
Después de tres meses de confinamiento y a punto de que termine este calvario, quizás sea hora de hablar de los estragos psicológicos que ha dejado entre la gente. Puede que a algunos les parezca insignificante en comparación con las miles de muertes producidas por el virus o con los efectos económicos, sociales, educativos y familiares derivados de la pandemia. Haríamos bien en no despreciar esta realidad de la que ya tienen noticias los psicólogos y los psiquiatras.
Decía hace unos días en Radio Euskadi el ex dirigente del PNV Iñaki Anasagasti que los que se quejan de los padecimientos de la pandemia tendrían que escuchar y saber lo que pasaron durante la guerra y la postguerra sus padres, que después de soportar la violencia de la contienda bélica se vieron obligados a huir al exilio, pasar toda clase de males, incluso hambre. Vamos, que nos quejamos de vicio, que para sufrimiento aquel y no este. Hombre, Iñaki, y aquella guerra y su consiguiente exilio al lado de los campos de exterminio de Auschwitz y la historia del holocausto también son poca cosa. Y así, en el juego de las comparaciones, podríamos llegar al absurdo.
A muchos pacientes de Freud, el genio del psicoanálisis, se le curaron de raíz sus males al toparse con la realidad de la guerra. Es una frivolidad despreciar los daños directos e indirectos que a nivel mental está ocasionando la pesadilla del confinamiento. Es probable que estemos ante un supuesto masivo de estrés postraumático, sobre todo entre aquellas personas vulnerables o especialmente sensibles a determinadas situaciones de pánico. Desde luego, los cuadros de ansiedad están a la orden del día y es muy posible que de todo esto haya constancia en la venta de ansiolíticos y otros medicamentos iguales en las farmacias.
La viñeta de arriba corresponde a una humorada de una publicación norteamericana; pero no deja de ser un símbolo de lo que podría ocurrir en las consultas de los profesionales de la salud mental: literas de a tres para atender la demanda de las personas con trastornos derivados del largo y brutal confinamiento. Tendríamos que remontarnos un siglo atrás, con las dos guerras mundiales, para estar ante un deterioro de la salud mental de la población. Y nosotros ahora estamos peor preparados para el dolor que nuestros antepasados de hace 100 años. Vivimos mejor y más protegidos.
¿Quién ha podido conciliar el sueño? ¿Quién es capaz de soportar el desgarro de ver morir a sus padres sin poder acompañarles? ¿Estaban los médicos y demás sanitarios en condiciones de aguantar la presión descomunal que les ha tocado vivir? ¿Y nuestros niños y jóvenes, en qué medida les ha afectado a su equilibrio emocional? ¿Y toda esa gente que ha visto caer sus negocios y sus puestos de trabajo por la ferocidad del confinamiento? No somos de mantequilla, pero tampoco de acero blindado.
Nuestro sistema sanitario debería contemplar medidas para ayudar a las miles de personas cuya salud mental se ha visto afectada. Nada he oído que se vaya a hacer en este sentido. Pero somos duales, cuerpo y mente.








