Diario de cuarentena. Día 12. Vuelta a los amores furtivos

El confinamiento obligatorio lleva a situaciones extremas en todos los niveles. También en el amor. He imaginado estos días de encierro lo que les está ocurriendo a los enamorados que no pueden verse, tocarse, abrazarse, morirse juntos; o, si lo hacen, se juegan una sanción y cosas peores del decreto de arresto domiciliario. Hemos regresado de golpe a los tiempos del amor furtivo, escondido y peligroso, huyendo de la mirada de la autoridad y el escrutinio de la moral hipócrita.

Veamos cómo se apañan los novios que no pueden verse ni amarse porque está prohibido salir. Cada uno vive en su casa familiar. Antes del coronavirus (a. C.) se citaban todos los días y todo lo que podían. Paseaban, se tomaban de la mano, comían o bebían juntos, se hacían el amor donde fuese posible, incluso en el coche. Necesitaban estar juntos. ¿Y ahora qué hacen, si no es posible verse por impedimento legal? ¿Se citan con la excusa del perro? ¿Y si viven en barrios diferentes? No, a dos que se aman no les valen los mensajes de WhatsApp y videos.

Y así se ven obligados al riesgo del castigo y a hacer cosas extrañas por verse en algún momento. Esto no lo había previsto el Gobierno, porque el Gobierno no entiende de lo humano. Pobres chicos, dulces enamorados sin amor tangible. La sociedad democrática ha reinventado estos días el delito por amor.

Algo parecido les sucede a las parejas, jóvenes o maduras, que han superado el periodo del noviazgo, pero aún viven en domicilios distintos. ¿Cómo se citan, de qué manera dan rienda suelta a su amor? Tendrán que mentir y decir que uno de ellos se ha mudado a la casa del otro. ¿Y si un policía censor no se lo cree y les pide el carnet para comprobarlo? El amor tiene la mala suerte de toparse con los peores espías, los chivatos, los que se creen con derecho a inmiscuirse en la vida de los demás. Pero también el cariño tiene su imaginación y sus recursos para saltar las fronteras que separan los corazones bien enamorados. 

Hay otras parejas que lo tienen aún más complicado: los amantes, hombres y mujeres de historias secretas, que se veían a escondidas pero que se quieren más que nadie. Amores imposibles, ahora más imposibles todavía. ¿Cómo escapar, doblemente, del secreto y el confinamiento? Es una tragedia humana que debería tener el premio, después del confinamiento (d. C.) la consolidación, ya sin huidas, de un amor que resistió imponderables y policías. Este es hoy el auténtico heroísmo romántico. Y estos amantes son los primeros en dar sentido al himno de resistencia, la vieja y renovada canción de “¡Resistiré!”.

Hay historias humanas, vivas y reales, en esta plaga. Tal vez seas tú protagonista de una.

Diario de cuarentena. Día 11. Amancio Ortega y la filantropía

¿Hay diferencia entre la caridad y la filantropía? Teóricamente sí, porque no es lo mismo resolver lo urgente que dar solución al problema de fondo que genera la necesidad. Me gusta la idea anglosajona de la filantropía y me desagrada el concepto cristiano de la beneficencia: dar de comer a los menesterosos pero permitir que siga habiendo pobres. Es un viejo debate y ahí sigue hoy con las donaciones de ricos y grandes empresas para ayudar en esta pandemia.

El más rico de los ricos españoles es el empresario Amancio Ortega, dueño del tinglado multinacional de Inditex, con Zara y demás marcas. Un tipo extraordinario y no solo por su carrera de la nada al todo. Hace un año, su Fundación donó 310 millones de euros para la sanidad pública destinados a la compra de equipos de radioterapia de última generación. Aquel gesto de generosidad (que a Euskadi nos benefició con 14,7 millones) fue criticado por ciertos sectores de la izquierda populista, alegando que con eso distraía su ingeniería fiscal. ¡Hay que ser imbéciles!

Ahora, en guerra contra el coronavirus, el gallego ha vuelto a hacerlo y ha movido China con Santiago y el mundo entero para traer hasta nosotros el material sanitario tan necesario en hospitales y clínicas. Más de 300.000 mascarillas quirúrgicas y otros artículos médicos son una contribución suya. Lo mismo ha hecho su hija Sandra con una donación similar.

¿Por qué rechazar una ofrenda privada que favorece a todos? El argumento de que la sanidad pública “no debería aceptar la caridad” y financiarse solo con los impuestos niega el derecho esencial de todo ciudadano a contribuir con un plus de sus bienes al bien público. Rechazar el gesto de Ortega da idea de hasta qué punto hay políticos y partidos mezquinos.  

El sentido de la filantropía es equilibrar las situaciones de necesidad que se puedan dar en una comunidad. Ningún sistema es perfecto, pero unos son mejores que otros, como la democracia. La filantropía contiene la más grande dignidad del ser humano. Ojalá hubiera más personas como Amancio Ortega, como empresario y como ser humano. Y yo le aplaudo hasta romperme las manos. 

Otras personas y entidades están haciendo sus contribuciones en dinero y en equipos médicos. Es lo que tiene la generosidad humana. En una época en que luchamos contra el contagio de un virus mortal y nos encerramos en casa durante semanas para salvarnos de su contagio, resulta que la bondad es el virus más contagioso, he aquí que la filantropía es contagiosa. ¡Pues viva ese contagio!

Diario de cuarentena. Día 10. Un baile de mascarillas

Una de las mejores óperas de Verdi se titula “Un baile de máscaras”, relacionada con el hecho histórico del asesinato del rey Gustavo de Suecia a finales del siglo XVIII. Hoy, aquella obra trágica sería una ópera bufa y se llamaría “Un baile de mascarillas”. La protagoniza un coro de gente corriente, personas que van por la calle embozados en mascarillas inservibles.

He visto hombres y mujeres con mascarillas verdes, blancas, azul celeste, negras y hasta rosadas, todos los colores de la primavera. Y van luciéndolas como prendas de moda. ¿Será porque este año no hemos podido disfrutar de la campaña de “Ya es primavera en El Corte Inglés”? Es un desfile absurdo de máscaras que algunos llevan como el último modelo de Carolina Herrera. 

Vamos a ver, señoras y señores, ladies and gentlemen, esas mascarillas, en su mayoría, no sirven para nada. Ni protegen ni aportan seguridad contra posibles contagios. A lo más, si sus portadores tuvieran el virus, podrían evitar contagios. Y en este caso, sería una irresponsabilidad salir a la calle infectados.

Creo que los portadores de mascarillas saben de la inutilidad de sus bozales, pero los llevan como un elemento de seguridad psicológica. O, en el peor de los casos, lo hacen para presumir de un artículo escaso y muy demandado. En fin, que la ciudad se ha vuelto algo idiota y barroca en medio de esta plaga criminal. Como no hay moda que lucir, presumimos de nuestras coloristas mascarillas. 

He visto cosas muy raras entre los embozados. Una señora que regenta un estanco muy cerca de mi casa llevaba puesta mascarilla. Pero, oiga, si su profesión es vender tabaco, que envenena los pulmones, ¿qué demonios hace con un trapo en la boca? También vi hace unos días, en la cola para comprar el pan, que una mujer fumaba con ansiedad y llevaba en el cuello una mascarilla. Después de expulsar el humo se ponía la mascarilla en la boca. Contuve la risa para que no se sintiera ofendida conmigo. 

Las cajeras del super donde compro la comida no llevan mascarillas. ¡Pues claro! Llevan, eso sí, guantes de látex para evitar el contacto con tarjetas y clientes. Los fabricantes de mascarillas de todo el mundo (hay una en Euskadi) se están enriqueciendo con esta moda de taparse la boca para nada. Necesitamos, eso sí, mascarillas específicas para el personal sanitario, no para el baile de disfraces donde jactarse de higiénicos.

Verdi haría una versión moderna de su “Baile de Máscaras”, pero sería una ópera de risa. Y no estamos para bromas. La gente se muere del coronavirus. Y el coronavirus se ríe de la gente con mascarilla. 

¿A qué juega la TV en esta crisis?

Con el mundo patas arriba y el corazón en un puño, cualquier cosa que diga sobre la industria del entretenimiento suena a frivolidad. No estamos para finuras en medio de una pandemia global y el insufrible arresto domiciliario. ¿Quién fue el asesor de la Zarzuela que tuvo la genial idea del mensaje real? Resultó ofensivo. Por su oportunismo vacío y la ridícula teatralidad del monarca. Y todo en medio del escándalo de corrupción que sacude la corona española y de la que no hizo la menor referencia. ¡Hay que ser cínico! Fue pertinente que ETB no lo transmitiera, provocando que la comparecencia tuviera en Euskadi una audiencia muy inferior al resto del Estado, ese margen de dignidad que expresa nuestra lejanía de España.

             ¿Y qué papel está jugando la tele en esta crisis? La dimensión informativa es agobiante. Las cadenas deberían darnos un respiro y no tanto el recuento de infectados y muertos a cada instante. Hace falta una programación diferente en películas, series y conciertos que sustituya a la anterior al coronavirus y adaptada a las necesidades emocionales de la gente. Movistar+ ha decidido motu proprio regalar a sus clientes 30 canales adicionales durante un mes. ¿Y las demás plataformas? Todo lo contrario, han aprovechado la demanda de distracción casera para incrementar su negocio, además de emitir en baja resolución para no colapsar la red. 

Y justo hoy, 24 marzo, llega Disney+ con un catálogo apabullante y una oferta de 5 euros mensuales que va a revolucionar el mercado. Por su lado, HBO ha estrenado La conjura contra América, basada en la novela homónima de Philip Roth, una historia alternativa de Estados Unidos con un presidente nazi, el aviador Lindbergh, cuyo discurso aislacionista recuerda a Donald Trump. Cambien los contenidos, por favor. Ahora toca resistir y sobrevivir contagiándonos de lo bueno. 

Diario de cuarentena. Día 9. Vecinos

El día empieza mal: mi coche se ha quedado sin batería después de muchas jornadas de parón. ¿Llamo al seguro? ¿Funciona la asistencia en ruta? En fin, no me voy a quejar, dadas las circunstancias. El nivel de exigencia se ha reducido al mínimo.

Podemos hablar de los vecinos, las personas con las que compartimos edificio, ascensor, escaleras, portal y ruidos. Mis vecinos son casi todos gente normal. Hay muchos mayores. Hace poco, antes de la pandemia, murió uno, una excelente persona: no era tan mayor, 69. Viudo, sonriente, muy simpático, con una hija joven, gordita, que me mira raro. En contraste, los vecinos del primero, una pareja joven, muy cordiales, han tenido un bebé. Me encanta. No había niños en este edificio. Un muerto y un bebé en pocos días. Es la vida que transcurre.

El coronavirus ha aportado mucho silencio al vecindario. Apenas salen a la calle; pero se asoman a sus terrazas. Les veo. La ciudad vive confinada, pero asomada, como si ventanas y balcones fueran sus trincheras. Yo también paso más horas en la terraza, pero aun hace frío en esta primavera extraña, triste y tiránica. Una primavera que no olvidaremos jamás, pase lo que pase. ¿Y cómo se aman las parejas?

La verdad es que soy de los que no salen a aplaudir a las 20 horas, ni más tarde. Con todos los respetos, me parece una respuesta inmadura. No hay duda de que hay gente que se está dejando el alma: médicos, enfermeras, trasportistas, policías, personal del super… pero hacen su labor como lo haríamos nosotros en su caso. Cumplen su cometido, y eso está bien. Algunos caen, como otros ciudadanos expuestos por edad o trabajo. Pero no es para ovacionarlos. Con mi respeto y consideración tienen bastante. De esta crisis saldrán muchas vocaciones médicas. 

Quizás es que tengo una hija médico y su marido también, y muchos amigos en el sector de la medicina. Son personas racionales poco dadas al espectáculo y las chorradas de la tele jaranera y las redes sociales. A veces creo que somos una sociedad adolescente y frívola.

Mi vecino de arriba es un imbécil. Antipático, vive solo y no saluda ni sonríe. Es idiota. Y además, hace más ruido de lo normal. Se diría que vive dando saltos. ¿Hace gimnasia? ¿Rompe nueces con el culo? ¿Se entrena para las olimpiadas? No he subido a quejarme porque la buena vecindad consiste en aplicar cierta tolerancia. Yo también he tenido niños y sé que molestan con sus gritos. ¿Quién se queja del llanto de un bebé a las 4 de la madrugada? 

Salir al balcón a dar la serenata es un coñazo. La música me la pongo yo, Kenny Rogers por recordar. Un tenor amateur en el balcón cantando “la donna e mobile” es un castigo insufrible, crueldad. Tengan piedad, vecinos.