Diario de cuarentena. Día 75. Lo peor que podría ocurrir

¿Cómo vivir los peores días, cuando todo consuelo es inútil ante un sufrimiento insuperable? Hoy es de esos días. Cuando pierdes una parte de tu corazón. Andrea, de 8 años, hija de Adela González, de Euskal Telebista, ha muerto de cáncer. No puede haber nada más cruel que perder a una hija, lo más sagrado y por quien darías la vida. Si nadie merece esa amargura, Adela mucho menos, por ser quién es y cómo es.

Podría parecer que Andrea es una vida perdida más en esta época de desolación y miedo, en medio de una pandemia. Pero no. La niña de Adela era inocente. Era una vida de solo 8 años. Y sufría cáncer y contra él luchó hasta el final. ¿Cómo entender la vida? ¿Qué sentido tiene?

Adela González es uno de los rostros más populares de la televisión vasca, una todoterreno y profesional de enorme versatilidad. Imposible olvidar las horas, días y años de debates que compartimos. Hizo tándem con Iñaki López durante mucho tiempo en las sobremesas de ETB y ha trabajado también en La Sexta. ¿Cómo podría uno mitigar su dolor?

“No es justo”, me decía esta tarde alguien que sabía de la enfermedad de Andrea y confiaba en su recuperación. Pues claro que no es justo. ¡Es una niña de 8 años! E hija de Adela, un alma inocente a quien lo absurdo de la vida la ha convertido en víctima. ¿Por qué?, nos preguntamos y se interrogan los padres.

No hay respuesta. Ni los más devotos de la religión te pueden dar una contestación coherente, ni siquiera hay consuelo, porque los designios de Dios no tienen sentido. No hay Dios ni Cristo que te proporcione una palabra con sentido para explicar la muerte de Andrea, ni de ningún niño y de ningún inocente. 

Adela y su marido darían hoy todo porque Andrea continuara viviendo. Sus vidas a cambio de la suya. ¿Y dónde y cómo se hace ese trueque? Podrían al menos dar esa opción, ponerse en su lugar, la gran empatía. 

Es un día de preguntas sin respuesta. ¿Por qué? ¿Por qué a Andrea? ¿Qué ha hecho para este sufrimiento? ¿Qué sentido tiene la vida, si la vida se trunca sin motivo? ¿Vale la pena todo, si no se puede dejar vivir a los más inocentes, que murieron sin apenas vivir?

Uno no se recupera de algo así. Te marca para toda la vida, si es que a esto se le puede llamar vida. Todas las palabras de ánimo, toda la compañía y solidaridad del mundo palidecen ante el sufrimiento de perder a una hija de 8 años. Y no sé qué decirte, Adelitxu, que no sea llorar contigo, compartir en lo posible este sufrimiento tuyo, intentar mitigar tu dolor tras haber perdido una parte de tu corazón. O todo.


Diario de cuarentena. Día 74. Luto sin dignidad

Estamos de luto durante diez días. Luto nacional, lo llaman campanudamente. Es la decisión del Gobierno central como homenaje a los, hasta ahora, más de 27.000 víctimas mortales, de las que unos 1.400 pertenecen a Euskadi. Es brutal. Y por todos ellos es esta ceremonia pública deslucida.

El luto es la expresión externa de un sentimiento de dolor. Es una exhibición de sufrimiento que se enmarca en nuestra cultura en relación con la muerte. A mí no me gusta el luto. Quizás es que de niño, como monaguillo, asistí a cientos de funerales y me dejaron una impresión terrorífica. Luto, desgarro, lágrimas y desconsuelo iban a galope. “Quantus tremor est futurus, quando iudex est venturus, cuncta stricte discussurus”. Tengo grabado en el alma esta brutal oración cantada desde el coro por voces graves que me atemorizaban. Pero el dolor es una emoción personal que no necesita de su exhibición y mucho menos de espectáculo, sea religioso o político. Y en esto estamos, en una ceremonia de campanario. 

Seguramente, la mayoría de la gente acoge con respeto el sentimiento de pérdida de tantos conciudadanos. También yo; pero en lo público me parece un espanto, un circo en el que no pienso tomar parte. Ni este primer día ni el décimo del luto oficial. Esto va de hipocresía. 

He visto al rey y su familia de luto, y no faltaban cámaras y fotógrafos para recoger la escena. Era propagandístico. Y hemos visto a gente en hospitales, mercados y plazas guardando un minuto de silencio. Algo más auténtico parecía. En fin, que cada uno haga lo que considere en conciencia, seamos honestos; pero el sentimiento de dolor, en mi sentido emocional, no es para exhibirlo. Mis lágrimas me las trago yo solo. Mi dolor es mío y solo mío, no se comparte ni se muestra, ni se emite por la tele.

En cambio, sí, guardo luto por la miseria política que ensucia España, a su clase política y sus instituciones. Lo visto hoy en el parlamento es un asco. ¡A navajazos en medio de una tragedia terrible! La Cayetana, subida a lomos del odio, difamaba al vicepresidente y éste la tildaba de marquesa. La democracia ha muerto, amigos míos, asfixiada por la ira.

Guardo luto por el uso político de los muertos, que no son de siglas ni partidos, sino de todos. Los muertos como arma arrojadiza. El dolor por munición. Nada nuevo. En la dictadura se ensalzaba a los “caídos por Dios y por España”, mientras los muertos enemigos yacían en cunetas, olvidados. Después se mercadeó con los muertos del terrorismo como moneda electoral: los canallas en España robaban cadáveres.

Guardo luto por la extrema fragilidad de nuestro sistema para crear un plan justo de reconstrucción económica y social. Guardo luto por la miseria informativa y las trincheras. Guardo luto por ti, por todos. También por mí.

Diario de cuarentena. Día 73. Vivir de las palabras

Me asusta y a la vez me agrada reconocer que toda la vida he vivido de las palabras. Toda la vida escribiendo, buscando la mejor expresión, la idea más per-suasiva. No he contado los artículos y reportajes que habré escrito y publicado. Miles. Y las campañas, textos, lemas, speeches y publicaciones que habré firmado. ¡Madre de Dios! Amor y dolor por las palabras ha sido mi vida. La diferencia entre escribir en prensa y hacerlo en publicidad es la síntesis: un anuncio son pocas palabras en pocos segundos o en reducido espacio y se precisa una gran capacidad de síntesis: el máximo contenido con el mínimo de palabras. ¡La de horas y horas que gasté escogiendo una sola palabra o una frase corta! 

El fin de semana pasado vi una película que trataba sobre las palabras. Se titula “Entre la razón y la locura”, película norteamericana que, creo, no se ha podido estrenar en España. La vi en primicia y me emocionó hasta lo más hondo. Es la historia real del profesor James Murray y el loco y asesino William Minor. Al profesor Murray se le encargó a finales del siglo XIX la actualización del Diccionario Oxford de inglés, una titánica labor para la que contó con miles de voluntarios. Uno de ellos y el más eficaz fue el loco Minor, recluido en un manicomio después de asesinar a un hombre bajo delirios persecutorios. Minor aportó al diccionario decenas de miles de palabras, con sus citas correspondientes. Murray viajó al psiquiátrico a conocer a Minor y allí entablaron una profunda amistad que duró toda la vida. El resultado fue una obra magna que ninguno de los dos pudo ver publicada, pues la muerte les llegó antes. Protagonizan este gigantesco relato Mel Gibson como el profesor Murray y Sean Penn encarnando al loco Minor. Deberíais verla si apreciáis el mejor cine. 

Entiendo la pasión de Murray y Minor por las palabras. El ser humano dejó de ser un primate cuando creó el lenguaje verbal. Las palabras han conducido al mundo de la ignorancia a la sabiduría, han hecho milagros, unido personas, creado el amor y formulado la paz. Le debemos la vida a las palabras. Algo existe en el momento que una palabra la define.

También hay un uso perverso de las palabras. Se utilizan para crear odios y matar. Los que lo hacen niegan la función esencial de las palabras, que no es otra que la búsqueda de la belleza, la verdad y el entendimiento humano.

Dime de qué hablas y cómo hablas y te diré quién eres. Cuida las palabras, sácale partido a tan maravilloso recurso. No conozco a nadie digno de admiración que no sea espléndido en el lenguaje. Y, al contrario, no hay nadie malvado que no use las palabras para dañar. “Lástima de infarto”, me dijeron hace unos años para lamentar que hubiera sobrevivido a un infarto. Allí se acabó todo y comenzó otra vida.

Sin besos no hay paraiso

Los moralistas de la entrepierna deben estar contentos con el coronavirus por el apagón emocional de millones de historias de amor y la imposibilidad de que se produzcan nuevos romances con las mínimas condiciones de libertad y tacto. Celebrarán que con la pandemia volvamos a tiempos de Maricastaña en las escenas eróticas del cine y la televisión en tanto llega la vacuna. Se acabó el amor explícito. Actores y actrices tienen miedo al contagio, por lo que los productores han decidido prevenirse en los rodajes realizando test del virus, que los hombres no se maquillen y suprimir intimidades y besos entre personajes.

            Supongamos que se suspenden los relatos de amor y se opta por otras ficciones que no impliquen el tránsito de fluidos entre varones y mujeres. Por ejemplo, de atracos y peleas. ¿Se van batir los bandidos con florete? ¿Irán con mascarilla en vez de con pasamontañas a robar bancos? ¿Y qué tal si todas las series y películas son de animación? De contento, Walt Disney resucitaría de su criogénesis. No tiene sentido que la industria audiovisual se convierta en pantomima, a lo Marçel Marceau. Si no es posible que las historias puedan ser contadas en su esplendor, es mejor -y más digno- esperar a que la vacuna nos rescate y vivir mientras del archivo. Nunca hubo en la tele como ahora más cine añoso y series viejas, suficiente para resistir. Se está haciendo también en deportes, con ETB1 repitiendo antiguas carreras ciclistas y Movistar+ volviendo a las imágenes de partidos épicos.  Hay que tirar de las reservas.

Una parte de la cultura sufrirá un golpe mortal. Hasta ahí tienen que llegar las ayudas públicas. No se subvenciona el talento, que no lo necesita, pero sí el trabajo esencial de comediantes, técnicos, dobladores y productores, y son miles. El espectáculo debe continuar: sin besos no hay paraíso.

Diario de cuarentena. Día 72. Regreso al ritual

Con la entrada en la fase 2 (segundo escalón del pueril plan de devolución de la libertad que nos ha robado el confinamiento) las cafeterías y bares han abierto, con restricciones, sus espacios interiores. En uno de ellos, el Bertiz, de Las Arenas-Getxo, he entrado esta mañana. La diferencia entre un ritual y una costumbre es el sentido con que haces las cosas: la costumbre es automática y el ritual una necesidad en tu vida. Todo empieza con un café, comprar los periódicos y sentarse a despertar el día con las noticias y los artículos de fondo con sabor a café. Así amanecen mis días desde que tengo uso de razón profesional. 

En una época en que trabajé como responsable de recursos humanos a mis jefes les llamaba la atención que tuviera periódicos en mi mesa. Para ellos, autómatas del trabajo, los diarios de noticias eran pasatiempos. Mucha gente no entiende la naturaleza cultural y sociológica de los periódicos. Ni siquiera entienden la razón ritual del café, su propósito para el alma de un trabajador de las palabras. No comprenden que el café es un elixir que despierta la mente y la conduce hacia un día entusiasmado.

Hubo un tiempo en que existió la enfermedad del periodista, la triple acción del exceso de consumo simultáneo de alcohol, café y tabaco. ¡Causó estragos! Las viejas redacciones eran fumaderos, pero sitios trepidantes en la lucha contra el tiempo y las palabras. Ahora son como oficinas de seguros. Hay poco espacio para la creación. Lo romántico es pura nostalgia.

En Bertiz solo trabajan chicas, cordiales y atentas al máximo. Recuerdo que una vez apareció un chico en la barra. Solo duró un día. Ese lugar es solo para mujeres. Ellas se han afanado hoy para tenerlo todo a punto: las mesas muy separadas, marcas para la entrada y la salida por zonas distintas del local, un expen- dedor de gel hidroalcohólico y un protocolo de pedido: lo haces en la barra, pagas y te lo llevas a la mesa. Estaba más iluminado que en otras ocasiones, como si ellas celebraran con luz la vuelta a una normalidad falsa y pretenciosa.

Sentado en mi mesa de siempre, junto a la cristalera exterior, con vistas a los soportales de la calle Mayor, la gente miraba como si fuera una aparición: ver a clientes en el interior tomando café era una cosa extraña. ¡Maldito confinamiento del demonio! Alguien con cámara profesional me ha hecho una foto desde fuera. Confío en no salir mañana en los periódicos como un bicho raro. 

Lo que desaparecerá para siempre son los periódicos del bar, los ejemplares de prensa que el local pone a disposición de los clientes como parte de su atención. Los tenían atados a un palo como elemento de identificación. Y dado que la gente acostumbra a pasar las páginas con el dedo índice untado de saliva, ahora se considera factor de contagio. Los periódicos perderán miles de lectores. Un desastre más de la pandemia. El café no, ese brebaje resucitador no desaparecerá jamás.