
Si ya es difícil soportar el goteo de los datos de víctimas de la pandemia, que hoy son ya más de 10.000 en España (400 en Euskadi) más complicado es aguantar los vaticinios de esa variada fauna de supuestos expertos, economistas, científicos, sociólogos y opinadores sin graduación que nos anticipan lo que va a ocurrir, generalmente catastrófico. Al escucharles, me pregunto. ¿Y esta gente de dónde extraen sus conclusiones? ¿Tienen bola de cristal, echan las cartas del Tarot, son iluminados, visionarios que reciben la sapiencia del espíritu santo o de Santa Catalina de Siena, o de quién?
Partimos de un hecho incuestionable: no se pueden sacar conclusiones ni hacer adivinanzas a partir de modelos que nada tienen que ver con esta crisis, única en la historia. No es una crisis financiera. A lo mejor, las comparaciones tendrían que hacerse con sucesos de la Edad Media, posteriores a las épocas de la peste que diezmaba Europa. Y de aquellos tiempos oscuros, poco o nada sabemos que sea cierto. Qué se yo.
Veo a dos clases de profetas. Los adivinadores del pasado y los miopes del futuro. Los primeros, los que vaticinan el pasado son quienes nos cuentan, ¡ahora!, lo que tendríamos que haber hecho, los que venden las previsiones del pasado. Que si el confinamiento tendría que haberse empezado antes, que si no deberían haberse autorizado manifestaciones feministas el 8-M, pero callan acerca de los partidos de fútbol celebrados en estadios abarrotados ese mismo día. En fin. Como los economistas, que te explican prolijamente lo que ya ha ocurrido. Otros se refieren a Nostradamus y Bill Gates como anticipadores del desastre. ¿Y Gila no?
Y luego están los Aramis Fuster y los Rappel. Me encantan. Hace unos años, las televisiones convocaban en Nochevieja a estos adivinos para que realizasen sus predicciones para el siguiente año. Y mirando su bola de cristal y sus cartas auguraban mil sucesos. Y ahí se quedaban. Nadie comprobaba un año después si aquellos timadores habían acertado. Por supuesto, no habían dado una, los muy pícaros.
Leo pronósticos sobre el futuro inmediato y pienso lo mismo que cuando veía a la loca Fuster y al grácil Rappel. Uno augura que el PIB español caerá un 10% y que la riqueza será en 2022 como la del 2019. Y se quedan tan panchos. Es como si yo dijera que el Tomelloso ganará la Liga de fútbol. Otro visionario con gafas dice que el paro llegará a cotas históricas, otro que la ONU se hará cargo del gobierno del mundo y uno más vaticina el fin del capitalismo. La quiniela de los profetas, ¿quién da más? Que alguien les ponga bozal.
La verdad ha muerto por el coronavirus y no está en el recuento de las víctimas.










