Diario de cuarentena. Día 14. Invasión de expertos

Da miedo acercarse a la tele y la prensa y ver, no ya las noticias, enfocadas a lo trágico, sino el discurso de los expertos. ¿Pero expertos en qué? Los medios dan cabida por igual a lo válido y lo inválido, a lo contrastado y lo arbitrario. Y en eso estriba la confusión, en saber qué creer y qué no. 

Una bata blanca no hace experto a nadie. Ni un uniforme. Ni siquiera un título pomposo. Porque de esto, de cómo abordar una pandemia global, en lo sanitario y lo estratégico, no hay expertos, lo estamos aprendiendo ahora, con el coronavirus encima. ¡Esta crisis es nueva! No hay antecedentes, ni experiencia. El enemigo era desconocido. 

Yo lo veo así. Me fío de los que hablan sin intenciones ideológicas. Los que no van a la carroña. Los que tienen un criterio bien intencionado y no tratan de sacar partido o protagonismo en este drama. Me fío de Fernando Simón, director del Centro de Coordinación, aunque haya podido equivocarse alguna vez. Me gusta su tono mesurado, su fortaleza ante una situación que a todos nos ha rebasado. Me fío de él también por lo mucho que le atacan los políticos opositores y sus voceros. Necesitamos alguien al frente que no se venga abajo. 

Porque algunos de nuestros dirigentes han perdido el pulso. El presidente Sánchez transmite con su lenguaje corporal, su mirada y su palidez lo muy hundido que tiene el ánimo. Sí, es humano, lo entiendo; pero no me diga con sus ojos que no tiene esperanza ni fuerza para seguir porque me mata, presidente. Y qué decir del ministro de Sanidad, cuya flojera de rostro es el claro exponente de una derrota anticipada. Necesitamos líderes, no gente de espíritu fracasado.

Pero no me fío de los expertos tertulianos, portavoces de quienes esperan sacar tajada electoral. Y es que no tienen ni puta idea de lo que hablan. Son peritos en decir lo que se debía haber hecho, como que no tendrían que haberse autorizado las concentraciones del 8-M. Es un reproche miserable. Esta gente calla acerca de las concentraciones futbolísticas masivas que ese mismo día hubo en los campos de fútbol. ¡Ay, mezquinos asquerosos, buitres!

No me fío de los expertos dogmáticos. ¿Acaso aquí y en todo el mundo los gobiernos no hacen lo que pueden?  Estamos improvisando, pues claro que sí, porque no sabíamos nada de epidemias globales. Seguro que ahora mismo hay algún experto en pantalla pregonando su verdad absoluta. Me enfurece su descaro.

Por favor, oportunistas, expertos en nada. Hagan el favor de no estorbar. Si no quieren ayudar, al menos no entorpezcan el trabajo de la gente que se muere por salvarnos. Son ustedes peores que el maldito virus.

Diario de cuarentena. Día 13. Prohibida la tos

“Eso es más viejo que la tos”, apunta un dicho popular. Somos humanos por tosedores. La tos es un recurso propio del cuerpo humano para despejar la garganta y el sistema respiratorio. La tos limpia, según creo. Pero, claro, con la pandemia del coronavirus (uno de cuyos síntomas es la tos) resulta que toser en la calle o cerca de gente equivale a algo así como tomar un fusil y comenzar a disparar indiscriminadamente, no balas, sino virus

La tos tiene muy mala prensa estos días. Pobre tos nuestra de cada día. Imagina que tienes un catarro o estás resfriado produciéndote tos. ¿Acaso hay que dejar de toser? ¿No vas a poder salir a la calle, en lo indispensable, porque en algún momento te puede dar por toser? Es una situación absurda. Toser es un delito.

Hay muchos fumadores o exadictos que tosen, y bien que se han ganado su tos. Como se les ocurra toser, y a veces su tos es rotunda, lo van a pasar mal de verdad. No por la tos, sino por la gente. Fijaos en esta situación. Una persona que tose regularmente está en una cola del supermercado o en el interior. Y de repente le entra la tos. Las miradas de odio, huidas en tropel y recriminaciones son inmediatas. La estampida. ¡A toser a casa, te dicen! Pues no. Hay un derecho humano a toser.

Los tosedores, o enfermos con resfriado o catarro, se ven así mismo estos días con cierta preocupación. Si por alguna razón tosen, ya están pensando que el virus les ha pillado. Y les entra un sudor frío de preocupación. Pero oiga, la tos por sí sola no significa nada. La preocupación se justificaría por el trío sintomático: tos persistente, fiebre y dificultad al respirar. 

La misma situación de horror tendría la gente que estornuda. Pobre estornudo, qué mala fama tiene ahora. La verdad es que algunos estornudan como si les saliera el alma por la nariz. ¡Qué estruendo! ¡Qué convulsiones! Y, sin embargo, el estornudo se ha considerado como reflejo orgásmico de pensamientos eróticos. Hay estudios fiables sobre eso.

En otro tiempo, y no sé ahora, toser era una señal que comunicaba aviso o llamada de atención. Y entre las personas más tímidas la tos es una respuesta en una situación de nerviosismo ante la mirada del público. Toser era parte del lenguaje Y hoy es la misma peste.

Reivindico esta noche y en esta crisis la libertad de toser sin ser tenido como un pestífero asqueroso o terrorista de la salud. La tos también es contagiosa, porque algunos no saben toser y   siempre hay alguien que responde tosiendo bien en su lugar. Dime cómo toses y te diré quién eres. De acuerdo, no se tose a la cara de nadie, pero peor esa tontería de poner el codo para taparla.  No hay vida sin tos. 

Diario de cuarentena. Día 12. Vuelta a los amores furtivos

El confinamiento obligatorio lleva a situaciones extremas en todos los niveles. También en el amor. He imaginado estos días de encierro lo que les está ocurriendo a los enamorados que no pueden verse, tocarse, abrazarse, morirse juntos; o, si lo hacen, se juegan una sanción y cosas peores del decreto de arresto domiciliario. Hemos regresado de golpe a los tiempos del amor furtivo, escondido y peligroso, huyendo de la mirada de la autoridad y el escrutinio de la moral hipócrita.

Veamos cómo se apañan los novios que no pueden verse ni amarse porque está prohibido salir. Cada uno vive en su casa familiar. Antes del coronavirus (a. C.) se citaban todos los días y todo lo que podían. Paseaban, se tomaban de la mano, comían o bebían juntos, se hacían el amor donde fuese posible, incluso en el coche. Necesitaban estar juntos. ¿Y ahora qué hacen, si no es posible verse por impedimento legal? ¿Se citan con la excusa del perro? ¿Y si viven en barrios diferentes? No, a dos que se aman no les valen los mensajes de WhatsApp y videos.

Y así se ven obligados al riesgo del castigo y a hacer cosas extrañas por verse en algún momento. Esto no lo había previsto el Gobierno, porque el Gobierno no entiende de lo humano. Pobres chicos, dulces enamorados sin amor tangible. La sociedad democrática ha reinventado estos días el delito por amor.

Algo parecido les sucede a las parejas, jóvenes o maduras, que han superado el periodo del noviazgo, pero aún viven en domicilios distintos. ¿Cómo se citan, de qué manera dan rienda suelta a su amor? Tendrán que mentir y decir que uno de ellos se ha mudado a la casa del otro. ¿Y si un policía censor no se lo cree y les pide el carnet para comprobarlo? El amor tiene la mala suerte de toparse con los peores espías, los chivatos, los que se creen con derecho a inmiscuirse en la vida de los demás. Pero también el cariño tiene su imaginación y sus recursos para saltar las fronteras que separan los corazones bien enamorados. 

Hay otras parejas que lo tienen aún más complicado: los amantes, hombres y mujeres de historias secretas, que se veían a escondidas pero que se quieren más que nadie. Amores imposibles, ahora más imposibles todavía. ¿Cómo escapar, doblemente, del secreto y el confinamiento? Es una tragedia humana que debería tener el premio, después del confinamiento (d. C.) la consolidación, ya sin huidas, de un amor que resistió imponderables y policías. Este es hoy el auténtico heroísmo romántico. Y estos amantes son los primeros en dar sentido al himno de resistencia, la vieja y renovada canción de “¡Resistiré!”.

Hay historias humanas, vivas y reales, en esta plaga. Tal vez seas tú protagonista de una.

Diario de cuarentena. Día 11. Amancio Ortega y la filantropía

¿Hay diferencia entre la caridad y la filantropía? Teóricamente sí, porque no es lo mismo resolver lo urgente que dar solución al problema de fondo que genera la necesidad. Me gusta la idea anglosajona de la filantropía y me desagrada el concepto cristiano de la beneficencia: dar de comer a los menesterosos pero permitir que siga habiendo pobres. Es un viejo debate y ahí sigue hoy con las donaciones de ricos y grandes empresas para ayudar en esta pandemia.

El más rico de los ricos españoles es el empresario Amancio Ortega, dueño del tinglado multinacional de Inditex, con Zara y demás marcas. Un tipo extraordinario y no solo por su carrera de la nada al todo. Hace un año, su Fundación donó 310 millones de euros para la sanidad pública destinados a la compra de equipos de radioterapia de última generación. Aquel gesto de generosidad (que a Euskadi nos benefició con 14,7 millones) fue criticado por ciertos sectores de la izquierda populista, alegando que con eso distraía su ingeniería fiscal. ¡Hay que ser imbéciles!

Ahora, en guerra contra el coronavirus, el gallego ha vuelto a hacerlo y ha movido China con Santiago y el mundo entero para traer hasta nosotros el material sanitario tan necesario en hospitales y clínicas. Más de 300.000 mascarillas quirúrgicas y otros artículos médicos son una contribución suya. Lo mismo ha hecho su hija Sandra con una donación similar.

¿Por qué rechazar una ofrenda privada que favorece a todos? El argumento de que la sanidad pública “no debería aceptar la caridad” y financiarse solo con los impuestos niega el derecho esencial de todo ciudadano a contribuir con un plus de sus bienes al bien público. Rechazar el gesto de Ortega da idea de hasta qué punto hay políticos y partidos mezquinos.  

El sentido de la filantropía es equilibrar las situaciones de necesidad que se puedan dar en una comunidad. Ningún sistema es perfecto, pero unos son mejores que otros, como la democracia. La filantropía contiene la más grande dignidad del ser humano. Ojalá hubiera más personas como Amancio Ortega, como empresario y como ser humano. Y yo le aplaudo hasta romperme las manos. 

Otras personas y entidades están haciendo sus contribuciones en dinero y en equipos médicos. Es lo que tiene la generosidad humana. En una época en que luchamos contra el contagio de un virus mortal y nos encerramos en casa durante semanas para salvarnos de su contagio, resulta que la bondad es el virus más contagioso, he aquí que la filantropía es contagiosa. ¡Pues viva ese contagio!

Diario de cuarentena. Día 10. Un baile de mascarillas

Una de las mejores óperas de Verdi se titula “Un baile de máscaras”, relacionada con el hecho histórico del asesinato del rey Gustavo de Suecia a finales del siglo XVIII. Hoy, aquella obra trágica sería una ópera bufa y se llamaría “Un baile de mascarillas”. La protagoniza un coro de gente corriente, personas que van por la calle embozados en mascarillas inservibles.

He visto hombres y mujeres con mascarillas verdes, blancas, azul celeste, negras y hasta rosadas, todos los colores de la primavera. Y van luciéndolas como prendas de moda. ¿Será porque este año no hemos podido disfrutar de la campaña de “Ya es primavera en El Corte Inglés”? Es un desfile absurdo de máscaras que algunos llevan como el último modelo de Carolina Herrera. 

Vamos a ver, señoras y señores, ladies and gentlemen, esas mascarillas, en su mayoría, no sirven para nada. Ni protegen ni aportan seguridad contra posibles contagios. A lo más, si sus portadores tuvieran el virus, podrían evitar contagios. Y en este caso, sería una irresponsabilidad salir a la calle infectados.

Creo que los portadores de mascarillas saben de la inutilidad de sus bozales, pero los llevan como un elemento de seguridad psicológica. O, en el peor de los casos, lo hacen para presumir de un artículo escaso y muy demandado. En fin, que la ciudad se ha vuelto algo idiota y barroca en medio de esta plaga criminal. Como no hay moda que lucir, presumimos de nuestras coloristas mascarillas. 

He visto cosas muy raras entre los embozados. Una señora que regenta un estanco muy cerca de mi casa llevaba puesta mascarilla. Pero, oiga, si su profesión es vender tabaco, que envenena los pulmones, ¿qué demonios hace con un trapo en la boca? También vi hace unos días, en la cola para comprar el pan, que una mujer fumaba con ansiedad y llevaba en el cuello una mascarilla. Después de expulsar el humo se ponía la mascarilla en la boca. Contuve la risa para que no se sintiera ofendida conmigo. 

Las cajeras del super donde compro la comida no llevan mascarillas. ¡Pues claro! Llevan, eso sí, guantes de látex para evitar el contacto con tarjetas y clientes. Los fabricantes de mascarillas de todo el mundo (hay una en Euskadi) se están enriqueciendo con esta moda de taparse la boca para nada. Necesitamos, eso sí, mascarillas específicas para el personal sanitario, no para el baile de disfraces donde jactarse de higiénicos.

Verdi haría una versión moderna de su “Baile de Máscaras”, pero sería una ópera de risa. Y no estamos para bromas. La gente se muere del coronavirus. Y el coronavirus se ríe de la gente con mascarilla.