie se va a enterar. Luego está la primera negativa petulante, cien por ciento Ábalos, al ser preguntado por el asunto. A partir de ahí, cuando todo quisque había accedido a las pruebas de su correría nocherniega, el tipo terminó de coronarse alegando primero que fue a ver un otro ministro que también es amigo suyo y, ya arrinconado, balbuceando que su cometido fue avisar a la número dos de Maduro de que si se bajaba del aparato, se la llevaban presa a Soto del Real. Claro que nada superó su suprema arrogancia al gallear, una vez reconocida la fechoría hasta por su superior en el organigrama, que a un macho-macho como él semejante menudencia —un escándalo internacional de primer orden— no le iba a hacer dimitir. ¿Debemos aplaudir los que apoyamos el gobierno de Sánchez?

Va de corruptos

A la hora en la que tecleo, sigue sin aparecer el presidente del gobierno español en funciones y secretario general del PSOE para decir esta es boca es mía ante la demoledora sentencia de los ERE andaluces. Ahí es nada, un expresidente de la Junta enviado al trullo para seis años, otro inhabilitado por casi un decenio y un quintal de cargos públicos con carné socialista emplumados a modo por haberse pulido un pastizal en comprar voluntades, sustancias estupefacientes y sexo a granel. Cumpliendo una costumbre ya inveterada, Pedro Sánchez ha mandado a comerse el marrón a su fiel escudero José Luis Ábalos, experto en despejes a córner, digodiegos y, como ha sido el caso, frasezuelas de argumentario.
Pese a la barba y la voz grave, el número dos del PSOE parecía un remedo muy logrado de María Dolores de Cospedal explicando que la mangancia de sus conmilitones había sido en diferido y en régimen de simulación. Cómo de blindados hay que tenerlos para tratar de convencer a la concurrencia de que en el ránking de las corrupciones esta no es de Champions League porque los fulanos que la cometieron no se llevaron un euro a casa.
Resultaría medianamente creíble el intento del estajanovista de la portavocía, si no fuera por los denodados esfuerzos en poner distancia con los condenados, subrayando por triplicado que ya ni siquiera son militantes del partido. Estamos a un cuarto de hora de que sean “esas personas de las que usted me habla”. Y para que el paralelismo vergonzoso pero altamente revelador sea perfecto, el PP enmerdado hasta las cartolas, poniendo el grito en el cielo y exigiendo dimisiones. ¿Reímos o lloramos?

Megadomingo de urnas

Que sí, que no, que quién sabe, que puede ser, que ya se verá, que si no hay más remedio… Era de cajón que llegaría este momento a la política hispanistaní del pedrismo que va cogiendo resabios y atesorando conchas de galápago a velocidad de vértigo. Y aunque uno pensaba, con su lógica desactualizada, que en plena campaña andaluza se silbaría a la vía sobre el asunto por no abrumar al personal con la perspectiva de ir de paliza electoral en paliza electoral, ahí nos han echado al aire todos los globos sonda de golpe. “Son los atributos del presidente del gobierno”, soltó en gazapo impagable el arcángel anunciador José Luis Ábalos, que pretendiendo decir atribuciones, acabó dando a entender que Sánchez convocará a las urnas porque le sale de entre las ingles o, en una acepción menos testicular del término empleado erróneamente, por su apostura física.

En resumen, que, hablando de cosas que cuelgan, ahora mismo pende sobre nosotros la amenaza de tener que votar en hasta cuatro comicios distintos (cinco, contando aparte el Senado) de una tacada un domingo, el 26 de mayo, día de San Felipe Neri. No se ha visto jamás semejante pifostio de papeletas, y es de esperar que no lo veamos. Sin embargo, el solo hecho de que se haya echado en el comedero informativo y opinativo este alpiste de quinta es lo suficientemente indicativo de por dónde va el balón. Con una oposición a la derecha desinflándose en una esperpéntica batalla por la primacía del facherío y un socio a la izquierda condenado al papel de pagafantas, al PSOE ahora mismo le da igual arre que so. Si la legislatura sigue, muy bien. Y si no, pues también.

Nada cambia (parece)

¡Y después de día y medio de pressing catch parlamentario, el ganador es…! El que cada cual tenía en mente mucho antes de que los contendientes subieran al cuadrilátero de las Cortes. He ahí la primera enseñanza de la tercera moción de censura desde que justo hoy hace 40 años se volvió a la más o menos sana costumbre de votar. La iniciativa no parece haber cambiado nada ni a favor ni en contra. Las opiniones están donde estaban. Iba decir “exactamente donde estaban”, pero ni eso. Siguiendo los usos habituales, las posturas se han cerrilizado un par de grados. Los de Pablo son más de Pablo. Los de Mariano, más de Mariano. Y los otros, entre los que me incluyo, somos más de tener la sensación de inmensa pérdida de tiempo y de haber asistido a un show a mayor gloria del que se proponía como candidato alternativo sabiendo que no le daban los números ni por casualidad. A todos se nos ha cumplido la autoprofecía.

Claro que si hay que ser sincero, habrá que reconocer que el espectáculo estuvo orlado de una docena de destellos. Por lo que nos toca más de cerca, y para que vean lo ecléctico o lo bienqueda que soy, me gustaron mucho las intervenciones de Marian Beitialarrangoitia y Aitor Esteban, defendiendo el sí condicionadísimo en el primer caso y la abstención porque no hay más bemoles en el segundo. En el lado opuesto, el vocero por turno de UPN, Iñigo Alli, traspasó los límites de lo patético rebozando su “no” sumiso con las habituales alusiones a ETA y los pérfidos vascones que en su comunidad les han quitado el juguete de gobernar. Y luego, sí, el señor ese del PSOE tan encantado de conocerse.