
Ir al supermercado es de las pocas cosas que tenemos permitidas en este confinamiento militar forzoso. Y con limitaciones. Mi súper es pequeño y está muy cerca de casa, en Las Arenas-Getxo. Es un BM, que antes pertenecía a Erkoreka, tiendas de postín absorbidas por BM, rival de Eroski.
Me gusta mi tienda de comestibles. Tiene todo lo que consumo y no suele estar abarrotado, lo que para un agorafóbico es vital. Lo que hace de bueno mi Súper, además de productos buenos y precios más que aceptables, son las cajeras y demás personal que allí trabajan, reponedoras y gente de carnecería y pescadería. Todas mujeres. Son veteranas en su trabajo y tienen ese punto vocacional de servicio de atención al público que tanto echo de menos en grandes superficies, donde te maltratan. Mis cajeras sonríen, me conocen, saludan, bromean conmigo, comentamos chascarrillos y cosas menores. Me encantan.
Las cajeras nos conocen bien por lo que compramos. Saben nuestros gustos y manías. Saben si vivimos solos y nuestros caprichos. Nos conocen mejor que un algoritmo.
Estos días, desde que empezó el arresto domiciliario, están más serias. Se las ve estresadas, preocupadas, seguramente porque se ven expuestas al contagio. Van protegidas, eso sí, con una especie de prótesis de plástico en la cara. “¡Pareces de antidisturbios!”, le dije a una de ellas cuando vi su atuendo protector. Hicimos risas; pero no están bien, trabajan mucho y en tensión. Es natural. El otro día una me riñó, con razón, porque me había quitado los guantes antes de terminar mi compra. Cumplen con el protocolo y lo acepto. De ellas, lo acepto. A otro, en otra tienda, le mando a paseo. En una ocasión, a un revisor ferroviario, en Venecia, le grité a la cara: “¡Fanculo!”, después de que nos multaran por no haber validado el billete. A algunos (policías y seguratas) se les ha subido estos días el autoritarismo a la cabeza. Y eso me revienta, fachas encubiertos, pardillos de uniforme.
Las cajeras de mi Súper son excelentes en el trato porque han recibido una buena formación. No es casual. No vale cualquier persona para atender a los clientes. En algunas instituciones dan miedo los funcionarios. Ganaron una oposición, pero nadie les enseñó a tener paciencia, escuchar, explicar, sonreír, ser amables. El personal de IKEA es un ejemplo de formación en el servicio a la gente. Seguramente, fueron elegidos por su carácter y después recibieron una formación específica.
Cuando esto termine (la frase más repetida por la gente en su desesperación) seguiré yendo a mi Súper. Será porque es una tienda amable y de buena calidad, cercana y responsable; pero también seguiré yendo para agradecer que, en los momentos difíciles para todos y para las cajeras, se portaron de maravilla. Son mis héroes de la tienda.








