Diario de cuarentena. Día 99. Agur, agur.

A este diario ya no le queda vida. Ha cumplido su andadura y hoy concluye con la honra de lo escrito con el corazón limpio. Quedará para siempre en mí como reflejo del sufrimiento vivido, el propio y el ajeno, y como revuelta contra la libertad arrebatada y los abusos sufridos por unas autoridades insensatas que, primero, no estuvieron atentos a sus responsabilidades y, después, pagaron sus errores con los excesos de un confinamiento brutal, que deja más daños que ventajas. Imperdonable su táctica del miedo y la tutela de nuestra libertad. Deja grandes estragos por mucho tiempo. Estamos en estado de shock.

Es hora de irse. Todo está dicho y toca recuperarse, hacer redoble de conciencia y mirar de frente a los que nos han apabullado. Hay que blindarse porque esto no ha terminado, no porque el virus, como dicen, siga presente, sino porque hay un riesgo real de recorte democrático y el virus solo es la excusa.

Queda la herida de los que murieron y pudieron haberse salvado si alguien les hubiera atendido como seres humanos. Lo ocurrido en las residencias de mayores llama a nuestras conciencias. No seré yo ahora quien señale a los culpables. Lo que la pandemia ha dejado a la vista es que los mayores, a determinada edad, no son ingresados en las UCIs, sino dejados morir. Es el protocolo. Pues maldito protocolo, inhumano. Y tiene que cambiarse. Toda persona a cualquier edad tiene derecho a ser atendida con todos los medios al alcance de la medicina y no se la puede dejar a su suerte.

Queda el miedo agazapado en nuestros corazones y la vergüenza de haber caído en la trampa de quienes creyeron que solo con miedo y amenazas podría hacerse frente a la pandemia. Anulando la voluntad de la gente, tuya y mía. Es falso que fuera necesario un confinamiento tan largo. Solo lo fue hasta que tuvimos los medios de protección y asumimos que la responsabilidad de cada uno era el muro de contención. Con el miedo se mató nuestra libertad y la economía. ¡Y a ver cómo salimos! 

Queda la vergüenza de las más de 1.100.000 sanciones, más de 30.000 en Euskadi. Un país de palo y tente tieso no vale una mierda. Y se aproxima a la tiranía. Se pudo confiar en la grandeza de la gente, pero se optó por macha-carla con sanciones, amenazas y miedo, por lo demás, ilegales. Hagan el favor de retirar esos castigos y reponer el honor de la ciudadanía, que bastante ha sufrido. Nos trataron como a niños o peor, como a ciudadanos necios.    

He escrito en este diario en casi cien días la crónica del horror y el error, la historia de cómo el mundo se sintió en peligro y lo pagó caro, en vidas, pobreza y miedo universal.  ¡Qué lejos estábamos de la libertad! ¡Qué lejos de la autonomía y la autoestima! A por los despojos de la libertad acuden los carroñeros fascistas de la ultraderecha, que dicen venir a salvarnos.

Cierro el relato. Viene ahora la epopeya de la reconstrucción y la defensa activa de la demo-cracia. Más que nunca creo en mis sueños.

Diario de cuarentena. Día 98. El mundo ha encogido.

Y la culpa es del miedo. Cuando el miedo te ataca, te encierras en ti mismo, reduces tu vida, te quedas en casa, no sales a ninguna parte, no viajas, no piensas más que en protegerte y esperas a que escampe. Los agorafóbicos lo sabemos. A escala global, es lo que ha ocurrido. El miedo ha sido el motor del confinamiento. Y por eso, el mundo es ahora mucho más pequeño, porque el miedo ha encogido nuestra libertad.

Sólo así puede entenderse que para escenificar la reapertura de la movilidad entre Euskadi y Cantabria, una de las comunidades vecinas, se haya celebrado un acto público en la muga entre las dos zonas con la participación del lehendakari Urkullu y el presidente Revilla. La verdad es que ha sido de lo más pueblerino. Lo entiendo en la mentalidad de Revilla, un demagogo habitual; pero no lo comprendo en el lehendakari, tan sobrio y responsable. Supongo que es una concesión al hombre de los sobaos y las anchoas. Daba vergüenza.

Quien estima su libertad no celebra que se le devuelva lo que es suyo e inalienable. El hombre libre no aprecia las fronteras, por mucho que luche por la independencia de su país. Las fronteras son ficticias, mientras la libertad es objetiva. No hay nada que celebrar, sino maldecir que las autoridades, un desgraciado día, nos recluyeron en casa induciéndonos el miedo a causa de un virus contra el que podíamos protegernos sin necesidad de alargar el confinamiento. 

¿También habrá, a partir del 21, actos de reapertura de los límites con Navarra, con Castilla y con La Rioja? Y si hubiera actos paletos para festejar la movilidad hacia el interior del Estado, ¿qué haremos cuando se abra la frontera con Francia? ¿Montaremos el circo mundial? La política, a veces, es estúpida.

El mundo ha encogido porque no podemos ir donde queremos. Hay límites en los aeropuertos, los hay para entrar y para salir. Algunos expertos sanitarios, de mentalidad fascista, proponen el “pasaporte sanitario” que demuestre la inmunidad del viajero. Sin él, no pasas. Como estar sin pecado para entrar en el cielo, como ser de pura raza o limpio de alma.

Está bien que esperemos la vacuna. Lo que me preocupa es que esperemos su llegada como si fuese el mismísimo mesías, el salvador. Amigos míos, la libertad no necesita ningún líder ni mesías. Porque es nuestra, ocurra lo que ocurra. Nos pertenece. ¿Por qué hemos aceptado tan sumisamente las medidas restrictivas de nuestras libertades, cuando no eran necesarias? Nos hemos dejado robar la libertad por miedo a un virus contra el que podíamos sin necesidad de reducirnos durante tanto tiempo, casi 100 días y casi 100 noches.

Volver a hacer un mundo grande empieza por enfrentarse al miedo a los rebrotes. Es solo un discurso de amenaza, un tigre de papel. El mundo tiene la dimensión de tu corazón. 

Diario de cuarentena. Día 97. ¡Viva la fragilidad!

A este diario, diario de la cuarentena de 2020, se le acaban las páginas. Anna Frank, chica sensible y mágica, llamó Kitty a su diario inmortal. Era el personaje imaginario al que escribía las cartas contándole sus miedos y los sucesos del confinamiento. Su enemigo eran los nazis; el nuestro, un virus venido de China. Y el enemigo común, el miedo.

Supongo que lo de menos ahora es pedir cuentas a los culpables. ¿Qué culpables? Pero algo habrá que aprender de esta dura experiencia: mejorar la sanidad pública, ventilar los métodos educativos, reformar las residencias de mayores, incentivar la investigación, salir de China y centrarse en Europa, defender la democracia, vivir. Sí, vivir más y mejor que nunca. Vivir sin miedo. Vivir sin precio.

Va volviendo la vida, aunque ojalá muchas cosas no regresen nunca. Ha vuelto Koldo, mi vendedor de la ONCE a su garita, el hombre que reparte mala suerte entre la gente que confía en resolver por vía del azar algunos de sus problemas materiales. Mi apuesta por el cupón es por el nombre, cuyas siglas equivalen a mi número mágico, el 11. Es una tontería, pero es el único guiño que le hago al azar, un tirano del que hablamos poco. Solo juego los viernes al cuponazo. Es un ritual, uno de los muchos de cada día, como el café, la prensa, mis artículos, mis disciplinas intelectuales y emocionales de pensar, sentir, soñar, creer, mis utopías, formas de multiplicar por el infinito un día cualquiera, todos los días.

También he visitado al médico. La carga histórica de un infarto me lleva a una serie de chequeos periódicos. Hoy tocaba análisis de sangre y un electro con vistas a la ecografía de la próxima semana. Y allí, en la misma camilla donde hace cinco años me tumbaron para hacerme un electro de urgencia y me diagnosticaron infarto, he recordado con las enfermeras mi angustia, mi terror ante lo que pasaba y yo no sabía. Una de ellas me ha reconocido de la televisión, y me ha tranquilizado. He recordado lo terriblemente vulnerable que me sentí aquella noche de 2015. Sí, viva la fragilidad, porque forma parte de nuestra realidad y la conciencia de ser vulnerables relativiza las cosas y nos lleva a amar con más sentido la vida y a valorar cada día y lo importante frente a lo fútil. 

Esta mañana un pajarito ha entrado volando al interior de la cafetería donde tomaba café y leía la prensa. Son ya varias veces que esto se repite, aunque sé que es frecuente en otros locales de hostelería, pero no en este. Hasta ahora. Lo tengo como suceso de buen augurio. Los txoris simbolizan para mí la libertad, la escapada de la realidad y la búsqueda de refugio en lo más alto, estar a salvo. 

Han transcurrido noventa y siete días. Y solo me quedan dos páginas. Parece un período más largo. ¿Salgo mejor que cuando esto empezó? ¿Ha valido tanto sufrimiento para algo? Tengo miedo de que todo siga como antes.

Diario de cuarentena. Día 96. La rebelión de los vecinos

Euskadi tiene una cosa buena que no tienen otros países: una gran capacidad de movilización por las causas justas. Quizás es que llevamos movilizados (en el sentido civil) muchas décadas y sabemos de su eficacia. Aquí llevan movilizados los jubilados desde hace más de un año por unas pensiones justas. Y como no solo de pandemia ni confinamiento vive el hombre, también hay que hablar de estas otras realidades.

Vayamos a la movilización de la gente cuando se produce la ocupación de una vivienda. Son ya paradigmáticos los sucesos de Repelega, en Portugalete, donde el vecindario ha sacado a los ocupas ante la inoperancia del sistema judicial. Portu ha generado una interesante dinámica social que se ha extendido como la pólvora. ¡Esto sí que es un contagio, y de los buenos! “Si hago algo bueno, que sea contagioso”, escribí una vez en un grafiti. 

Pensábamos que esto solo podría suceder en pueblos específicos. Pero no. Ha ocurrido en Bilbao. En pleno centro de Bilbao. Fue el pasado sábado, cuando unos ocupas allanaron una vivienda situada en la Alameda de Rekalde, junto a la Plaza de Arrikibar y al lado del Azkuna Zentroa. Esa zona no es precisamente marginal, sino de clase media acomodada. Los propietarios estaban pasando unos días en su segunda residencia, en la señorial Plentzia. Al volver encontraron que su casa había sido invadida por una pareja y dos niños pequeños. Pues bien, cientos de vecinos de la zona salieron a la calle y se plantaron delante del edificio ocupado dispuestos a remediar el atropello. Y allí permanecieron, en medio de una gran tensión y rabia contenida por el atropello contra la vivienda y los derechos de Gontzal y su mujer, los vecinos perjudicados. 

Y de nuevo, la Ertzaintza tuvo que proteger a los delincuentes de la ira vecinal, cuando su misión -si hubiera habido una ley justa y no la ley surrealista que protege a los quinquis- debería haber sido sacar a los invasores. Ante la presión vecinal, la familia allanadora huyó a la carrera el piso, eso sí, dejando luces y grifos abiertos con el indudable propósito de causar daño a los propietarios. Hijos de su madre. 

Una jueza declaró a posteriori que si los vecinos perjudicados hubieran recurrido a la vía civil y no a la penal podrían haber resuelto la situación en cinco días. Esto es kafkiano. ¿Pero por qué van a tener que esperar cinco días, ni uno solo, en recuperar lo que es suyo tras ser vilmente asaltados? ¿Qué clase de ley es esa que da margen de días o meses a los delincuentes ante un delito flagrante?

¡Vivan los vecinos de Bilbao que se rebelan contra lo injusto! Ante el fracaso de la justicia es lo más justo que puede hacerse. Y aun con más contundencia. El hartazgo es absoluto. Queda la duda del traidor. ¿Quién avisó a los delincuentes de que esa vivienda estaba temporalmente desocupada? ¿Un vecino cómplice? Ay, Dios. Quizás también hay entre nosotros hay un Judas, el del tercero o el cuarto izquierda. Estos son los peores. 

Jeffrey Epstein y sus amigos

Esta es la historia de un depredador y sus amigos. La cuenta Netflix en cuatro capítulos que dejan muchas certezas y algunas dudas. Se titula Asquerosamente rico y se basa en el libro de James Patterson, autor de numerosos bestsellers y a su vez productor del documental. El protagonista es Jeffrey Epstein, podridamente criminal, cuya carrera de abusos a menores terminó en una cárcel de Manhattan, donde se suicidó o le suicidaron, no está claro, en agosto pasado. Hay cuatro realidades en la narración: la mente perversa del especulador financiero, prototipo del psicópata sexual; la gente del poder (políticos, empresarios y jet set) que participaron en sus delictivas fiestas; la putrefacción judicial norteamericana y, por encima de todo, las víctimas, cientos y cientos de adolescentes vulnerables que cayeron en la red y fueron monstruosamente violadas.

Queda clara la presencia de Bill Clinton como beneficiario; ¿pero a quién le puede extrañar con sus antecedentes? También el príncipe Andrés de Inglaterra, crápula, mentecato y embustero. Deja en nebulosa si Donald Trump, coleguilla de Epstein años atrás, estuvo en sus orgías con menores. Ninguno de estos canallas será imputado. El exministro de Trabajo de Trump, Alexander Acosta, de origen cubano, pactó secretamente una pena menor contra Epstein siendo fiscal federal en Florida. Y así hasta la arcada.

Vean esta historia de terror. Vean cómo se destrozan vidas y se exculpa por dinero. Miren de frente la verdad. Sí, tenemos un rey emérito, comisionista y corrompido, a quien la irresponsabilidad constitucional protege.   Epstein, al menos, siendo asquerosamente rico está asquerosamente muerto. Otros, allí y aquí, quedan asquerosamente impunes. ¿Para cuándo Netflix producirá una docuserie sobre Juan Carlos? ¿O hará como Felipe VI, a la española, Borbón y cuenta nueva?